Juan Carlos Vivó Córcoles

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Marcel Proust es autor de obra única. En busca del tiempo perdido constituye uno de esos monumentos literarios a los que hay que prestar atención al menos una vez en la vida pese a su complejidad y difícil lectura. En el primer volumen Por el camino de Swann el narrador come una magdalena acompañada por un té. En ese instante, aparece el pasado: su infancia. Es la magdalena lo que retrotrae al narrador a sus veranos en casa de su tía Leoncia. Desde ese instante se rememora toda una vida en la que el paso del tiempo tiene un valor de destrucción: un pasado que desaparece inexorablemente pero que fundamenta el presente y sienta las bases del futuro.

El recuerdo no aparece ordenado de modo sistemático, aunque Proust nunca rompe del todo con cierta linealidad narrativa. Será la evocación constante de diversos objetos la que hará ir apareciendo, con cierto desorden, momentos olvidados. Sólo así Proust llegará al final de su indagación sobre el paso del tiempo y su recuperación, finalidad de su obra. Así pues, será en El tiempo recobrado, tomo que cierra el ciclo novelístico, donde experiencias parecidas a la magdalena inicial, darán sentido a lo recuperado, ya perdido.

Pues bien, sin duda, como Proust, el tiempo lo recuperamos, en buena medida por objetos que para nosotros tienen un valor único. Los asociamos a experiencias propias, a hechos, lugares o personas que han fundamentado nuestra existencia. Quedan unidos a instantes que, para otros pueden parecer poco importantes. Pero es nuestra capacidad de dar sentido a lo vivido lo que hace que, en ellos encontremos sentido a nuestra propia existencia. Son objetos que se constituyen en síntesis de instantes, personas o lugares clave para nosotros. De ahí que sea muy difícil transmitir el porqué los conservamos, los guardamos a buen recaudo siempre, y nos duele perderlos, si ocurre.

Ahora, recién comenzado este año 2013, he podido hacer acopio de varios de esos objetos que rescatan lo vivido: un anillo de oro, una ramita de romero y unos pendientes.

Un anillo que he heredado de mi abuela, que ella llevaba siempre y que regaló en tiempos a su hijo pequeño que falleció muy joven. Repitió en infinidad de veces que lo llevase siempre, que era para mí. No lo luzco a diario, pero sí en ocasiones importantes, por miedo a perderlo. Y es para mí símbolo de la familia, de la vida de unos mayores que dieron todo por mí y que estarán siempre presentes en mi vida. Hago un constante esfuerzo por recordar lo que me dejaron.

Una ramita de romero, que se aja en un cajón pero que obtuve cuando empezaba a salir de un momento de crisis importante. Es señal de ese renacer. Cerré una etapa y comencé otra mucho mejor que perdura y que me ha hecho otro. También me unió a un grupo de personas que ha entrado en mi vida para siempre. Y, especialmente, a una mujer de bandera a la que le debo mucho y que me ha cuidado siempre. Y por último a una preciosa mañana de paseo.

Y unos pendientes, que regalé a un ser único que me proporciona una paz inmensa, que siempre está ahí y que es la bondad en grado sumo. He crecido en buena medida gracias a ti, a su cariño y cercanía. Aunque creo que hemos crecido el uno a junto al otro. Es algo que nos repetimos constantemente.

En definitiva, un anillo, una ramita de romero y unos pendientes. Son mi particular magdalena, aquellos objetos que me unen a mi pasado más o menos reciente y que me retrotraen siempre a las personas que habitan y habitarán en mi corazón siempre, del modo que sea. El tiempo se evoca a través de ellos, y aunque, como pensaba Proust, el tiempo hace desaparecer mucho de lo vivido, desde ellos disfrutamos el presente y nos lanzamos hacia el futuro con amor y esperanza.

“Nada ha cambiado. Sólo yo he cambiado. Por lo tanto, todo ha cambiado”. Proverbio hindú.

Cuando dejé el sacerdocio hace ya casi cinco años me marqué una hoja de ruta bien clara: en unos dos años más o menos iba a tener un trabajo estabilísimo y muy bien remunerado e iba a tener a mis pies una especie de Cristina Pedroche y un enanito diciéndome: papá.

Pues bien, hoy en día tengo un trabajo que he consolidado hace poco, tras perder otro y estar un tiempo parado y he ido dando tumbos sentimentales con un par de relaciones fuertes, muchos amagos y alguna que otra aventurilla. Del niño, ni rastro, creo.

Todo ello ha provocado en mí, durante largo tiempo, una especie de ansiedad y unos sentimientos de frustración permanentes, bien aderezados con baja autoestima, aislamiento y un constante mal humor que transmitía mucha negatividad. En definitiva, creo que cometí el error de plantear mi felicidad en torno a la obtención de unos resultados.

Sin embargo, este verano ha sido un tiempo propicio para mí.

Al comenzar las vacaciones, en julio, tras unos días de adaptación al reposo decidí aprovechar el tiempo. Para ello me ayudó el vivir junto al mar, que ejerce sobre mí un poder relajante como pocas otras cosas lo hacen y la tranquilidad. Me dije: invierte todo este tiempo tiempo en ti; analízate, conócete mejor, cambia lo negativo que hay en ti y renace; vuelve a ser el que eras. No estás bien, tienes que cambiar.

Y sí. El tiempo ha sido bien aprovechado. Soy otro. Me veo un hombre nuevo, seguro de mí mismo, con metas claras, que sabe lo que quiere. Pero ya mi vida no gira en torno a la obtención de resultados, sino en torno a mi enriquecimiento personal, al cuidado de mí mismo, a generar en mí actitudes positivas. Porque el fracaso está ahí, inevitable. Pero estoy preparado para aprender de él. Y, aunque no renuncio a mis sueños, sé que unos se harán realidad y otros no, siempre a su ritmo y en el momento en que sean oportunos, no cuando a mí se me antoje.

Me conozco mejor. Ello ha llevado a un mayor dominio de mí mismo, a cambiar formas de pensar y de actuar. También mis relaciones personales y sociales han mejorado. Me veo simpático, sonrío, bromeo, beso y abrazo. He vuelto a la actividad física y me veo más guapo. Me encanta tocarme, ver que me salen bultos nuevos y que el bulto abdominal disminuye. Estoy recuperando a gente que he dejado en el camino (la lista de personas a las que le tengo que pedir perdón disminuye). Me abro a nuevas relaciones sin miedo, a nuevas amistades, a la profundización de las que tengo. He sabido crear en mí condiciones para rodearme de personas que me aportan y he sabido alejar de mí a vampiros emocionales y a personas que sólo buscan compensaciones a sus carencias. Tampoco las busco yo, por supuesto, aunque las he buscado y puede que así haya espantado a más de uno. Ahora puedo afirmar que quiero a quien quiero porque me quiero y puedo querer de verdad. Al quererme a mí mismo, estoy preparado para amar con entrega y para recibir el amor que se me da.

Sé que otra prioridad, aparte de mí mismo, es mi familia, mi corta familia: mi madre y mi hermana, el cuidado y la atención a ellas. Les tengo que pedir perdón por lo mucho que les he hecho sufrir y mimarlas. Que sepan que estoy ahí, en lo cotidiano, no sólo para ocasiones extraordinarias, en las que siempre he estado. Si ahora le cuento hasta a mi madre mis historietas. Impensable.

