Juan Carlos Vivó Córcoles

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Marcel Proust es autor de obra única. En busca del tiempo perdido constituye uno de esos monumentos literarios a los que hay que prestar atención al menos una vez en la vida pese a su complejidad y difícil lectura. En el primer volumen Por el camino de Swann el narrador come una magdalena acompañada por un té. En ese instante, aparece el pasado: su infancia. Es la magdalena lo que retrotrae al narrador a sus veranos en casa de su tía Leoncia. Desde ese instante se rememora toda una vida en la que el paso del tiempo tiene un valor de destrucción: un pasado que desaparece inexorablemente pero que fundamenta el presente y sienta las bases del futuro.

El recuerdo no aparece ordenado de modo sistemático, aunque Proust nunca rompe del todo con cierta linealidad narrativa. Será la evocación constante de diversos objetos la que hará ir apareciendo, con cierto desorden, momentos olvidados. Sólo así Proust llegará al final de su indagación sobre el paso del tiempo y su recuperación, finalidad de su obra. Así pues, será en El tiempo recobrado, tomo que cierra el ciclo novelístico, donde experiencias parecidas a la magdalena inicial, darán sentido a lo recuperado, ya perdido.

Pues bien, sin duda, como Proust, el tiempo lo recuperamos, en buena medida por objetos que para nosotros tienen un valor único. Los asociamos a experiencias propias, a hechos, lugares o personas que han fundamentado nuestra existencia. Quedan unidos a instantes que, para otros pueden parecer poco importantes. Pero es nuestra capacidad de dar sentido a lo vivido lo que hace que, en ellos encontremos sentido a nuestra propia existencia. Son objetos que se constituyen en síntesis de instantes, personas o lugares clave para nosotros. De ahí que sea muy difícil transmitir el porqué los conservamos, los guardamos a buen recaudo siempre, y nos duele perderlos, si ocurre.

Ahora, recién comenzado este año 2013, he podido hacer acopio de varios de esos objetos que rescatan lo vivido: un anillo de oro, una ramita de romero y unos pendientes.

Un anillo que he heredado de mi abuela, que ella llevaba siempre y que regaló en tiempos a su hijo pequeño que falleció muy joven. Repitió en infinidad de veces que lo llevase siempre, que era para mí. No lo luzco a diario, pero sí en ocasiones importantes, por miedo a perderlo. Y es para mí símbolo de la familia, de la vida de unos mayores que dieron todo por mí y que estarán siempre presentes en mi vida. Hago un constante esfuerzo por recordar lo que me dejaron.

Una ramita de romero, que se aja en un cajón pero que obtuve cuando empezaba a salir de un momento de crisis importante. Es señal de ese renacer. Cerré una etapa y comencé otra mucho mejor que perdura y que me ha hecho otro. También me unió a un grupo de personas que ha entrado en mi vida para siempre. Y, especialmente, a una mujer de bandera a la que le debo mucho y que me ha cuidado siempre. Y por último a una preciosa mañana de paseo.

Y unos pendientes, que regalé a un ser único que me proporciona una paz inmensa, que siempre está ahí y que es la bondad en grado sumo. He crecido en buena medida gracias a ti, a su cariño y cercanía. Aunque creo que hemos crecido el uno a junto al otro. Es algo que nos repetimos constantemente.

En definitiva, un anillo, una ramita de romero y unos pendientes. Son mi particular magdalena, aquellos objetos que me unen a mi pasado más o menos reciente y que me retrotraen siempre a las personas que habitan y habitarán en mi corazón siempre, del modo que sea. El tiempo se evoca a través de ellos, y aunque, como pensaba Proust, el tiempo hace desaparecer mucho de lo vivido, desde ellos disfrutamos el presente y nos lanzamos hacia el futuro con amor y esperanza.

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EL VIAJE

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el viaje sea largo.

