Juan Carlos Vivó Córcoles

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Mi Lukas era una unidad de destino en lo universal. Único e inmarcesible, pues confluían en él todas las virtudes y defectos de lo perruno y estaba destinado a la eternidad que le otorga el ser prototípico.

Dicen que los perros son casi humanos, que son el mejor amigo del hombre y demás tópicos. Pues, bien, mi Lukas no era nada de eso, era un perro con todo lo que de canino tiene el término.

Mi hermana es muy caritativa. Tuvo noticias de que en un criadero había nacido una camada sin pedigrí ni raza conocida, compuesta por una mezcla de mastín español y pastor belga. Esos perros no tienen venta y su destino es el sacrificio. Sin dilación, se llevó uno pero, con la excusa de que su piso de la Calle del Escritor era muy pequeño me lo endilgó a mí, cual graciosa dádiva o presente.

Yo ni había tenido perro en mi vida ni lo quería pero, por no hacer un feo a mi Trini, cargué con el perro con cierta preocupación y desasosiego por la responsabilidad que se me venía encima.

Lo conocí en el aparcamiento del Carrefour. Estaba en una caja de cartón con agujeros a modo de respiraderos que, con sus movimientos, se me antojaba que se movía ella sola. Se le oía llorar, inquieto, y rascar las paredes de su cárcel e intentar salir. Lo llevamos a mi coche y lo llevé a Socovos.

Era una preciosa bola de pelo negro con manchas blancas en las patas, cola, vientre y nariz, con cabeza muy grande, propia de un mastín y cuerpo que denunciaba las características morfológicas de su madre. Poco a poco empezó a crecer y mi preocupación aumentó porque el cuerpo se alargó y las patas no. Creía que tendría una deformidad o que se iba a quedar como un engendro de perro salchicha. Sólo al cabo de unos meses su cuerpo se elevó, con gran alivio mío, como quien le pone un gato a un coche y adquirió unas proporciones formidables: un metro de largo, una altura de medio metro y unos setenta kilos de peso.

Aunque daba algo de miedo ver su estampa, enseguida se hizo muy sociable. Se lo dejaba a los niños del pueblo que estaban encantados con el perro que tenía el cura (no con el perro del cura). Le encontré utilidad: servía para hacer parroquia, la verdad. Mi Lukas de apostolado. Sin embargo, su labor evangelizadora terminó en cuanto tuve noticias del primer feligrés que cayó al suelo en una de sus potentes arrancadas. Ahí se acabó.

Su vida transcurrió en un patio que fue huerto en su momento. El huerto propiamente dicho ocupaba un altillo bastante extenso ocupado en gran mediad por un laurel y por una gran higuera que le dejaba espacio suficiente para que estuviera a sus anchas con el debido recogimiento. Al principio se escapaba por la rendija de una puerta y desparecía durante días. Las primeras veces me preocupaba; después no tanto, pues aparecía siempre, cansado y agotado, cuando menos me lo esperaba. Mientras tanto me llegaban noticias de que lo habían visto por tal o cual bancal, de que se había hecho el líder de una manada de seis o siete perros, de que había sido visto en Férez… Siempre volvía, sucio, arañado por gatos, sus peores enemigos, y cargado de garrapatas y pulgas. En un momento dado sospeché de la índole sexual de sus escapadas. En poco tiempo, el pueblo empezó a llenarse de perros de lo más variopinto, en tamaños y hechuras, pero con un sospechoso pelaje negro con mechones blancos que me estaban emparentando con media feligresía, con una paternidad más allá de la espiritual y propia de un sacerdote católico.

El Lukas comía todo lo que un perro puede comer más algunas otras cosas más, como patatas, manzanas, pescado, roedores que mataba o incluso moscas, a las que acechaba inmisericorde. Cuando las tenía entre sus fauces las masticaba y tiraba la cáscara una vez extraído el jugo del insecto.

Le dio por cantar, digo, por ladrar, y sus conciertos eran de lo más sonoro. Algún vecino tenía paciencia; otros me respetaban por aquello del cargo aunque por lo bajinis reprochaban mi conducta. Pero al final di en hueso: José, uno de esos socoveños que iban de uvas a peras al pueblo, me montó un pollo en plena calle que no veas: “vengo a descansar al pueblo y me encuentro con un chucho de mierda que no me deja dormir”. A tal grado creció la tensión que hasta incluso el policía municipal habló conmigo en mi despacho para evitar males mayores. Total, que, se ganó por ello el privilegio de dormir en casa, en vez de bajo un porche que lo protegía bastante bien del frío. Cuando estaba fuera, mi vecino Antonio de la Amparico, que tenía llave de la casa parroquial, se encargaba de dar de comer y de beber y de guardar por la noche y sacar por la mañana al Lukas. Con ello se evitaba el que ladrara a las cuatro de la madrugada.

