Juan Carlos Vivó Córcoles

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El vecindario de la calle Espoz y Mina 12, en el barrio de Fátima, al lado de las Casas Baratas, en Albacete, era una gran familia. Nada que ver con las comunidades de vecinos actuales donde, si coincides en el ascensor con un vecino y si le saludas, corres el riesgo de que te apuñale o te amenace con llevarte a los juzgados por un retraso al pagar la comunidad. O incluso que te eche las uñas al cuello porque en la última reunión de comunidad osaste proponer cambiar las bajantes de cemento por unas plásticas que no se pudren. Hay que hacer una derrama para los gastos y el compañero del ascensor no quiere pagar.

Al poco de nacer, con unos meses, volé con mi madre a Suiza, al encuentro mi padre que llevaba allí un tiempo, esperándonos. Trabajaba en una fábrica de bobinados eléctricos y mi madre en la Omega, montando relojes de oro, pero quiso que naciese en España y pidió un permiso para ello. Pero resultó que el clima o sabe Dios qué no me sentaban bien y me pasé mi más tierna infancia en Albacete al cargo de mis abuelos y con la compañía de mi tío Julio, por consejo de los médicos. En Albacete, estaba como una rosa; en Biel, amarillo y taciturno. Mi tío era sólo nueve años mayor que yo, por lo tanto era como mi hermano mayor. Su muerte, sólo con catorce años, tras varios meses padeciendo un cáncer, fue muy triste para mí. ¡Estaba tan unido a él! ¡Lo quería tanto! En fin.

Rafael y su socio Pedro, construyeron a finales de los sesenta un edificio de tres pisos con dos viviendas en cada altura. En los bajos abrieron una tienda de muebles que Artemio compró cuando se jubilaron y que aún sigue abierta, aunque la regenta su hijo. Los socios se quedaron los mejores pisos, los principales, que contaban con un amplísimo patio radicado sobre el techo del negocio del que vivían. Mis abuelos compraron por sesenta mil pesetas el segundo derecha. Lo pagaron con una hipoteca al dieciocho por ciento. Eso era hipotecarse. Sin embargo, los ciegos dan suerte, y a mi abuelo, que perdió la vista con treinta y seis años, le tocó una quiniela. Fue el único acertante de catorce de esa jornada en toda España. Con el dinero levantó la hipoteca y le dio para meterse en otro piso pagando la mitad de su precio con el fin de alquilarlo. La casa de mis abuelos era un pisazo de ciento siete metros cuadrados con unas habitaciones amplísimas, dos cuartos de baño y una despensa aneja a la cocina que daba mucho de sí. El piso tenía forma de ele y los diferentes cuartos salían de un gran pasillo. El salón principal y otro cuarto que apenas se usaba, pero donde estaba el mobiliario más noble, daban a la calle y las demás dependencias a un patio de luces donde se desarrollaba la vida de esta comunidad. Era muy normal que los vecinos se asomasen a las terrazas y conversaran a gritos. Algunos, todo no participaban, pero cotilleaban discretamente detrás de los visillos. Es, con diferencia, el lugar donde he vivido al que más cariño profeso. Cuando lo vendió mi madre, me causó mucha pena. Era como dejar parte de mi infancia clausurada y perder de vista para siempre unas dependencias muebles cargados de vivencias.

La casa de cada vecino era la de los demás. Las puertas estaban abiertas para todos. Josefa, la vecina del tercero derecha, enviudó muy pronto y sus hijos se independizaron jovencísimos. Por eso, la mujer, pasaba el día sola. Cuando oscurecía, se bajaba con mis abuelos a cenar. A mi abuela poco le costaba freír una patata más o echar a la sartén un trozo de lomo en adobo o sacar un chorizo extra de la orza. Así remediaba su soledad. Hablaba a gritos y los dolores de cabeza que me producía eran tremendos. Pero le tenía cariño. Era una buena mujer que me comía a besos.

Cuando falleció mi tío, en casa se guardó luto riguroso. Para aliviármelo, Manola y Demetrio me llevaban los fines de semana a ver la televisión con ellos y a jugar con sus hijos. El resto de los días, hacía los deberes, estudiaba y a las ocho me acostaba. En un año estuvo prohibida la televisión en casa pero se me permitía esta licencia. Costumbres de otros tiempos.