Una lectura a la que vuelvo a menudo es a los poemas de Cavafis. Entre ellos, quizá el más conocido por todos sea “Viaje a Ítaca” que toma como motivo la  larga vuelta a casa de la Odisea, de Ulises. Cavafis reflexiona sobre el viaje. Para él lo importante no es la meta, sino el periplo en sí, el hecho de dejar la costa y adentrarse en el mar. El camino está lleno de peligros, de naufragios, de reinas como Dido que tratan de apartarnos de nuestros fines o, incluso, hacernos desistir de la necesidad de partir.

Tener claros los objetivos en la vida es fundamental. También el buscar descansos o puertos que nos refugien de la tempestad, fortalezas a salvo de Cíclopes y Lestrigones. Pero como algo provisional, temporal. En el viaje en sí está la esencia, lo único no contingente en la vida, lo poco propio de su misma constitución. En viajar y no en detenerse está la oportunidad de madurar y mejorar la vida aprendiendo a sortear los problemas o a convivir con ellos cuando no son solucionables fácilmente. Pero también en caminar están las oportunidades, la capacidad de conocer algo nuevo, de encontrar tesoros, de ampliar nuestro mundo con paisajes y personas nuevas.

Pero el viaje más importante, que muchas personas no emprenden jamás porque viven en la superficie es el viaje al interior de uno mismo. Encontrar momentos y tiempos de introspección, de análisis de emociones, pensamientos y actuaciones es viajar al encuentro con uno mismo. Parar, mirarnos, bucear en nosotros es clave en nuestro crecimiento. Sólo quien ahonda en su interior intentando saber quién es, puede ser más plenamente hombre y salir provisto de una mirada nueva y acogedora del mundo y del prójimo e incluso de Dios. Admitiendo  sin embargo que somos misterio y que hay una parte de nosotros mismos que quedará siempre en la oscuridad merece la pena abandonar Troya y salir hacia Ítaca , como el Ulises que no se quedó en la ciudad destruida.

Mi trayectoria intelectual me ha guiado por aquellos caminos hacia la introspección que me ha mostrado la filosofía y la literatura sobre todo.

San Agustín, me ha mostrado que sólo en el interior de uno mismo encuentra a Dios y alcanzamos la trascendencia. Hay que bucear en nosotros para encontrar la iluminación, la luz. Se trata de trascenderse a uno mismo, de poner nuestros pasos “allí donde la luz de la razón se enciende”. Descartes, es otro camino hacia lo interior, quien tras dudar sistemáticamente de todo, encuentra en el hombre pensante, que razona, en el cogito un motivo para salir al mundo y redescubrir la verdad de la existencia humana y la capacidad de acceso veraz a la realidad. Kant, más tarde, encuentra en la razón unida a la experiencia la verdad del conocimiento, pero que los supedita al encuentro con el mundo, el alma y la divinidad como algo fundante de la realidad humana aunque no sean entidades accesibles más allá del acotado mundo fenoménico. También nos habla del valor ético del fin en sí mismo, que jamás justifica los medios como base de toda relación de un hombre con otro. También me fascina un Husserl que sólo en la “vivencia de la esencia de la conciencia” más pura encuentra al hombre pleno. Es el encuentro con el hombre concebido como conciencia pura.  Y, por último un Levinas, que sólo en el encuentro con el Otro desde un Yo puede fundar la verdadera felicidad del hombre en la constitución de un Nosotros.

También me ha ocupado tiempo un Dante que, viajando al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso dibuja un mapa completo de las pasiones y las virtudes propias del ser humano, apostando siempre por el bien. O ese San Juan de la Cruz que, tomando como base el Cantar de los Cantares, poetiza la búsqueda de la amada del amado, el encuentro amoroso entre Dios y el hombre aplicable también al encuentro de un ser humano con otro. O también el Quijote que recorre la Mancha buscando sus sueños, persiguiéndolos aunque los llamen locura. O, el capitán Ahab que dedica su vida a sólo encontrar una ballena blanca (Moby Dick) para obtener la gloria de su muerte, en un Leviatán concebido como el mal absoluto en un compromiso ético no menos absoluto. O el Ulises de Joyce que en la figura de Leopold Bloom reproduce la Odisea por las calles de Dublín y que con el monólogo interior de Molly Bloom supone el primer intento serio en la literatura de reflejar el flujo del pensamiento con el que se vuelve a viajar de un modo siempre nuevo a la interioridad del ser humano. O ese Proust que desde una magdalena hace un viaje al pasado que obligará al narrador a retroceder hasta lo más profundo de la memoria.

