Juan Carlos Vivó Córcoles

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Marcel Proust es autor de obra única. En busca del tiempo perdido constituye uno de esos monumentos literarios a los que hay que prestar atención al menos una vez en la vida pese a su complejidad y difícil lectura. En el primer volumen Por el camino de Swann el narrador come una magdalena acompañada por un té. En ese instante, aparece el pasado: su infancia. Es la magdalena lo que retrotrae al narrador a sus veranos en casa de su tía Leoncia. Desde ese instante se rememora toda una vida en la que el paso del tiempo tiene un valor de destrucción: un pasado que desaparece inexorablemente pero que fundamenta el presente y sienta las bases del futuro.

El recuerdo no aparece ordenado de modo sistemático, aunque Proust nunca rompe del todo con cierta linealidad narrativa. Será la evocación constante de diversos objetos la que hará ir apareciendo, con cierto desorden, momentos olvidados. Sólo así Proust llegará al final de su indagación sobre el paso del tiempo y su recuperación, finalidad de su obra. Así pues, será en El tiempo recobrado, tomo que cierra el ciclo novelístico, donde experiencias parecidas a la magdalena inicial, darán sentido a lo recuperado, ya perdido.

Pues bien, sin duda, como Proust, el tiempo lo recuperamos, en buena medida por objetos que para nosotros tienen un valor único. Los asociamos a experiencias propias, a hechos, lugares o personas que han fundamentado nuestra existencia. Quedan unidos a instantes que, para otros pueden parecer poco importantes. Pero es nuestra capacidad de dar sentido a lo vivido lo que hace que, en ellos encontremos sentido a nuestra propia existencia. Son objetos que se constituyen en síntesis de instantes, personas o lugares clave para nosotros. De ahí que sea muy difícil transmitir el porqué los conservamos, los guardamos a buen recaudo siempre, y nos duele perderlos, si ocurre.

Ahora, recién comenzado este año 2013, he podido hacer acopio de varios de esos objetos que rescatan lo vivido: un anillo de oro, una ramita de romero y unos pendientes.

Un anillo que he heredado de mi abuela, que ella llevaba siempre y que regaló en tiempos a su hijo pequeño que falleció muy joven. Repitió en infinidad de veces que lo llevase siempre, que era para mí. No lo luzco a diario, pero sí en ocasiones importantes, por miedo a perderlo. Y es para mí símbolo de la familia, de la vida de unos mayores que dieron todo por mí y que estarán siempre presentes en mi vida. Hago un constante esfuerzo por recordar lo que me dejaron.

Una ramita de romero, que se aja en un cajón pero que obtuve cuando empezaba a salir de un momento de crisis importante. Es señal de ese renacer. Cerré una etapa y comencé otra mucho mejor que perdura y que me ha hecho otro. También me unió a un grupo de personas que ha entrado en mi vida para siempre. Y, especialmente, a una mujer de bandera a la que le debo mucho y que me ha cuidado siempre. Y por último a una preciosa mañana de paseo.

Y unos pendientes, que regalé a un ser único que me proporciona una paz inmensa, que siempre está ahí y que es la bondad en grado sumo. He crecido en buena medida gracias a ti, a su cariño y cercanía. Aunque creo que hemos crecido el uno a junto al otro. Es algo que nos repetimos constantemente.

En definitiva, un anillo, una ramita de romero y unos pendientes. Son mi particular magdalena, aquellos objetos que me unen a mi pasado más o menos reciente y que me retrotraen siempre a las personas que habitan y habitarán en mi corazón siempre, del modo que sea. El tiempo se evoca a través de ellos, y aunque, como pensaba Proust, el tiempo hace desaparecer mucho de lo vivido, desde ellos disfrutamos el presente y nos lanzamos hacia el futuro con amor y esperanza.

Aunque consuma;  aunque en estos días viva la primera Navidad sin mis dos abuelos y nuestra mesa haya sido especial aunque pequeña (sólo tres personas); aunque haya gastado en regalos y alimentos caros; aunque me haya dejado llevar por el sentimentalismo ñoño y vacío de estas fechas, la Navidad es una fiesta de fe, de lo que se cree sin haberse visto, de lo que subvierte toda racionalidad.

Todo esto lo aprendí hace dos años, cuando viví la Navidad más Navidad de mi vida en un hospital, con mi familia. Tantos años hablando de ella y celebrándola desde el altar, y no fueron las palabras sino las experiencias las que hicieron entender y vivir la Navidad en su sentido más profundo.

Es la fiesta de lo ilógico. Dios, el omnipotente, el creador, asume la condición de niño, se convierte en carne mortal, frágil. Y lo hace como niño, como lo más indefenso. No es asumir la condición humana como si fuera hombre, como pensaban las herejías adopcionistas, sino como verdaderamente hombre, con todas las consecuencias.

Por eso Dios vivió las consecuencias del pecado, de la injusticia, fue perseguido, torturado y murió. Si Dios no se hace hombre, si no se hace Emmanuel (Dios con nosotros), no seríamos salvados. Dios ha tenido que compartir lo mismo que nosotros somos, incluso lo más doloroso para efectuar su mayor acto de amor.

Jesús no nace rico, ni muestra su poder real y profético con poder. Busca una familia pobre, sencilla, de un rincón recóndito de Roma, en un pueblo pequeño, con historia, eso sí, pero que profesa una extraña religión monoteísta y que ha estado sometido casi siempre al dominio de otras naciones. Y nace desplazado de su hogar, emigrante, y ni siquiera en una cuna. Con ello muestra que la Encarnación de Cristo es también política. La salvación no sólo es espiritual, sino que también es liberación, opción preferencial por el pobre. Es un movimiento de Dios integral en pro del hombre total. No se puede disociar, por tanto, -y Dios no lo hace- en el ser humano lo corporal y material y su dimensión espiritual.

Jesús desde el portal de Belén manda una señal: que la humildad, la entrega por los demás, el amor entregado, que no espera nada a cambio, la dedicación al pobre, al que no tiene nada, la búsqueda de nuestra felicidad y de la felicidad de los demás son legítimas aspiraciones y tareas que engrandecen a quien las hace suyas. que desde Jesús deben estar presentes en una Navidad que se debería prolongar todo el año.

Dios no está lejos, en su cielo, está con nosotros, entre nosotros. Su cercanía nos ha liberado del pecado y de la muerte. Con ello ha potenciado la dimensión más radical y fundante del ser humano: la trascendente, que nos hace vivir lo inmanente desde los ojos de la fe. Ha nacido en todos y cada uno de los seres humanos, aunque no lo reconozcamos. Terco como es Él, ha plantado una tienda de campaña en el corazón de todo hombre.

“La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1, 14) y con su campamento se ha roto la lógica humana, que se desvincula muchas veces de lo lógico, con lo más ilógico: el amor. Porque como decía Pascal “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Dios es amor, y el amor es corazón y el corazón se aleja de la razón al uso.

Feliz Navidad.

“Nada ha cambiado. Sólo yo he cambiado. Por lo tanto, todo ha cambiado”. Proverbio hindú.

Cuando dejé el sacerdocio hace ya casi cinco años me marqué una hoja de ruta bien clara: en unos dos años más o menos iba a tener un trabajo estabilísimo y muy bien remunerado e iba a tener a mis pies una especie de Cristina Pedroche y un enanito diciéndome: papá.

Pues bien, hoy en día tengo un trabajo que he consolidado hace poco, tras perder otro y estar un tiempo parado y he ido dando tumbos sentimentales con un par de relaciones fuertes, muchos amagos y alguna que otra aventurilla. Del niño, ni rastro, creo.