Estoy disfrutando, también, mucho de mi vuelta al trabajo. Me ven activo, creativo, con ganas, tratando mejor a mis chavales, apoyando a los compañeros, participativo, crítico sin ser cenizo… Tengo la suerte de tener trabajo, y un trabajo que me encanta, algo que en los tiempos que corren es maravilloso. Pero no le estaba sacando todo el jugo. Pese a lo maltratada que está la enseñanza en este país, pese a no tener una seguridad total en mi futuro laboral, ver crecer a pequeños seres humanos gracias, en parte, a mi influencia es muy gratificante.

También he vuelto a estudiar, a leer. Porque me apasiona el estudio y porque me abre horizontes, no sólo profesionales, sino personales.

Estoy cultivando más profundamente una afición que dicen que hago bien: escribir. Mi blog, mis colaboraciones y el deseo de afrontar pronto un proyecto más importante.

Voy ganando amigos, recuperando otros, abriéndome a gente nueva y maravillosa. Mi mundo se amplía.

Disfruto de placeres sencillos, de detalles pequeños de la vida: como los amaneceres en el mar, el ejercicio, la música, un paseo, la risa de un niño, la comida sana y los pequeños caprichitos que ya no son la base de mi alimentación…

Y, después de una relación sentimental complicada que me hizo mucho daño, pero de la que aprendí (supuso un punto de inflexión en mi vida) y que me generó un exceso de defensas ante la mujer, me veo preparado y con ganas para una relación seria. No deseo una Cristina Pedroche que no existe, sino una mujer sana y normal, pero especial y única para mí, que quiera ser feliz conmigo y que quiera que yo la haga feliz. Alguien con quien me sienta bien, que me llene, que ocupe mi pensamiento y mi corazón. Seguro que mi intuición me hará ver por quién debo apostar. Con mi renovada actitud, sé que es posible. Antes, no. Ya no me guía la ansiedad, sino la seguridad. Con lo cual, quien se me acerque ya no me verá débil, sino entero, lo que me hará más atractivo; ya no buscará lo que le falta, ni me utilizará, sino que me querrá.

Por supuesto que sigo teniendo muchos problemas, muchos defectos, que aún tengo que caminar mucho. Pero la mayoría de los problemas que tenía han desparecido como por ensalmo. Porque el problema era yo. Al estar bien, mi entorno está bien y toda nube en el horizonte desaparece.

En definitiva, que me veo un hombre nuevo, diferente, mejor. Me bebo la vida, me como el mundo. Sé que para ello tengo mucho cerebro, mucho corazón y que los tengo lo suficientemente gordos, negros y peludos.

Ya no actúo conforme a resultados, a metas. No me guía la ansiedad, la manipulación de la realidad conforme a mis intereses, sino el cultivo de actitudes positivas para la vida, para mi enriquecimiento. Ahí está el secreto. Bendito verano.

“Te he querido siempre, siempre, más que a mi vida. He vivido por ti y para ti. Y te quiero y te querré siempre, más allá de mi propia muerte.”

Este es el texto que el viejo profesor de filosofía escribió a una ancianita. Cuando ella la leyó, se paró en silencio. Tuvo que sentarse para que la emoción no la derribara al suelo, de golpe, como cuando se deja caer un pesado saco, vencidos los brazos. José, el hermano del viejo profesor, entreviendo lo íntimo del momento, permaneció en silencio.

Una mañana de 1950, paseaba el entonces novel profesor por un parque del centro de la ciudad. Se sentó en el único hueco que quedaba entre los muy ocupados bancos de una tarde de primavera. Junto a él una joven mujer miraba sin mirar, en el otro extremo del banco, absorta, a unos niños jugar, sin fijar la atención de sus ojos en ninguno en concreto. De vez en cuando, con un pañuelito blanco, impoluto, secaba una lágrima evitando, que su grosor aumentase hasta el punto de que la hiciera caer.

-Es la primera vez que se sienta usted junto a mí –dijo Lucía, sin esperarlo, posando su mano en el antebrazo de Manuel.

-También es la primera vez que está usted sola. Siempre la acompaña un joven. -Contestó el entonces recién llegado profesor a la capital.

Con gesto contenido, Lucía apoyó su cabeza en el hombro de Manuel quien permaneció en silencio sólo atreviéndose a pasar su brazo por detrás del cuello de ella y a acariciar su pelo, su oreja, su mejilla, mientras la mujer lloraba ya sin frenar sus emociones. Tras un tiempo así, tras calmarse ella giró su enrojecido y húmedo rostro hacia él, lo besó tiernamente y, con una sonrisa, se fue sin volver la vista atrás.

Desde entonces, casi siempre a la misma hora de la tarde, Manuel, dirigía sus pasos hacia ese banco del parque, hiciese sol o lloviese. Ocupaba el mismo lugar donde se sentó la tarde en que Lucía lloró a su lado. Si estaba ocupado, esperaba su turno o simplemente buscaba un lugar desde donde vigilar de cerca.

La ilusión del reencuentro poco a poco se convirtió en ansiosa impaciencia. Más tarde en una mezcla dolor, en desesperación, en resignación más o menos intensos. De vez en cuando, con cuando una mujer se sentaba junto a él, renacía la esperanza, siempre frustrada. Alguna vez se atrevía a preguntar: “¿es usted Lucía?”

Cuando ya mayor, la enfermedad impidió acudir a su cita diaria, los habituales del parque lo echaron de menos. Se había casi convertido en una de las estatuas que decoraban el lugar.

Una mañana, presintiendo la muerte cercana, en el lecho desde el que sufría, entregó un sobre a su hermano menor con el encargo de que lo abriese en cuanto muriera.

Tras el funeral del viejo profesor, José procedió a cumplir con el deseo de su hermano. En una extensa carta le contaba cómo fue esa única tarde en que tuvo a Lucía entre sus brazos, cómo la había esperado sin encontrarla jamás, cómo la había querido, cómo no había podido acercarse a otra mujer desde entonces.

Le encargó que la buscase y le entregase otro sobre más pequeño que se encontraba en un cajón de la cómoda.

Hombres G: Si no te tengo a ti.

#Bebeabu, abuelita, bolita, hace dos meses ya que nos dejaste, pero quiero darte las gracias. Es lo último que puedo hacer por ti. Vuelvo al blog tras tres meses sin escribir porque te debía esto y me ha costado lo mío escribirlo. Si escribía algo antes sentía como que te estaba faltando.

