Juan Carlos Vivó Córcoles

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Marcel Proust es autor de obra única. En busca del tiempo perdido constituye uno de esos monumentos literarios a los que hay que prestar atención al menos una vez en la vida pese a su complejidad y difícil lectura. En el primer volumen Por el camino de Swann el narrador come una magdalena acompañada por un té. En ese instante, aparece el pasado: su infancia. Es la magdalena lo que retrotrae al narrador a sus veranos en casa de su tía Leoncia. Desde ese instante se rememora toda una vida en la que el paso del tiempo tiene un valor de destrucción: un pasado que desaparece inexorablemente pero que fundamenta el presente y sienta las bases del futuro.

El recuerdo no aparece ordenado de modo sistemático, aunque Proust nunca rompe del todo con cierta linealidad narrativa. Será la evocación constante de diversos objetos la que hará ir apareciendo, con cierto desorden, momentos olvidados. Sólo así Proust llegará al final de su indagación sobre el paso del tiempo y su recuperación, finalidad de su obra. Así pues, será en El tiempo recobrado, tomo que cierra el ciclo novelístico, donde experiencias parecidas a la magdalena inicial, darán sentido a lo recuperado, ya perdido.

Pues bien, sin duda, como Proust, el tiempo lo recuperamos, en buena medida por objetos que para nosotros tienen un valor único. Los asociamos a experiencias propias, a hechos, lugares o personas que han fundamentado nuestra existencia. Quedan unidos a instantes que, para otros pueden parecer poco importantes. Pero es nuestra capacidad de dar sentido a lo vivido lo que hace que, en ellos encontremos sentido a nuestra propia existencia. Son objetos que se constituyen en síntesis de instantes, personas o lugares clave para nosotros. De ahí que sea muy difícil transmitir el porqué los conservamos, los guardamos a buen recaudo siempre, y nos duele perderlos, si ocurre.

Ahora, recién comenzado este año 2013, he podido hacer acopio de varios de esos objetos que rescatan lo vivido: un anillo de oro, una ramita de romero y unos pendientes.

Un anillo que he heredado de mi abuela, que ella llevaba siempre y que regaló en tiempos a su hijo pequeño que falleció muy joven. Repitió en infinidad de veces que lo llevase siempre, que era para mí. No lo luzco a diario, pero sí en ocasiones importantes, por miedo a perderlo. Y es para mí símbolo de la familia, de la vida de unos mayores que dieron todo por mí y que estarán siempre presentes en mi vida. Hago un constante esfuerzo por recordar lo que me dejaron.

Una ramita de romero, que se aja en un cajón pero que obtuve cuando empezaba a salir de un momento de crisis importante. Es señal de ese renacer. Cerré una etapa y comencé otra mucho mejor que perdura y que me ha hecho otro. También me unió a un grupo de personas que ha entrado en mi vida para siempre. Y, especialmente, a una mujer de bandera a la que le debo mucho y que me ha cuidado siempre. Y por último a una preciosa mañana de paseo.

Y unos pendientes, que regalé a un ser único que me proporciona una paz inmensa, que siempre está ahí y que es la bondad en grado sumo. He crecido en buena medida gracias a ti, a su cariño y cercanía. Aunque creo que hemos crecido el uno a junto al otro. Es algo que nos repetimos constantemente.

En definitiva, un anillo, una ramita de romero y unos pendientes. Son mi particular magdalena, aquellos objetos que me unen a mi pasado más o menos reciente y que me retrotraen siempre a las personas que habitan y habitarán en mi corazón siempre, del modo que sea. El tiempo se evoca a través de ellos, y aunque, como pensaba Proust, el tiempo hace desaparecer mucho de lo vivido, desde ellos disfrutamos el presente y nos lanzamos hacia el futuro con amor y esperanza.

Aunque consuma;  aunque en estos días viva la primera Navidad sin mis dos abuelos y nuestra mesa haya sido especial aunque pequeña (sólo tres personas); aunque haya gastado en regalos y alimentos caros; aunque me haya dejado llevar por el sentimentalismo ñoño y vacío de estas fechas, la Navidad es una fiesta de fe, de lo que se cree sin haberse visto, de lo que subvierte toda racionalidad.

Todo esto lo aprendí hace dos años, cuando viví la Navidad más Navidad de mi vida en un hospital, con mi familia. Tantos años hablando de ella y celebrándola desde el altar, y no fueron las palabras sino las experiencias las que hicieron entender y vivir la Navidad en su sentido más profundo.

Es la fiesta de lo ilógico. Dios, el omnipotente, el creador, asume la condición de niño, se convierte en carne mortal, frágil. Y lo hace como niño, como lo más indefenso. No es asumir la condición humana como si fuera hombre, como pensaban las herejías adopcionistas, sino como verdaderamente hombre, con todas las consecuencias.