Todo ello ha provocado en mí, durante largo tiempo, una especie de ansiedad y unos sentimientos de frustración permanentes, bien aderezados con baja autoestima, aislamiento y un constante mal humor que transmitía mucha negatividad. En definitiva, creo que cometí el error de plantear mi felicidad en torno a la obtención de unos resultados.

Sin embargo, este verano ha sido un tiempo propicio para mí.

Al comenzar las vacaciones, en julio, tras unos días de adaptación al reposo decidí aprovechar el tiempo. Para ello me ayudó el vivir junto al mar, que ejerce sobre mí un poder relajante como pocas otras cosas lo hacen y la tranquilidad. Me dije: invierte todo este tiempo tiempo en ti; analízate, conócete mejor, cambia lo negativo que hay en ti y renace; vuelve a ser el que eras. No estás bien, tienes que cambiar.

Y sí. El tiempo ha sido bien aprovechado. Soy otro. Me veo un hombre nuevo, seguro de mí mismo, con metas claras, que sabe lo que quiere. Pero ya mi vida no gira en torno a la obtención de resultados, sino en torno a mi enriquecimiento personal, al cuidado de mí mismo, a generar en mí actitudes positivas. Porque el fracaso está ahí, inevitable. Pero estoy preparado para aprender de él. Y, aunque no renuncio a mis sueños, sé que unos se harán realidad y otros no, siempre a su ritmo y en el momento en que sean oportunos, no cuando a mí se me antoje.

Me conozco mejor. Ello ha llevado a un mayor dominio de mí mismo, a cambiar formas de pensar y de actuar. También mis relaciones personales y sociales han mejorado. Me veo simpático, sonrío, bromeo, beso y abrazo. He vuelto a la actividad física y me veo más guapo. Me encanta tocarme, ver que me salen bultos nuevos y que el bulto abdominal disminuye. Estoy recuperando a gente que he dejado en el camino (la lista de personas a las que le tengo que pedir perdón disminuye). Me abro a nuevas relaciones sin miedo, a nuevas amistades, a la profundización de las que tengo. He sabido crear en mí condiciones para rodearme de personas que me aportan y he sabido alejar de mí a vampiros emocionales y a personas que sólo buscan compensaciones a sus carencias. Tampoco las busco yo, por supuesto, aunque las he buscado y puede que así haya espantado a más de uno. Ahora puedo afirmar que quiero a quien quiero porque me quiero y puedo querer de verdad. Al quererme a mí mismo, estoy preparado para amar con entrega y para recibir el amor que se me da.

Sé que otra prioridad, aparte de mí mismo, es mi familia, mi corta familia: mi madre y mi hermana, el cuidado y la atención a ellas. Les tengo que pedir perdón por lo mucho que les he hecho sufrir y mimarlas. Que sepan que estoy ahí, en lo cotidiano, no sólo para ocasiones extraordinarias, en las que siempre he estado. Si ahora le cuento hasta a mi madre mis historietas. Impensable.

Estoy disfrutando, también, mucho de mi vuelta al trabajo. Me ven activo, creativo, con ganas, tratando mejor a mis chavales, apoyando a los compañeros, participativo, crítico sin ser cenizo… Tengo la suerte de tener trabajo, y un trabajo que me encanta, algo que en los tiempos que corren es maravilloso. Pero no le estaba sacando todo el jugo. Pese a lo maltratada que está la enseñanza en este país, pese a no tener una seguridad total en mi futuro laboral, ver crecer a pequeños seres humanos gracias, en parte, a mi influencia es muy gratificante.

También he vuelto a estudiar, a leer. Porque me apasiona el estudio y porque me abre horizontes, no sólo profesionales, sino personales.

Estoy cultivando más profundamente una afición que dicen que hago bien: escribir. Mi blog, mis colaboraciones y el deseo de afrontar pronto un proyecto más importante.

Voy ganando amigos, recuperando otros, abriéndome a gente nueva y maravillosa. Mi mundo se amplía.

Disfruto de placeres sencillos, de detalles pequeños de la vida: como los amaneceres en el mar, el ejercicio, la música, un paseo, la risa de un niño, la comida sana y los pequeños caprichitos que ya no son la base de mi alimentación…

Y, después de una relación sentimental complicada que me hizo mucho daño, pero de la que aprendí (supuso un punto de inflexión en mi vida) y que me generó un exceso de defensas ante la mujer, me veo preparado y con ganas para una relación seria. No deseo una Cristina Pedroche que no existe, sino una mujer sana y normal, pero especial y única para mí, que quiera ser feliz conmigo y que quiera que yo la haga feliz. Alguien con quien me sienta bien, que me llene, que ocupe mi pensamiento y mi corazón. Seguro que mi intuición me hará ver por quién debo apostar. Con mi renovada actitud, sé que es posible. Antes, no. Ya no me guía la ansiedad, sino la seguridad. Con lo cual, quien se me acerque ya no me verá débil, sino entero, lo que me hará más atractivo; ya no buscará lo que le falta, ni me utilizará, sino que me querrá.

Por supuesto que sigo teniendo muchos problemas, muchos defectos, que aún tengo que caminar mucho. Pero la mayoría de los problemas que tenía han desparecido como por ensalmo. Porque el problema era yo. Al estar bien, mi entorno está bien y toda nube en el horizonte desaparece.

En definitiva, que me veo un hombre nuevo, diferente, mejor. Me bebo la vida, me como el mundo. Sé que para ello tengo mucho cerebro, mucho corazón y que los tengo lo suficientemente gordos, negros y peludos.

Ya no actúo conforme a resultados, a metas. No me guía la ansiedad, la manipulación de la realidad conforme a mis intereses, sino el cultivo de actitudes positivas para la vida, para mi enriquecimiento. Ahí está el secreto. Bendito verano.

“Te he querido siempre, siempre, más que a mi vida. He vivido por ti y para ti. Y te quiero y te querré siempre, más allá de mi propia muerte.”

Este es el texto que el viejo profesor de filosofía escribió a una ancianita. Cuando ella la leyó, se paró en silencio. Tuvo que sentarse para que la emoción no la derribara al suelo, de golpe, como cuando se deja caer un pesado saco, vencidos los brazos. José, el hermano del viejo profesor, entreviendo lo íntimo del momento, permaneció en silencio.

Una mañana de 1950, paseaba el entonces novel profesor por un parque del centro de la ciudad. Se sentó en el único hueco que quedaba entre los muy ocupados bancos de una tarde de primavera. Junto a él una joven mujer miraba sin mirar, en el otro extremo del banco, absorta, a unos niños jugar, sin fijar la atención de sus ojos en ninguno en concreto. De vez en cuando, con un pañuelito blanco, impoluto, secaba una lágrima evitando, que su grosor aumentase hasta el punto de que la hiciera caer.

-Es la primera vez que se sienta usted junto a mí –dijo Lucía, sin esperarlo, posando su mano en el antebrazo de Manuel.

-También es la primera vez que está usted sola. Siempre la acompaña un joven. -Contestó el entonces recién llegado profesor a la capital.

Con gesto contenido, Lucía apoyó su cabeza en el hombro de Manuel quien permaneció en silencio sólo atreviéndose a pasar su brazo por detrás del cuello de ella y a acariciar su pelo, su oreja, su mejilla, mientras la mujer lloraba ya sin frenar sus emociones. Tras un tiempo así, tras calmarse ella giró su enrojecido y húmedo rostro hacia él, lo besó tiernamente y, con una sonrisa, se fue sin volver la vista atrás.

Desde entonces, casi siempre a la misma hora de la tarde, Manuel, dirigía sus pasos hacia ese banco del parque, hiciese sol o lloviese. Ocupaba el mismo lugar donde se sentó la tarde en que Lucía lloró a su lado. Si estaba ocupado, esperaba su turno o simplemente buscaba un lugar desde donde vigilar de cerca.