  • Gracias, Dios mío, por haber hecho nacer a mi #bebeabu del abuelo Domingo y la abuela María y haberla hecho vivir noventa y un años.
  • Gracias por haber encontrado al abuelo y haber vivido con él setenta y cinco años compartiendo alegrías y penas. Mi hermana y yo decimos a menudo que vuestro matrimonio es el amor que quisiéramos para nosotros.
  • Gracias por haber traído al mundo a cuatro hijos, entre los cuales está mi madre.
  • Gracias por haber cuidado de ellos mientras el abuelo estaba movilizado, durante la Guerra Civil que, aunque lo tenían en plana mayor, haciéndoles café a los oficiales de su regimiento, sin pegar un tiro, fueron casi tres años sin él.
  • Gracias por haber soportado el peso de la familia cuando el abuelo se quedó ciego en el año 46, con tres niños pequeños. En el pueblo decían que os ibais a morir de hambre pero, gracias a tu fuerza y a no tener miedo al trabajo, pudisteis progresar.
  • Gracias por tener el valor de dejar el pueblo e ir a la ciudad en busca de una vida donde no se trabajase de sol a sol, buscando un porvenir mejor para tus hijos.
  • Gracias por contribuir a crear una gran comunidad de vecinos en tu bloque de pisos de Albacete, donde se vivía como en una gran familia.
  • Gracias por alegrarte con mi nacimiento y por no importarte cuidarme en mi más tierna infancia, cuando mis padres se fueron a trabajar a Suiza y me dejaron a tu cargo.
  • Gracias por estar ocho meses en la Fe de Valencia al lado de un hijo de catorce años, sin separarte de su cama, viendo cómo se te moría de cáncer.
  • Gracias por proteger a mi madre y a nosotros, cuando el clima familiar en nuestra casa se deterioró a causa de los problemas de mi padre y por estar con nosotros en el violento proceso de separación de mis padres, como se apoya en una familia al eslabón más débil.
  • Gracias por la infinidad de tardes junto a ti y el abuelo, en la mesa camilla, haciendo deberes mientras cosías, sesteabas, hablabas o veías la televisión.
  • Gracias por tu sonrisa cuando te cruzabas conmigo por la calle o cuando me llamabas a voces desde el balcón para que subiera a casa a por la merienda.
  • Gracias por recorrer media ciudad con tu carro de la compra buscando un bote de tomate barato para revenderlo en la tienda de mi madre más económico de cómo nos lo daba el proveedor y así, arañar algunos duros para la casa.
  • Gracias por permitirte ver cómo, por las mañanas, te peinabas tu trenza y te hacías tu moño, con infinidad de horquillas, y cómo lo lucías orgullosa.
  • Gracias por verte cocinar, horas y horas, delante de los pucheros y hacernos así gozar a todos de memorables guisos.
  • Gracias por tus veranos en la playa, que compartíamos con vosotros, por verte barrer las hojas del patio,  por ir a bañarte con el abuelo…
  • Gracias por las veces que te venías conmigo y con el abuelo a Socovos integrándote como una más en el pueblo y por mostrarte orgullosa de tu nieto.
  • Gracias por tu hermoso rostro y por tu piel tersa que hemos heredado casi toda la familia y que hace que quien nos conoce crea que tenemos menos años que los que en realidad dice nuestro carnet de identidad. Si hasta cuando te morías estabas guapa.
  • Gracias por tu fe, esa fe sencilla y profunda, que te hacía buena persona y que te hacía vivir las realidades de Dios con naturalidad y como una presencia viva y real.
  • Gracias por tu forma de hablar, por tus dichos y chascarrillos (“romero verde, romero mojado, si tú me quieres ya nos hemos apañado”) que me llevaban a otros tiempos y otra cultura, pero que conservaban un gran español rural, el de los pueblos de alrededor de Albacete.
  • Gracias por vivir tu deterioro y tu enfermedad, por convivir con el alzheimer, esa dura enfermedad que te iba haciendo desaparecer poco a poco.
  • Sí, te doy las gracias, porque para mí y para mi familia ha supuesto una prueba de amor. Estar a tu lado un montón de días, sólo vigilándote, a tu lado, me ha hecho ser mejor persona de lo que era, menos egoísta, más tierno y sensible. Y sé que muchos, a quienes no conoces, han aprendido a ser también menos egoístas viendo cómo estábamos a tu lado asumiendo algunos sacrificios por ti.
  • Gracias a tu enfermedad me he acercado más a mi madre y a mi hermana, las he redescubierto y he aprendido mucho de ellas. Lo que han sufrido por ti ha sido algo muy hermoso de contemplar.
  • Gracias tus muchas hospitalizaciones, de las que salía triste, abatido, pero con la alegría de que al menos estabas viva, con nosotros.
  • Gracias por tus últimos días.
  • Gracias por esos diez milagrosos minutos de lucidez en los que, tras meses sin hacerlo, nos reconociste a todos, nos distes besos, le dijiste a mi hermana que estaba muy guapa y me reconociste como tu nieto, el número uno, que siempre me lo decías, el que más querías.
  • Gracias por permitirme pasar una noche en vela pegado a tu cama de hospital, cuando ya no había esperanza, llorando y cogiendo tu mano sin fuerza. Fue una noche especial, la última contigo. Intuía que iba a ser la última.
  • Gracias por morir en Viernes Santo, cuando Cristo. Para un cristiano, entender y vivir el Misterio Pascual es lo más grande. Después de años celebrándolo has tenido que morir en fecha tan señalada para hacerme entender que no morimos, sino que vivimos más y mejor. Sólo he perdido tu presencia física, pero tu presencia nunca.
  • Y gracias por cuidarme desde el Cielo, y por estar gozando del descanso eterno y de la dicha perfecta, por estar junto a los que has querido y que te precedieron, preparándote el camino.

“Como la lluvia y la nieve bajan del cielo,

y no vuelven allá, sino que empapan la tierra,

la fecundan y la hacen germinar,

y producen la semilla para sembrar y el pan para comer,

así también la palabra que sale de mis labios

no vuelve a mí sin producir efecto.”

Is, 55, 10-11a

Es el segundo Wittgenstein, el de Investigaciones filosóficas, quien imprime un giro pragmatista a su filosofía. Ya no se trata de buscar la logicidad del lenguaje, sus meras estructuras lógicas ni, por tanto, de reducir el lenguaje a la lógica. Ahora hay que estudiar cómo se comportan los usuarios en su utilización del lenguaje, cómo se habla, para qué se habla, qué intención tenemos al hablar. En definitiva, la filosofía del lenguaje sería la ciencia que busca delimitar el uso que hacemos los hablantes de la lengua, para qué nos sirve, cómo aprendemos a hablar y qué queremos hacer con la lengua (un pragmatismo lingüístico, en definitiva). Ya no hay que buscar sólo y exclusivamente el sentido de una proposición en la medida en que represente un estado de cosas lógicamente posible tal y como postulaba el Wittgenstein del Tractatus (si p entonces q…).

En la vida cotidiana nos manejamos así. Usamos la palabra con una intencionalidad, sea ésta la que sea. A veces el uso está cargado de alogicidad, pero no por eso deja de ser legítimo ni factible o deseable.

Así pues, como hablantes, cuando queremos herir, la palabra odio es la más adecuada. Hasta en su misma fonética es terrible. El te odio se asemeja a un venablo lanzado contra un venado con la intención de matar. ¡Y vaya si lo logra!

Si quisiéramos buscar otra palabra con significado hondo, amor es la primera que me viene a la cabeza. Por amor se han hecho las mayores proezas. Somos capaces, por él, de sacrificarnos de un modo indecible, de abandonar ese fondo de seguridad y comodidad que nos creamos para vivir en lo que pensamos que es paz y hasta de dar la propia vida. Recuerdo a san Maximiliano Kolbe, ese sacerdote polaco que se cambió para morir de hambre por un desconocido en el campo de concentración de Auschwitz alegando que él era viejo y estaba solo, debido a que su beneficiario lloraba por sus hijos ante la inminencia de su propia muerte. O la de infinidad de personas que por una mujer o un hombre lo han arriesgado todo por unirse de por vida a su amado, sin importarles nada. Quieren edificar, desde la cotidianeidad de una vida compartida, el gran edificio que es el amor de una pareja. O la madre y el padre que dejan de comer con tal de dar alimento y calor a sus polluelos.

