Juan Carlos Vivó Córcoles

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Gracias a Emma Pérez Romera, periodista del Complejo Hospitalario de Albacete (en twitter @perezromera) descubrí el Blog de la Doctora Jomeini. Me pareció muy divertido el nombre del mismo. Eso sólo ya me intrigó. ¿A cuento de qué? ¿Alguna especie recién descubierta de médico integrista islámico?

Es el blog de una médico anestesióloga. Tras la lectura de varias entradas me fijé en una titulada “Deshumanismo”.  En él comentaba la doctora que en su gremio existe la costumbre de “deshumanizar” al paciente  mediante el recurso de nombrarlo por el órgano enfermo y el número y cama de hospital que ocupa. Así “la Sra Obdulia Martín, conocida por sus vecinas como Lita, es la vesícula de la 402-2” según palabras de la misma doctora Jomeini. Posteriormente en uno de sus pacientes, al que estaba tratando de un derrame cerebral, y del que conocía todas sus constantes vitales y cuáles eran las más mínimas dosis de fármacos que había que administrarle, reconoció, al leer su nombre, al padre de una amiga. Fue aleccionador para ella el ver cómo el médico tiende a desumanizar al paciente. Termina la entrada con el juramento de que jamás a la doctora Jomeini el ocurriría algo parecido.

La lectura de esta entrada al blog de la doctora Jomeini me llegó en un momento en que en mi familia estábamos muy ocupados en menesteres médicos. El 26 de diciembre, mis abuelos fueron hospitalizados en la planta geriátrica del Hospital Perpetuo Socorro de Albacete. Notábamos rara a mi abuela y decidimos avisar a su médico de cabecera para que la visitase en casa. La vio mal y ordenó su traslado a urgencias. Mi abuelo estaba muy tenso. Se quedó al cuidado de mi hermana. Y cuál no fue la sorpresa que a las tres horas o así apareció en urgencias en otra ambulancia con el abuelo. Del estrés sufrió un colapso cardiaco.

En la planta geriátrica del Perpetuo Socorro los alojaron en la misma habitación. Algún enfermero o auxiliar se extrañaba de ver a dos ancianos de diferente sexo en la misma habitación. Había que explicarles que llevaban setenta y cinco años de matrimonio, toda una vida juntos y que ahora no íbamos a separarlos. El estado de mi abuelo se complicó. Problemas en el aparato digestivo acabaron con su vida en tres semanas. Mi abuela se estabilizó de sus dolencias y, a finales de enero, volvió a casa. Es una persona que se asoma a su final y de la que sólo esperamos poder aportarle el máximo de calidad de vida posible mientras esté en este mundo. Como anécdota un poco fuera de lugar, Javier Olmedillo, el vicario de la parroquia a la que pertenezco, y muy cercano a mi familia, agradeció que el alzheimer que padece mi abuela se agravase, pues no se enteró ni se ha enterado aún de la muerte de su marido. (Dios le quita la razón a la gente cuando más lo necesita, dijo). En un principio me pareció una burrada. Con perspectiva he de decir que acertó. Mucho sufrimiento se le ha evitado a la abuela con sus demencias.

En la planta geriátrica del Perpetuo Socorro te encuentras de todo. Médicos, enfermeros y auxiliares de todo tipo. No dudo de su profesionalidad, ni mucho menos. Pero a un profesional de la sanidad le pedimos algo más: humanidad. Un médico no trata con sacos de patatas, con ordenadores o con una pila de papeles. Aunque cualquier acción humana afecta a los demás, en los sanitarios se juega con algo tan importante como la salud de los demás. Detrás de un enfermo hay toda una vida, una familia, unos sentimientos, unos temores. El enfermo no es un “alzheimer” o “una insuficiencia cardiaca”.

Entre los profesionales con los que tratamos encontramos de todo. Personas que saludaban a mis abuelos con cariño, por su nombre, que los animaban, que hablaban con la familia… Un día, varias auxiliares acercaron las camas de mis abuelos para que pudiesen hablar y tocarse. Y la médico que los trató, Inmaculada, una médico jovencísima, luchó por ellos hasta la extenuación enfrentándose a decisiones muy difíciles. Hablando con claridad, pero siempre con cariño, con una sonrisa, explicando a la familia los pormenores de las enfermedades de mis abuelos y sufriendo el no haber podido hacer más por mi abuelo. Otros, los menos, entraban a la habitación, regulaban un gotero o quitaban unos pañales como quien está arreglando el motor de un coche o ajustando las válvulas de una caldera de gas.

Por eso, yo que quiero ser docente y que he tratado en mi anterior estado de vida con problemas de los demás muy serios, me he visto en ambos extremos. Unas veces he reconocido en quien enseño a un ser humano; otras no he sabido ver en un ejercicio corregido a la persona que hay detrás o en un trabajo entregado fuera de plazo a alguien que sufre por cómo caerá a sus padres tal o cual resultado académico.

Yo no quiero ser profesor, quiero ser maestro. Con toda la carga semántica que conlleva. Si sólo transmito conocimientos, que me jubilen y que traigan un ordenador con Internet o que encierren a mis alumnos en una sala llena de enciclopedias. El resultado será mejor. Saben más que yo. Tengo que transmitir lo que sé, pero mostrando valores. Don Jesús José Rodríguez y Rodríguez de Lama, que nosotros llamábamos El Jejo, por abreviar tan rimbombante nombre, profesor de griego, nos dijo que conjugar los verbos griegos se nos olvidaría, pero que si nos transmitía el valor y los valores de la cultura clásica se daba por contento, porque eso no se borraría. Y así fue. Doy fe.

Por ello abogo porque, trabajemos donde trabajemos y, si  además tenemos la suerte de estar donde queremos, (si tenemos vocación) nos demos cuenta que, incluso en los puestos de trabajo en que parece que no tenemos contacto con nadie, estamos influyendo de un modo u otro en los demás. Lo cual es una enorme responsabilidad.

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