Juan Carlos Vivó Córcoles

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Domingo y yo éramos inseparables. Con nuestros once años ya nos atrevíamos a explorar misteriosos e ignotos barrios de la ciudad hasta entonces.

El descubrimiento más fascinante de aquel verano fueron los recreativos Orenes, situados al final del Paseo de la Feria, subiendo ya hacia la catedral. Se nos antojaba el lugar más divertido sobre la tierra. Pero, eso sí, era un lugar de delicias carísimo para lo que podíamos obtener de nuestros padres quienes, como gente de bien, miraban mucho por la economía familiar. Los veinte duros que me daban a la semana daban sólo para diez partidas al futbolín o para cuatro en las maquinitas de matar marcianos. Con lo cual poco se podía disfrutar.

Una mañana me quedé helado con un comentario de mi madre:

-¡Qué mal pelado vas siempre desde que cambiaste de peluquería! Me parece que el peluquero, con las cuatrocientas pesetas que me saca ya podría esmerarse más y no hacerte trasquilones. Puede que tenga unas palabras con él. Da vergüenza verte.

Esa misma tarde, al volver del colegio, mi madre puso en mis manos cuatro billetes de cien pesetas para cortarme las vedijas. Inmediatamente, me dirigí a mi habitación y saqué de entre el colchón y el somier unas tijeras que había sustraído del costurero de mi abuela y que ella daba por perdidas desde hacía mucho tiempo. Con cuidado, en un bolsillo del pantalón las escondí y salí con ellas de casa.

Me dirigí entonces al parque de los Jardinillos de la Feria. Allí, en un banco cercano a la Fuente de las Ranas me dispuse a cortar el pelo con primor y alegría a Domingo que me esperaba hacía ya un rato largo. En cuanto terminé mi faena, observada con curiosidad por toda persona que pasaba por allí, me puse yo en manos de Domingo para que repitiera conmigo la misma operación.

En ese instante, noté un calor intenso en mi mejilla, y un dolor fortísimo. Sentí entonces la mano de mi madre golpear con la misma fuerza la otra mejilla, mientras me agarraba del pelo hasta levantarme del asiento. Observé también, aterrado y pensando en los posteriores castigos, cómo Adela, la madre de Domingo, chillaba a su hijo y le propinaba un buen azote en el culo.

Cinco meses antes más o menos el par de dos ideamos una treta que nos fue muy provechosa hasta entonces, claro está. Pedíamos dinero a nuestras madres y, con la excusa de la peluquería, nos dirigíamos al parque, nos pelábamos e, inmediatamente, nos gastábamos las ochocientas pesetas recogidas en una especie de orgía de muerte de todo enemigo que quisiera invadir la tierra o de destrucción de toda nave alienígena. El cielo, en forma de máquina de videojuego.

Pero desde ese día, el mundo se redujo para mí a colegio y casa durante un buen tiempo. ¡Qué se le va a hacer!

Esas y otras muchas anécdotas han cimentado una gran amistad.

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En el año 35, justo antes de iniciarse la Guerra Civil, al año de la boda de Eduardo y María, era una bendición para cualquier hogar el poder criar dos gorrinos. Y más cuando muchas familias la abstinencia de no comer carne la llevaban a la fuerza hasta los días que no marcaba para tal ejercicio espiritual la Santa Madre Iglesia Católica.

María estaba haciendo sus cuentas. Uno de los dos gorrinos se sacrificará para tener una sólida reserva de alimentos que les sacase de la dieta habitual donde la carne escaseaba. Casi con seguridad las partes más nobles, como los lomos, solomillos y jamones los venderían, junto con el segundo cerdo completo, por supuesto.

Al casarse, María y Eduardo fueron a vivir a una casa propiedad del padre de la joven esposa quien, por ser hija única, no tenía que partir con ningún heredero, que solía y suele ser causa de conflictos entre hermanos. Eduardo, por su parte, era de familia menos pudiente y estaba encantado de dormir bajo un techo que no se caía a trozos, como el de sus padres, y que disponía de un patio y de dependencias suficientes como gorrineras y conejeras para  no tener que estar mezclado con los animales. Con todo, la cocina y la cocinilla necesitaban una reforma debido a que, cuando una casa está cerrada mucho tiempo parece como que le perdiese el ánima y languideciese, llegando a ruina. Las casas tienen vida propia y sanan de sus enfermedades en cuanto sienten el calor de una lumbre en la chimenea o de un brasero de ascuas calentando una cama o huelen, hambrientas el olor dulce de un cocido. Para tal misión el segundo gorrino era pintiparada para, en la Feria de Albacete, hacer negocio y, con las pesetas volver a su ser lugares tan importantes de una casa. La idea de María era, pues, propia de la condición femenina, siempre tan práctica y sensata.

