Juan Carlos Vivó Córcoles

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“Nada ha cambiado. Sólo yo he cambiado. Por lo tanto, todo ha cambiado”. Proverbio hindú.

Cuando dejé el sacerdocio hace ya casi cinco años me marqué una hoja de ruta bien clara: en unos dos años más o menos iba a tener un trabajo estabilísimo y muy bien remunerado e iba a tener a mis pies una especie de Cristina Pedroche y un enanito diciéndome: papá.

Pues bien, hoy en día tengo un trabajo que he consolidado hace poco, tras perder otro y estar un tiempo parado y he ido dando tumbos sentimentales con un par de relaciones fuertes, muchos amagos y alguna que otra aventurilla. Del niño, ni rastro, creo.

Todo ello ha provocado en mí, durante largo tiempo, una especie de ansiedad y unos sentimientos de frustración permanentes, bien aderezados con baja autoestima, aislamiento y un constante mal humor que transmitía mucha negatividad. En definitiva, creo que cometí el error de plantear mi felicidad en torno a la obtención de unos resultados.

Sin embargo, este verano ha sido un tiempo propicio para mí.

Al comenzar las vacaciones, en julio, tras unos días de adaptación al reposo decidí aprovechar el tiempo. Para ello me ayudó el vivir junto al mar, que ejerce sobre mí un poder relajante como pocas otras cosas lo hacen y la tranquilidad. Me dije: invierte todo este tiempo tiempo en ti; analízate, conócete mejor, cambia lo negativo que hay en ti y renace; vuelve a ser el que eras. No estás bien, tienes que cambiar.

Y sí. El tiempo ha sido bien aprovechado. Soy otro. Me veo un hombre nuevo, seguro de mí mismo, con metas claras, que sabe lo que quiere. Pero ya mi vida no gira en torno a la obtención de resultados, sino en torno a mi enriquecimiento personal, al cuidado de mí mismo, a generar en mí actitudes positivas. Porque el fracaso está ahí, inevitable. Pero estoy preparado para aprender de él. Y, aunque no renuncio a mis sueños, sé que unos se harán realidad y otros no, siempre a su ritmo y en el momento en que sean oportunos, no cuando a mí se me antoje.

Me conozco mejor. Ello ha llevado a un mayor dominio de mí mismo, a cambiar formas de pensar y de actuar. También mis relaciones personales y sociales han mejorado. Me veo simpático, sonrío, bromeo, beso y abrazo. He vuelto a la actividad física y me veo más guapo. Me encanta tocarme, ver que me salen bultos nuevos y que el bulto abdominal disminuye. Estoy recuperando a gente que he dejado en el camino (la lista de personas a las que le tengo que pedir perdón disminuye). Me abro a nuevas relaciones sin miedo, a nuevas amistades, a la profundización de las que tengo. He sabido crear en mí condiciones para rodearme de personas que me aportan y he sabido alejar de mí a vampiros emocionales y a personas que sólo buscan compensaciones a sus carencias. Tampoco las busco yo, por supuesto, aunque las he buscado y puede que así haya espantado a más de uno. Ahora puedo afirmar que quiero a quien quiero porque me quiero y puedo querer de verdad. Al quererme a mí mismo, estoy preparado para amar con entrega y para recibir el amor que se me da.

Sé que otra prioridad, aparte de mí mismo, es mi familia, mi corta familia: mi madre y mi hermana, el cuidado y la atención a ellas. Les tengo que pedir perdón por lo mucho que les he hecho sufrir y mimarlas. Que sepan que estoy ahí, en lo cotidiano, no sólo para ocasiones extraordinarias, en las que siempre he estado. Si ahora le cuento hasta a mi madre mis historietas. Impensable.

Estoy disfrutando, también, mucho de mi vuelta al trabajo. Me ven activo, creativo, con ganas, tratando mejor a mis chavales, apoyando a los compañeros, participativo, crítico sin ser cenizo… Tengo la suerte de tener trabajo, y un trabajo que me encanta, algo que en los tiempos que corren es maravilloso. Pero no le estaba sacando todo el jugo. Pese a lo maltratada que está la enseñanza en este país, pese a no tener una seguridad total en mi futuro laboral, ver crecer a pequeños seres humanos gracias, en parte, a mi influencia es muy gratificante.

