Juan Carlos Vivó Córcoles

Posts Tagged ‘filosofía

EL VIAJE

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el viaje sea largo.

Una lectura a la que vuelvo a menudo es a los poemas de Cavafis. Entre ellos, quizá el más conocido por todos sea “Viaje a Ítaca” que toma como motivo la  larga vuelta a casa de la Odisea, de Ulises. Cavafis reflexiona sobre el viaje. Para él lo importante no es la meta, sino el periplo en sí, el hecho de dejar la costa y adentrarse en el mar. El camino está lleno de peligros, de naufragios, de reinas como Dido que tratan de apartarnos de nuestros fines o, incluso, hacernos desistir de la necesidad de partir.

Tener claros los objetivos en la vida es fundamental. También el buscar descansos o puertos que nos refugien de la tempestad, fortalezas a salvo de Cíclopes y Lestrigones. Pero como algo provisional, temporal. En el viaje en sí está la esencia, lo único no contingente en la vida, lo poco propio de su misma constitución. En viajar y no en detenerse está la oportunidad de madurar y mejorar la vida aprendiendo a sortear los problemas o a convivir con ellos cuando no son solucionables fácilmente. Pero también en caminar están las oportunidades, la capacidad de conocer algo nuevo, de encontrar tesoros, de ampliar nuestro mundo con paisajes y personas nuevas.

Pero el viaje más importante, que muchas personas no emprenden jamás porque viven en la superficie es el viaje al interior de uno mismo. Encontrar momentos y tiempos de introspección, de análisis de emociones, pensamientos y actuaciones es viajar al encuentro con uno mismo. Parar, mirarnos, bucear en nosotros es clave en nuestro crecimiento. Sólo quien ahonda en su interior intentando saber quién es, puede ser más plenamente hombre y salir provisto de una mirada nueva y acogedora del mundo y del prójimo e incluso de Dios. Admitiendo  sin embargo que somos misterio y que hay una parte de nosotros mismos que quedará siempre en la oscuridad merece la pena abandonar Troya y salir hacia Ítaca , como el Ulises que no se quedó en la ciudad destruida.

Mi trayectoria intelectual me ha guiado por aquellos caminos hacia la introspección que me ha mostrado la filosofía y la literatura sobre todo.

San Agustín, me ha mostrado que sólo en el interior de uno mismo encuentra a Dios y alcanzamos la trascendencia. Hay que bucear en nosotros para encontrar la iluminación, la luz. Se trata de trascenderse a uno mismo, de poner nuestros pasos “allí donde la luz de la razón se enciende”. Descartes, es otro camino hacia lo interior, quien tras dudar sistemáticamente de todo, encuentra en el hombre pensante, que razona, en el cogito un motivo para salir al mundo y redescubrir la verdad de la existencia humana y la capacidad de acceso veraz a la realidad. Kant, más tarde, encuentra en la razón unida a la experiencia la verdad del conocimiento, pero que los supedita al encuentro con el mundo, el alma y la divinidad como algo fundante de la realidad humana aunque no sean entidades accesibles más allá del acotado mundo fenoménico. También nos habla del valor ético del fin en sí mismo, que jamás justifica los medios como base de toda relación de un hombre con otro. También me fascina un Husserl que sólo en la “vivencia de la esencia de la conciencia” más pura encuentra al hombre pleno. Es el encuentro con el hombre concebido como conciencia pura.  Y, por último un Levinas, que sólo en el encuentro con el Otro desde un Yo puede fundar la verdadera felicidad del hombre en la constitución de un Nosotros.