Mis abuelos y mi madre iban a temporadas al pueblo. No le tenían mucho cariño al perro, la verdad, especialmente mi madre. Ella ha sido muy del qué dirán y, quizá por querer presumir de la condición sacerdotal de su hijo, no veía muy bien aquello de un cura con perro. Mis abuelos, sin embargo, sí que le tenían cierto aprecio. Mi abuela le guisaba unos caldos más que nutritivos con sobras de todo tipo y con mucho pan duro que al Lukas le encantaban y lo sacaban del rutinario pienso. ¡Qué alegría cuando la veía aparecer con el humeante potaje! Me salió gourmet sibarita, el can.

Mi abuelo estaba ciego y a mi abuela ya empezaban a notársele los años. Tenía por ello miedo de que, en un arrebato de cariño o queriendo jugar, se acercara a ellos, se les encaramara y los tirase al suelo provocándoles algún mal. Así pues lo educamos a que los respetara. Si los notaba cerca, se acurrucaba en un rincón y, observante, pero quieto, no estiraba un músculo hasta que desaparecían de su vista.

De las monerías propias que hacen de un perro algo gracioso sólo aprendió dos: a levantar la pata izquierda y a sentarse. En todo lo demás era de lo más anárquico. Se te subía, te mordía el brazo y, hasta en épocas de celo hacía el amor con tu pierna si te descuidabas. Odiaba el agua. El baño para él era un tormento. Cuando me veía enchufar la manguera, hacía por desaparecer. Se acurrucaba en un rincón y bajaba la cabeza, temeroso. Tenía  entonces que atarlo corto para que no escapara. Una vez mojado se le veía cara de terror. Eso sí, como lo encantaba que lo rascaran, cuando lo enjabonaba, se le notaba que disfrutaba. El secado era espectacular: una fuente parecía cuando se sacudía el agua atrapada en su tupido pelo, como lluvia de perlas. A menudo, sin embargo, mis esfuerzos eran inútiles. Al minuto se había rebozado en la tierra del huerto con mi correspondiente cabreo.

Lo entraba muchas veces al salón de casa, conmigo. Allí nuestras siestas en amor y compaña eran un placer. Yo en mi sillón; él al lado mío. Para controlarme se tendía a mi lado y ponía una de sus patas sobre uno de mis pies. Si me movía se levantaba y se ponía en guardia agitando la cola veloz y alegremente con la esperanza de un paseo. Las siestas las presidía la televisión que servía de ruido de fondo. Lo más soporífero eran los reportajes de la segunda cadena de Radio Televisión Española. Si algún perro, gato, león, tigre o hiena emitía algún sonido buscaba en el aparato electrónico al animal. Reconocía el ladrido, pero no su fuente de procedencia. Le gruñía a la tele y, si el ruido persistía, acababa ladrándole airado. Cuando estaba despierto era insoportable. Se te subía al brazo del sillón con intención de besarte o de cogerte el antebrazo y tirar de él, nunca de morderte. Los muebles de los que pendían mechones de pelo lucían sus arañazos. Había un sillón viejo que era su predilecto, sito en un rincón. Se subía en él, se acurrucaba y allí se dormía profundamente. Era muy divertido ver sus espasmódicos movimientos cuando soñaba y sus placenteros gemidos.

Disfrutaba mucho de verlo correr. Iba por el campo a su aire, olisqueando todo, levantando la pata y orinando en cualquier aliaga o tomillo. Me hacía entonces el despistado y me alejaba de él lo que podía. Cuando me echaba de menos empezaba a mirar inquieto, con la cabeza alta y, una vez localizado, corría como un loco hacia mí. Me encantaba verlo en su plenitud de gran animal.

Tenía un gran amigo, Marcelino, un pequinés propiedad de Paco el de las Carnes, así llamado porque, hasta que se jubiló, vivió de una carnicería. Marcelino era mucho más pequeño que el Lukas. Les encantaba jugar y se pasaban las horas juntos. Sus juegos eran hacer como que se mordían. Eran vanos los intentos de Marcelino por saltar a morderle las orejas al Lukas. No llegaba. Eso sí, cuando mi perro se hartaba, inmovilizaba a Marcelino con su poderosa pata. Quedaba Marcelino despatarrado y chafado contra el piso sin poder hacer nada hasta que el Lukas quería. Marcelino murió y noté a mi perro desconsolado y triste. Notaba su ausencia.