Vivir en y desde el amor es el gran anhelo de mi vida. Por él he procurado moverme con mis errores, vicios y pecados, lo reconozco, que son muchos. He de confesar que es una de esas palabras que en mi corazón no están desgastadas ni suenan a hueco. El amor existe. No hay más que tener algo de sensibilidad para verlo a nuestro alrededor actuando.

La palabra amor, según su uso como entrega desinteresada a los demás, parece que es un continuo abandonarse en el otro pero no lo es. Somos humanos y vivir sólo dando es muy árido. Necesitamos, en términos económicos, un retorno de la inversión. Al final, sin saber cómo, el amor entregado encuentra su correspondencia y, de un modo u otro, vuelve a nosotros y nos premia. El premio suele ser: una vida feliz, una conciencia tranquila, la constatación de que para alguien You are the first, my last, my everithing, (tú eres mi principio, mi fin, mi todo) como cantaba Barry White u otras infinitas manifestaciones. El egoísmo sólo lleva al odio, a la soledad, a la intranquilidad constante, aunque sea posible creer que estamos bien instalados en él.

El otro día, una persona me dijo que desde que me trata había aprendido de mí a ser menos egoísta. Me sorprendió, pues mi ejemplaridad, por muchas razones, no es mucha que digamos. Pero el premio al sello que he puesto en ella  me llegó como un regalo cuando me prometió cuidarme siempre. Ese ha sido el mayor retorno recibido hasta ahora de las palabras y gestos (que también son lenguaje) que he invertido en ella.

En definitiva la palabra amor es como la lluvia y la nieve, que bajan a la tierra, la empapan, la fecundan y vuelven al cielo que las vio bajar. De ahí el poder de las palabras.

Mi Lukas era una unidad de destino en lo universal. Único e inmarcesible, pues confluían en él todas las virtudes y defectos de lo perruno y estaba destinado a la eternidad que le otorga el ser prototípico.

Dicen que los perros son casi humanos, que son el mejor amigo del hombre y demás tópicos. Pues, bien, mi Lukas no era nada de eso, era un perro con todo lo que de canino tiene el término.

Mi hermana es muy caritativa. Tuvo noticias de que en un criadero había nacido una camada sin pedigrí ni raza conocida, compuesta por una mezcla de mastín español y pastor belga. Esos perros no tienen venta y su destino es el sacrificio. Sin dilación, se llevó uno pero, con la excusa de que su piso de la Calle del Escritor era muy pequeño me lo endilgó a mí, cual graciosa dádiva o presente.

Yo ni había tenido perro en mi vida ni lo quería pero, por no hacer un feo a mi Trini, cargué con el perro con cierta preocupación y desasosiego por la responsabilidad que se me venía encima.

Lo conocí en el aparcamiento del Carrefour. Estaba en una caja de cartón con agujeros a modo de respiraderos que, con sus movimientos, se me antojaba que se movía ella sola. Se le oía llorar, inquieto, y rascar las paredes de su cárcel e intentar salir. Lo llevamos a mi coche y lo llevé a Socovos.

Era una preciosa bola de pelo negro con manchas blancas en las patas, cola, vientre y nariz, con cabeza muy grande, propia de un mastín y cuerpo que denunciaba las características morfológicas de su madre. Poco a poco empezó a crecer y mi preocupación aumentó porque el cuerpo se alargó y las patas no. Creía que tendría una deformidad o que se iba a quedar como un engendro de perro salchicha. Sólo al cabo de unos meses su cuerpo se elevó, con gran alivio mío, como quien le pone un gato a un coche y adquirió unas proporciones formidables: un metro de largo, una altura de medio metro y unos setenta kilos de peso.

Aunque daba algo de miedo ver su estampa, enseguida se hizo muy sociable. Se lo dejaba a los niños del pueblo que estaban encantados con el perro que tenía el cura (no con el perro del cura). Le encontré utilidad: servía para hacer parroquia, la verdad. Mi Lukas de apostolado. Sin embargo, su labor evangelizadora terminó en cuanto tuve noticias del primer feligrés que cayó al suelo en una de sus potentes arrancadas. Ahí se acabó.

Su vida transcurrió en un patio que fue huerto en su momento. El huerto propiamente dicho ocupaba un altillo bastante extenso ocupado en gran mediad por un laurel y por una gran higuera que le dejaba espacio suficiente para que estuviera a sus anchas con el debido recogimiento. Al principio se escapaba por la rendija de una puerta y desparecía durante días. Las primeras veces me preocupaba; después no tanto, pues aparecía siempre, cansado y agotado, cuando menos me lo esperaba. Mientras tanto me llegaban noticias de que lo habían visto por tal o cual bancal, de que se había hecho el líder de una manada de seis o siete perros, de que había sido visto en Férez… Siempre volvía, sucio, arañado por gatos, sus peores enemigos, y cargado de garrapatas y pulgas. En un momento dado sospeché de la índole sexual de sus escapadas. En poco tiempo, el pueblo empezó a llenarse de perros de lo más variopinto, en tamaños y hechuras, pero con un sospechoso pelaje negro con mechones blancos que me estaban emparentando con media feligresía, con una paternidad más allá de la espiritual y propia de un sacerdote católico.

El Lukas comía todo lo que un perro puede comer más algunas otras cosas más, como patatas, manzanas, pescado, roedores que mataba o incluso moscas, a las que acechaba inmisericorde. Cuando las tenía entre sus fauces las masticaba y tiraba la cáscara una vez extraído el jugo del insecto.

Le dio por cantar, digo, por ladrar, y sus conciertos eran de lo más sonoro. Algún vecino tenía paciencia; otros me respetaban por aquello del cargo aunque por lo bajinis reprochaban mi conducta. Pero al final di en hueso: José, uno de esos socoveños que iban de uvas a peras al pueblo, me montó un pollo en plena calle que no veas: “vengo a descansar al pueblo y me encuentro con un chucho de mierda que no me deja dormir”. A tal grado creció la tensión que hasta incluso el policía municipal habló conmigo en mi despacho para evitar males mayores. Total, que, se ganó por ello el privilegio de dormir en casa, en vez de bajo un porche que lo protegía bastante bien del frío. Cuando estaba fuera, mi vecino Antonio de la Amparico, que tenía llave de la casa parroquial, se encargaba de dar de comer y de beber y de guardar por la noche y sacar por la mañana al Lukas. Con ello se evitaba el que ladrara a las cuatro de la madrugada.

Mis abuelos y mi madre iban a temporadas al pueblo. No le tenían mucho cariño al perro, la verdad, especialmente mi madre. Ella ha sido muy del qué dirán y, quizá por querer presumir de la condición sacerdotal de su hijo, no veía muy bien aquello de un cura con perro. Mis abuelos, sin embargo, sí que le tenían cierto aprecio. Mi abuela le guisaba unos caldos más que nutritivos con sobras de todo tipo y con mucho pan duro que al Lukas le encantaban y lo sacaban del rutinario pienso. ¡Qué alegría cuando la veía aparecer con el humeante potaje! Me salió gourmet sibarita, el can.

Mi abuelo estaba ciego y a mi abuela ya empezaban a notársele los años. Tenía por ello miedo de que, en un arrebato de cariño o queriendo jugar, se acercara a ellos, se les encaramara y los tirase al suelo provocándoles algún mal. Así pues lo educamos a que los respetara. Si los notaba cerca, se acurrucaba en un rincón y, observante, pero quieto, no estiraba un músculo hasta que desaparecían de su vista.