A primeros de septiembre se celebra la Feria de Albacete. Era costumbre en los pueblos cercanos a la ciudad, como el Argamasón, aviar el carro, uncir las mulas y cargar aquello que se quería vender en tan famosa feria de ganados. Junto al aljibe, se montaba por la mañana temprano del día 6 una caravana de carros que vaciaba medio pueblo para poder estar el día 7 en la cabalgata de inauguración de la Feria. Por el camino que llevaba a Albacete se formaba una fila de diez o doce carromatos que partían del Argamasón. Al llegar a Albacete acampaban en la cuerda, junto al muro más exterior del recinto ferial. Se le puso tal nombre porque existía una gruesa soga fijada a dicha pared por el Excelentísimo Ayuntamiento, para que sirviera de amarre de los caballos, las mulas y los burros con los que los pueblerinos se desplazaban a la ciudad.

El viaje era corto, unas cuantas leguas, pero se hizo en condiciones penosas para el joven matrimonio, porque Marcos, que así llamaban al gorrino destinado a la venta, era un mozo muy bien criado y fuerte y ocupaba casi toda la barca del carro, por no hablar de lo nervioso que se puso de verse en tal trance, y del mal olor y de los excrementos y orinas propios de tan sucio animal que abundaban sobremanera, como cuando nos pasaría a nosotros si nos viésemos en tal trance o parecido. El peso del porcino y su incesante movimiento nervioso hacían chirriar de lo lindo a las palomillas de los ejes de las ruedas, amenazando romperse. Al llegar, María y Eduardo ataron a Paloma, la mula que con paciencia había tirado del carruaje, bajaron el gorrino y limpiaron la caja del carro con recios escobones y abundante agua y jabón de losa. Lo habilitaron después, como almacén de alimentos y pertenencias varias y debajo de la barriga, tendieron unas mantas que servían de dormitorio conyugal durante la noche y a la hora de la siesta. El cerdo estaba atado con una soga al otro extremo del carro, constantemente vigilado por uno de los dos para evitar su robo.

Pero no sólo se desplazaban de los pueblos a la Feria de Albacete para vender productos de la tierra o algún animal, sino también para comprar aquello que era raro encontrar en un pueblo o, como Eduardo y María, a conseguir algunos dineritos. Pero, además, se iba a divertirse. Las animadas verbenas eras muy visitadas. Los puestos de churros y chocolate, se llenaban todas las mañanas. Las atracciones del Paseo de la Feria atraían a muchos niños. Pero los dos espectáculos señeros de la Feria eran los toros y el circo. La plaza de toros había sido construida a principios de siglo por lo que era uno de los edificios públicos más imponentes y modernos de la ciudad, cimentando una de las ferias taurinas más importantes de España. Se construyó en estilo neomudéjar, como otras plazas como la de las Arenas de Barcelona, hoy convertida tristemente en un centro comercial, y las Ventas de Madrid, entre otras. Se buscaba entonces en toda Europa un estilo arquitectónico que definiera la identidad de cada país. En España se encontró en el mudéjar, tal y como lo definió Amador de los Ríos en su discurso de entrada a la Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1859 titulado “El estilo mudéjar, en arquitectura”; en Francia, se encontró en el gótico, por aquello del abate Suger y la Abadía de Saint Denis, considerada el origen de tal estilo. Por eso, en un edificio que define la esencia de lo español, como un coso taurino, se construye imitando el mudéjar casi simultáneamente en varios lugares del país.

Los toros se consideraban, en los años treinta un espectáculo propio de hombres. Las mujeres admitidas eran pocas y estaban mal vistas en un espectáculo mucho más sangriento que el toreo actual (caballos que morían con las tripas abiertas por no usar petos, suerte de varas completa…), aunque ya se relajaba algo dicha disciplina excluyente del sexo femenino. Sin embargo, el circo era un entretenimiento propio de niños y mujeres. Sobre todo los toros eran caros para los ingresos de unos humildes agricultores como María y Eduardo. El circo tampoco era barato que digamos. Lo que suponía un esfuerzo no era tanto el precio de las entradas, más módico que el de los toros, sino el hecho de que iban las mujeres y sus hijos, por lo que había que sacar tres, cuatro, cinco o las entradas que fuesen necesarias.

Eduardo, era muy aficionado a los toros. Otros años ahorraba lo que podía, para poder adquirir una entrada. En cuanto llegaba a la Feria, lo primero era ir a las taquillas de la plaza de toros para asegurarse un asiento justo el día en que los vecinos del Argamasón acordaban para poder ir a la misma corrida. Sin embargo, ese año, a escondidas de María, había ideado una treta. Con don Manuel, un tratante de ganados de Albacete que se dejó caer por el Argamasón, ya había apalabrado y cerrado la venta de Marcos sin decirle palabra a María. Don Manuel no era tonto y, como buen negociante, quería quedarse a toda costa el animal, para acabar de criarlo y sacrificarlo en noviembre. El precio de la carne del animal despiezado iba a valer el doble que si se vendiese en vivo. Y de verdad que el cochino daba envidia por su peso y por lo sano y saludable que se mostraba. Por ello le adelantó a Eduardo, en señal, la mitad del valor acordado por el animal, para que no se lo birlase nadie. Entonces la palabra dada era sagrada y no hacía falta más papel firmado que un apretón de manos y un vaso de vino. Eduardo quedó con el tratante en que, justo el primer día de feria, en torno al mediodía, se acercase don Manuel con dos peones para llevarse el animal en el momento en que su mujer se ausentase con sus amigas a dar una vuelta por el recinto ferial a ver los puestos y a probarse unas enaguas que le hacían tilín. En ese momento, el tratante le pagaría lo que faltaba y se consumaría la transacción.