Pero no sólo estos ejemplos son válidos estos casos extraídos de la literatura o del pensamiento, sino también la infinidad de personas que nos rodean que tratan de hacer de su vida un constante encuentro con la hondura de su identidad humana y que se perciben diferentes porque se mueven por un sueño, por amor,  por un compromiso ético profundo, por decorar su vida y la de los demás de belleza, por su afán por desvivirse y cuidar de los demás. Personas desconocidas para todos pero que influyen en nosotros haciendo nuestra existencia mejor

En definitiva, infinidad de ejemplos que nos hablan de la insoslayable necesidad de entrar en nosotros mismos para descubrirnos.

Lo importante es que te des cuenta que esta vida es corta y que no la tienes que desperdiciar en la superficie, sino bajar a los abismos de tu persona, buscarte y encontrarte, conocerte. Cree de verdad que tu persona es un tesoro que acumula  un sinfín de objetos maravillosos. Quizá no hayas educado tus sentidos para verlos, pero están ahí. Ilumínalos con tu sensibilidad y te sorprenderás.

Pero también en tu corazón hay mucho malo. Ponte el mono de faena y trabaja por observar y localizar las razones por las que haces lo que no quieres. Cámbialo, puedes hacerlo.

Descúbrete bello, quiérete. Es la única base desde la que serás mejor. Cuídate también. Invierte en ti. Valora tu cuerpo, cultiva tu alma, lee, explora, disfruta de los placeres de la vida.

Ama, ama siempre, con entrega. No te quedes en ti mismo. En el otro está la recompensa. Si amas con todo tu corazón verás como se te recompensa.

Busca espacios y tiempos para ti, para estar solo, para la meditación, la oración, el silencio. Hay que encontrar el momento reflexivo para cargar pilas.

No dejes de viajar nunca. Cuando hayas alcanzado una meta, fíjate en que el horizonte ha cambiado. Hay algo nuevo que no conoces, no puedes parar. No tengas miedo.

No estás solo. Ulises viajaba con su tripulación. Ellos buscan lo que tú: encontrarse a sí mismos. Te acompañan personas que ya no están, que la muerte se ha llevado pero que están contigo, son referencia y ejemplo de buen vivir. Están personas que son tu vida actual, que están contigo, que te quieren, que te aceptan y comprenden en tus debilidades y se alegran en tus alegrías. Esas personas te ayudan a viajar y tú les ayudas. Mantenlas a tu lado a toda costa. Son tu familia, tu pareja, tus hijos, tus amigos…

Deja un gran espacio para Dios. Es un apoyo que nunca falla. En él encontrarás apoyo y consuelo, y una presencia constante que te llena de dicha. Si no crees, no importa, Él está a tu lado, aunque no quieras reconocer su presencia viva. Te quiere aunque no lo quieras.

Y que tu logro sea que con tu vida ofrezcas una obra de arte que todos admiren, una obra de arte que todos desearían poseer. Que todos puedan recordarte como el inconformista que quiso viajar a lo más profundo de sí mismo para ser un gran hombre.

Recomiendo ver el vídeo y volver a leer el post.

La vida del apóstol San Pablo es parecida, mutatis mutandis, a lo que hoy en día llamaríamos un emprendedor: es un hombre siempre en camino, siempre en cambio, sin miedo a nuevos retos, comportasen los sacrificios que fuesen necesarios. Tras su conversión, debido a haberse críado en la diáspora judía, en contacto estrecho con la cultura tardohelenística de la populosa ciudad de Antioquía, tuvo claro que el futuro del cristianismo no pasaba por predicarse al interior de la comunidad judía, al contrario. En el Concilio de Jerusalén tuvo que disputar agriamente con muchos de los demás apóstoles que pretendían lo contrario. El Evangelio, según intuyó Pablo, era para todo hombre y para toda cultura. Por eso, durante años anduvo por el Oriente del Imperio Romano, en concreto por Palestina y Siria, la península de Anatolia y por Grecia, hasta terminar en Roma.