También me ha ocupado tiempo un Dante que, viajando al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso dibuja un mapa completo de las pasiones y las virtudes propias del ser humano, apostando siempre por el bien. O ese San Juan de la Cruz que, tomando como base el Cantar de los Cantares, poetiza la búsqueda de la amada del amado, el encuentro amoroso entre Dios y el hombre aplicable también al encuentro de un ser humano con otro. O también el Quijote que recorre la Mancha buscando sus sueños, persiguiéndolos aunque los llamen locura. O, el capitán Ahab que dedica su vida a sólo encontrar una ballena blanca (Moby Dick) para obtener la gloria de su muerte, en un Leviatán concebido como el mal absoluto en un compromiso ético no menos absoluto. O el Ulises de Joyce que en la figura de Leopold Bloom reproduce la Odisea por las calles de Dublín y que con el monólogo interior de Molly Bloom supone el primer intento serio en la literatura de reflejar el flujo del pensamiento con el que se vuelve a viajar de un modo siempre nuevo a la interioridad del ser humano. O ese Proust que desde una magdalena hace un viaje al pasado que obligará al narrador a retroceder hasta lo más profundo de la memoria.

Pero no sólo estos ejemplos son válidos estos casos extraídos de la literatura o del pensamiento, sino también la infinidad de personas que nos rodean que tratan de hacer de su vida un constante encuentro con la hondura de su identidad humana y que se perciben diferentes porque se mueven por un sueño, por amor,  por un compromiso ético profundo, por decorar su vida y la de los demás de belleza, por su afán por desvivirse y cuidar de los demás. Personas desconocidas para todos pero que influyen en nosotros haciendo nuestra existencia mejor

En definitiva, infinidad de ejemplos que nos hablan de la insoslayable necesidad de entrar en nosotros mismos para descubrirnos.

Lo importante es que te des cuenta que esta vida es corta y que no la tienes que desperdiciar en la superficie, sino bajar a los abismos de tu persona, buscarte y encontrarte, conocerte. Cree de verdad que tu persona es un tesoro que acumula  un sinfín de objetos maravillosos. Quizá no hayas educado tus sentidos para verlos, pero están ahí. Ilumínalos con tu sensibilidad y te sorprenderás.

Pero también en tu corazón hay mucho malo. Ponte el mono de faena y trabaja por observar y localizar las razones por las que haces lo que no quieres. Cámbialo, puedes hacerlo.

Descúbrete bello, quiérete. Es la única base desde la que serás mejor. Cuídate también. Invierte en ti. Valora tu cuerpo, cultiva tu alma, lee, explora, disfruta de los placeres de la vida.

Ama, ama siempre, con entrega. No te quedes en ti mismo. En el otro está la recompensa. Si amas con todo tu corazón verás como se te recompensa.

Busca espacios y tiempos para ti, para estar solo, para la meditación, la oración, el silencio. Hay que encontrar el momento reflexivo para cargar pilas.

No dejes de viajar nunca. Cuando hayas alcanzado una meta, fíjate en que el horizonte ha cambiado. Hay algo nuevo que no conoces, no puedes parar. No tengas miedo.

No estás solo. Ulises viajaba con su tripulación. Ellos buscan lo que tú: encontrarse a sí mismos. Te acompañan personas que ya no están, que la muerte se ha llevado pero que están contigo, son referencia y ejemplo de buen vivir. Están personas que son tu vida actual, que están contigo, que te quieren, que te aceptan y comprenden en tus debilidades y se alegran en tus alegrías. Esas personas te ayudan a viajar y tú les ayudas. Mantenlas a tu lado a toda costa. Son tu familia, tu pareja, tus hijos, tus amigos…

Deja un gran espacio para Dios. Es un apoyo que nunca falla. En él encontrarás apoyo y consuelo, y una presencia constante que te llena de dicha. Si no crees, no importa, Él está a tu lado, aunque no quieras reconocer su presencia viva. Te quiere aunque no lo quieras.

Y que tu logro sea que con tu vida ofrezcas una obra de arte que todos admiren, una obra de arte que todos desearían poseer. Que todos puedan recordarte como el inconformista que quiso viajar a lo más profundo de sí mismo para ser un gran hombre.

Recomiendo ver el vídeo y volver a leer el post.