La ilusión del reencuentro poco a poco se convirtió en ansiosa impaciencia. Más tarde en una mezcla dolor, en desesperación, en resignación más o menos intensos. De vez en cuando, con cuando una mujer se sentaba junto a él, renacía la esperanza, siempre frustrada. Alguna vez se atrevía a preguntar: “¿es usted Lucía?”

Cuando ya mayor, la enfermedad impidió acudir a su cita diaria, los habituales del parque lo echaron de menos. Se había casi convertido en una de las estatuas que decoraban el lugar.

Una mañana, presintiendo la muerte cercana, en el lecho desde el que sufría, entregó un sobre a su hermano menor con el encargo de que lo abriese en cuanto muriera.

Tras el funeral del viejo profesor, José procedió a cumplir con el deseo de su hermano. En una extensa carta le contaba cómo fue esa única tarde en que tuvo a Lucía entre sus brazos, cómo la había esperado sin encontrarla jamás, cómo la había querido, cómo no había podido acercarse a otra mujer desde entonces.

Le encargó que la buscase y le entregase otro sobre más pequeño que se encontraba en un cajón de la cómoda.

Hombres G: Si no te tengo a ti.

“Como la lluvia y la nieve bajan del cielo,

y no vuelven allá, sino que empapan la tierra,

la fecundan y la hacen germinar,

y producen la semilla para sembrar y el pan para comer,

así también la palabra que sale de mis labios

no vuelve a mí sin producir efecto.”

Is, 55, 10-11a

Es el segundo Wittgenstein, el de Investigaciones filosóficas, quien imprime un giro pragmatista a su filosofía. Ya no se trata de buscar la logicidad del lenguaje, sus meras estructuras lógicas ni, por tanto, de reducir el lenguaje a la lógica. Ahora hay que estudiar cómo se comportan los usuarios en su utilización del lenguaje, cómo se habla, para qué se habla, qué intención tenemos al hablar. En definitiva, la filosofía del lenguaje sería la ciencia que busca delimitar el uso que hacemos los hablantes de la lengua, para qué nos sirve, cómo aprendemos a hablar y qué queremos hacer con la lengua (un pragmatismo lingüístico, en definitiva). Ya no hay que buscar sólo y exclusivamente el sentido de una proposición en la medida en que represente un estado de cosas lógicamente posible tal y como postulaba el Wittgenstein del Tractatus (si p entonces q…).

En la vida cotidiana nos manejamos así. Usamos la palabra con una intencionalidad, sea ésta la que sea. A veces el uso está cargado de alogicidad, pero no por eso deja de ser legítimo ni factible o deseable.

Así pues, como hablantes, cuando queremos herir, la palabra odio es la más adecuada. Hasta en su misma fonética es terrible. El te odio se asemeja a un venablo lanzado contra un venado con la intención de matar. ¡Y vaya si lo logra!

Si quisiéramos buscar otra palabra con significado hondo, amor es la primera que me viene a la cabeza. Por amor se han hecho las mayores proezas. Somos capaces, por él, de sacrificarnos de un modo indecible, de abandonar ese fondo de seguridad y comodidad que nos creamos para vivir en lo que pensamos que es paz y hasta de dar la propia vida. Recuerdo a san Maximiliano Kolbe, ese sacerdote polaco que se cambió para morir de hambre por un desconocido en el campo de concentración de Auschwitz alegando que él era viejo y estaba solo, debido a que su beneficiario lloraba por sus hijos ante la inminencia de su propia muerte. O la de infinidad de personas que por una mujer o un hombre lo han arriesgado todo por unirse de por vida a su amado, sin importarles nada. Quieren edificar, desde la cotidianeidad de una vida compartida, el gran edificio que es el amor de una pareja. O la madre y el padre que dejan de comer con tal de dar alimento y calor a sus polluelos.

Vivir en y desde el amor es el gran anhelo de mi vida. Por él he procurado moverme con mis errores, vicios y pecados, lo reconozco, que son muchos. He de confesar que es una de esas palabras que en mi corazón no están desgastadas ni suenan a hueco. El amor existe. No hay más que tener algo de sensibilidad para verlo a nuestro alrededor actuando.

La palabra amor, según su uso como entrega desinteresada a los demás, parece que es un continuo abandonarse en el otro pero no lo es. Somos humanos y vivir sólo dando es muy árido. Necesitamos, en términos económicos, un retorno de la inversión. Al final, sin saber cómo, el amor entregado encuentra su correspondencia y, de un modo u otro, vuelve a nosotros y nos premia. El premio suele ser: una vida feliz, una conciencia tranquila, la constatación de que para alguien You are the first, my last, my everithing, (tú eres mi principio, mi fin, mi todo) como cantaba Barry White u otras infinitas manifestaciones. El egoísmo sólo lleva al odio, a la soledad, a la intranquilidad constante, aunque sea posible creer que estamos bien instalados en él.

El otro día, una persona me dijo que desde que me trata había aprendido de mí a ser menos egoísta. Me sorprendió, pues mi ejemplaridad, por muchas razones, no es mucha que digamos. Pero el premio al sello que he puesto en ella  me llegó como un regalo cuando me prometió cuidarme siempre. Ese ha sido el mayor retorno recibido hasta ahora de las palabras y gestos (que también son lenguaje) que he invertido en ella.

En definitiva la palabra amor es como la lluvia y la nieve, que bajan a la tierra, la empapan, la fecundan y vuelven al cielo que las vio bajar. De ahí el poder de las palabras.

Soy afortunado. He tenido uno de los, si se puede llamar oficio, más envidiado por lo poco que se trabaja: el sacerdocio. Tras secularizarme, me he buscado las habichuelas en la enseñanza, aun sabiendo que es un trabajo de los más odiados por sus tres meses de vacaciones pagadas al año, las tardes libres… Sólo aspiro a ser político, por lo mucho que se gana, para acabar siendo un hombre laboralmente feliz.

Lo bueno que tienen el sacerdocio y la enseñanza es que son algo más que un trabajo. Sabe Dios que si la Iglesia relajase su disciplina respecto al celibato, volvía, pues es un estado de vida único. Fui muy feliz porque que alguien tan inútil como yo pueda traer a Dios a un trozo de pan y de vino y no pase nada es maravilloso. O que el perdón de Dios llegue a un espíritu angustiado, no te digo lo que mola: un huevo. ¿Qué decir de la enseñanza? Ayudar a un adolescente a crecer como persona, verle que aprende y que hasta te sonríe cuando lo has suspendido satisface (no en todos los casos es así, matizo). Por esas razones y por muchas otras, repito, que, con mis trabajos he tenido suerte. De la política, mejor no hablo. Prefiero ganar dinero de otro modo.

Lo cierto es que opino que trabajar con seres humanos es duro pero gratificante. En un despacho en contacto con papeles exclusivamente o con un reducido grupo de compañeros de trabajo, me muero. El caso es que, en definitiva, como dice una tuitera muy volcada al mundo de la motivación, en uno de sus tuits: “quien trabaja en lo que le gusta, no trabaja ni un solo día”.

Sin embargo, mi primera vocación fue la de alquitranero: ni futbolista ni torero, ni cura ni profesor, alquitranero.

Albacete es una ciudad pequeña; en mi infancia, un pueblo grande. Mi barrio, aledaño a las Casas Baratas, se construyó en los años sesenta y setenta. Está situado entre el barrio de Fátima, la Carretera de Circunvalación y la Feria y formado por bloques de pisos de unas tres o cuatro alturas que incluso llegan, en algunos casos a las ocho. Hoy en día el barrio se ha degradado mucho. Las viviendas son muy grandes pero no tienen las comodidades que le exigimos a los más modernos como calefacción, ascensores o garajes. Los primeros propietarios han envejecido mucho o se han muerto y sus hijos, generalmente han establecido su hogar en otros barrios. La inmigración llena el hueco que van dejando. Pero aún en los ochenta y primeros noventa era un barrio obrero y de clase media-baja formado por gente de pueblo que había ido a la ciudad en busca de mejores condiciones de vida.

