Juan Carlos Vivó Córcoles

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El bancal en barbecho con los surcos destrozados por infinidad de pisadas. Matojos manchados de sangre. El cuerpo de un hombre fuerte y alto desnudo y despanzurrado, con las tripas comidas por alimañas. Un ojo pinchado con un punzón clavado y otro arrancado. Los pies quemados. Un par de medias negras en la boca y sus senojiles atando la garganta, tapando un tajo quizá hecho con el cuchillo de la matazón del gorrino. Las manos atadas con vencejos. La piel acardenalada y acuchillada, restregada de tierra. Su sangre en una zafa puesta bajo el cuello. Con la escarcha perlando su piel Capado.

El día de Todos los Santos fui al cementerio de mi pueblo. Frente a una tumba en el suelo estaba el Senén de la Viñica. Es un viejo bajito, con la tez oscura del hombre de campo que se ha dejado la vida cavando y la cabeza cubierta con una sucia gorra. Lo vi cómo escupió con odio y exclamó:

-Todo el que se muere al momento es bueno menos el primo Blas.

No voy a negar que la frasecica tenía bemoles, me extrañó e intrigó. Mi abuelo decía que todo el que se muere, por muy borde que haya sido, se hace santo al instante, antes del entierro. Lo repetía mucho. Algo debería haber pasado con el primo Blas que contradecía esta máxima.

Me decidí a investigar. Mis primeros pasos se dirigieron a los mayores del pueblo. Los mejores sitios para verlos a todos reunidos eran dos: la iglesia en hora de misa para las mujeres y las partidas de dominó y cartas del Club del Pensionista. Estaba claro que a la iglesia no iría a preguntar porque es sitio de respeto donde no se debe chismorrear. Además, el curita nuevo era un pollo sin experiencia con muchas ideas progresistas pero con una mala leche que no se sabe si la había sacado de su estado laical, previo a la ordenación, o si la vida recogida del seminario se la había hecho crecer. Cuentan las beatas que un día sacó de misa a la Lolica, una bendita de Dios, a la que se le estaba yendo la cabeza porque se dedicaba a hablar mientras la homilía. ¡Qué mal cayó el suceso en el pueblo! La Lolica que vestía todos los años para el Viernes Santo a la Virgen de los Dolores. Por tanto, el mejor sitio para preguntar, pensé, era el Club del Pensionista.

No soy muy jugador pero pensé que me admitirían a una mesa del dominó. No fue así. Había que ganarse el puesto a pulso entre esa aristocracia pueblerina que era la partida de la tarde y yo era un don nadie. Así que, me conformé con pedir un café y sentarme pegado al pico de una mesa. Tenía enfrente, también de espectador, al Antoñico de Pepe el Sayo y a dos viejos del Pozuelo que no conocía de nada. Me flanqueaban Manolo el cuchillero, que tuvo un taller en Albacete hasta que se jubiló y lo cerró y José el Mije, herrero de los de antes, de martillo y fuego. Estos dos eran familiares lejanos del primo Blas y, por tanto, también emparentados con mi abuelo. El primo Blas, lo era de mi abuelo en tercer grado.

Al poco se me ocurre preguntar a José el Mije qué me podía contar del primo Blas. Al instante el ruido de envidos y truques y el golpeo de fichas de dominó enmudecieron. Me miraron como para matarme. Agaché la mirada, me levanté de la silla y el volumen habitual a esa hora no se recuperó hasta que salí al frío de la calle. Intuí algún improperio, pero no lo capté con claridad. ¿Sería por mí? Todo esto me hizo pensar que algo ocurría. Lo cual excitó aún más mi curiosidad. Pero un muro se levantaba en mi pueblo que me impedía acceder a la verdad sobre mi primo Blas.

En Navidad volví. En la plaza mayor, junto al aljibe me abordó José el Mije. Me dijo que me quería invitar a un orujo clandestino del que hacía él con su alambique. Sacó unos vasos de vino que llenó hasta la mitad. Él se bebió el contenido de una y se quedó tal cual. Traté de imitarlo. Nada más tragar el orujo me puse rojo, empecé a toser y a llorar. José el Mije, sin hablar nada fue a la alacena y cogió una botella de JB.

Me dijo: -Usted tome de esto, que es más flojo.

Esperó a que se me pasara el apuro, se puso serio y me dijo:

-Hay cosas de la vida de un pueblo que no se preguntan. Se lo advierto.