Efectivamente al volver María de su paseo se encontró con que el gorrino ya no estaba. Su marido la esperaba y le entregó una parte del dinero que le había pagado el tratante, no todo. A María se le antojó poco y le recriminó el que quizá había hecho una mala venta y que puede que lo hubieran engañado. Con tan pocos duros para poca reforma de la casa iba a dar. Eduardo calló, aguantando el chaparrón hasta que escampó.

Esa misma tarde se celebraba la primera novillada y Eduardo se escabulló de su mujer como pudo, justo a la hora en que sesteaban. Al volver Eduardo de los toros le preguntó que de dónde venía. Él le contestó que de dar un paseo, que tenía calor y que prefirió ir a los jardinillos de la feria donde había sombra. Debajo del carro se notaba el bochorno de un día cálido pero con los cielos cubiertos. De los peores del seco verano albaceteño. Los dos días siguientes se repitieron las circunstancias de tan sigilosa fuga con destino a los toros.

Al cuarto día, a María le fue Josefa, su vecina: “Pues ¿no he visto entrar a tu marido a la plaza toros hace un rato? Creía que eran visiones, pero me acerqué a él y efectivamente lo vi. ¡Anda con el millonario, pensé!”. Esto extrañó mucho a María y dio por carburar mucho a la molondra no intentando disimular su mosqueo. A las dos horas, media hora después de que terminase el festejo taurino, volvió su marido con la misma excusa de otros días: el calor que le impedía dormir y el frescor de la cercanía de las fuentes y de la sombra de los pinos.

Al día siguiente, María se acostó a la siesta con Eduardo, pero se esforzó en no dormirse. Al sentir cómo su esposo abría la manta, observar cómo se lavaba la cara con la zafa, se ponía la chaqueta y se echaba a andar en dirección al coso taurino, fue tras él. Lo esperó a la salida y en cuanto lo vio fue a su encuentro para pedirle explicaciones, toda furiosa. La cara de pasmo de su esposo fue para ponerle un marco.

Resulta que Eduardo, movido por su afición a los toros, había ideado la treta de vender a Marcos sin que su mujer lo supiera y engañarla. Con las dos terceras partes del dinero de la venta se sacó abono para toda la feria de toros, lo que habría sido imposible para su economía si no hubiese sido así. Cumplió su sueño a costa, eso sí, de un serio problema conyugal, al inicio de su matrimonio, de emocionarse con el toreo de capote de Armillita, con el temple majestuoso de los naturales de Barrera y con el valor de entrar a matar recibiendo del novillero Jaime Pericas.

El resultado fue que María estuvo casi un año sin hablarle a Eduardo, provocando la primera crisis matrimonial de un matrimonio que con sus más y sus menos llegó hasta casi los setenta años de feliz convivencia. Sin embargo, entonces, las únicas palabras que se dirigieron eran las imprescindibles para el buen gobierno de la casa. El control de los dineros y negocios del matrimonio por parte de María fue férreo, no permitiendo a Eduardo ni tomar un recuelo con sus amigotes del casino. Y se rumorea que lo mantuvo en tal abstinencia de sexo que creía ser el pobre Eduardo uno de esos atenienses mantenidos en huelga de toda actividad lúbrica por Lisístrata y las mujeres de Atenas hasta que cesase la guerra.

Por supuesto que muchos otros motivos provocarían situaciones parecidas o más graves incluso en sus muchos años de matrimonio. Poco a poco, la tensión se relajó. Fueron inteligentes y pusieron de su parte para que, las aguas volvieran a su cauce, cosa que muchas parejas de hoy en día no tienen y por la mínima ya están con los papeles en el juzgado. Dios quiera que muchas crisis de pareja se resolvieran así, con paciencia, perdonando y sabiendo valorar que la reforma de una cocina puede esperar un tiempo. Con todo ¡qué bien se lo pasó Eduardo ese año! ¡Lo que pudo presumir años y años en el casino con tal hazaña que ningún esposo se atrevió a siquiera soñar emular! ¡Y lo que se pudo emocionar con María, cuando ya viejos, contaban esta historia a sus nietos!

#Bebeabu, abuelita, bolita, hace dos meses ya que nos dejaste, pero quiero darte las gracias. Es lo último que puedo hacer por ti. Vuelvo al blog tras tres meses sin escribir porque te debía esto y me ha costado lo mío escribirlo. Si escribía algo antes sentía como que te estaba faltando.