Anuncios

“Como la lluvia y la nieve bajan del cielo,

y no vuelven allá, sino que empapan la tierra,

la fecundan y la hacen germinar,

y producen la semilla para sembrar y el pan para comer,

así también la palabra que sale de mis labios

no vuelve a mí sin producir efecto.”

Is, 55, 10-11a

Es el segundo Wittgenstein, el de Investigaciones filosóficas, quien imprime un giro pragmatista a su filosofía. Ya no se trata de buscar la logicidad del lenguaje, sus meras estructuras lógicas ni, por tanto, de reducir el lenguaje a la lógica. Ahora hay que estudiar cómo se comportan los usuarios en su utilización del lenguaje, cómo se habla, para qué se habla, qué intención tenemos al hablar. En definitiva, la filosofía del lenguaje sería la ciencia que busca delimitar el uso que hacemos los hablantes de la lengua, para qué nos sirve, cómo aprendemos a hablar y qué queremos hacer con la lengua (un pragmatismo lingüístico, en definitiva). Ya no hay que buscar sólo y exclusivamente el sentido de una proposición en la medida en que represente un estado de cosas lógicamente posible tal y como postulaba el Wittgenstein del Tractatus (si p entonces q…).

En la vida cotidiana nos manejamos así. Usamos la palabra con una intencionalidad, sea ésta la que sea. A veces el uso está cargado de alogicidad, pero no por eso deja de ser legítimo ni factible o deseable.

Así pues, como hablantes, cuando queremos herir, la palabra odio es la más adecuada. Hasta en su misma fonética es terrible. El te odio se asemeja a un venablo lanzado contra un venado con la intención de matar. ¡Y vaya si lo logra!

Si quisiéramos buscar otra palabra con significado hondo, amor es la primera que me viene a la cabeza. Por amor se han hecho las mayores proezas. Somos capaces, por él, de sacrificarnos de un modo indecible, de abandonar ese fondo de seguridad y comodidad que nos creamos para vivir en lo que pensamos que es paz y hasta de dar la propia vida. Recuerdo a san Maximiliano Kolbe, ese sacerdote polaco que se cambió para morir de hambre por un desconocido en el campo de concentración de Auschwitz alegando que él era viejo y estaba solo, debido a que su beneficiario lloraba por sus hijos ante la inminencia de su propia muerte. O la de infinidad de personas que por una mujer o un hombre lo han arriesgado todo por unirse de por vida a su amado, sin importarles nada. Quieren edificar, desde la cotidianeidad de una vida compartida, el gran edificio que es el amor de una pareja. O la madre y el padre que dejan de comer con tal de dar alimento y calor a sus polluelos.

Vivir en y desde el amor es el gran anhelo de mi vida. Por él he procurado moverme con mis errores, vicios y pecados, lo reconozco, que son muchos. He de confesar que es una de esas palabras que en mi corazón no están desgastadas ni suenan a hueco. El amor existe. No hay más que tener algo de sensibilidad para verlo a nuestro alrededor actuando.

La palabra amor, según su uso como entrega desinteresada a los demás, parece que es un continuo abandonarse en el otro pero no lo es. Somos humanos y vivir sólo dando es muy árido. Necesitamos, en términos económicos, un retorno de la inversión. Al final, sin saber cómo, el amor entregado encuentra su correspondencia y, de un modo u otro, vuelve a nosotros y nos premia. El premio suele ser: una vida feliz, una conciencia tranquila, la constatación de que para alguien You are the first, my last, my everithing, (tú eres mi principio, mi fin, mi todo) como cantaba Barry White u otras infinitas manifestaciones. El egoísmo sólo lleva al odio, a la soledad, a la intranquilidad constante, aunque sea posible creer que estamos bien instalados en él.