Los niños nos conocíamos todos. Íbamos casi al San Cristóbal, el colegio del barrio, o al San Fulgencio. Pasábamos el día juntos, en el colegio, en la calle, en los columpios del parque del Santo Ángel, en las casas de cada uno. Nuestros padres forjaban amistades que aun hoy continúan vivas. Formábamos una pandilla sumamente unida. Domingo, el Adelo o el Cholín siguen siendo grandes amigos.

El barrio no es céntrico, pero está a diez minutos andando del Altozano. Pues, aún así, hasta el segundo lustro de la década de los setenta no se asfaltó la calzada. Es un recuerdo curioso: edificios altos y una calle de tierra donde se levantaban unas polsagueras que no veas. De vez en cuando circulaba algún matojo como los de las películas del oeste. Y no digo ya cómo se ponían los zapatos de barro cuando llovía.

El inicio de las obras de asfaltado fue toda una fiesta. Estábamos deseando llegar del colegio para hacer corriendo los deberes (engañaba a mi madre y los hacía por la noche a escondidas, bajo las mantas, para que no me pillara). En cuanto podíamos agarrábamos el chusco de la merienda y a la obra.

Lo primero fue levantar la calle. Descargaron unos ruidosísimos y humeantes compresores de los que, como los tentáculos de un pulpo, sobresalían unas mangueras que acababan en unos taladros enormes. Eran manejados por fornidos trabajadores que sudaban lo lindo a pesar de ir medio desnudos y a pesar de que la primavera albaceteña no es muy cálida que digamos.

Un día, sin saber por qué, se produjo un parón: los obreros desaparecieron con sus máquinas y la calle quedó agujereada, con enormes terrones alzándose como muros y badenes de vértigo. En algunos lugares el alcantarillado quedó al aire. Colocaron unas débiles vallas para prevenir caídas y unas pesadas planchas de hierro para pasar de una acera a otra en los tramos más difíciles. Todo ello constituía un medio ambiente ideal para la imaginación traviesa de chavales de diez, once o doce años. Infinitas posibilidades de exploración de las zanjas, de saltar de un lado a otro, de excavar, de jugar al escondite, con el barro… De lujo.

Las relaciones de mis amigos con la pandilla de la Calle Daoiz eran muy malas. No era raro el enfrentamiento, el ir a la guerra, el pelearnos por las chicas… Mirábamos de un lado a otro para evitar encontrarnos con ellos porque, si íbamos solos, unas cuantas tortas nos llevábamos o las repartíamos. Con todo, la comunicación no era imposible. En un recreo del colegio se nos ocurrió emular las cruentas batallas de desgaste de la I Guerra Mundial. Se trataba de convertir el barrio en un nuevo Verdún.

Negociamos primero las condiciones del combate, delimitamos el territorio y decidimos las armas: piedras. Iba a ser una guerra donde la artillería sería fundamental. El acuerdo era un máximo de cincuenta piedras por chaval: unas quinientas. El equipo iba a ser de siete soldados por bando. Excluimos a los más torpes, por razones obvias. Esa tarde nos dedicamos a amontonar piedras. Los enemigos se suelen unir para el mal.

La batalla fue la tarde siguiente. Tomamos posiciones y nos armamos. Tuve la precaución de esconder el cartón del embalaje de un frigorífico abandonado en la calle. Me serviría de escudo. Me fue útil. A pesar de ello, no pude evitar una pedrada directa en la boca que me partió una de las palas. Con esa sonrisa estuve hasta que me puse un empaste. Acabé también con varios cardenales, algún chichón y más de un moratón.

En pleno fragor de la batalla se produjo la irrupción de una fuerza bélica mayor, inesperada que señaló, afortunadamente, el fin de la guerra: nuestros padres. Algunos vecinos, al ver la animalada, nos gritaban desde los balcones y los padres, alertados, acudieron todos a recoger a su churumbel e imponer paz por medios muy, muy contundentes.

El lunes siguiente ocurrió algo nuevo: invadieron el barrio grandes camiones con arena, chinas y tierra que rellenaron los huecos. Tras aplanar el terreno llegaron las máquinas de alquitranar y unos grandes depósitos de petróleo negro. Mi pandilla, como loca. El calor humeante, el peligro de quemarnos; esos alquitraneros con grandes botas de goma. Nosotros, todo el día allí, observando las tareas, lo más pegados que podíamos a los obreros. Mis recuerdos son de unas máquinas gigantescas y de unos hombres fortísimos, ciclópeos. Cuando eres un niño todo te parece de mayor tamaño de lo que realmente es.

Al volver a casa, mi aspecto era horrible. De tanto arrimarme, la ropa estaba manchada de un aceite industrial que no hizo sino condenarla a ser tirada a la basura. La piel también estaba salpicada del mismo producto. La cara coloradota y quemada del calor y medio intoxicado con los humos.

Llamé al timbre y abrió mi madre. No se me pasó otra cosa más que gritar a mi madre: “Mamá, quiero ser alquitranero”. Se quitó una zapatilla y la blandió cual arma. Con la mano libre me agarró de la oreja y me introdujo en casa. Lo demás no lo cuento. Me da vergüenza. En definitiva. Que la paliza que me llevé y el castigo posterior me hicieron recapacitar y buscar otros horizontes laborales.

Admiro a quien ha luchado por conseguir vivir decentemente de un trabajo en el que, además de ganar un dinero, se siente realizado. Que ese trabajo te ayude a crecer y te haga sentirte feliz es maravilloso. Son muchas horas las que le dedicamos, para que lo vivamos como un martirio Ningún trabajo es fácil, pero, si además te satisface, ningún día vas a trabajar, aunque te canses. ¿Maldición bíblica? Puede, pero así vivido, lo es menos.

Dedicado a @anafdezbosch quien me inspiró este post con su sugerente tuit.

Se acerca la Navidad. Toca enternecer el corazón. La época es propicia para eso. También nos proponemos mejorar en algo, hacer algo diferente y bueno, cambiar para ser mejores. Es época en la que nos ponemos todos más solidarios. En mi colegio hay en marcha recogida de alimentos para la Cáritas parroquial; se ha organizado una recogida de tapones de plástico que luego se venderán y los beneficios serán para una asociación que promueve la investigación de enfermedades raras. Sin duda todos contribuís a algo o con algo en cualquier campaña solidaria en Navidad.

El otro día escuchaba un programa de la Cope mientras conducía. El locutor hablaba de la iniciativa de oración y ofrecimiento del trabajo y el estudio por Cova (Covadonga Sanz Guti) y de su amigo Diego. El 19 de noviembre se viajaban en coche por el distrito de Fuencarral, en Madrid cuando sufrieron una colisión frontal con un todoterreno. A causa del mismo, dos compañeros de Cova murieron. Ella misma y su compañero Diego resultaron heridos. Cova se encuentra en estado crítico desde entonces en el hospital de la Paz. Ha sufrido la amputación de una pierna y diversas heridas que la mantienen en el estado en el que está. Cova

Su tío publicó el siguiente tuit: “Hola. Soy Guille, el tío de Cova. Estoy rodeado de un equipo impresionante. Os vamos a contar cómo está ella”. Desde ese momento, los amigos de Cova abrieron una cuenta @aupacova  con hashtag asociados como #iprayfordiego para que se pudiesen volcar expresiones de ánimo, ofrecimientos y oraciones por ella. La curiosidad me pudo. Me puse a seguir la cuenta y a revisar los tuits que se publicaban. Casi todos eran del tipo: “Siempre con @aupacova y #diego! Porque sabemos que es un mal episodio,que acabaraa bien!ser fuertes! #seguimosconvosotros!”, “@aupacova mis horas de estudio de matematicas van dedicadas a ti. Sigue luchando asi!”, “@aupacova nos estáis haciendo mejores con vuestra fuerza y vuestro ejemplo” o  “@aupacova muy bien cova, eres fuerte nos estas dando una leccion. hoy SanNicolas nos ayudara a todos. seguimos dedicando la oracionytrabajo”. También, a veces, se informa del estado de Cova y Diego con tuits como éste: “INFO: Diego sin fiebre. Cova sin fiebre. Diego muy muy prometedor. Cova le seguirá enseguida. Todos llenos de esperanza, fuerza, ternura, fe y alegría.