  • Gracias, Dios mío, por haber hecho nacer a mi #bebeabu del abuelo Domingo y la abuela María y haberla hecho vivir noventa y un años.
  • Gracias por haber encontrado al abuelo y haber vivido con él setenta y cinco años compartiendo alegrías y penas. Mi hermana y yo decimos a menudo que vuestro matrimonio es el amor que quisiéramos para nosotros.
  • Gracias por haber traído al mundo a cuatro hijos, entre los cuales está mi madre.
  • Gracias por haber cuidado de ellos mientras el abuelo estaba movilizado, durante la Guerra Civil que, aunque lo tenían en plana mayor, haciéndoles café a los oficiales de su regimiento, sin pegar un tiro, fueron casi tres años sin él.
  • Gracias por haber soportado el peso de la familia cuando el abuelo se quedó ciego en el año 46, con tres niños pequeños. En el pueblo decían que os ibais a morir de hambre pero, gracias a tu fuerza y a no tener miedo al trabajo, pudisteis progresar.
  • Gracias por tener el valor de dejar el pueblo e ir a la ciudad en busca de una vida donde no se trabajase de sol a sol, buscando un porvenir mejor para tus hijos.
  • Gracias por contribuir a crear una gran comunidad de vecinos en tu bloque de pisos de Albacete, donde se vivía como en una gran familia.
  • Gracias por alegrarte con mi nacimiento y por no importarte cuidarme en mi más tierna infancia, cuando mis padres se fueron a trabajar a Suiza y me dejaron a tu cargo.
  • Gracias por estar ocho meses en la Fe de Valencia al lado de un hijo de catorce años, sin separarte de su cama, viendo cómo se te moría de cáncer.
  • Gracias por proteger a mi madre y a nosotros, cuando el clima familiar en nuestra casa se deterioró a causa de los problemas de mi padre y por estar con nosotros en el violento proceso de separación de mis padres, como se apoya en una familia al eslabón más débil.
  • Gracias por la infinidad de tardes junto a ti y el abuelo, en la mesa camilla, haciendo deberes mientras cosías, sesteabas, hablabas o veías la televisión.
  • Gracias por tu sonrisa cuando te cruzabas conmigo por la calle o cuando me llamabas a voces desde el balcón para que subiera a casa a por la merienda.
  • Gracias por recorrer media ciudad con tu carro de la compra buscando un bote de tomate barato para revenderlo en la tienda de mi madre más económico de cómo nos lo daba el proveedor y así, arañar algunos duros para la casa.
  • Gracias por permitirte ver cómo, por las mañanas, te peinabas tu trenza y te hacías tu moño, con infinidad de horquillas, y cómo lo lucías orgullosa.
  • Gracias por verte cocinar, horas y horas, delante de los pucheros y hacernos así gozar a todos de memorables guisos.
  • Gracias por tus veranos en la playa, que compartíamos con vosotros, por verte barrer las hojas del patio,  por ir a bañarte con el abuelo…
  • Gracias por las veces que te venías conmigo y con el abuelo a Socovos integrándote como una más en el pueblo y por mostrarte orgullosa de tu nieto.
  • Gracias por tu hermoso rostro y por tu piel tersa que hemos heredado casi toda la familia y que hace que quien nos conoce crea que tenemos menos años que los que en realidad dice nuestro carnet de identidad. Si hasta cuando te morías estabas guapa.
  • Gracias por tu fe, esa fe sencilla y profunda, que te hacía buena persona y que te hacía vivir las realidades de Dios con naturalidad y como una presencia viva y real.
  • Gracias por tu forma de hablar, por tus dichos y chascarrillos (“romero verde, romero mojado, si tú me quieres ya nos hemos apañado”) que me llevaban a otros tiempos y otra cultura, pero que conservaban un gran español rural, el de los pueblos de alrededor de Albacete.
  • Gracias por vivir tu deterioro y tu enfermedad, por convivir con el alzheimer, esa dura enfermedad que te iba haciendo desaparecer poco a poco.
  • Sí, te doy las gracias, porque para mí y para mi familia ha supuesto una prueba de amor. Estar a tu lado un montón de días, sólo vigilándote, a tu lado, me ha hecho ser mejor persona de lo que era, menos egoísta, más tierno y sensible. Y sé que muchos, a quienes no conoces, han aprendido a ser también menos egoístas viendo cómo estábamos a tu lado asumiendo algunos sacrificios por ti.
  • Gracias a tu enfermedad me he acercado más a mi madre y a mi hermana, las he redescubierto y he aprendido mucho de ellas. Lo que han sufrido por ti ha sido algo muy hermoso de contemplar.
  • Gracias tus muchas hospitalizaciones, de las que salía triste, abatido, pero con la alegría de que al menos estabas viva, con nosotros.
  • Gracias por tus últimos días.
  • Gracias por esos diez milagrosos minutos de lucidez en los que, tras meses sin hacerlo, nos reconociste a todos, nos distes besos, le dijiste a mi hermana que estaba muy guapa y me reconociste como tu nieto, el número uno, que siempre me lo decías, el que más querías.
  • Gracias por permitirme pasar una noche en vela pegado a tu cama de hospital, cuando ya no había esperanza, llorando y cogiendo tu mano sin fuerza. Fue una noche especial, la última contigo. Intuía que iba a ser la última.
  • Gracias por morir en Viernes Santo, cuando Cristo. Para un cristiano, entender y vivir el Misterio Pascual es lo más grande. Después de años celebrándolo has tenido que morir en fecha tan señalada para hacerme entender que no morimos, sino que vivimos más y mejor. Sólo he perdido tu presencia física, pero tu presencia nunca.
  • Y gracias por cuidarme desde el Cielo, y por estar gozando del descanso eterno y de la dicha perfecta, por estar junto a los que has querido y que te precedieron, preparándote el camino.