De las monerías propias que hacen de un perro algo gracioso sólo aprendió dos: a levantar la pata izquierda y a sentarse. En todo lo demás era de lo más anárquico. Se te subía, te mordía el brazo y, hasta en épocas de celo hacía el amor con tu pierna si te descuidabas. Odiaba el agua. El baño para él era un tormento. Cuando me veía enchufar la manguera, hacía por desaparecer. Se acurrucaba en un rincón y bajaba la cabeza, temeroso. Tenía  entonces que atarlo corto para que no escapara. Una vez mojado se le veía cara de terror. Eso sí, como lo encantaba que lo rascaran, cuando lo enjabonaba, se le notaba que disfrutaba. El secado era espectacular: una fuente parecía cuando se sacudía el agua atrapada en su tupido pelo, como lluvia de perlas. A menudo, sin embargo, mis esfuerzos eran inútiles. Al minuto se había rebozado en la tierra del huerto con mi correspondiente cabreo.

Lo entraba muchas veces al salón de casa, conmigo. Allí nuestras siestas en amor y compaña eran un placer. Yo en mi sillón; él al lado mío. Para controlarme se tendía a mi lado y ponía una de sus patas sobre uno de mis pies. Si me movía se levantaba y se ponía en guardia agitando la cola veloz y alegremente con la esperanza de un paseo. Las siestas las presidía la televisión que servía de ruido de fondo. Lo más soporífero eran los reportajes de la segunda cadena de Radio Televisión Española. Si algún perro, gato, león, tigre o hiena emitía algún sonido buscaba en el aparato electrónico al animal. Reconocía el ladrido, pero no su fuente de procedencia. Le gruñía a la tele y, si el ruido persistía, acababa ladrándole airado. Cuando estaba despierto era insoportable. Se te subía al brazo del sillón con intención de besarte o de cogerte el antebrazo y tirar de él, nunca de morderte. Los muebles de los que pendían mechones de pelo lucían sus arañazos. Había un sillón viejo que era su predilecto, sito en un rincón. Se subía en él, se acurrucaba y allí se dormía profundamente. Era muy divertido ver sus espasmódicos movimientos cuando soñaba y sus placenteros gemidos.

Disfrutaba mucho de verlo correr. Iba por el campo a su aire, olisqueando todo, levantando la pata y orinando en cualquier aliaga o tomillo. Me hacía entonces el despistado y me alejaba de él lo que podía. Cuando me echaba de menos empezaba a mirar inquieto, con la cabeza alta y, una vez localizado, corría como un loco hacia mí. Me encantaba verlo en su plenitud de gran animal.

Tenía un gran amigo, Marcelino, un pequinés propiedad de Paco el de las Carnes, así llamado porque, hasta que se jubiló, vivió de una carnicería. Marcelino era mucho más pequeño que el Lukas. Les encantaba jugar y se pasaban las horas juntos. Sus juegos eran hacer como que se mordían. Eran vanos los intentos de Marcelino por saltar a morderle las orejas al Lukas. No llegaba. Eso sí, cuando mi perro se hartaba, inmovilizaba a Marcelino con su poderosa pata. Quedaba Marcelino despatarrado y chafado contra el piso sin poder hacer nada hasta que el Lukas quería. Marcelino murió y noté a mi perro desconsolado y triste. Notaba su ausencia.

Muchas noches iba a casa de unos feligreses y amigos. Era un matrimonio que tenía dos niños pequeños entonces. Una tarde fui a tomar café y llevé conmigo al Lukas. Jaime, el hijo menor, tenía cuatro o cinco años. A mi perro le tenía mucho cariño pero también cierto respeto. Jaime era de los más bajitos de entre los niños de su clase, de tal modo que su estatura era más o menos la de mi perro. Se colocaron, uno frente al otro mirándose fijamente a los ojos e inmóviles durante uno o dos minutos. Y, de pronto, sin previo aviso, la sonrosada y enorme lengua del Lukas emergió de entre sus dientes y recorrió de abajo a arriba la cara de Jaime, llenándola de babas. El Lukas le demostró así su cariño pero la reacción de Jaime no fue la misma. Tras la sorpresa que lo aturdió un poco, unos cuantos improperios salieron de su boca.

Durante varios veranos organizábamos campamentos en la parroquia. Un año el Lukas se vino de acampada. La verdad, daba juego. Era tan sociable que fue un gusto que fuera el juguete de todos. Pero he de reconocer, que se ponía muy pesado. Y lo tenía que atar para que no molestase, especialmente durante las comidas. Era muy zalamero y miraba con cara de lástima a los comensales. Iba a ver si pillaba alguna sobra de algún chaval generoso. Sin embargo, juzgué acertadamente que, por razones de higiene, tenía que estar atado en esos momentos. Pues bien, una vez lo encadené a un pino, no demasiado grueso pero sí muy alto en plena canícula de julio. De improviso, mientras se servía el segundo plato, vemos una polvareda creciente que avanzaba por el campamento en dirección a nosotros. Era el Lukas que, a base de tirar, había arrancado el pino y lo arrastraba tras de sí, remolcándolo con la cadena que lo fijaba al árbol. Los resultados fueron el derribo de varias tiendas de campaña, la licencia definitiva de mi perro como campista y el descubrimiento de un Sansón perruno, admirado por su fuerza.

Tras una vida más o menos feliz, enfermó al cumplir los siete años: la horrenda leishmaniosis o enfermedad del mosquito. A los perros les pica un tipo de mosquito que se da en climas cálidos y en el sur de Europa. Su cura es muy complicada, cuando no imposible. Pierden fuerzas, sobre todo en sus cuartos traseros, su carácter se entristece, se amustian, dejan de tener apetito, adelgazan mucho y sus uñas crecen anormalmente. Tras intentarlo, sin resultado, con unas inyecciones que le administraba un veterinario hubo que optar por la peor de ellas: la letal. Fue muy triste para mí ayudar a su muerte, pero no hubo más remedio que hacerlo.

En definitiva, que para mí fue una bendición su tenencia. Sé que me ha querido de un modo incondicional. Todos los que tenéis uno lo sabéis. Un perro es una maravilla y mi Lukas más. Además salió a su amo: perro como él, pocos ha habido bajo el sol. De humano poco, a menos que la humanidad de mi Lukas se midiese por su corazón animal, grande: el de su amo es mucho más vil, pero igual de perro que el suyo. Ojalá la vida nos traiga amores tan agradecidos como los que un perro nos puede dar aunque, somos humanos y, por tanto más interesados. Es todo más difícil. Podemos amar, pero siempre nos reservamos algo. Sólo el amor de una madre por sus hijos se asemeja a la totalidad amatoria de un perro. Entre esposos o parejas es más difícil y más en los tiempos que corren en los que el compromiso se relativiza tanto y nadie quiere atarse y todo el mundo va a disfrutar. El hedonismo, la comodidad ante todo y el amor de usar y tirar, con límite de caducidad siempre, sin gratuidad ni entrega.

Querido Lukas, espérame en el cielo. Allí correremos por las verdes praderas celestiales. Mientras tanto, súbete al regazo de la Virgen María, que es muy buena y te soporta todo. Pero cuidado con molestar y tirar a san Joaquín y santa Ana, los abuelos del Señor, que están mayores y una rotura de cadera… Y, sobre todo, no te acerques a san Pedro, que tiene malas pulgas y lo mismo te manda al infierno, donde ni tú ni yo queremos estar.

La ducha compartida es una de las prácticas erótico-festivas más gratificantes. Donde va a parar comparada con la tradicional ducha solitaria por muy larga y relajante (o excitante) que pueda ser.

