Juan Carlos Vivó Córcoles

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Soy afortunado. He tenido uno de los, si se puede llamar oficio, más envidiado por lo poco que se trabaja: el sacerdocio. Tras secularizarme, me he buscado las habichuelas en la enseñanza, aun sabiendo que es un trabajo de los más odiados por sus tres meses de vacaciones pagadas al año, las tardes libres… Sólo aspiro a ser político, por lo mucho que se gana, para acabar siendo un hombre laboralmente feliz.

Lo bueno que tienen el sacerdocio y la enseñanza es que son algo más que un trabajo. Sabe Dios que si la Iglesia relajase su disciplina respecto al celibato, volvía, pues es un estado de vida único. Fui muy feliz porque que alguien tan inútil como yo pueda traer a Dios a un trozo de pan y de vino y no pase nada es maravilloso. O que el perdón de Dios llegue a un espíritu angustiado, no te digo lo que mola: un huevo. ¿Qué decir de la enseñanza? Ayudar a un adolescente a crecer como persona, verle que aprende y que hasta te sonríe cuando lo has suspendido satisface (no en todos los casos es así, matizo). Por esas razones y por muchas otras, repito, que, con mis trabajos he tenido suerte. De la política, mejor no hablo. Prefiero ganar dinero de otro modo.

Lo cierto es que opino que trabajar con seres humanos es duro pero gratificante. En un despacho en contacto con papeles exclusivamente o con un reducido grupo de compañeros de trabajo, me muero. El caso es que, en definitiva, como dice una tuitera muy volcada al mundo de la motivación, en uno de sus tuits: “quien trabaja en lo que le gusta, no trabaja ni un solo día”.

Sin embargo, mi primera vocación fue la de alquitranero: ni futbolista ni torero, ni cura ni profesor, alquitranero.

Albacete es una ciudad pequeña; en mi infancia, un pueblo grande. Mi barrio, aledaño a las Casas Baratas, se construyó en los años sesenta y setenta. Está situado entre el barrio de Fátima, la Carretera de Circunvalación y la Feria y formado por bloques de pisos de unas tres o cuatro alturas que incluso llegan, en algunos casos a las ocho. Hoy en día el barrio se ha degradado mucho. Las viviendas son muy grandes pero no tienen las comodidades que le exigimos a los más modernos como calefacción, ascensores o garajes. Los primeros propietarios han envejecido mucho o se han muerto y sus hijos, generalmente han establecido su hogar en otros barrios. La inmigración llena el hueco que van dejando. Pero aún en los ochenta y primeros noventa era un barrio obrero y de clase media-baja formado por gente de pueblo que había ido a la ciudad en busca de mejores condiciones de vida.

Los niños nos conocíamos todos. Íbamos casi al San Cristóbal, el colegio del barrio, o al San Fulgencio. Pasábamos el día juntos, en el colegio, en la calle, en los columpios del parque del Santo Ángel, en las casas de cada uno. Nuestros padres forjaban amistades que aun hoy continúan vivas. Formábamos una pandilla sumamente unida. Domingo, el Adelo o el Cholín siguen siendo grandes amigos.

El barrio no es céntrico, pero está a diez minutos andando del Altozano. Pues, aún así, hasta el segundo lustro de la década de los setenta no se asfaltó la calzada. Es un recuerdo curioso: edificios altos y una calle de tierra donde se levantaban unas polsagueras que no veas. De vez en cuando circulaba algún matojo como los de las películas del oeste. Y no digo ya cómo se ponían los zapatos de barro cuando llovía.

El inicio de las obras de asfaltado fue toda una fiesta. Estábamos deseando llegar del colegio para hacer corriendo los deberes (engañaba a mi madre y los hacía por la noche a escondidas, bajo las mantas, para que no me pillara). En cuanto podíamos agarrábamos el chusco de la merienda y a la obra.

Lo primero fue levantar la calle. Descargaron unos ruidosísimos y humeantes compresores de los que, como los tentáculos de un pulpo, sobresalían unas mangueras que acababan en unos taladros enormes. Eran manejados por fornidos trabajadores que sudaban lo lindo a pesar de ir medio desnudos y a pesar de que la primavera albaceteña no es muy cálida que digamos.