El piso de Nemesio y Adela, situado en el mismo rellano que el de mis abuelos era el más extravagante. Eran modernos. Convivían con la pareja, la hija y el yerno, un zapatero remendón que no dio un palo al agua, y sus nietos, en amor y compaña. Ocho o nueve personas apretadas como piojos en costura. Pero me divertía mucho con sus nietas, Sole y Ana. Les gustaba mucho la música y disfrutaban como enanas con sus discos de los Pecos, de Dyango, de Miguel Bosé y con su fabuloso tocadiscos de maleta. Gracias a ellas descubrí la música disco en su cuarto convertido en discoteca. Hacer de Tony Manero, los tupés, y otras lindezas eran un placer. Imitar a los Bee Gees, la caña. Además, mi primer juego perverso de médicos fue con ellas. Sin embargo mis abuelos no las tragaban, para nada, y no les dejaban entrar a su piso. Me pegaban más a Antonio, compañero del colegio, porque era culto y tocaba el piano, pero no me proporcionaba ninguna alegría. Ellos eran muy tradicionales para ciertas cosas y querían que fuese un hombre de provecho.

Pero me voy a centrar en Rafael y su esposa, la señora Lola. Rafael era un hombrecillo pequeño, calvo, narigudo, pero con una energía que ya quisiera yo para mí. No paraba un segundo. Negociante como él solo. Más que albaceteño parecía murciano. Muy aficionado a los bares y algo mujeriego, pero con una sabiduría única, de las que sólo da la vida. Y su mujer, que lo quería con locura, se hacía el longuis y le perdonaba todo. No se traslucía jamás nada de los problemas que su marido le causaba con el vino y las mujeres. Sólo me enteré de las debilidades de Rafael porque, al morir él, mi abuela me las confesó, haciéndome jurar no decir nada mientras viviera su mujer. A la señora Lola se la encontraba siempre sentada en una salita que utilizaba como pequeño taller de costura. Mi abuela cosía pantalones para poder tener unos ingresos que se sumaran a la raquítica pensión del SOVI que cobraba mi abuelo. Y siempre estaba con ella. Mi abuela consideraba a la señora Lola una maestra, una gran modista, lo cual era cierto, pues la vi  una vez cortar piezas de una tela para una chaqueta perfectamente, sin patrones ni tiza. A ojo. Muchas tardes, al salir del colegio, me bajaba a estudiar con ellas entre agujas, telas, tijeras y una gran máquina de coser, en una mesa camilla iluminada con un flexo, mientras mi abuelo escuchaba la radio y esperaban a que Rafael volviera del trabajo, para después cenar juntos.

Pero Rafael y la señora Lola tenían una afición al margen de sus trabajos que llenaba su vida: el fútbol.

El Albacete Balompié subió a primera división en 1991 de la mano del presidente Rafael Candel, un joven empresario local que hizo fortuna con la venta de ferrallas, y del que fue entrenador del Real Madrid, Benito Floro. Con ellos se forjó el llamado Queso Mecánico, terror de la liga, equipo sorprendente que subió en dos años de la Segunda B a la división de honor del fútbol español y se quedó séptimo un año, a un puesto de jugar la UEFA. Se fichó a jugadores jovencísimos, como Morientes, el portero Molina o Santi, el defensa del Atlético de Madrid, cedidos por otros equipos de mayor solera, y que llegaron a ser internacionales. También formaban la plantilla jugadores que se jubilaron en el equipo como el uruguayo Zalazar,  una especie de Xavi Alonso con la pegada a balón parado de un Cristiano Ronaldo. O Rommel Fernández, futbolista panameño que se mató estampándose contra un árbol con su coche cuando salía del merendero de Tinajeros. La Curva Rommel es el lugar donde se sitúan cada partido, los ultras del Alba. O qué decir del ídolo local Catali, que acabó regentando una tienda de deportes y otros negocios en la capital. Todos ellos futbolistas de gran calidad.

