Juan Carlos Vivó Córcoles

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La ducha compartida es una de las prácticas erótico-festivas más gratificantes. Donde va a parar comparada con la tradicional ducha solitaria por muy larga y relajante (o excitante) que pueda ser.

Por ello me he permitido la licencia de publicar esta entrada en mi blog con afán didáctico, pretendiendo mejorar vuestra vida sexual y animándoos a que la incorporéis en vuestro repertorio. Saldréis de la rutina y vuestra pareja tendrá un aliciente más para aumentar la pasión.

Con ese afán educacional he querido estructurarlo mediante una lista de recomendaciones.

  • Estúdiese el espacio. Generalmente será un espacio conocido, como el aseo de casa, con lo cual no habrá problema. La costumbre es un estupendo aliado para evitar problemas. Pero ¿y si es una aventura hotelera y el cuarto de baño nos es extraño? No viene mal un tiempo de familiarización con el cuarto de baño. Sentarse, observar y, si es necesario, hasta levantar un inventario de mobiliario y objetos presentes e, incluso, levantar planos.
  • Mídase el lugar. Las proporciones del habitáculo y las dimensiones de la bañera o plato de ducha, tanto a lo alto, a lo ancho como a lo alto. Un señor de dos metros de alto en una ducha de techo bajo, en el fragor de la contienda, ardiente de pasión, se dejó de más de un pelo adherido a la escayola del bajotecho, tras el consabido cuconazo y la ulterior blasflemia.
  • Comprúebese que la ducha sea de mampara rígida o de cortina. No es lo mismo, no. En caso de resbalón o caída, la sola cortina te puede sacar de la bañera o del plato de ducha con el posible impacto de la nuca con el lavabo, taza del váter o bidé. También sirve de asidero amortiguador de caídas. Si la ducha está provista de mampara rígida, por el contrario, quizá el movimiento excéntrico sea detenido por la misma sin mayores consecuencias. Pero no hay que minusvalorar el hecho de que, con el golpe, se suele romper, con el consiguiente riesgo de corte.
  • Hágase un estudio volumétrico previo. Imaginen un plato de ducha de 1 x 1 metro y con cerramiento rígido. Las posibilidades de o no entrar, lo cual es decepcionante, o de quedarse encajados, son notorias. Por eso se debe saber, en espacio tan reducido, los metros cúbicos de capacidad. También es bueno ensayar la forma de acople de los cuerpos de los amantes, previo a la ducha, para su grácil armonizacióncon el espacio disponible. Si es necesaria la concurrencia de otra persona en esta delicada maniobra mejor que mejor. No escatimar medios.
  • No olvidar que las masas carnosas más problemáticas son: en la mujer los pechos y las caderas, con las protuberancias posteriores de mal nombre y que no se me ocurriría escribir aquí pero que son dos, prominentes y celulíticas muy a menudo; y en el hombre, la barriga cervecera. Por otro lado, no se debe obviar el dato de que, en con el calentón de la práctica amatoria, el miembro viril suele entrar en erección y que vindicará su comodidad y que hay que facilitarle su movilidad al pobre. Unos centímetros exigirá a menos que su tamaño sea minúsculo.
  • Si por la premura de tiempo o por otro motivo no se puede encargar tal estudio instálese una alarma con conexión a una central similar a la que existe en los ascensores o, en su defecto, úsese un móvil para llamar al 112.
  • La ducha compartida puede ser ante coito, post coito o in coito. En el primer caso, entra dentro de lo que llamamos preliminares. Si la pareja se seca tras el agua conseguirá un acto sexual limpio, sano e higiénico; si no, la lubricidad de los cuerpos será enorme, pero también habrá que ir pensando en sacar el colchón a secar al balcón. Si la ducha compartida es post coito, tendrá como función eliminar efluvios y sudores, relajar o volver a animar la pasión, si no hay que irse al trabajo o levantar a los niños. In coito es muy interesante. Pero hay que tener en cuenta dos factores: 1) El chorro de agua es muy molesto e incontrolable. Te cae agua por donde sea, se te mete en un ojo… 2) La desigual altura de la pareja. Si el amante mide dos metros y la amada metro sesenta, se verá forzado a una posición en cuclillas incómoda para el varón puede inducir a lumbalgias o tirones. Si el caso es el otro (jugadora de voleibol de dos metros con canijillo de metro sesenta) se deben proveer de un taburete regulable en altura. Ánclese al suelo para evitar caídas, por favor.
  • Ténganse a mano una provisión de útiles necesarios. Lo básico: gel, champú, esponja y toallas. Como accesorios como mínimo debe haber un aparato para poner musiquita sugerente o velitas para crear un ambiente íntimo, cremas y preservativos (opcionales: con o sin objetivo de concebir).
  • Es importante verificar una y mil veces la tenencia a mano de tales útiles. Porque en caso de faltar algo se ha de salir fuera. Si el cuerpo está ya mojado, el riesgo de caída aumenta. La pátina que se crea en la planta del pie en interacción con el resbaloso suelo puede ser muy nocivo para la salud.
  • Por supuesto que el proceloso periplo que conlleva el salir de la ducha siempre corresponde al varón. La orden de salida, a la mujer. Luego sois vosotros, sufridos amantes, quienes tendréis que sortear miles de peligros hasta, tras poner un pie fuera de la ducha, localizar lo que falta y volver al sitio.
  • Si hay toallita haciendo la función de alfombra, mucho mejor. Pero, ojito, porque, lo mismo que puede ser un buen apoyo y defensa para la verticalidad propia del ser humano (una de las bases del triunfo evolutivo del ser humano), puede salir disparada tomando vuelo y altura y vosotros también.
  • Una vez en tierra, vigilad, dónde pisáis. Infinidad de peligros hay entre vosotros y lo que buscáis. Si está en el mismo cuarto de baño no hay mucho que temer, el viaje será breve. Pero ¿y si tenéis que cruzar la habitación? Se suele dejar la habitación a oscuras por aquello de crear una atmósfera íntima lo cual puede suponer atravesar un campo de minas más apretado que los de la Guerra del Vietnam. Hay tirada ropa de la que se arroja al suelo sin ton ni son en el arrebato pasional. Nos encontramos también líquidos derramados: o fluidos corporales variados, agua de la ducha o cremitas y puede que algún preservativo lanzado al aire, que cae Dios sabe dónde.
  • Atención también al efecto dominó. Todos sabemos que si colocamos una ficha al lado de la otra, en fila, si derribamos la primera, caen las demás. Pues bien, una vez encajados los cuerpos en una ducha cualquiera, en cualquier movimiento, se le va a uno un pie con nada y pierde con la misma facilidad el equilibrio. Si uno cae sólo no suele pasar nada, pero si derriba a la esposa, novia, ligue de un día o amante el riesgo de ruptura está más que asegurado. Eso no se perdona y si hay moratones o lesiones menos: el ¡hijo puta! sale disparado de la boca y ya no hay vuelta atrás posible.
  • Y por último, un elemento incontrolable: la cabeza de ducha o cebolla. Verificad, si la ancláis arriba, que el soporte esté firme, pues, la presión del agua puede hacer que se desprenda con la posibilidad de golpe sobre vuestras cabezas. Si la tenéis en una mano, las posibilidades de disfrute y de control aumentan pero también el movimiento incontrolado y el agua saltando por cualquier sitio y golpeando inmisericorde vuestros cuerpos también. ¡Qué desagradable el atragantamiento y la tos producida por el agua a presión entrando en boca abierta hasta la nuez! ¡Qué desagradable el agua entrando en un ojo!