Los seguidores de esta cuenta no son ni los grandes gurús de Internet ni el famoseo tuitero habitual, aunque sabemos que algún futbolista famoso se ha unido a la iniciativa. Ni tampoco encuentro a nadie de mi Time Line, algunos de ellos grandes tuiteros o propietarios de blogs influyentes. Por el contrario, casi todos son chavales jóvenes, adolescentes como Cova, que siguen a muy pocos y son seguidos sólo por sus amigos. Usan twitter como pueden usar tuenti. No tienen nada que vender, ni grandes contenidos que volcar, ni están como yo con el iphone4 haciendo de twitter un vicio diario. Jamás han oído hablar del marketing online, ni de reputación en la red ni de otras mandangas. Ni falta que les hace. Pero cada cierto tiempo, escriben en @aupacova que se van a esforzar por estudiar cuatro horas, por ser más cumplidores en su trabajo, por rezar un poquito, por ser más responsables con sus cosas. Y eso lo hacen con el motivo de ofrecérselo a Cova y a su amigo Diego, sabiendo que el sacrificio y la oración son útiles.

Muchos somos los que creemos en el poder de la oración. Esa actividad humana y divina que nos pone en contacto con Jesucristo, el Dios vivo y verdadero que esperamos que se encarnará en lo más débil que hay en este mundo: un bebé recién nacido. Millones de personas a lo largo de la historia se han recogido en su interior y, solos o con otros, han cogido el teléfono y han conectado con el whatsapp de Dios. Él siempre se pone y escucha. Nos da lo que necesitamos y le pedimos. Se alegra cuando le agradecemos lo que hace por nosotros.

Cova y Diego son los bebés que tengo que cuidar esta Navidad. Su cama de hospital y la de Diego son mi portal y mi ofrecimiento de lo que trabaje estos días, mi regalo. Mi oración quiere ser como la de los pastores admirados ante el Niño Jesús, sencilla pero intensa.

Hay muchas otras situaciones duras y difíciles que necesitan que Cristo nazca en ellas para que puedan ser salvadas. Sólo con la ayuda de Dios y la solidaridad de todos se consigue. Por eso, en mi oración y mi trabajo por Cova quiero incluir a todos los que necesitan algo de mí.

El año pasado tuve una de las Navidades más felices de mi vida. La pasé en el hospital con mis dos abuelos ingresados desde el día 26 de diciembre. Mi portal de Belén fue la habitación 169 del hospital “Perpetuo Socorro” de Albacete. En ellos adoré al niño Jesús que nació de nuevo. Dios se llevó en pocos días a mi abuelo y nos dejó a la abuela para que prolongáramos esa adoración en sus pañales, su oxígeno y su alzheimer, en sus noches hablando y no dejándonos dormir… Pero fue la voluntad de Dios la que me dio esa feliz Navidad para que fuese mejor persona desde entonces, menos egoísta y más volcado hacia los débiles. Fue su regalo por adorarle en mis viejitos.

Ésta es la verdadera Navidad. El espíritu de la Navidad es ponerse a los pies de Jesús que nace para ofrecer lo que somos y ser mejores desde la luz de Belén. Pero nos ha dado por pervertirlo, ocultarlo, despojarlo de toda referencia religiosa, comercializarlo todo, dotar a la Navidad de un aire meloso y repulsivo en el fondo y así nos va.

Mi Navidad será Cova, su amigo Diego, su familia, y desde ellos, mi familia, mis amigos, mi twitter, la gente que no conozco ni conoceré jamás. Ponerse a los pies de quien sufre es ponerse a los pies de Jesús.

@apuacova, @aupadiego Os queremos y os tendremos sanos entre nosotros. Gracias por hacer mejor a tanta gente desde un hospital. Feliz Navidad a los dos.

Os invito a que os suméis a la iniciativa, desde Cova y Diego para llegar desde ellos a todo ser humano que sufre. Feliz Navidad.

El vecindario de la calle Espoz y Mina 12, en el barrio de Fátima, al lado de las Casas Baratas, en Albacete, era una gran familia. Nada que ver con las comunidades de vecinos actuales donde, si coincides en el ascensor con un vecino y si le saludas, corres el riesgo de que te apuñale o te amenace con llevarte a los juzgados por un retraso al pagar la comunidad. O incluso que te eche las uñas al cuello porque en la última reunión de comunidad osaste proponer cambiar las bajantes de cemento por unas plásticas que no se pudren. Hay que hacer una derrama para los gastos y el compañero del ascensor no quiere pagar.

Al poco de nacer, con unos meses, volé con mi madre a Suiza, al encuentro mi padre que llevaba allí un tiempo, esperándonos. Trabajaba en una fábrica de bobinados eléctricos y mi madre en la Omega, montando relojes de oro, pero quiso que naciese en España y pidió un permiso para ello. Pero resultó que el clima o sabe Dios qué no me sentaban bien y me pasé mi más tierna infancia en Albacete al cargo de mis abuelos y con la compañía de mi tío Julio, por consejo de los médicos. En Albacete, estaba como una rosa; en Biel, amarillo y taciturno. Mi tío era sólo nueve años mayor que yo, por lo tanto era como mi hermano mayor. Su muerte, sólo con catorce años, tras varios meses padeciendo un cáncer, fue muy triste para mí. ¡Estaba tan unido a él! ¡Lo quería tanto! En fin.

Rafael y su socio Pedro, construyeron a finales de los sesenta un edificio de tres pisos con dos viviendas en cada altura. En los bajos abrieron una tienda de muebles que Artemio compró cuando se jubilaron y que aún sigue abierta, aunque la regenta su hijo. Los socios se quedaron los mejores pisos, los principales, que contaban con un amplísimo patio radicado sobre el techo del negocio del que vivían. Mis abuelos compraron por sesenta mil pesetas el segundo derecha. Lo pagaron con una hipoteca al dieciocho por ciento. Eso era hipotecarse. Sin embargo, los ciegos dan suerte, y a mi abuelo, que perdió la vista con treinta y seis años, le tocó una quiniela. Fue el único acertante de catorce de esa jornada en toda España. Con el dinero levantó la hipoteca y le dio para meterse en otro piso pagando la mitad de su precio con el fin de alquilarlo. La casa de mis abuelos era un pisazo de ciento siete metros cuadrados con unas habitaciones amplísimas, dos cuartos de baño y una despensa aneja a la cocina que daba mucho de sí. El piso tenía forma de ele y los diferentes cuartos salían de un gran pasillo. El salón principal y otro cuarto que apenas se usaba, pero donde estaba el mobiliario más noble, daban a la calle y las demás dependencias a un patio de luces donde se desarrollaba la vida de esta comunidad. Era muy normal que los vecinos se asomasen a las terrazas y conversaran a gritos. Algunos, todo no participaban, pero cotilleaban discretamente detrás de los visillos. Es, con diferencia, el lugar donde he vivido al que más cariño profeso. Cuando lo vendió mi madre, me causó mucha pena. Era como dejar parte de mi infancia clausurada y perder de vista para siempre unas dependencias muebles cargados de vivencias.