El otro día, una persona me dijo que desde que me trata había aprendido de mí a ser menos egoísta. Me sorprendió, pues mi ejemplaridad, por muchas razones, no es mucha que digamos. Pero el premio al sello que he puesto en ella  me llegó como un regalo cuando me prometió cuidarme siempre. Ese ha sido el mayor retorno recibido hasta ahora de las palabras y gestos (que también son lenguaje) que he invertido en ella.

En definitiva la palabra amor es como la lluvia y la nieve, que bajan a la tierra, la empapan, la fecundan y vuelven al cielo que las vio bajar. De ahí el poder de las palabras.

Un sistema formal axiomático parte de una serie de proposiciones aceptadas sin prueba de la que se derivan unos teoremas mediante la aplicación rigurosa de unas reglas de inferencia. De ese modo se logra, partiendo de tales axiomas tomados como veraces (sin necesidad de constatación empírica), dar respuesta a los problemas a los que queramos encontrar una solución. Cualquier cuestión que no se adecue a tales postulados queda fuera del sistema.

El sistema formal axiomático más célebre y que más ha perdurado en el tiempo, inconmovible en sus cimientos hasta el siglo XIX, ha sido la geometría de Euclides. Mediante un conjunto reducido de axiomas se daba explicación a cualquier fenómeno espacial. La imagen del espacio de la que se partía era la de un plano en el cual los postulados de la geometría euclidiana tenían una lógica clara.

Con todo, el V postulado o postulado de las paralelas, concebido como evidente sin prueba e independiente de los demás,  se empezó a ver como el más endeble de todos.  Para que se entienda, del V postulado se derivan concepciones como que dada una recta y trazada una paralela jamás se tocarán en un punto.

En el siglo XIX las investigaciones independientes de Bolyai, Gauss y Lobachevski  o de Riemman dieron al traste con esta construcción intelectual. Euclides partía de un espacio plano. Pero si concibiésemos el mismo como una esfera, por poner un ejemplo, nos encontraríamos con que es posible encontrar excepciones al postulado de las paralelas. ¿Podría ser que no se diese el caso de no poder trazarse paralelas sobre una esfera? Evidentemente. Habría siempre un punto donde se encontrarían dos rectas cualesquiera.

Luego habría una falla en la completitud del sistema euclidiano: el V postulado se puede mantener siempre y cuando lo apliquemos a un espacio plano, no a otro tipo de modelo espacial. Con lo cual no se puede mantener su carácter de axioma. Depende de qué tipo de espacio tengamos como base, de qué modelo usemos.

Los sistemas formales axiomáticos han fascinado al ser humano. Son potentes máquinas de resolución de problemas. Si en la geometría, el siglo XIX supuso la quiebra de la geometría euclidiana, el siglo XX se inició con la matematización de la lógica. El monumento más importante en tal sentido fue los Principia Mathematica de Bertrand Russell y Alfred North Whitehead. Se quería reducir la matemática a la lógica. La lógica, desde una serie finita de reglas sencillas, da respuesta a todo problema matemático. Si el ser humano encuentra misterios irresolubles en este campo se debe a que su capacidad no llega, de momento, a encontrar respuesta a las dificultades planteadas.

En Russell y Whithead asoma también cierta tendencia a la abstracción de la matemática. Poco importa que las matemáticas versen sobre tomates, manzanas o peras. Las matemáticas no son intencionales, no señalan a nada. Viven ensimismadas, sin referencia. También, por irnos al extremo opuesto, hay que alejarse de toda tentación de realismo de los conceptos matemáticos. No existe la entidad matemática  real 5. No existe la entidad matemática “resta”. Por tanto, señor Platón, a callarse y a clausurar el kosmos noetós.