Soy afortunado. He tenido uno de los, si se puede llamar oficio, más envidiado por lo poco que se trabaja: el sacerdocio. Tras secularizarme, me he buscado las habichuelas en la enseñanza, aun sabiendo que es un trabajo de los más odiados por sus tres meses de vacaciones pagadas al año, las tardes libres… Sólo aspiro a ser político, por lo mucho que se gana, para acabar siendo un hombre laboralmente feliz.

Lo bueno que tienen el sacerdocio y la enseñanza es que son algo más que un trabajo. Sabe Dios que si la Iglesia relajase su disciplina respecto al celibato, volvía, pues es un estado de vida único. Fui muy feliz porque que alguien tan inútil como yo pueda traer a Dios a un trozo de pan y de vino y no pase nada es maravilloso. O que el perdón de Dios llegue a un espíritu angustiado, no te digo lo que mola: un huevo. ¿Qué decir de la enseñanza? Ayudar a un adolescente a crecer como persona, verle que aprende y que hasta te sonríe cuando lo has suspendido satisface (no en todos los casos es así, matizo). Por esas razones y por muchas otras, repito, que, con mis trabajos he tenido suerte. De la política, mejor no hablo. Prefiero ganar dinero de otro modo.

Lo cierto es que opino que trabajar con seres humanos es duro pero gratificante. En un despacho en contacto con papeles exclusivamente o con un reducido grupo de compañeros de trabajo, me muero. El caso es que, en definitiva, como dice una tuitera muy volcada al mundo de la motivación, en uno de sus tuits: “quien trabaja en lo que le gusta, no trabaja ni un solo día”.

Sin embargo, mi primera vocación fue la de alquitranero: ni futbolista ni torero, ni cura ni profesor, alquitranero.

Albacete es una ciudad pequeña; en mi infancia, un pueblo grande. Mi barrio, aledaño a las Casas Baratas, se construyó en los años sesenta y setenta. Está situado entre el barrio de Fátima, la Carretera de Circunvalación y la Feria y formado por bloques de pisos de unas tres o cuatro alturas que incluso llegan, en algunos casos a las ocho. Hoy en día el barrio se ha degradado mucho. Las viviendas son muy grandes pero no tienen las comodidades que le exigimos a los más modernos como calefacción, ascensores o garajes. Los primeros propietarios han envejecido mucho o se han muerto y sus hijos, generalmente han establecido su hogar en otros barrios. La inmigración llena el hueco que van dejando. Pero aún en los ochenta y primeros noventa era un barrio obrero y de clase media-baja formado por gente de pueblo que había ido a la ciudad en busca de mejores condiciones de vida.

Los niños nos conocíamos todos. Íbamos casi al San Cristóbal, el colegio del barrio, o al San Fulgencio. Pasábamos el día juntos, en el colegio, en la calle, en los columpios del parque del Santo Ángel, en las casas de cada uno. Nuestros padres forjaban amistades que aun hoy continúan vivas. Formábamos una pandilla sumamente unida. Domingo, el Adelo o el Cholín siguen siendo grandes amigos.

El barrio no es céntrico, pero está a diez minutos andando del Altozano. Pues, aún así, hasta el segundo lustro de la década de los setenta no se asfaltó la calzada. Es un recuerdo curioso: edificios altos y una calle de tierra donde se levantaban unas polsagueras que no veas. De vez en cuando circulaba algún matojo como los de las películas del oeste. Y no digo ya cómo se ponían los zapatos de barro cuando llovía.

El inicio de las obras de asfaltado fue toda una fiesta. Estábamos deseando llegar del colegio para hacer corriendo los deberes (engañaba a mi madre y los hacía por la noche a escondidas, bajo las mantas, para que no me pillara). En cuanto podíamos agarrábamos el chusco de la merienda y a la obra.

Lo primero fue levantar la calle. Descargaron unos ruidosísimos y humeantes compresores de los que, como los tentáculos de un pulpo, sobresalían unas mangueras que acababan en unos taladros enormes. Eran manejados por fornidos trabajadores que sudaban lo lindo a pesar de ir medio desnudos y a pesar de que la primavera albaceteña no es muy cálida que digamos.

Un día, sin saber por qué, se produjo un parón: los obreros desaparecieron con sus máquinas y la calle quedó agujereada, con enormes terrones alzándose como muros y badenes de vértigo. En algunos lugares el alcantarillado quedó al aire. Colocaron unas débiles vallas para prevenir caídas y unas pesadas planchas de hierro para pasar de una acera a otra en los tramos más difíciles. Todo ello constituía un medio ambiente ideal para la imaginación traviesa de chavales de diez, once o doce años. Infinitas posibilidades de exploración de las zanjas, de saltar de un lado a otro, de excavar, de jugar al escondite, con el barro… De lujo.

Las relaciones de mis amigos con la pandilla de la Calle Daoiz eran muy malas. No era raro el enfrentamiento, el ir a la guerra, el pelearnos por las chicas… Mirábamos de un lado a otro para evitar encontrarnos con ellos porque, si íbamos solos, unas cuantas tortas nos llevábamos o las repartíamos. Con todo, la comunicación no era imposible. En un recreo del colegio se nos ocurrió emular las cruentas batallas de desgaste de la I Guerra Mundial. Se trataba de convertir el barrio en un nuevo Verdún.