Por ello me he permitido la licencia de publicar esta entrada en mi blog con afán didáctico, pretendiendo mejorar vuestra vida sexual y animándoos a que la incorporéis en vuestro repertorio. Saldréis de la rutina y vuestra pareja tendrá un aliciente más para aumentar la pasión.

Con ese afán educacional he querido estructurarlo mediante una lista de recomendaciones.

  • Estúdiese el espacio. Generalmente será un espacio conocido, como el aseo de casa, con lo cual no habrá problema. La costumbre es un estupendo aliado para evitar problemas. Pero ¿y si es una aventura hotelera y el cuarto de baño nos es extraño? No viene mal un tiempo de familiarización con el cuarto de baño. Sentarse, observar y, si es necesario, hasta levantar un inventario de mobiliario y objetos presentes e, incluso, levantar planos.
  • Mídase el lugar. Las proporciones del habitáculo y las dimensiones de la bañera o plato de ducha, tanto a lo alto, a lo ancho como a lo alto. Un señor de dos metros de alto en una ducha de techo bajo, en el fragor de la contienda, ardiente de pasión, se dejó de más de un pelo adherido a la escayola del bajotecho, tras el consabido cuconazo y la ulterior blasflemia.
  • Comprúebese que la ducha sea de mampara rígida o de cortina. No es lo mismo, no. En caso de resbalón o caída, la sola cortina te puede sacar de la bañera o del plato de ducha con el posible impacto de la nuca con el lavabo, taza del váter o bidé. También sirve de asidero amortiguador de caídas. Si la ducha está provista de mampara rígida, por el contrario, quizá el movimiento excéntrico sea detenido por la misma sin mayores consecuencias. Pero no hay que minusvalorar el hecho de que, con el golpe, se suele romper, con el consiguiente riesgo de corte.
  • Hágase un estudio volumétrico previo. Imaginen un plato de ducha de 1 x 1 metro y con cerramiento rígido. Las posibilidades de o no entrar, lo cual es decepcionante, o de quedarse encajados, son notorias. Por eso se debe saber, en espacio tan reducido, los metros cúbicos de capacidad. También es bueno ensayar la forma de acople de los cuerpos de los amantes, previo a la ducha, para su grácil armonizacióncon el espacio disponible. Si es necesaria la concurrencia de otra persona en esta delicada maniobra mejor que mejor. No escatimar medios.
  • No olvidar que las masas carnosas más problemáticas son: en la mujer los pechos y las caderas, con las protuberancias posteriores de mal nombre y que no se me ocurriría escribir aquí pero que son dos, prominentes y celulíticas muy a menudo; y en el hombre, la barriga cervecera. Por otro lado, no se debe obviar el dato de que, en con el calentón de la práctica amatoria, el miembro viril suele entrar en erección y que vindicará su comodidad y que hay que facilitarle su movilidad al pobre. Unos centímetros exigirá a menos que su tamaño sea minúsculo.
  • Si por la premura de tiempo o por otro motivo no se puede encargar tal estudio instálese una alarma con conexión a una central similar a la que existe en los ascensores o, en su defecto, úsese un móvil para llamar al 112.
  • La ducha compartida puede ser ante coito, post coito o in coito. En el primer caso, entra dentro de lo que llamamos preliminares. Si la pareja se seca tras el agua conseguirá un acto sexual limpio, sano e higiénico; si no, la lubricidad de los cuerpos será enorme, pero también habrá que ir pensando en sacar el colchón a secar al balcón. Si la ducha compartida es post coito, tendrá como función eliminar efluvios y sudores, relajar o volver a animar la pasión, si no hay que irse al trabajo o levantar a los niños. In coito es muy interesante. Pero hay que tener en cuenta dos factores: 1) El chorro de agua es muy molesto e incontrolable. Te cae agua por donde sea, se te mete en un ojo… 2) La desigual altura de la pareja. Si el amante mide dos metros y la amada metro sesenta, se verá forzado a una posición en cuclillas incómoda para el varón puede inducir a lumbalgias o tirones. Si el caso es el otro (jugadora de voleibol de dos metros con canijillo de metro sesenta) se deben proveer de un taburete regulable en altura. Ánclese al suelo para evitar caídas, por favor.
  • Ténganse a mano una provisión de útiles necesarios. Lo básico: gel, champú, esponja y toallas. Como accesorios como mínimo debe haber un aparato para poner musiquita sugerente o velitas para crear un ambiente íntimo, cremas y preservativos (opcionales: con o sin objetivo de concebir).
  • Es importante verificar una y mil veces la tenencia a mano de tales útiles. Porque en caso de faltar algo se ha de salir fuera. Si el cuerpo está ya mojado, el riesgo de caída aumenta. La pátina que se crea en la planta del pie en interacción con el resbaloso suelo puede ser muy nocivo para la salud.
  • Por supuesto que el proceloso periplo que conlleva el salir de la ducha siempre corresponde al varón. La orden de salida, a la mujer. Luego sois vosotros, sufridos amantes, quienes tendréis que sortear miles de peligros hasta, tras poner un pie fuera de la ducha, localizar lo que falta y volver al sitio.
  • Si hay toallita haciendo la función de alfombra, mucho mejor. Pero, ojito, porque, lo mismo que puede ser un buen apoyo y defensa para la verticalidad propia del ser humano (una de las bases del triunfo evolutivo del ser humano), puede salir disparada tomando vuelo y altura y vosotros también.
  • Una vez en tierra, vigilad, dónde pisáis. Infinidad de peligros hay entre vosotros y lo que buscáis. Si está en el mismo cuarto de baño no hay mucho que temer, el viaje será breve. Pero ¿y si tenéis que cruzar la habitación? Se suele dejar la habitación a oscuras por aquello de crear una atmósfera íntima lo cual puede suponer atravesar un campo de minas más apretado que los de la Guerra del Vietnam. Hay tirada ropa de la que se arroja al suelo sin ton ni son en el arrebato pasional. Nos encontramos también líquidos derramados: o fluidos corporales variados, agua de la ducha o cremitas y puede que algún preservativo lanzado al aire, que cae Dios sabe dónde.
  • Atención también al efecto dominó. Todos sabemos que si colocamos una ficha al lado de la otra, en fila, si derribamos la primera, caen las demás. Pues bien, una vez encajados los cuerpos en una ducha cualquiera, en cualquier movimiento, se le va a uno un pie con nada y pierde con la misma facilidad el equilibrio. Si uno cae sólo no suele pasar nada, pero si derriba a la esposa, novia, ligue de un día o amante el riesgo de ruptura está más que asegurado. Eso no se perdona y si hay moratones o lesiones menos: el ¡hijo puta! sale disparado de la boca y ya no hay vuelta atrás posible.
  • Y por último, un elemento incontrolable: la cabeza de ducha o cebolla. Verificad, si la ancláis arriba, que el soporte esté firme, pues, la presión del agua puede hacer que se desprenda con la posibilidad de golpe sobre vuestras cabezas. Si la tenéis en una mano, las posibilidades de disfrute y de control aumentan pero también el movimiento incontrolado y el agua saltando por cualquier sitio y golpeando inmisericorde vuestros cuerpos también. ¡Qué desagradable el atragantamiento y la tos producida por el agua a presión entrando en boca abierta hasta la nuez! ¡Qué desagradable el agua entrando en un ojo!