La casa de cada vecino era la de los demás. Las puertas estaban abiertas para todos. Josefa, la vecina del tercero derecha, enviudó muy pronto y sus hijos se independizaron jovencísimos. Por eso, la mujer, pasaba el día sola. Cuando oscurecía, se bajaba con mis abuelos a cenar. A mi abuela poco le costaba freír una patata más o echar a la sartén un trozo de lomo en adobo o sacar un chorizo extra de la orza. Así remediaba su soledad. Hablaba a gritos y los dolores de cabeza que me producía eran tremendos. Pero le tenía cariño. Era una buena mujer que me comía a besos.

Cuando falleció mi tío, en casa se guardó luto riguroso. Para aliviármelo, Manola y Demetrio me llevaban los fines de semana a ver la televisión con ellos y a jugar con sus hijos. El resto de los días, hacía los deberes, estudiaba y a las ocho me acostaba. En un año estuvo prohibida la televisión en casa pero se me permitía esta licencia. Costumbres de otros tiempos.

El piso de Nemesio y Adela, situado en el mismo rellano que el de mis abuelos era el más extravagante. Eran modernos. Convivían con la pareja, la hija y el yerno, un zapatero remendón que no dio un palo al agua, y sus nietos, en amor y compaña. Ocho o nueve personas apretadas como piojos en costura. Pero me divertía mucho con sus nietas, Sole y Ana. Les gustaba mucho la música y disfrutaban como enanas con sus discos de los Pecos, de Dyango, de Miguel Bosé y con su fabuloso tocadiscos de maleta. Gracias a ellas descubrí la música disco en su cuarto convertido en discoteca. Hacer de Tony Manero, los tupés, y otras lindezas eran un placer. Imitar a los Bee Gees, la caña. Además, mi primer juego perverso de médicos fue con ellas. Sin embargo mis abuelos no las tragaban, para nada, y no les dejaban entrar a su piso. Me pegaban más a Antonio, compañero del colegio, porque era culto y tocaba el piano, pero no me proporcionaba ninguna alegría. Ellos eran muy tradicionales para ciertas cosas y querían que fuese un hombre de provecho.

Pero me voy a centrar en Rafael y su esposa, la señora Lola. Rafael era un hombrecillo pequeño, calvo, narigudo, pero con una energía que ya quisiera yo para mí. No paraba un segundo. Negociante como él solo. Más que albaceteño parecía murciano. Muy aficionado a los bares y algo mujeriego, pero con una sabiduría única, de las que sólo da la vida. Y su mujer, que lo quería con locura, se hacía el longuis y le perdonaba todo. No se traslucía jamás nada de los problemas que su marido le causaba con el vino y las mujeres. Sólo me enteré de las debilidades de Rafael porque, al morir él, mi abuela me las confesó, haciéndome jurar no decir nada mientras viviera su mujer. A la señora Lola se la encontraba siempre sentada en una salita que utilizaba como pequeño taller de costura. Mi abuela cosía pantalones para poder tener unos ingresos que se sumaran a la raquítica pensión del SOVI que cobraba mi abuelo. Y siempre estaba con ella. Mi abuela consideraba a la señora Lola una maestra, una gran modista, lo cual era cierto, pues la vi  una vez cortar piezas de una tela para una chaqueta perfectamente, sin patrones ni tiza. A ojo. Muchas tardes, al salir del colegio, me bajaba a estudiar con ellas entre agujas, telas, tijeras y una gran máquina de coser, en una mesa camilla iluminada con un flexo, mientras mi abuelo escuchaba la radio y esperaban a que Rafael volviera del trabajo, para después cenar juntos.

Pero Rafael y la señora Lola tenían una afición al margen de sus trabajos que llenaba su vida: el fútbol.

El Albacete Balompié subió a primera división en 1991 de la mano del presidente Rafael Candel, un joven empresario local que hizo fortuna con la venta de ferrallas, y del que fue entrenador del Real Madrid, Benito Floro. Con ellos se forjó el llamado Queso Mecánico, terror de la liga, equipo sorprendente que subió en dos años de la Segunda B a la división de honor del fútbol español y se quedó séptimo un año, a un puesto de jugar la UEFA. Se fichó a jugadores jovencísimos, como Morientes, el portero Molina o Santi, el defensa del Atlético de Madrid, cedidos por otros equipos de mayor solera, y que llegaron a ser internacionales. También formaban la plantilla jugadores que se jubilaron en el equipo como el uruguayo Zalazar,  una especie de Xavi Alonso con la pegada a balón parado de un Cristiano Ronaldo. O Rommel Fernández, futbolista panameño que se mató estampándose contra un árbol con su coche cuando salía del merendero de Tinajeros. La Curva Rommel es el lugar donde se sitúan cada partido, los ultras del Alba. O qué decir del ídolo local Catali, que acabó regentando una tienda de deportes y otros negocios en la capital. Todos ellos futbolistas de gran calidad.

El equipo se fundó el 1de agosto de 1940. Entre los que lo levantaron estaban Rafael y la señora Lola. Tuvieron muchos años el carné número uno y dos como socios del equipo, respectivamente. Un domingo me invitaron a un Albacete-Atlético de Madrid junto con todo el vecindario porque iban a ser objeto de un homenaje merecido. El Carlos Belmonte estaba lleno. Y ellos, muy bien vestidos, recibieron una placa de manos del presidente, los nombraron socios de honor y les impusieron la insignia de oro y brillantes con el aplauso de ambos equipos. También hicieron el saque de honor. Un placer ver a los dos viejitos emocionados y reconocidos por todos.

Rafael y la señora Lola dedicaron su vida al club. Cuentan que los vestuarios antiguos, que ya fueron derruidos, los construyeron ellos por las noches, en los ratos libres que les dejaban sus ocupaciones. Imaginar a la señora Lola amasando cemento por las noches con las heladas que caen en Albacete, y a su esposo colocando ladrillos, da fe de la entrega que tenían ambos, si es que esa noticia es cierta, lo cual ignoro. También se sabe  con certeza que regalaron el mobiliario de las oficinas del club sitas en la Avenida de la Estación, cuando la sede social se trasladó desde la Calle del Rosario. Y que dieron alojamiento y comida gratis a muchos jugadores de fuera, cuando el equipo estaba en tercera o en regional preferente y muchos no podían permitirse ni un alquiler con lo poco que ganaban. Pagaron autobuses, habitaciones de hotel  y acompañaron al equipo en sus desplazamientos cubriendo un sinfín de necesidades.

Los lunes por la mañana, muy temprano, la camioneta para transportar muebles aparcaba frente a la casa. Rafael subía, uno a uno, grandes bolsones de ropa. Si hacía buen tiempo desparramaba el contenido en el suelo del patio; si llovía, en el pasillo de su casa. La pareja revisaba uno a uno calcetas, pantalones y camisetas. Hacían un montón con la ropa que tenía algún desgarro y la remendaban posteriormente; la que estaba en condiciones la introducían en dos grandes lavadoras colocadas bajo un tejadillo en uno de los extremos del patio. A la tarde podía ver desde la altura del piso de mis abuelos la equipación completa del Albacete Balompié secándose tendida al sol. No se desperdiciaba nada. Se remendaba y reutilizaba todo. Eran ecologistas, sin haber oído hablar nada de dicha ideología progresista ni saber qué era eso del reciclaje. Habría que ver entonces al jugador que se atreviera a dar una camiseta al público al terminar el partido. Como ahora, que las carísimas camisetas de un Real Madrid se consumen como pipas.