Un día, sin saber por qué, se produjo un parón: los obreros desaparecieron con sus máquinas y la calle quedó agujereada, con enormes terrones alzándose como muros y badenes de vértigo. En algunos lugares el alcantarillado quedó al aire. Colocaron unas débiles vallas para prevenir caídas y unas pesadas planchas de hierro para pasar de una acera a otra en los tramos más difíciles. Todo ello constituía un medio ambiente ideal para la imaginación traviesa de chavales de diez, once o doce años. Infinitas posibilidades de exploración de las zanjas, de saltar de un lado a otro, de excavar, de jugar al escondite, con el barro… De lujo.

Las relaciones de mis amigos con la pandilla de la Calle Daoiz eran muy malas. No era raro el enfrentamiento, el ir a la guerra, el pelearnos por las chicas… Mirábamos de un lado a otro para evitar encontrarnos con ellos porque, si íbamos solos, unas cuantas tortas nos llevábamos o las repartíamos. Con todo, la comunicación no era imposible. En un recreo del colegio se nos ocurrió emular las cruentas batallas de desgaste de la I Guerra Mundial. Se trataba de convertir el barrio en un nuevo Verdún.

Negociamos primero las condiciones del combate, delimitamos el territorio y decidimos las armas: piedras. Iba a ser una guerra donde la artillería sería fundamental. El acuerdo era un máximo de cincuenta piedras por chaval: unas quinientas. El equipo iba a ser de siete soldados por bando. Excluimos a los más torpes, por razones obvias. Esa tarde nos dedicamos a amontonar piedras. Los enemigos se suelen unir para el mal.

La batalla fue la tarde siguiente. Tomamos posiciones y nos armamos. Tuve la precaución de esconder el cartón del embalaje de un frigorífico abandonado en la calle. Me serviría de escudo. Me fue útil. A pesar de ello, no pude evitar una pedrada directa en la boca que me partió una de las palas. Con esa sonrisa estuve hasta que me puse un empaste. Acabé también con varios cardenales, algún chichón y más de un moratón.

En pleno fragor de la batalla se produjo la irrupción de una fuerza bélica mayor, inesperada que señaló, afortunadamente, el fin de la guerra: nuestros padres. Algunos vecinos, al ver la animalada, nos gritaban desde los balcones y los padres, alertados, acudieron todos a recoger a su churumbel e imponer paz por medios muy, muy contundentes.

El lunes siguiente ocurrió algo nuevo: invadieron el barrio grandes camiones con arena, chinas y tierra que rellenaron los huecos. Tras aplanar el terreno llegaron las máquinas de alquitranar y unos grandes depósitos de petróleo negro. Mi pandilla, como loca. El calor humeante, el peligro de quemarnos; esos alquitraneros con grandes botas de goma. Nosotros, todo el día allí, observando las tareas, lo más pegados que podíamos a los obreros. Mis recuerdos son de unas máquinas gigantescas y de unos hombres fortísimos, ciclópeos. Cuando eres un niño todo te parece de mayor tamaño de lo que realmente es.

Al volver a casa, mi aspecto era horrible. De tanto arrimarme, la ropa estaba manchada de un aceite industrial que no hizo sino condenarla a ser tirada a la basura. La piel también estaba salpicada del mismo producto. La cara coloradota y quemada del calor y medio intoxicado con los humos.

Llamé al timbre y abrió mi madre. No se me pasó otra cosa más que gritar a mi madre: “Mamá, quiero ser alquitranero”. Se quitó una zapatilla y la blandió cual arma. Con la mano libre me agarró de la oreja y me introdujo en casa. Lo demás no lo cuento. Me da vergüenza. En definitiva. Que la paliza que me llevé y el castigo posterior me hicieron recapacitar y buscar otros horizontes laborales.

Admiro a quien ha luchado por conseguir vivir decentemente de un trabajo en el que, además de ganar un dinero, se siente realizado. Que ese trabajo te ayude a crecer y te haga sentirte feliz es maravilloso. Son muchas horas las que le dedicamos, para que lo vivamos como un martirio Ningún trabajo es fácil, pero, si además te satisface, ningún día vas a trabajar, aunque te canses. ¿Maldición bíblica? Puede, pero así vivido, lo es menos.

Dedicado a @anafdezbosch quien me inspiró este post con su sugerente tuit.

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