Tuvo que surgir la figura de un oscuro matemático, Kurt Gödel para acabar con el principio de completitud de la aritmética, enmendándole la plana a Russell y Whitehead. En Sobre las proposiciones formalmente indecibles de Principia Mathematica y sistemas afines (1931)  expone sus planteamientos. Elabora un curioso método (la göedelización) por el cual aritmetiza las reglas de la sintaxis matemática. Desde allí demuestra que no hay ningún sistema formal axiomático que con un número finito de axiomas sea completo; problemas sencillos no pueden ser resueltos sólo con axiomas y reglas. Siempre se podría introducir en el sistema un postulado que lo haga saltar por los aires. Con cambiar el modelo que se aplique ya está. Igual que hicieron Gauss o Lobachevski con la geometría euclidiana. Sí es posible, por el contrario, una completitud en sentido débil, aplicada a un determinado ámbito; pero no es posible una conpletitud global que afecte a toda la matemátic. La amplitud de la matemática es mayor que la verdad lógica y, por tanto, irreductible a ésta. No es agotable en los estrictos límites de un sistema formalizado axiomáticamente. La matemática es mucho más flexible que ese corsé tan férreo. Tantos modelos, tantas matemáticas.

Y por qué no, también introducir de nuevo un modo de realismo intencional, que saquen a las matemáticas de su cárcel lógica. Sin caer en concepciones platónicas, de una metafísica extrema de los números, la matemática tiende a lo real.

Pues bien, demostrada, mediante el llamado Teorema de Gödel la incompletitud de la matemática estaremos haciendo un canto a la creatividad. Siempre existirán afirmaciones que serán contradictorias dentro del sistema, pero siempre habrá verdades matemáticas indecibles porque lo real es inagotable y la matemática remite a lo real. No es posible trazar límites a la creatividad de la matemática para la ideación de nuevas reglas de prueba. Por consiguiente, no puede postularse una única descripción definitiva de una forma unívoca de las demostraciones matemáticas, en el caso de Russell y Whitehead, basada en la lógica.

Pues bien, después comprobar que tanto la geometría como la aritmética no pueden reducirse a un sistema formal axiomático, veremos ahora una curiosa aplicación práctica de la crisis de la geometría euclidiana y de la completitud fuerte de la matemática, que es a lo que iba.

Hay quienes defienden que podría entenderse el funcionamiento de la mente en analogía con una máquina calculadora. El cerebro resuelve problemas porque sólo contiene una serie de postulados de los que parte y sólo puede ceñirse a extraer conclusiones por medio de unas reglas que siempre serán las mismas. Pero si esto fuese así, ¿por qué mentimos? No hay que ser muy tontos para darse cuenta de que mentimos.  ¿Qué pasa con la capacidad de mentir? El ser humano es creativo; es capaz de introducir instrucciones contradictorias, de cuestionar de cambiar, de situarse en puntos de vista diferentes para abordar un mismo problema. ¿Sería por tanto reducible la mente humana a una máquina calculadora? ¿El cerebro humano funciona como tal? Trasladando a un Gödel a la filosofía de la mente, no. El cerebro no es una mera máquina de operaciones lógicas solamente. La mente es capaz de resolver cuestiones que van más allá de los estrechos límites de la lógica. La máquina no puede ser mentirosa, no crea más allá de las instrucciones dadas que jamás cuestionará a menos que funcione mal.  El ser humano avanza porque cuestiona constantemente lo que se da por supuesto.

Pero no por ello se ha de cae en un relativismo absoluto. Sólo se critica, trasladando al problema de la mente la imposibilidad de que todas las verdades aritméticas sean demostradas formalmente, la formalización absoluta de los recursos del cerebro humano. Subsiste siempre la posibilidad de encontrar nuevos principios de demostración, nuevos enfoques, distintos métodos. Un intuicionismo absoluto sería, por el contrario, absurdo. Pero también, por incompleto, un funcionamiento meramente formal de la mente. La imaginación tiene su lugar. La intuición también. La voluntad, los sentimientos. En definitiva, que la estructura de la mente es mucho más compleja y sutil que cualquier máquina, aunque ésta pueda ganar al campeón del mundo de ajedrez.