En fin, compañeros y amigos, hay que tener humor y bromear un poquito. Que disfrutéis del sexo que es algo de lo más maravilloso que Dios nos ha dado. Si es con amor mucho mejor, y si no, también, que no pasa nada. Pero vigilad. El diablo se viste de ducha compartida.

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Se acerca la Navidad. Toca enternecer el corazón. La época es propicia para eso. También nos proponemos mejorar en algo, hacer algo diferente y bueno, cambiar para ser mejores. Es época en la que nos ponemos todos más solidarios. En mi colegio hay en marcha recogida de alimentos para la Cáritas parroquial; se ha organizado una recogida de tapones de plástico que luego se venderán y los beneficios serán para una asociación que promueve la investigación de enfermedades raras. Sin duda todos contribuís a algo o con algo en cualquier campaña solidaria en Navidad.

El otro día escuchaba un programa de la Cope mientras conducía. El locutor hablaba de la iniciativa de oración y ofrecimiento del trabajo y el estudio por Cova (Covadonga Sanz Guti) y de su amigo Diego. El 19 de noviembre se viajaban en coche por el distrito de Fuencarral, en Madrid cuando sufrieron una colisión frontal con un todoterreno. A causa del mismo, dos compañeros de Cova murieron. Ella misma y su compañero Diego resultaron heridos. Cova se encuentra en estado crítico desde entonces en el hospital de la Paz. Ha sufrido la amputación de una pierna y diversas heridas que la mantienen en el estado en el que está. Cova

Su tío publicó el siguiente tuit: “Hola. Soy Guille, el tío de Cova. Estoy rodeado de un equipo impresionante. Os vamos a contar cómo está ella”. Desde ese momento, los amigos de Cova abrieron una cuenta @aupacova  con hashtag asociados como #iprayfordiego para que se pudiesen volcar expresiones de ánimo, ofrecimientos y oraciones por ella. La curiosidad me pudo. Me puse a seguir la cuenta y a revisar los tuits que se publicaban. Casi todos eran del tipo: “Siempre con @aupacova y #diego! Porque sabemos que es un mal episodio,que acabaraa bien!ser fuertes! #seguimosconvosotros!”, “@aupacova mis horas de estudio de matematicas van dedicadas a ti. Sigue luchando asi!”, “@aupacova nos estáis haciendo mejores con vuestra fuerza y vuestro ejemplo” o  “@aupacova muy bien cova, eres fuerte nos estas dando una leccion. hoy SanNicolas nos ayudara a todos. seguimos dedicando la oracionytrabajo”. También, a veces, se informa del estado de Cova y Diego con tuits como éste: “INFO: Diego sin fiebre. Cova sin fiebre. Diego muy muy prometedor. Cova le seguirá enseguida. Todos llenos de esperanza, fuerza, ternura, fe y alegría.

Los seguidores de esta cuenta no son ni los grandes gurús de Internet ni el famoseo tuitero habitual, aunque sabemos que algún futbolista famoso se ha unido a la iniciativa. Ni tampoco encuentro a nadie de mi Time Line, algunos de ellos grandes tuiteros o propietarios de blogs influyentes. Por el contrario, casi todos son chavales jóvenes, adolescentes como Cova, que siguen a muy pocos y son seguidos sólo por sus amigos. Usan twitter como pueden usar tuenti. No tienen nada que vender, ni grandes contenidos que volcar, ni están como yo con el iphone4 haciendo de twitter un vicio diario. Jamás han oído hablar del marketing online, ni de reputación en la red ni de otras mandangas. Ni falta que les hace. Pero cada cierto tiempo, escriben en @aupacova que se van a esforzar por estudiar cuatro horas, por ser más cumplidores en su trabajo, por rezar un poquito, por ser más responsables con sus cosas. Y eso lo hacen con el motivo de ofrecérselo a Cova y a su amigo Diego, sabiendo que el sacrificio y la oración son útiles.

Muchos somos los que creemos en el poder de la oración. Esa actividad humana y divina que nos pone en contacto con Jesucristo, el Dios vivo y verdadero que esperamos que se encarnará en lo más débil que hay en este mundo: un bebé recién nacido. Millones de personas a lo largo de la historia se han recogido en su interior y, solos o con otros, han cogido el teléfono y han conectado con el whatsapp de Dios. Él siempre se pone y escucha. Nos da lo que necesitamos y le pedimos. Se alegra cuando le agradecemos lo que hace por nosotros.

Cova y Diego son los bebés que tengo que cuidar esta Navidad. Su cama de hospital y la de Diego son mi portal y mi ofrecimiento de lo que trabaje estos días, mi regalo. Mi oración quiere ser como la de los pastores admirados ante el Niño Jesús, sencilla pero intensa.

Hay muchas otras situaciones duras y difíciles que necesitan que Cristo nazca en ellas para que puedan ser salvadas. Sólo con la ayuda de Dios y la solidaridad de todos se consigue. Por eso, en mi oración y mi trabajo por Cova quiero incluir a todos los que necesitan algo de mí.

El año pasado tuve una de las Navidades más felices de mi vida. La pasé en el hospital con mis dos abuelos ingresados desde el día 26 de diciembre. Mi portal de Belén fue la habitación 169 del hospital “Perpetuo Socorro” de Albacete. En ellos adoré al niño Jesús que nació de nuevo. Dios se llevó en pocos días a mi abuelo y nos dejó a la abuela para que prolongáramos esa adoración en sus pañales, su oxígeno y su alzheimer, en sus noches hablando y no dejándonos dormir… Pero fue la voluntad de Dios la que me dio esa feliz Navidad para que fuese mejor persona desde entonces, menos egoísta y más volcado hacia los débiles. Fue su regalo por adorarle en mis viejitos.

Ésta es la verdadera Navidad. El espíritu de la Navidad es ponerse a los pies de Jesús que nace para ofrecer lo que somos y ser mejores desde la luz de Belén. Pero nos ha dado por pervertirlo, ocultarlo, despojarlo de toda referencia religiosa, comercializarlo todo, dotar a la Navidad de un aire meloso y repulsivo en el fondo y así nos va.

Mi Navidad será Cova, su amigo Diego, su familia, y desde ellos, mi familia, mis amigos, mi twitter, la gente que no conozco ni conoceré jamás. Ponerse a los pies de quien sufre es ponerse a los pies de Jesús.

@apuacova, @aupadiego Os queremos y os tendremos sanos entre nosotros. Gracias por hacer mejor a tanta gente desde un hospital. Feliz Navidad a los dos.

Os invito a que os suméis a la iniciativa, desde Cova y Diego para llegar desde ellos a todo ser humano que sufre. Feliz Navidad.

Recuerdo con todo detalle una tarde de agosto, hace ya casi cinco años, en la que cogí del brazo a mi abuelo y lo invité a un helado. Él me notó raro. Su intuición le decía que tenía algo importante que comunicarle. Efectivamente, la noticia era mi inminente intención de dejar el sacerdocio, de colgar los hábitos, vamos. Era una decisión meditada desde hacía tiempo y que tenía su origen en una relación sentimental muy complicada. Un año después de que se terminara, ya tenía casi todo preparado para dar un paso radical en mi vida que se materializó al poco.

Él estuvo un cuarto de hora aproximadamente escuchándome con atención, sin despegar los labios. Sin embargo lo que más me sorprendió fue su comentario en cuanto terminé de hablar: “Debe ser muy duro llegar a tu casa por la noche y no tener a nadie esperándote”. No dijo nada más. Me conmovió de un modo como no podéis imaginar. Su comprensión, su apoyo,  sus palabras emanaban de la sabiduría de quien ha vivido mucho en noventa años y de quien ha tenido a esa persona que le aguardaba al volver.