También he vuelto a estudiar, a leer. Porque me apasiona el estudio y porque me abre horizontes, no sólo profesionales, sino personales.

Estoy cultivando más profundamente una afición que dicen que hago bien: escribir. Mi blog, mis colaboraciones y el deseo de afrontar pronto un proyecto más importante.

Voy ganando amigos, recuperando otros, abriéndome a gente nueva y maravillosa. Mi mundo se amplía.

Disfruto de placeres sencillos, de detalles pequeños de la vida: como los amaneceres en el mar, el ejercicio, la música, un paseo, la risa de un niño, la comida sana y los pequeños caprichitos que ya no son la base de mi alimentación…

Y, después de una relación sentimental complicada que me hizo mucho daño, pero de la que aprendí (supuso un punto de inflexión en mi vida) y que me generó un exceso de defensas ante la mujer, me veo preparado y con ganas para una relación seria. No deseo una Cristina Pedroche que no existe, sino una mujer sana y normal, pero especial y única para mí, que quiera ser feliz conmigo y que quiera que yo la haga feliz. Alguien con quien me sienta bien, que me llene, que ocupe mi pensamiento y mi corazón. Seguro que mi intuición me hará ver por quién debo apostar. Con mi renovada actitud, sé que es posible. Antes, no. Ya no me guía la ansiedad, sino la seguridad. Con lo cual, quien se me acerque ya no me verá débil, sino entero, lo que me hará más atractivo; ya no buscará lo que le falta, ni me utilizará, sino que me querrá.

Por supuesto que sigo teniendo muchos problemas, muchos defectos, que aún tengo que caminar mucho. Pero la mayoría de los problemas que tenía han desparecido como por ensalmo. Porque el problema era yo. Al estar bien, mi entorno está bien y toda nube en el horizonte desaparece.

En definitiva, que me veo un hombre nuevo, diferente, mejor. Me bebo la vida, me como el mundo. Sé que para ello tengo mucho cerebro, mucho corazón y que los tengo lo suficientemente gordos, negros y peludos.

Ya no actúo conforme a resultados, a metas. No me guía la ansiedad, la manipulación de la realidad conforme a mis intereses, sino el cultivo de actitudes positivas para la vida, para mi enriquecimiento. Ahí está el secreto. Bendito verano.

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La vida del apóstol San Pablo es parecida, mutatis mutandis, a lo que hoy en día llamaríamos un emprendedor: es un hombre siempre en camino, siempre en cambio, sin miedo a nuevos retos, comportasen los sacrificios que fuesen necesarios. Tras su conversión, debido a haberse críado en la diáspora judía, en contacto estrecho con la cultura tardohelenística de la populosa ciudad de Antioquía, tuvo claro que el futuro del cristianismo no pasaba por predicarse al interior de la comunidad judía, al contrario. En el Concilio de Jerusalén tuvo que disputar agriamente con muchos de los demás apóstoles que pretendían lo contrario. El Evangelio, según intuyó Pablo, era para todo hombre y para toda cultura. Por eso, durante años anduvo por el Oriente del Imperio Romano, en concreto por Palestina y Siria, la península de Anatolia y por Grecia, hasta terminar en Roma.

Actuaba muy metódicamente. Llegaba a una ciudad y predicaba el mensaje de la Resurrección. Tenía más o menos éxito. Si conseguía la conversión de un pequeño grupo de vecinos, se dedicaba a instruirlos y a formar con ellos una comunidad lo más organizada Posible. Pero, en cuanto consideraba que el grupo estaba ya maduro, y podía regirse por sí mismo, hacía el hato y vuelta a empezar en otro lugar. Sin embargo nunca dejaba de tutelar a la comunidad de la que partía. Se interesaba por recibir mensajes y por atender a viajeros que constantemente le visitaban. Sus cartas son fruto de esa relación de cuidador solícito que mantenía con sus fundaciones. Cuando se enteraba de un problema concreto (como cuando intervino en la dividida comunidad de Corinto) les escribía. Con ello, su magisterio era más que tenido en cuenta y ejercía un efecto sanador basado en su autoridad apostólica.