Una lectura que me fascinó en su momento y a la cual vuelvo cada cierto tiempo fue Los ojos de la fe (Les yeux de la foi – 1910) del teólogo y sacerdote Jean-Pierre Rousselot (1846-1924). Quien haya estudiado fonética o dialectología no dudará en reconocer su valía como uno de los fundadores de la fonética experimental y uno de los pioneros de la dialectología. Su obra Principes de la phonétique expérimentale (1897-1909) es una referencia básica en la disciplina.

Pierre RousselotPero también en el campo de la teología fundamental su aportación es muy tenida en cuenta, aun en la actualidad (el pensamiento de Hans Urs von Balthasar o del mismo Joseph Ratzinger están muy influenciados por él).

La teología fundamental estudia las bases de credibilidad de la fe, aquello que hace comprensible, teniendo en cuenta su realidad mistérica. Es decir, busca la razonabilidad del acto de fe.

Pues bien, Pierre Rousselot, en el año de publicación de Les yeux de la foi se encontraba en medio de posiciones teológicas que o bien inclinaban el fiel de la balanza hacia la razón, eliminando los elementos volitivos o emocionales del acto de fe (el asentimiento de fe), o bien hacia el lado contrario, minusvalorando lo razonable que hay en la fe.

La postura de Rousselot busca el equilibrio. Desde san Agustín,  con su Habet namque fides oculos suos (la fe tiene sus propios ojos) se ha tratado de conciliar razón y voluntad al hablar de la fe. La fe tiene sus propios ojos dice Agustín de Hipona. Es decir, que, para que se entienda, la fe en Dios da una cosmovisión diferente de las cosas al ser humano y unos motivos a la hora de actuar muy peculiares. Yo, como creyente, actuaré del mismo modo que un no creyente, pero mis motivaciones y las razones que daré de lo que hago serán diferentes. Del mismo modo cuida de un enfermo un ateo que un creyente, pero el creyente ve en el enfermo a Cristo crucificado. Esa visión, fruto de la voluntad de querer ir más allá, es un acto volitivo, pero también funda una racionalidad, otorga al creyente motivos para seguir creyendo.

La luz de la fe, los ojos de la fe, ofrecen un nuevo objeto de conocimiento irreductible a la razón, pues no se puede explicar del todo, pero también lleno de “irracionalidad” si por tal entendemos todo aquello no explicable, sino que proviene de un asentimiento, de un salto en el abismo irracional.

¿Por qué me encanta este autor? Pues porque ha sabido aportar algo que para el creyente es básico: motivos de credibilidad de lo que es el motor de la vida unido a la justificación del valor intrínseco del acto de creer, que es compromiso con algo de lo que no se tiene certeza.

Pero cuando nos ponemos a trabajar en un proyecto que nos ilusiona, cuando depositamos nuestra confianza en una persona, cuando expresamos nuestro asentimiento a algo que se nos ha dicho pero que no hemos experimentado directamente, estamos, como Rousselot poniendo a funcionar nuestra razón que lleva a decir sí y nuestras ganas de fiarnos de algo que no sabemos fehacientemente qué es. Cuando actuamos ¿no estamos ejerciendo un acto de fe en lo que hacemos? ¿Y podemos explicar lo que nos mueve? Muchas veces sí. Otras, quizá no. En definitiva, y en lenguaje 2.0: coaching del bueno. Yo lo ficharía para dar animar y motivar a más de un equipo de trabajo.

Finalmente os facilito un enlace a la obra completa:

Los ojos de la fe


Archivo de publicaciones

Comentarios recientes

vivotrini en Gracias, #Bebeabu
juancvivo en El viaje
Jesus110374 en El viaje
juancvivo en Un hombre nuevo
Alicia en Un hombre nuevo

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 7.317 seguidores

Licencia Creative Commons

Licencia Creative Commons
Blog de Juan Carlos Vivó Córcoles por Juan Carlos Vivó Córcoles se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.