Muchas noches iba a casa de unos feligreses y amigos. Era un matrimonio que tenía dos niños pequeños entonces. Una tarde fui a tomar café y llevé conmigo al Lukas. Jaime, el hijo menor, tenía cuatro o cinco años. A mi perro le tenía mucho cariño pero también cierto respeto. Jaime era de los más bajitos de entre los niños de su clase, de tal modo que su estatura era más o menos la de mi perro. Se colocaron, uno frente al otro mirándose fijamente a los ojos e inmóviles durante uno o dos minutos. Y, de pronto, sin previo aviso, la sonrosada y enorme lengua del Lukas emergió de entre sus dientes y recorrió de abajo a arriba la cara de Jaime, llenándola de babas. El Lukas le demostró así su cariño pero la reacción de Jaime no fue la misma. Tras la sorpresa que lo aturdió un poco, unos cuantos improperios salieron de su boca.

Durante varios veranos organizábamos campamentos en la parroquia. Un año el Lukas se vino de acampada. La verdad, daba juego. Era tan sociable que fue un gusto que fuera el juguete de todos. Pero he de reconocer, que se ponía muy pesado. Y lo tenía que atar para que no molestase, especialmente durante las comidas. Era muy zalamero y miraba con cara de lástima a los comensales. Iba a ver si pillaba alguna sobra de algún chaval generoso. Sin embargo, juzgué acertadamente que, por razones de higiene, tenía que estar atado en esos momentos. Pues bien, una vez lo encadené a un pino, no demasiado grueso pero sí muy alto en plena canícula de julio. De improviso, mientras se servía el segundo plato, vemos una polvareda creciente que avanzaba por el campamento en dirección a nosotros. Era el Lukas que, a base de tirar, había arrancado el pino y lo arrastraba tras de sí, remolcándolo con la cadena que lo fijaba al árbol. Los resultados fueron el derribo de varias tiendas de campaña, la licencia definitiva de mi perro como campista y el descubrimiento de un Sansón perruno, admirado por su fuerza.

Tras una vida más o menos feliz, enfermó al cumplir los siete años: la horrenda leishmaniosis o enfermedad del mosquito. A los perros les pica un tipo de mosquito que se da en climas cálidos y en el sur de Europa. Su cura es muy complicada, cuando no imposible. Pierden fuerzas, sobre todo en sus cuartos traseros, su carácter se entristece, se amustian, dejan de tener apetito, adelgazan mucho y sus uñas crecen anormalmente. Tras intentarlo, sin resultado, con unas inyecciones que le administraba un veterinario hubo que optar por la peor de ellas: la letal. Fue muy triste para mí ayudar a su muerte, pero no hubo más remedio que hacerlo.

En definitiva, que para mí fue una bendición su tenencia. Sé que me ha querido de un modo incondicional. Todos los que tenéis uno lo sabéis. Un perro es una maravilla y mi Lukas más. Además salió a su amo: perro como él, pocos ha habido bajo el sol. De humano poco, a menos que la humanidad de mi Lukas se midiese por su corazón animal, grande: el de su amo es mucho más vil, pero igual de perro que el suyo. Ojalá la vida nos traiga amores tan agradecidos como los que un perro nos puede dar aunque, somos humanos y, por tanto más interesados. Es todo más difícil. Podemos amar, pero siempre nos reservamos algo. Sólo el amor de una madre por sus hijos se asemeja a la totalidad amatoria de un perro. Entre esposos o parejas es más difícil y más en los tiempos que corren en los que el compromiso se relativiza tanto y nadie quiere atarse y todo el mundo va a disfrutar. El hedonismo, la comodidad ante todo y el amor de usar y tirar, con límite de caducidad siempre, sin gratuidad ni entrega.

Querido Lukas, espérame en el cielo. Allí correremos por las verdes praderas celestiales. Mientras tanto, súbete al regazo de la Virgen María, que es muy buena y te soporta todo. Pero cuidado con molestar y tirar a san Joaquín y santa Ana, los abuelos del Señor, que están mayores y una rotura de cadera… Y, sobre todo, no te acerques a san Pedro, que tiene malas pulgas y lo mismo te manda al infierno, donde ni tú ni yo queremos estar.

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