Negociamos primero las condiciones del combate, delimitamos el territorio y decidimos las armas: piedras. Iba a ser una guerra donde la artillería sería fundamental. El acuerdo era un máximo de cincuenta piedras por chaval: unas quinientas. El equipo iba a ser de siete soldados por bando. Excluimos a los más torpes, por razones obvias. Esa tarde nos dedicamos a amontonar piedras. Los enemigos se suelen unir para el mal.

La batalla fue la tarde siguiente. Tomamos posiciones y nos armamos. Tuve la precaución de esconder el cartón del embalaje de un frigorífico abandonado en la calle. Me serviría de escudo. Me fue útil. A pesar de ello, no pude evitar una pedrada directa en la boca que me partió una de las palas. Con esa sonrisa estuve hasta que me puse un empaste. Acabé también con varios cardenales, algún chichón y más de un moratón.

En pleno fragor de la batalla se produjo la irrupción de una fuerza bélica mayor, inesperada que señaló, afortunadamente, el fin de la guerra: nuestros padres. Algunos vecinos, al ver la animalada, nos gritaban desde los balcones y los padres, alertados, acudieron todos a recoger a su churumbel e imponer paz por medios muy, muy contundentes.

El lunes siguiente ocurrió algo nuevo: invadieron el barrio grandes camiones con arena, chinas y tierra que rellenaron los huecos. Tras aplanar el terreno llegaron las máquinas de alquitranar y unos grandes depósitos de petróleo negro. Mi pandilla, como loca. El calor humeante, el peligro de quemarnos; esos alquitraneros con grandes botas de goma. Nosotros, todo el día allí, observando las tareas, lo más pegados que podíamos a los obreros. Mis recuerdos son de unas máquinas gigantescas y de unos hombres fortísimos, ciclópeos. Cuando eres un niño todo te parece de mayor tamaño de lo que realmente es.

Al volver a casa, mi aspecto era horrible. De tanto arrimarme, la ropa estaba manchada de un aceite industrial que no hizo sino condenarla a ser tirada a la basura. La piel también estaba salpicada del mismo producto. La cara coloradota y quemada del calor y medio intoxicado con los humos.

Llamé al timbre y abrió mi madre. No se me pasó otra cosa más que gritar a mi madre: “Mamá, quiero ser alquitranero”. Se quitó una zapatilla y la blandió cual arma. Con la mano libre me agarró de la oreja y me introdujo en casa. Lo demás no lo cuento. Me da vergüenza. En definitiva. Que la paliza que me llevé y el castigo posterior me hicieron recapacitar y buscar otros horizontes laborales.

Admiro a quien ha luchado por conseguir vivir decentemente de un trabajo en el que, además de ganar un dinero, se siente realizado. Que ese trabajo te ayude a crecer y te haga sentirte feliz es maravilloso. Son muchas horas las que le dedicamos, para que lo vivamos como un martirio Ningún trabajo es fácil, pero, si además te satisface, ningún día vas a trabajar, aunque te canses. ¿Maldición bíblica? Puede, pero así vivido, lo es menos.

Dedicado a @anafdezbosch quien me inspiró este post con su sugerente tuit.

El vecindario de la calle Espoz y Mina 12, en el barrio de Fátima, al lado de las Casas Baratas, en Albacete, era una gran familia. Nada que ver con las comunidades de vecinos actuales donde, si coincides en el ascensor con un vecino y si le saludas, corres el riesgo de que te apuñale o te amenace con llevarte a los juzgados por un retraso al pagar la comunidad. O incluso que te eche las uñas al cuello porque en la última reunión de comunidad osaste proponer cambiar las bajantes de cemento por unas plásticas que no se pudren. Hay que hacer una derrama para los gastos y el compañero del ascensor no quiere pagar.

Al poco de nacer, con unos meses, volé con mi madre a Suiza, al encuentro mi padre que llevaba allí un tiempo, esperándonos. Trabajaba en una fábrica de bobinados eléctricos y mi madre en la Omega, montando relojes de oro, pero quiso que naciese en España y pidió un permiso para ello. Pero resultó que el clima o sabe Dios qué no me sentaban bien y me pasé mi más tierna infancia en Albacete al cargo de mis abuelos y con la compañía de mi tío Julio, por consejo de los médicos. En Albacete, estaba como una rosa; en Biel, amarillo y taciturno. Mi tío era sólo nueve años mayor que yo, por lo tanto era como mi hermano mayor. Su muerte, sólo con catorce años, tras varios meses padeciendo un cáncer, fue muy triste para mí. ¡Estaba tan unido a él! ¡Lo quería tanto! En fin.