El equipo se fundó el 1de agosto de 1940. Entre los que lo levantaron estaban Rafael y la señora Lola. Tuvieron muchos años el carné número uno y dos como socios del equipo, respectivamente. Un domingo me invitaron a un Albacete-Atlético de Madrid junto con todo el vecindario porque iban a ser objeto de un homenaje merecido. El Carlos Belmonte estaba lleno. Y ellos, muy bien vestidos, recibieron una placa de manos del presidente, los nombraron socios de honor y les impusieron la insignia de oro y brillantes con el aplauso de ambos equipos. También hicieron el saque de honor. Un placer ver a los dos viejitos emocionados y reconocidos por todos.

Rafael y la señora Lola dedicaron su vida al club. Cuentan que los vestuarios antiguos, que ya fueron derruidos, los construyeron ellos por las noches, en los ratos libres que les dejaban sus ocupaciones. Imaginar a la señora Lola amasando cemento por las noches con las heladas que caen en Albacete, y a su esposo colocando ladrillos, da fe de la entrega que tenían ambos, si es que esa noticia es cierta, lo cual ignoro. También se sabe  con certeza que regalaron el mobiliario de las oficinas del club sitas en la Avenida de la Estación, cuando la sede social se trasladó desde la Calle del Rosario. Y que dieron alojamiento y comida gratis a muchos jugadores de fuera, cuando el equipo estaba en tercera o en regional preferente y muchos no podían permitirse ni un alquiler con lo poco que ganaban. Pagaron autobuses, habitaciones de hotel  y acompañaron al equipo en sus desplazamientos cubriendo un sinfín de necesidades.

Los lunes por la mañana, muy temprano, la camioneta para transportar muebles aparcaba frente a la casa. Rafael subía, uno a uno, grandes bolsones de ropa. Si hacía buen tiempo desparramaba el contenido en el suelo del patio; si llovía, en el pasillo de su casa. La pareja revisaba uno a uno calcetas, pantalones y camisetas. Hacían un montón con la ropa que tenía algún desgarro y la remendaban posteriormente; la que estaba en condiciones la introducían en dos grandes lavadoras colocadas bajo un tejadillo en uno de los extremos del patio. A la tarde podía ver desde la altura del piso de mis abuelos la equipación completa del Albacete Balompié secándose tendida al sol. No se desperdiciaba nada. Se remendaba y reutilizaba todo. Eran ecologistas, sin haber oído hablar nada de dicha ideología progresista ni saber qué era eso del reciclaje. Habría que ver entonces al jugador que se atreviera a dar una camiseta al público al terminar el partido. Como ahora, que las carísimas camisetas de un Real Madrid se consumen como pipas.

Con el tiempo, pensando muchas veces en su vida,  caí en la cuenta de que este matrimonio me dio dos lecciones que han sido muy importantes en mi vida. La primera que hay que poner pasión en lo que se lleva entre manos. Hay que dedicar tiempo y esfuerzo a lo importante y no ser blanditos. Esa pasión puede ser el trabajo entendido como medio de realización personal, un hombre o una mujer, unos hijos, unos amigos, una afición, una actividad solidaria y altruista, el fútbol ¿por qué no?  Y la segunda, el valor de lo gratuito. Sin algo gratis la vida no tiene sentido. Huyo de las personas que se manejan sólo por el interés y por los dineros. Son tristes y desconfiadas. No sabes nunca qué piensan y cuando te descuidas te la lían. Rafael y la señora Lola, sin embargo, se desvivían por el Albacete Balompié. Su pasión les costaba dinero y seguro que algún disgusto, seguramente. En Elda, en el año 59, a Rafael le tuvieron que coser la cabeza a causa de una pedrada de algún aficionado cafre del equipo local. Yo no tengo más que  preguntarme si me desvivo por algo, si me dejo la piel por algo o por alguien. Y también si hago algo por los demás sin tener en cuenta lo que pueda obtener, sin esperar nada a cambio. Sin duda que Rafael y la señora Lola tuvieron en su equipo un motivo para vivir, algo por lo que luchar, una pasión gratuita. Su ejemplo siempre estará vivo en mí. Gratis et amore.

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