Vivimos tiempos complicados, de incertidumbre, cambios, dolor, esfuerzo sin recompensa… Quizá no más duros que otros tiempos, como los de san Pablo, pero sí que es cierto que cada tiempo tiene su afán y toda comparación es odiosa.

Sin embargo, el tiempo de prueba es necesario. Acomodarnos, no cambiar, nunca es bueno. El exceso de sofá cómodo atrofia los músculos de cualquiera, aunque la calma y la paz sean deseables un tiempo e imprescindible el descanso y la tregua en mitad de la batalla. Echar la vista atrás lleva a que encontremos momentos en los cuales luchamos por conseguir un fin, cumplir un anhelo, alcanzar una meta. También hay instantes y estados de tranquilidad en los que hemos llegado a un estado de calma, en los que parece que disfrutamos de lo conseguimos, en que sólo hemos de de gestionar el logro exitoso; pero de pronto, o bien sobreviene el imprevisto, o bien, la rutina, el aburrimiento u otros factores nos hacen sentirnos a disgusto y querer dejarlo todo y buscar perspectivas nuevas. Es un sino inevitable en el ser humano que quiere crecer: el inconformismo.

Tenemos que estar preparados para afrontar el imprevisto (una persona que desaparece, que nos deja; un trabajo que perdemos sin esperar; un accidente…). Pero, superado el primer  golpe, tras el noqueo inicial, no hay más remedio que echar a andar. No tenemos recetas para responder a la variada casuística de cada situación, pero sí que podemos atesorar recursos para recuperarnos (resiliencia, creo que le llaman a eso. ¡Qué palabro, Señor! Resistencia a la adversidad, en definitiva) y que la caída no se convierta en derrota permanente. “Fecundo en ardides” era el epíteto que Homero daba a Odiseo. Un hombre de recursos, astuto, que a todo era capaz de dar solución con un espíritu de lo más ingenioso.

Pero, sin embargo, aun contando con ello, estoy convencido de que la mayor parte de los cambios que nos han sucedido han sido conscientemente buscados. O bien por culpa de nuestros errores, o bien a causa de una adecuada aplicación de nuestra voluntad, inteligencia y demás talentos a todos y cada uno de los retos que tenemos delante. Dido, al perder a Eneas, estuvo abocada al suicidio al no poder retener junto a sí al amor de su vida. Teniendo en cuenta que los dioses griegos marcaban el destino de los mortales, poco podía hacer. Pero ¿el suicidio fue la mejor salida? Desde nuestro punto de vista, no.

Lo malo en parte puede ser imprevisto, pero en buena medida buscado. No hay que echar balones fuera. En general, nuestros problemas son nuestra responsabilidad, sumados, por supuesto, a lo que los demás ponen de su parte. Lo que nos ayuda a crecer es aprender de ellos, analizarlos bien, extrayendo lo bueno y convirtiéndolo en lección, para que se transformen en estímulo. Es terrible quedarnos en el error y que sea paralizante o que incluso nos destruya. Conozco casos de personas que tras una experiencia traumática generan tal miedo que no desean repetir la experiencia, aun a sabiendas de que puede que no se repita. Se cierran a buscar el amor de otra persona porque sus vivencias anteriores han sido traumáticas; creen que no son capaces de llevar a cabo una tarea parecida a la que han fracasado, etc. Cuando no es así. Somos como un viajero en una estación de trenes. Van pasando uno tras otro y por miedo a caer a la vía no subimos a ninguno. Al final, la vida se nos pasa en el andén y nos lamentamos de que otros sí lo hicieron y explotaron la oportunidad que nosotros no quisimos aprovechar por miedo a cambiar y abandonar la comodidad de nuestro sofá.

 


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