Desanimado, se me ocurrió consultar los periódicos anteriores al año en que murió el primo Blas. Para ello nada mejor que ir a la hemeroteca del Archivo Histórico de Albacete. El funcionario que me atendió quiso ponerme delante de un mamotreto de máquina para leer microfilms. Pero yo quería tocar papel y sudé tinta hasta que me sacó enfadado los periódicos que le pedía. Consulté primero la prensa del año 30, cuando la muerte del primo Blas. En un ejemplar del Ideal encontré crónica de su muerte violenta. Nunca se esclareció el asunto, pero debió ser torturado largamente, por infinidad de personas. El cadáver se encontró al amanecer, medio helado. Las torturas fueron horribles y de ellas he dado ya fe. Imaginen.

En años anteriores, La Tribuna de Albacete y, de nuevo El Ideal, de vez en cuando, daban noticia de sucesos espaciados en el tiempo pero recurrentes en mi pueblo. Un día Juan Guerrero fue al corral a atender a sus gallinas. Por la noche no se enteró del alboroto que alguien produjo al descabezar los pollos y gallinas del cercado. Puede que el que hubiera una tapia entre medias amortiguara los chillidos de los animales al morir. El pobre ni se percató.

Mi abuelo contaba que un juego de niños en su infancia era dar confianza a un pollo, acercarse a él y cuando estaba arrancarle la cabeza de un puñetazo. El animal corría un rato echando sangre hasta que caía exangüe. Se hacía como un cruel juego pero se mataba uno y la familia se lo zampaba después. Matanza tan grande no se conoció jamás.

También se cuenta que en junio, próxima la siega, se prendió fuego un sembrado de trigo a punto de coger. Pertenecía a la familia del señorito Domingo que pasaba estrecheces pues se había gastado los ahorros de la familia en putas en Madrid y ya no le quedaba más que ese terreno y un caserón ruinoso del que sólo habitaba un saloncito bajo, un dormitorio y la cocina, del miedo que le daba que se le cayera algo en la cabeza. De hecho, un tramo del tejado se había derrumbado dos años hace. No veáis el hambre que pasó.

La Paca de Antoñín se murió el año pasado en el psiquiátrico de las Tiesas, en la carretera de Mahora. Un día, siendo niña desapareció. La familia la echó de menos a la hora de comer, al salir de las escuelas. Se organizaron batidas; se buscó hasta en el último rincón; se bajó a un buen número de pozos y al aljibe de la plaza. Fue en la Cueva de las Mariquillas donde se la encontró, arañada, sin ropa, violada y con señales de haber sido molida a palos. Las heridas y la rotura de un brazo acabaron curando, pero su alma no. Una mirada de terror se fijó en su rostro y jamás se la oyó pronunciar palabra. Tampoco consintió sobre su piel la mano de un hombre.

Al volver del campo, tras un día de dura faena, mientras se preparaba el terreno para sembrar, con las mulas y la vertedera, ya de noche, la familia de Bernardo el Negro se encontró en el patio, tras las portás, y en la calle, las tejas y las cañas del tejado de su casa, con el agravante de que llovía y llovía durante casi cinco días después del desastre. Del agua, el piso de las cámaras se bufó hacia abajo y algunos trozos de yeso y cal se desprendieron. Se echaron a perder los productos de la matanza que se estaban secando, el maíz guardado para secar, los pimientos morrones, las orzas de lomo y chorizos y el vino de las tinajas y lo peor, la mistela. También las patatas y las almendras tendidas sobre el suelo se vieron afectadas. La verdad es que el deterioro del piso fue tan rápido que hubo que evacuar la casa. ¡A ver quién se atrevía a subir al rescate de la comida y la bebida!

Como dijo José el Mije hay asuntos que se ocultan, que pertenecen al secreto de la historia de un pueblo. Si te acercas a ellos, una coraza enorme te impide el paso. Está claro que el primo Blas era un salvaje, pero su muerte fue horrible, sus torturas atroces. Era un ser humano, con sus problemas, por supuesto. Violento como pocos. Pero sufrió violencia aún mayor. Todo un pueblo se unió para quitarse el problema a las bravas, y a fe que lo consiguió. Y también supo ocultar el problema. Vaya que sí. Setenta años después, ni se investiga ni se investigará. Pero el hombre ya está criando malvas y se le escupe cuando se pasa cerca de su tumba. Ay, ¿y mi abuelo?

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