En fin, compañeros y amigos, hay que tener humor y bromear un poquito. Que disfrutéis del sexo que es algo de lo más maravilloso que Dios nos ha dado. Si es con amor mucho mejor, y si no, también, que no pasa nada. Pero vigilad. El diablo se viste de ducha compartida.

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Gracias a Emma Pérez Romera, periodista del Complejo Hospitalario de Albacete (en twitter @perezromera) descubrí el Blog de la Doctora Jomeini. Me pareció muy divertido el nombre del mismo. Eso sólo ya me intrigó. ¿A cuento de qué? ¿Alguna especie recién descubierta de médico integrista islámico?

Es el blog de una médico anestesióloga. Tras la lectura de varias entradas me fijé en una titulada “Deshumanismo”.  En él comentaba la doctora que en su gremio existe la costumbre de “deshumanizar” al paciente  mediante el recurso de nombrarlo por el órgano enfermo y el número y cama de hospital que ocupa. Así “la Sra Obdulia Martín, conocida por sus vecinas como Lita, es la vesícula de la 402-2” según palabras de la misma doctora Jomeini. Posteriormente en uno de sus pacientes, al que estaba tratando de un derrame cerebral, y del que conocía todas sus constantes vitales y cuáles eran las más mínimas dosis de fármacos que había que administrarle, reconoció, al leer su nombre, al padre de una amiga. Fue aleccionador para ella el ver cómo el médico tiende a desumanizar al paciente. Termina la entrada con el juramento de que jamás a la doctora Jomeini el ocurriría algo parecido.