Con el tiempo, pensando muchas veces en su vida,  caí en la cuenta de que este matrimonio me dio dos lecciones que han sido muy importantes en mi vida. La primera que hay que poner pasión en lo que se lleva entre manos. Hay que dedicar tiempo y esfuerzo a lo importante y no ser blanditos. Esa pasión puede ser el trabajo entendido como medio de realización personal, un hombre o una mujer, unos hijos, unos amigos, una afición, una actividad solidaria y altruista, el fútbol ¿por qué no?  Y la segunda, el valor de lo gratuito. Sin algo gratis la vida no tiene sentido. Huyo de las personas que se manejan sólo por el interés y por los dineros. Son tristes y desconfiadas. No sabes nunca qué piensan y cuando te descuidas te la lían. Rafael y la señora Lola, sin embargo, se desvivían por el Albacete Balompié. Su pasión les costaba dinero y seguro que algún disgusto, seguramente. En Elda, en el año 59, a Rafael le tuvieron que coser la cabeza a causa de una pedrada de algún aficionado cafre del equipo local. Yo no tengo más que  preguntarme si me desvivo por algo, si me dejo la piel por algo o por alguien. Y también si hago algo por los demás sin tener en cuenta lo que pueda obtener, sin esperar nada a cambio. Sin duda que Rafael y la señora Lola tuvieron en su equipo un motivo para vivir, algo por lo que luchar, una pasión gratuita. Su ejemplo siempre estará vivo en mí. Gratis et amore.

Recuerdo con todo detalle una tarde de agosto, hace ya casi cinco años, en la que cogí del brazo a mi abuelo y lo invité a un helado. Él me notó raro. Su intuición le decía que tenía algo importante que comunicarle. Efectivamente, la noticia era mi inminente intención de dejar el sacerdocio, de colgar los hábitos, vamos. Era una decisión meditada desde hacía tiempo y que tenía su origen en una relación sentimental muy complicada. Un año después de que se terminara, ya tenía casi todo preparado para dar un paso radical en mi vida que se materializó al poco.

Él estuvo un cuarto de hora aproximadamente escuchándome con atención, sin despegar los labios. Sin embargo lo que más me sorprendió fue su comentario en cuanto terminé de hablar: “Debe ser muy duro llegar a tu casa por la noche y no tener a nadie esperándote”. No dijo nada más. Me conmovió de un modo como no podéis imaginar. Su comprensión, su apoyo,  sus palabras emanaban de la sabiduría de quien ha vivido mucho en noventa años y de quien ha tenido a esa persona que le aguardaba al volver.

Pues sí. Di un cambio a mi vida, quizá el mayor. Dejé una vida cómoda, con una posición social respetada y me lié la manta a la cabeza. Todo fue producto por esa sensación de absoluta soledad que se siente cuando no puedes acceder a la exclusividad, a una persona que se muera por ti y que te acompañe. Mucho he reflexionado por qué lo hice. Era esa necesidad lo que me movía.

A nosotros se nos educa en un modo de amor no posesivo, sino concebido como entrega a los demás. Lo mismo que Cristo se entrega en la cruz por todos los hombres, los cristianos lo hemos de hacer. Es un amor no erótico, (entendido como posesión de lo que falta para estar completos) sino visto como ágape o una filía, como entrega desinteresada, que no espera nada a cambio. Lo único que, un sacerdote, ese amor, lo debe entregar a la Iglesia y, a través de ella a la humanidad completa.

Durante años, pude vivir, con mis más y mis menos esa realidad. No me era muy difícil. Ideales fuertes, frescos. Muchos apoyos humanos y espirituales. ¿Había algo de represión? No digo que no. Todo fue  bien hasta que, casi sin esperarlo, la sensación de soledad extrema empezó a ganar terreno,  se empezó a hacer cotidiana. Una obsesión.

Mis relaciones personales eran muchas y algunas de ellas muy profundas. Pero faltaba algo. Necesitaba dirigir esa entrega amorosa a una persona en concreto y absorber lo que ella me pudiera dar a unos niveles afectivos que apenas había experimentado hasta entonces. Sin darme cuenta busqué y encontré. Pero tuve que dejar, que abandonar. Y al dejar, quedé tocado.

Tras “cambiar de vida”, surgió una relación seria que no cuajó. Con ella superé muchas cosas. Entre ellas me desinhibí moralmente respecto al sexo. ¿Por qué no? Esa era la pregunta que me hacía. Relativicé mucho. Puse por encima de todo mi afectividad, recuperar los años perdidos, vivir sensaciones, jugar. Tras ella se cruzaron otras personas pero pasaron superficialmente.

Pero hace unos meses ocurrió algo diferente. Entró alguien distinto que me hizo retomar los motivos que habían alterado mi vida. Esa persona no era un juego. Esos ideales parecía que se concretaban en una persona. Nos queríamos mucho. Nos decíamos que nunca habíamos experimentado un amor como ese. Y era verdad. Se creó una dependencia absoluta. Vivíamos el uno para el otro. Disfrutábamos mucho.  Incluso empezábamos a vislumbrar  vagos y lejanos proyectos de una vida en común. Buscábamos cómo. Se nos ocurrían locuras.

Hasta que la realidad paulatinamente se impuso. Las circunstancias entre nosotros eran tales que exigirían sacrificios enormes por parte de los dos para materializar nuestras intenciones. Incluso puede que hiciéramos mucho daño a otras personas. Comenzamos a tener un cierto malestar entre ambos, a recular, yo más tarde que ella, es cierto. Y hace nada, hablamos y decidimos cortar, manteniendo eso sí, una amistad: queremos ser el “primum inter pares”, los mejores amigos que se podía tener, puesto que ninguno de los dos podemos asumir el coste de unos pasos más allá.

En esas estamos. Tratando de encajar la nueva situación. Para mí es difícil. En mi corta experiencia, las rupturas han sido radicales, no como ésta, gracias a Dios. Nos dolería perdernos el uno al otro. Todo está muy fresco y hay que dar tiempo a que las cosas se serenen. Creo que es posible encontrar un punto de equilibrio. Lo difícil es dar con él. Y eso me está generando un dolor tremendo. Lo provoca la pérdida del futuro que yo, de un modo muy iluso quizá, deseaba; el no saber qué hacer: más o menos frialdad, más o menos distancia. Ella se ve desbordada, mal. Y, a veces, siento que no estoy a su altura.

Omnia vincit amor (es un tópico literario clásico) presente en la literatura grecolatina y que ha tenido amplio eco en el Renacimiento, donde se lo redescubre. Incluso antes, en un Petrarca lo tenemos presente. Se sale del Medievo. Se recuperan textos que se creían perdidos y el peso de lo clásico se impone. Se copian modos, estilos, temas. La mitología, la historia y la filosofía grecorromana se empiezan a divulgar. El hombre se sitúa en el centro. Y el hombre es un ser que ama a otros seres humanos y que expresa ese amor con el arte y la literatura, entre otros medios. Por supuesto que también el barroco y los autores románticos conocen este tópico y otros como el Collige Virgo rosas y que lo usan en sus obras con profusión.

La primera aparición literaria de la frase que da nombre al tópico literario tal cual está en la Égloga X de Virgilio: Omnia vincit Amor, et nos cedamus Amori (Todo lo vence el amor, dejémonos vencer por el amor. -Trad. propia.-). La cita virgiliana nos muestra a un dios, el Amor, Cupido, que de modo azaroso, con su arco y sus flechas hace posible todo. Nada se le resiste. Las relaciones amorosas surgen porque sí, sin más. No hay que dar explicación al amor. Una vez que el amor ha anidado en el corazón de dos personas, si Cupido ha querido, nada se le resiste. Todo lo puede.