Rafael y su socio Pedro, construyeron a finales de los sesenta un edificio de tres pisos con dos viviendas en cada altura. En los bajos abrieron una tienda de muebles que Artemio compró cuando se jubilaron y que aún sigue abierta, aunque la regenta su hijo. Los socios se quedaron los mejores pisos, los principales, que contaban con un amplísimo patio radicado sobre el techo del negocio del que vivían. Mis abuelos compraron por sesenta mil pesetas el segundo derecha. Lo pagaron con una hipoteca al dieciocho por ciento. Eso era hipotecarse. Sin embargo, los ciegos dan suerte, y a mi abuelo, que perdió la vista con treinta y seis años, le tocó una quiniela. Fue el único acertante de catorce de esa jornada en toda España. Con el dinero levantó la hipoteca y le dio para meterse en otro piso pagando la mitad de su precio con el fin de alquilarlo. La casa de mis abuelos era un pisazo de ciento siete metros cuadrados con unas habitaciones amplísimas, dos cuartos de baño y una despensa aneja a la cocina que daba mucho de sí. El piso tenía forma de ele y los diferentes cuartos salían de un gran pasillo. El salón principal y otro cuarto que apenas se usaba, pero donde estaba el mobiliario más noble, daban a la calle y las demás dependencias a un patio de luces donde se desarrollaba la vida de esta comunidad. Era muy normal que los vecinos se asomasen a las terrazas y conversaran a gritos. Algunos, todo no participaban, pero cotilleaban discretamente detrás de los visillos. Es, con diferencia, el lugar donde he vivido al que más cariño profeso. Cuando lo vendió mi madre, me causó mucha pena. Era como dejar parte de mi infancia clausurada y perder de vista para siempre unas dependencias muebles cargados de vivencias.

La casa de cada vecino era la de los demás. Las puertas estaban abiertas para todos. Josefa, la vecina del tercero derecha, enviudó muy pronto y sus hijos se independizaron jovencísimos. Por eso, la mujer, pasaba el día sola. Cuando oscurecía, se bajaba con mis abuelos a cenar. A mi abuela poco le costaba freír una patata más o echar a la sartén un trozo de lomo en adobo o sacar un chorizo extra de la orza. Así remediaba su soledad. Hablaba a gritos y los dolores de cabeza que me producía eran tremendos. Pero le tenía cariño. Era una buena mujer que me comía a besos.

Cuando falleció mi tío, en casa se guardó luto riguroso. Para aliviármelo, Manola y Demetrio me llevaban los fines de semana a ver la televisión con ellos y a jugar con sus hijos. El resto de los días, hacía los deberes, estudiaba y a las ocho me acostaba. En un año estuvo prohibida la televisión en casa pero se me permitía esta licencia. Costumbres de otros tiempos.

El piso de Nemesio y Adela, situado en el mismo rellano que el de mis abuelos era el más extravagante. Eran modernos. Convivían con la pareja, la hija y el yerno, un zapatero remendón que no dio un palo al agua, y sus nietos, en amor y compaña. Ocho o nueve personas apretadas como piojos en costura. Pero me divertía mucho con sus nietas, Sole y Ana. Les gustaba mucho la música y disfrutaban como enanas con sus discos de los Pecos, de Dyango, de Miguel Bosé y con su fabuloso tocadiscos de maleta. Gracias a ellas descubrí la música disco en su cuarto convertido en discoteca. Hacer de Tony Manero, los tupés, y otras lindezas eran un placer. Imitar a los Bee Gees, la caña. Además, mi primer juego perverso de médicos fue con ellas. Sin embargo mis abuelos no las tragaban, para nada, y no les dejaban entrar a su piso. Me pegaban más a Antonio, compañero del colegio, porque era culto y tocaba el piano, pero no me proporcionaba ninguna alegría. Ellos eran muy tradicionales para ciertas cosas y querían que fuese un hombre de provecho.

Pero me voy a centrar en Rafael y su esposa, la señora Lola. Rafael era un hombrecillo pequeño, calvo, narigudo, pero con una energía que ya quisiera yo para mí. No paraba un segundo. Negociante como él solo. Más que albaceteño parecía murciano. Muy aficionado a los bares y algo mujeriego, pero con una sabiduría única, de las que sólo da la vida. Y su mujer, que lo quería con locura, se hacía el longuis y le perdonaba todo. No se traslucía jamás nada de los problemas que su marido le causaba con el vino y las mujeres. Sólo me enteré de las debilidades de Rafael porque, al morir él, mi abuela me las confesó, haciéndome jurar no decir nada mientras viviera su mujer. A la señora Lola se la encontraba siempre sentada en una salita que utilizaba como pequeño taller de costura. Mi abuela cosía pantalones para poder tener unos ingresos que se sumaran a la raquítica pensión del SOVI que cobraba mi abuelo. Y siempre estaba con ella. Mi abuela consideraba a la señora Lola una maestra, una gran modista, lo cual era cierto, pues la vi  una vez cortar piezas de una tela para una chaqueta perfectamente, sin patrones ni tiza. A ojo. Muchas tardes, al salir del colegio, me bajaba a estudiar con ellas entre agujas, telas, tijeras y una gran máquina de coser, en una mesa camilla iluminada con un flexo, mientras mi abuelo escuchaba la radio y esperaban a que Rafael volviera del trabajo, para después cenar juntos.

Pero Rafael y la señora Lola tenían una afición al margen de sus trabajos que llenaba su vida: el fútbol.