Actuaba muy metódicamente. Llegaba a una ciudad y predicaba el mensaje de la Resurrección. Tenía más o menos éxito. Si conseguía la conversión de un pequeño grupo de vecinos, se dedicaba a instruirlos y a formar con ellos una comunidad lo más organizada Posible. Pero, en cuanto consideraba que el grupo estaba ya maduro, y podía regirse por sí mismo, hacía el hato y vuelta a empezar en otro lugar. Sin embargo nunca dejaba de tutelar a la comunidad de la que partía. Se interesaba por recibir mensajes y por atender a viajeros que constantemente le visitaban. Sus cartas son fruto de esa relación de cuidador solícito que mantenía con sus fundaciones. Cuando se enteraba de un problema concreto (como cuando intervino en la dividida comunidad de Corinto) les escribía. Con ello, su magisterio era más que tenido en cuenta y ejercía un efecto sanador basado en su autoridad apostólica.

Vivimos tiempos complicados, de incertidumbre, cambios, dolor, esfuerzo sin recompensa… Quizá no más duros que otros tiempos, como los de san Pablo, pero sí que es cierto que cada tiempo tiene su afán y toda comparación es odiosa.

Sin embargo, el tiempo de prueba es necesario. Acomodarnos, no cambiar, nunca es bueno. El exceso de sofá cómodo atrofia los músculos de cualquiera, aunque la calma y la paz sean deseables un tiempo e imprescindible el descanso y la tregua en mitad de la batalla. Echar la vista atrás lleva a que encontremos momentos en los cuales luchamos por conseguir un fin, cumplir un anhelo, alcanzar una meta. También hay instantes y estados de tranquilidad en los que hemos llegado a un estado de calma, en los que parece que disfrutamos de lo conseguimos, en que sólo hemos de de gestionar el logro exitoso; pero de pronto, o bien sobreviene el imprevisto, o bien, la rutina, el aburrimiento u otros factores nos hacen sentirnos a disgusto y querer dejarlo todo y buscar perspectivas nuevas. Es un sino inevitable en el ser humano que quiere crecer: el inconformismo.

Tenemos que estar preparados para afrontar el imprevisto (una persona que desaparece, que nos deja; un trabajo que perdemos sin esperar; un accidente…). Pero, superado el primer  golpe, tras el noqueo inicial, no hay más remedio que echar a andar. No tenemos recetas para responder a la variada casuística de cada situación, pero sí que podemos atesorar recursos para recuperarnos (resiliencia, creo que le llaman a eso. ¡Qué palabro, Señor! Resistencia a la adversidad, en definitiva) y que la caída no se convierta en derrota permanente. “Fecundo en ardides” era el epíteto que Homero daba a Odiseo. Un hombre de recursos, astuto, que a todo era capaz de dar solución con un espíritu de lo más ingenioso.

Pero, sin embargo, aun contando con ello, estoy convencido de que la mayor parte de los cambios que nos han sucedido han sido conscientemente buscados. O bien por culpa de nuestros errores, o bien a causa de una adecuada aplicación de nuestra voluntad, inteligencia y demás talentos a todos y cada uno de los retos que tenemos delante. Dido, al perder a Eneas, estuvo abocada al suicidio al no poder retener junto a sí al amor de su vida. Teniendo en cuenta que los dioses griegos marcaban el destino de los mortales, poco podía hacer. Pero ¿el suicidio fue la mejor salida? Desde nuestro punto de vista, no.