La lectura de esta entrada al blog de la doctora Jomeini me llegó en un momento en que en mi familia estábamos muy ocupados en menesteres médicos. El 26 de diciembre, mis abuelos fueron hospitalizados en la planta geriátrica del Hospital Perpetuo Socorro de Albacete. Notábamos rara a mi abuela y decidimos avisar a su médico de cabecera para que la visitase en casa. La vio mal y ordenó su traslado a urgencias. Mi abuelo estaba muy tenso. Se quedó al cuidado de mi hermana. Y cuál no fue la sorpresa que a las tres horas o así apareció en urgencias en otra ambulancia con el abuelo. Del estrés sufrió un colapso cardiaco.

En la planta geriátrica del Perpetuo Socorro los alojaron en la misma habitación. Algún enfermero o auxiliar se extrañaba de ver a dos ancianos de diferente sexo en la misma habitación. Había que explicarles que llevaban setenta y cinco años de matrimonio, toda una vida juntos y que ahora no íbamos a separarlos. El estado de mi abuelo se complicó. Problemas en el aparato digestivo acabaron con su vida en tres semanas. Mi abuela se estabilizó de sus dolencias y, a finales de enero, volvió a casa. Es una persona que se asoma a su final y de la que sólo esperamos poder aportarle el máximo de calidad de vida posible mientras esté en este mundo. Como anécdota un poco fuera de lugar, Javier Olmedillo, el vicario de la parroquia a la que pertenezco, y muy cercano a mi familia, agradeció que el alzheimer que padece mi abuela se agravase, pues no se enteró ni se ha enterado aún de la muerte de su marido. (Dios le quita la razón a la gente cuando más lo necesita, dijo). En un principio me pareció una burrada. Con perspectiva he de decir que acertó. Mucho sufrimiento se le ha evitado a la abuela con sus demencias.

En la planta geriátrica del Perpetuo Socorro te encuentras de todo. Médicos, enfermeros y auxiliares de todo tipo. No dudo de su profesionalidad, ni mucho menos. Pero a un profesional de la sanidad le pedimos algo más: humanidad. Un médico no trata con sacos de patatas, con ordenadores o con una pila de papeles. Aunque cualquier acción humana afecta a los demás, en los sanitarios se juega con algo tan importante como la salud de los demás. Detrás de un enfermo hay toda una vida, una familia, unos sentimientos, unos temores. El enfermo no es un “alzheimer” o “una insuficiencia cardiaca”.

Entre los profesionales con los que tratamos encontramos de todo. Personas que saludaban a mis abuelos con cariño, por su nombre, que los animaban, que hablaban con la familia… Un día, varias auxiliares acercaron las camas de mis abuelos para que pudiesen hablar y tocarse. Y la médico que los trató, Inmaculada, una médico jovencísima, luchó por ellos hasta la extenuación enfrentándose a decisiones muy difíciles. Hablando con claridad, pero siempre con cariño, con una sonrisa, explicando a la familia los pormenores de las enfermedades de mis abuelos y sufriendo el no haber podido hacer más por mi abuelo. Otros, los menos, entraban a la habitación, regulaban un gotero o quitaban unos pañales como quien está arreglando el motor de un coche o ajustando las válvulas de una caldera de gas.

Por eso, yo que quiero ser docente y que he tratado en mi anterior estado de vida con problemas de los demás muy serios, me he visto en ambos extremos. Unas veces he reconocido en quien enseño a un ser humano; otras no he sabido ver en un ejercicio corregido a la persona que hay detrás o en un trabajo entregado fuera de plazo a alguien que sufre por cómo caerá a sus padres tal o cual resultado académico.

Yo no quiero ser profesor, quiero ser maestro. Con toda la carga semántica que conlleva. Si sólo transmito conocimientos, que me jubilen y que traigan un ordenador con Internet o que encierren a mis alumnos en una sala llena de enciclopedias. El resultado será mejor. Saben más que yo. Tengo que transmitir lo que sé, pero mostrando valores. Don Jesús José Rodríguez y Rodríguez de Lama, que nosotros llamábamos El Jejo, por abreviar tan rimbombante nombre, profesor de griego, nos dijo que conjugar los verbos griegos se nos olvidaría, pero que si nos transmitía el valor y los valores de la cultura clásica se daba por contento, porque eso no se borraría. Y así fue. Doy fe.

Por ello abogo porque, trabajemos donde trabajemos y, si  además tenemos la suerte de estar donde queremos, (si tenemos vocación) nos demos cuenta que, incluso en los puestos de trabajo en que parece que no tenemos contacto con nadie, estamos influyendo de un modo u otro en los demás. Lo cual es una enorme responsabilidad.


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