El Albacete Balompié subió a primera división en 1991 de la mano del presidente Rafael Candel, un joven empresario local que hizo fortuna con la venta de ferrallas, y del que fue entrenador del Real Madrid, Benito Floro. Con ellos se forjó el llamado Queso Mecánico, terror de la liga, equipo sorprendente que subió en dos años de la Segunda B a la división de honor del fútbol español y se quedó séptimo un año, a un puesto de jugar la UEFA. Se fichó a jugadores jovencísimos, como Morientes, el portero Molina o Santi, el defensa del Atlético de Madrid, cedidos por otros equipos de mayor solera, y que llegaron a ser internacionales. También formaban la plantilla jugadores que se jubilaron en el equipo como el uruguayo Zalazar,  una especie de Xavi Alonso con la pegada a balón parado de un Cristiano Ronaldo. O Rommel Fernández, futbolista panameño que se mató estampándose contra un árbol con su coche cuando salía del merendero de Tinajeros. La Curva Rommel es el lugar donde se sitúan cada partido, los ultras del Alba. O qué decir del ídolo local Catali, que acabó regentando una tienda de deportes y otros negocios en la capital. Todos ellos futbolistas de gran calidad.

El equipo se fundó el 1de agosto de 1940. Entre los que lo levantaron estaban Rafael y la señora Lola. Tuvieron muchos años el carné número uno y dos como socios del equipo, respectivamente. Un domingo me invitaron a un Albacete-Atlético de Madrid junto con todo el vecindario porque iban a ser objeto de un homenaje merecido. El Carlos Belmonte estaba lleno. Y ellos, muy bien vestidos, recibieron una placa de manos del presidente, los nombraron socios de honor y les impusieron la insignia de oro y brillantes con el aplauso de ambos equipos. También hicieron el saque de honor. Un placer ver a los dos viejitos emocionados y reconocidos por todos.

Rafael y la señora Lola dedicaron su vida al club. Cuentan que los vestuarios antiguos, que ya fueron derruidos, los construyeron ellos por las noches, en los ratos libres que les dejaban sus ocupaciones. Imaginar a la señora Lola amasando cemento por las noches con las heladas que caen en Albacete, y a su esposo colocando ladrillos, da fe de la entrega que tenían ambos, si es que esa noticia es cierta, lo cual ignoro. También se sabe  con certeza que regalaron el mobiliario de las oficinas del club sitas en la Avenida de la Estación, cuando la sede social se trasladó desde la Calle del Rosario. Y que dieron alojamiento y comida gratis a muchos jugadores de fuera, cuando el equipo estaba en tercera o en regional preferente y muchos no podían permitirse ni un alquiler con lo poco que ganaban. Pagaron autobuses, habitaciones de hotel  y acompañaron al equipo en sus desplazamientos cubriendo un sinfín de necesidades.

Los lunes por la mañana, muy temprano, la camioneta para transportar muebles aparcaba frente a la casa. Rafael subía, uno a uno, grandes bolsones de ropa. Si hacía buen tiempo desparramaba el contenido en el suelo del patio; si llovía, en el pasillo de su casa. La pareja revisaba uno a uno calcetas, pantalones y camisetas. Hacían un montón con la ropa que tenía algún desgarro y la remendaban posteriormente; la que estaba en condiciones la introducían en dos grandes lavadoras colocadas bajo un tejadillo en uno de los extremos del patio. A la tarde podía ver desde la altura del piso de mis abuelos la equipación completa del Albacete Balompié secándose tendida al sol. No se desperdiciaba nada. Se remendaba y reutilizaba todo. Eran ecologistas, sin haber oído hablar nada de dicha ideología progresista ni saber qué era eso del reciclaje. Habría que ver entonces al jugador que se atreviera a dar una camiseta al público al terminar el partido. Como ahora, que las carísimas camisetas de un Real Madrid se consumen como pipas.

Con el tiempo, pensando muchas veces en su vida,  caí en la cuenta de que este matrimonio me dio dos lecciones que han sido muy importantes en mi vida. La primera que hay que poner pasión en lo que se lleva entre manos. Hay que dedicar tiempo y esfuerzo a lo importante y no ser blanditos. Esa pasión puede ser el trabajo entendido como medio de realización personal, un hombre o una mujer, unos hijos, unos amigos, una afición, una actividad solidaria y altruista, el fútbol ¿por qué no?  Y la segunda, el valor de lo gratuito. Sin algo gratis la vida no tiene sentido. Huyo de las personas que se manejan sólo por el interés y por los dineros. Son tristes y desconfiadas. No sabes nunca qué piensan y cuando te descuidas te la lían. Rafael y la señora Lola, sin embargo, se desvivían por el Albacete Balompié. Su pasión les costaba dinero y seguro que algún disgusto, seguramente. En Elda, en el año 59, a Rafael le tuvieron que coser la cabeza a causa de una pedrada de algún aficionado cafre del equipo local. Yo no tengo más que  preguntarme si me desvivo por algo, si me dejo la piel por algo o por alguien. Y también si hago algo por los demás sin tener en cuenta lo que pueda obtener, sin esperar nada a cambio. Sin duda que Rafael y la señora Lola tuvieron en su equipo un motivo para vivir, algo por lo que luchar, una pasión gratuita. Su ejemplo siempre estará vivo en mí. Gratis et amore.


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