Lo malo en parte puede ser imprevisto, pero en buena medida buscado. No hay que echar balones fuera. En general, nuestros problemas son nuestra responsabilidad, sumados, por supuesto, a lo que los demás ponen de su parte. Lo que nos ayuda a crecer es aprender de ellos, analizarlos bien, extrayendo lo bueno y convirtiéndolo en lección, para que se transformen en estímulo. Es terrible quedarnos en el error y que sea paralizante o que incluso nos destruya. Conozco casos de personas que tras una experiencia traumática generan tal miedo que no desean repetir la experiencia, aun a sabiendas de que puede que no se repita. Se cierran a buscar el amor de otra persona porque sus vivencias anteriores han sido traumáticas; creen que no son capaces de llevar a cabo una tarea parecida a la que han fracasado, etc. Cuando no es así. Somos como un viajero en una estación de trenes. Van pasando uno tras otro y por miedo a caer a la vía no subimos a ninguno. Al final, la vida se nos pasa en el andén y nos lamentamos de que otros sí lo hicieron y explotaron la oportunidad que nosotros no quisimos aprovechar por miedo a cambiar y abandonar la comodidad de nuestro sofá.

 

Una lectura que me fascinó en su momento y a la cual vuelvo cada cierto tiempo fue Los ojos de la fe (Les yeux de la foi – 1910) del teólogo y sacerdote Jean-Pierre Rousselot (1846-1924). Quien haya estudiado fonética o dialectología no dudará en reconocer su valía como uno de los fundadores de la fonética experimental y uno de los pioneros de la dialectología. Su obra Principes de la phonétique expérimentale (1897-1909) es una referencia básica en la disciplina.

Pierre RousselotPero también en el campo de la teología fundamental su aportación es muy tenida en cuenta, aun en la actualidad (el pensamiento de Hans Urs von Balthasar o del mismo Joseph Ratzinger están muy influenciados por él).

La teología fundamental estudia las bases de credibilidad de la fe, aquello que hace comprensible, teniendo en cuenta su realidad mistérica. Es decir, busca la razonabilidad del acto de fe.

Pues bien, Pierre Rousselot, en el año de publicación de Les yeux de la foi se encontraba en medio de posiciones teológicas que o bien inclinaban el fiel de la balanza hacia la razón, eliminando los elementos volitivos o emocionales del acto de fe (el asentimiento de fe), o bien hacia el lado contrario, minusvalorando lo razonable que hay en la fe.

La postura de Rousselot busca el equilibrio. Desde san Agustín,  con su Habet namque fides oculos suos (la fe tiene sus propios ojos) se ha tratado de conciliar razón y voluntad al hablar de la fe. La fe tiene sus propios ojos dice Agustín de Hipona. Es decir, que, para que se entienda, la fe en Dios da una cosmovisión diferente de las cosas al ser humano y unos motivos a la hora de actuar muy peculiares. Yo, como creyente, actuaré del mismo modo que un no creyente, pero mis motivaciones y las razones que daré de lo que hago serán diferentes. Del mismo modo cuida de un enfermo un ateo que un creyente, pero el creyente ve en el enfermo a Cristo crucificado. Esa visión, fruto de la voluntad de querer ir más allá, es un acto volitivo, pero también funda una racionalidad, otorga al creyente motivos para seguir creyendo.

La luz de la fe, los ojos de la fe, ofrecen un nuevo objeto de conocimiento irreductible a la razón, pues no se puede explicar del todo, pero también lleno de “irracionalidad” si por tal entendemos todo aquello no explicable, sino que proviene de un asentimiento, de un salto en el abismo irracional.

¿Por qué me encanta este autor? Pues porque ha sabido aportar algo que para el creyente es básico: motivos de credibilidad de lo que es el motor de la vida unido a la justificación del valor intrínseco del acto de creer, que es compromiso con algo de lo que no se tiene certeza.

Pero cuando nos ponemos a trabajar en un proyecto que nos ilusiona, cuando depositamos nuestra confianza en una persona, cuando expresamos nuestro asentimiento a algo que se nos ha dicho pero que no hemos experimentado directamente, estamos, como Rousselot poniendo a funcionar nuestra razón que lleva a decir sí y nuestras ganas de fiarnos de algo que no sabemos fehacientemente qué es. Cuando actuamos ¿no estamos ejerciendo un acto de fe en lo que hacemos? ¿Y podemos explicar lo que nos mueve? Muchas veces sí. Otras, quizá no. En definitiva, y en lenguaje 2.0: coaching del bueno. Yo lo ficharía para dar animar y motivar a más de un equipo de trabajo.

Finalmente os facilito un enlace a la obra completa:

Los ojos de la fe


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