Caravaggio representa en el cuadro que vemos al lado a un Cupido juguetón y maligno, con su arco preparado y pisoteando las artes, Caravaggio - Omnia vincit Amorlas ciencias y hasta el gobierno. El amor está presente en todas las facetas de la vida humana, lo mueve todo y lo conmueve todo. Acaba con todo y todo lo puede. De ahí la grandeza. Se cuenta que Caravaggio escogió bien a su modelo: un chavalín de la calle, quizá un ladronzuelo. El gesto pícaro del modelo sólo podía ser de un niño de esa extracción social. Está claro. Cupido es un pilluelo sin cabeza.

Pues bien. Sin pretender enmendarle la plana a toda la tradición literaria occidental y menos aún a la pictórica, Dios me libre, por mi experiencia (es mi opinión), diría que habría que encarcelar a ese diosecillo que se cree omnipotente y que tanto se burla con su azar. No siempre vence el amor. Otras fuerzas están en dura pugna con él. Unas veces sí obtiene su victoria; otras no. Por lo que habéis podido leer arriba, en mi caso no ha vencido, sino que me ha derrotado. Pero, a pesar de todo, no me queda otra que seguir, confiar, recuperarme y hallar un equilibrio personal en el que pueda encontrarme tranquilo, sereno, integrando a la persona con la que creía que se podía ir a más en una realidad nueva que nos permita disfrutar el uno del otro de otro modo.

Y continuar buscando, sin obsesionarme por ello. Aun sabiendo que puedo fracasar. Asumo el riesgo. Tampoco quiero fabricarme una coraza que me separe de los demás y que me ponga a la defensiva. No estoy de vuelta de todo ni de nada. En el fondo, como decía mi abuelo, lo que me pasa es muy duro entrar en casa y no tener a nadie que te espere. Cuando llegue llegará, si llega.

En definitiva que no, que todo no lo vence el amor. ¡Este Virgilio, que nos hizo creer en lo que no existe!

Imagen extraída de la Wikipedia. Caravaggio. El amor victorioso.

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Gracias a Emma Pérez Romera, periodista del Complejo Hospitalario de Albacete (en twitter @perezromera) descubrí el Blog de la Doctora Jomeini. Me pareció muy divertido el nombre del mismo. Eso sólo ya me intrigó. ¿A cuento de qué? ¿Alguna especie recién descubierta de médico integrista islámico?

Es el blog de una médico anestesióloga. Tras la lectura de varias entradas me fijé en una titulada “Deshumanismo”.  En él comentaba la doctora que en su gremio existe la costumbre de “deshumanizar” al paciente  mediante el recurso de nombrarlo por el órgano enfermo y el número y cama de hospital que ocupa. Así “la Sra Obdulia Martín, conocida por sus vecinas como Lita, es la vesícula de la 402-2” según palabras de la misma doctora Jomeini. Posteriormente en uno de sus pacientes, al que estaba tratando de un derrame cerebral, y del que conocía todas sus constantes vitales y cuáles eran las más mínimas dosis de fármacos que había que administrarle, reconoció, al leer su nombre, al padre de una amiga. Fue aleccionador para ella el ver cómo el médico tiende a desumanizar al paciente. Termina la entrada con el juramento de que jamás a la doctora Jomeini el ocurriría algo parecido.

La lectura de esta entrada al blog de la doctora Jomeini me llegó en un momento en que en mi familia estábamos muy ocupados en menesteres médicos. El 26 de diciembre, mis abuelos fueron hospitalizados en la planta geriátrica del Hospital Perpetuo Socorro de Albacete. Notábamos rara a mi abuela y decidimos avisar a su médico de cabecera para que la visitase en casa. La vio mal y ordenó su traslado a urgencias. Mi abuelo estaba muy tenso. Se quedó al cuidado de mi hermana. Y cuál no fue la sorpresa que a las tres horas o así apareció en urgencias en otra ambulancia con el abuelo. Del estrés sufrió un colapso cardiaco.

En la planta geriátrica del Perpetuo Socorro los alojaron en la misma habitación. Algún enfermero o auxiliar se extrañaba de ver a dos ancianos de diferente sexo en la misma habitación. Había que explicarles que llevaban setenta y cinco años de matrimonio, toda una vida juntos y que ahora no íbamos a separarlos. El estado de mi abuelo se complicó. Problemas en el aparato digestivo acabaron con su vida en tres semanas. Mi abuela se estabilizó de sus dolencias y, a finales de enero, volvió a casa. Es una persona que se asoma a su final y de la que sólo esperamos poder aportarle el máximo de calidad de vida posible mientras esté en este mundo. Como anécdota un poco fuera de lugar, Javier Olmedillo, el vicario de la parroquia a la que pertenezco, y muy cercano a mi familia, agradeció que el alzheimer que padece mi abuela se agravase, pues no se enteró ni se ha enterado aún de la muerte de su marido. (Dios le quita la razón a la gente cuando más lo necesita, dijo). En un principio me pareció una burrada. Con perspectiva he de decir que acertó. Mucho sufrimiento se le ha evitado a la abuela con sus demencias.

En la planta geriátrica del Perpetuo Socorro te encuentras de todo. Médicos, enfermeros y auxiliares de todo tipo. No dudo de su profesionalidad, ni mucho menos. Pero a un profesional de la sanidad le pedimos algo más: humanidad. Un médico no trata con sacos de patatas, con ordenadores o con una pila de papeles. Aunque cualquier acción humana afecta a los demás, en los sanitarios se juega con algo tan importante como la salud de los demás. Detrás de un enfermo hay toda una vida, una familia, unos sentimientos, unos temores. El enfermo no es un “alzheimer” o “una insuficiencia cardiaca”.

Entre los profesionales con los que tratamos encontramos de todo. Personas que saludaban a mis abuelos con cariño, por su nombre, que los animaban, que hablaban con la familia… Un día, varias auxiliares acercaron las camas de mis abuelos para que pudiesen hablar y tocarse. Y la médico que los trató, Inmaculada, una médico jovencísima, luchó por ellos hasta la extenuación enfrentándose a decisiones muy difíciles. Hablando con claridad, pero siempre con cariño, con una sonrisa, explicando a la familia los pormenores de las enfermedades de mis abuelos y sufriendo el no haber podido hacer más por mi abuelo. Otros, los menos, entraban a la habitación, regulaban un gotero o quitaban unos pañales como quien está arreglando el motor de un coche o ajustando las válvulas de una caldera de gas.

Por eso, yo que quiero ser docente y que he tratado en mi anterior estado de vida con problemas de los demás muy serios, me he visto en ambos extremos. Unas veces he reconocido en quien enseño a un ser humano; otras no he sabido ver en un ejercicio corregido a la persona que hay detrás o en un trabajo entregado fuera de plazo a alguien que sufre por cómo caerá a sus padres tal o cual resultado académico.

Yo no quiero ser profesor, quiero ser maestro. Con toda la carga semántica que conlleva. Si sólo transmito conocimientos, que me jubilen y que traigan un ordenador con Internet o que encierren a mis alumnos en una sala llena de enciclopedias. El resultado será mejor. Saben más que yo. Tengo que transmitir lo que sé, pero mostrando valores. Don Jesús José Rodríguez y Rodríguez de Lama, que nosotros llamábamos El Jejo, por abreviar tan rimbombante nombre, profesor de griego, nos dijo que conjugar los verbos griegos se nos olvidaría, pero que si nos transmitía el valor y los valores de la cultura clásica se daba por contento, porque eso no se borraría. Y así fue. Doy fe.

Por ello abogo porque, trabajemos donde trabajemos y, si  además tenemos la suerte de estar donde queremos, (si tenemos vocación) nos demos cuenta que, incluso en los puestos de trabajo en que parece que no tenemos contacto con nadie, estamos influyendo de un modo u otro en los demás. Lo cual es una enorme responsabilidad.


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