Pues sí. Di un cambio a mi vida, quizá el mayor. Dejé una vida cómoda, con una posición social respetada y me lié la manta a la cabeza. Todo fue producto por esa sensación de absoluta soledad que se siente cuando no puedes acceder a la exclusividad, a una persona que se muera por ti y que te acompañe. Mucho he reflexionado por qué lo hice. Era esa necesidad lo que me movía.

A nosotros se nos educa en un modo de amor no posesivo, sino concebido como entrega a los demás. Lo mismo que Cristo se entrega en la cruz por todos los hombres, los cristianos lo hemos de hacer. Es un amor no erótico, (entendido como posesión de lo que falta para estar completos) sino visto como ágape o una filía, como entrega desinteresada, que no espera nada a cambio. Lo único que, un sacerdote, ese amor, lo debe entregar a la Iglesia y, a través de ella a la humanidad completa.

Durante años, pude vivir, con mis más y mis menos esa realidad. No me era muy difícil. Ideales fuertes, frescos. Muchos apoyos humanos y espirituales. ¿Había algo de represión? No digo que no. Todo fue  bien hasta que, casi sin esperarlo, la sensación de soledad extrema empezó a ganar terreno,  se empezó a hacer cotidiana. Una obsesión.

Mis relaciones personales eran muchas y algunas de ellas muy profundas. Pero faltaba algo. Necesitaba dirigir esa entrega amorosa a una persona en concreto y absorber lo que ella me pudiera dar a unos niveles afectivos que apenas había experimentado hasta entonces. Sin darme cuenta busqué y encontré. Pero tuve que dejar, que abandonar. Y al dejar, quedé tocado.

Tras “cambiar de vida”, surgió una relación seria que no cuajó. Con ella superé muchas cosas. Entre ellas me desinhibí moralmente respecto al sexo. ¿Por qué no? Esa era la pregunta que me hacía. Relativicé mucho. Puse por encima de todo mi afectividad, recuperar los años perdidos, vivir sensaciones, jugar. Tras ella se cruzaron otras personas pero pasaron superficialmente.

Pero hace unos meses ocurrió algo diferente. Entró alguien distinto que me hizo retomar los motivos que habían alterado mi vida. Esa persona no era un juego. Esos ideales parecía que se concretaban en una persona. Nos queríamos mucho. Nos decíamos que nunca habíamos experimentado un amor como ese. Y era verdad. Se creó una dependencia absoluta. Vivíamos el uno para el otro. Disfrutábamos mucho.  Incluso empezábamos a vislumbrar  vagos y lejanos proyectos de una vida en común. Buscábamos cómo. Se nos ocurrían locuras.

Hasta que la realidad paulatinamente se impuso. Las circunstancias entre nosotros eran tales que exigirían sacrificios enormes por parte de los dos para materializar nuestras intenciones. Incluso puede que hiciéramos mucho daño a otras personas. Comenzamos a tener un cierto malestar entre ambos, a recular, yo más tarde que ella, es cierto. Y hace nada, hablamos y decidimos cortar, manteniendo eso sí, una amistad: queremos ser el “primum inter pares”, los mejores amigos que se podía tener, puesto que ninguno de los dos podemos asumir el coste de unos pasos más allá.

En esas estamos. Tratando de encajar la nueva situación. Para mí es difícil. En mi corta experiencia, las rupturas han sido radicales, no como ésta, gracias a Dios. Nos dolería perdernos el uno al otro. Todo está muy fresco y hay que dar tiempo a que las cosas se serenen. Creo que es posible encontrar un punto de equilibrio. Lo difícil es dar con él. Y eso me está generando un dolor tremendo. Lo provoca la pérdida del futuro que yo, de un modo muy iluso quizá, deseaba; el no saber qué hacer: más o menos frialdad, más o menos distancia. Ella se ve desbordada, mal. Y, a veces, siento que no estoy a su altura.

Omnia vincit amor (es un tópico literario clásico) presente en la literatura grecolatina y que ha tenido amplio eco en el Renacimiento, donde se lo redescubre. Incluso antes, en un Petrarca lo tenemos presente. Se sale del Medievo. Se recuperan textos que se creían perdidos y el peso de lo clásico se impone. Se copian modos, estilos, temas. La mitología, la historia y la filosofía grecorromana se empiezan a divulgar. El hombre se sitúa en el centro. Y el hombre es un ser que ama a otros seres humanos y que expresa ese amor con el arte y la literatura, entre otros medios. Por supuesto que también el barroco y los autores románticos conocen este tópico y otros como el Collige Virgo rosas y que lo usan en sus obras con profusión.

La primera aparición literaria de la frase que da nombre al tópico literario tal cual está en la Égloga X de Virgilio: Omnia vincit Amor, et nos cedamus Amori (Todo lo vence el amor, dejémonos vencer por el amor. -Trad. propia.-). La cita virgiliana nos muestra a un dios, el Amor, Cupido, que de modo azaroso, con su arco y sus flechas hace posible todo. Nada se le resiste. Las relaciones amorosas surgen porque sí, sin más. No hay que dar explicación al amor. Una vez que el amor ha anidado en el corazón de dos personas, si Cupido ha querido, nada se le resiste. Todo lo puede.

Caravaggio representa en el cuadro que vemos al lado a un Cupido juguetón y maligno, con su arco preparado y pisoteando las artes, Caravaggio - Omnia vincit Amorlas ciencias y hasta el gobierno. El amor está presente en todas las facetas de la vida humana, lo mueve todo y lo conmueve todo. Acaba con todo y todo lo puede. De ahí la grandeza. Se cuenta que Caravaggio escogió bien a su modelo: un chavalín de la calle, quizá un ladronzuelo. El gesto pícaro del modelo sólo podía ser de un niño de esa extracción social. Está claro. Cupido es un pilluelo sin cabeza.

Pues bien. Sin pretender enmendarle la plana a toda la tradición literaria occidental y menos aún a la pictórica, Dios me libre, por mi experiencia (es mi opinión), diría que habría que encarcelar a ese diosecillo que se cree omnipotente y que tanto se burla con su azar. No siempre vence el amor. Otras fuerzas están en dura pugna con él. Unas veces sí obtiene su victoria; otras no. Por lo que habéis podido leer arriba, en mi caso no ha vencido, sino que me ha derrotado. Pero, a pesar de todo, no me queda otra que seguir, confiar, recuperarme y hallar un equilibrio personal en el que pueda encontrarme tranquilo, sereno, integrando a la persona con la que creía que se podía ir a más en una realidad nueva que nos permita disfrutar el uno del otro de otro modo.

Y continuar buscando, sin obsesionarme por ello. Aun sabiendo que puedo fracasar. Asumo el riesgo. Tampoco quiero fabricarme una coraza que me separe de los demás y que me ponga a la defensiva. No estoy de vuelta de todo ni de nada. En el fondo, como decía mi abuelo, lo que me pasa es muy duro entrar en casa y no tener a nadie que te espere. Cuando llegue llegará, si llega.

En definitiva que no, que todo no lo vence el amor. ¡Este Virgilio, que nos hizo creer en lo que no existe!

Imagen extraída de la Wikipedia. Caravaggio. El amor victorioso.

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