Por eso Dios vivió las consecuencias del pecado, de la injusticia, fue perseguido, torturado y murió. Si Dios no se hace hombre, si no se hace Emmanuel (Dios con nosotros), no seríamos salvados. Dios ha tenido que compartir lo mismo que nosotros somos, incluso lo más doloroso para efectuar su mayor acto de amor.

Jesús no nace rico, ni muestra su poder real y profético con poder. Busca una familia pobre, sencilla, de un rincón recóndito de Roma, en un pueblo pequeño, con historia, eso sí, pero que profesa una extraña religión monoteísta y que ha estado sometido casi siempre al dominio de otras naciones. Y nace desplazado de su hogar, emigrante, y ni siquiera en una cuna. Con ello muestra que la Encarnación de Cristo es también política. La salvación no sólo es espiritual, sino que también es liberación, opción preferencial por el pobre. Es un movimiento de Dios integral en pro del hombre total. No se puede disociar, por tanto, -y Dios no lo hace- en el ser humano lo corporal y material y su dimensión espiritual.

Jesús desde el portal de Belén manda una señal: que la humildad, la entrega por los demás, el amor entregado, que no espera nada a cambio, la dedicación al pobre, al que no tiene nada, la búsqueda de nuestra felicidad y de la felicidad de los demás son legítimas aspiraciones y tareas que engrandecen a quien las hace suyas. que desde Jesús deben estar presentes en una Navidad que se debería prolongar todo el año.

Dios no está lejos, en su cielo, está con nosotros, entre nosotros. Su cercanía nos ha liberado del pecado y de la muerte. Con ello ha potenciado la dimensión más radical y fundante del ser humano: la trascendente, que nos hace vivir lo inmanente desde los ojos de la fe. Ha nacido en todos y cada uno de los seres humanos, aunque no lo reconozcamos. Terco como es Él, ha plantado una tienda de campaña en el corazón de todo hombre.

“La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1, 14) y con su campamento se ha roto la lógica humana, que se desvincula muchas veces de lo lógico, con lo más ilógico: el amor. Porque como decía Pascal “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Dios es amor, y el amor es corazón y el corazón se aleja de la razón al uso.

Feliz Navidad.

EL VIAJE

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el viaje sea largo.

Una lectura a la que vuelvo a menudo es a los poemas de Cavafis. Entre ellos, quizá el más conocido por todos sea “Viaje a Ítaca” que toma como motivo la  larga vuelta a casa de la Odisea, de Ulises. Cavafis reflexiona sobre el viaje. Para él lo importante no es la meta, sino el periplo en sí, el hecho de dejar la costa y adentrarse en el mar. El camino está lleno de peligros, de naufragios, de reinas como Dido que tratan de apartarnos de nuestros fines o, incluso, hacernos desistir de la necesidad de partir.

Tener claros los objetivos en la vida es fundamental. También el buscar descansos o puertos que nos refugien de la tempestad, fortalezas a salvo de Cíclopes y Lestrigones. Pero como algo provisional, temporal. En el viaje en sí está la esencia, lo único no contingente en la vida, lo poco propio de su misma constitución. En viajar y no en detenerse está la oportunidad de madurar y mejorar la vida aprendiendo a sortear los problemas o a convivir con ellos cuando no son solucionables fácilmente. Pero también en caminar están las oportunidades, la capacidad de conocer algo nuevo, de encontrar tesoros, de ampliar nuestro mundo con paisajes y personas nuevas.

Pero el viaje más importante, que muchas personas no emprenden jamás porque viven en la superficie es el viaje al interior de uno mismo. Encontrar momentos y tiempos de introspección, de análisis de emociones, pensamientos y actuaciones es viajar al encuentro con uno mismo. Parar, mirarnos, bucear en nosotros es clave en nuestro crecimiento. Sólo quien ahonda en su interior intentando saber quién es, puede ser más plenamente hombre y salir provisto de una mirada nueva y acogedora del mundo y del prójimo e incluso de Dios. Admitiendo  sin embargo que somos misterio y que hay una parte de nosotros mismos que quedará siempre en la oscuridad merece la pena abandonar Troya y salir hacia Ítaca , como el Ulises que no se quedó en la ciudad destruida.

Mi trayectoria intelectual me ha guiado por aquellos caminos hacia la introspección que me ha mostrado la filosofía y la literatura sobre todo.

San Agustín, me ha mostrado que sólo en el interior de uno mismo encuentra a Dios y alcanzamos la trascendencia. Hay que bucear en nosotros para encontrar la iluminación, la luz. Se trata de trascenderse a uno mismo, de poner nuestros pasos “allí donde la luz de la razón se enciende”. Descartes, es otro camino hacia lo interior, quien tras dudar sistemáticamente de todo, encuentra en el hombre pensante, que razona, en el cogito un motivo para salir al mundo y redescubrir la verdad de la existencia humana y la capacidad de acceso veraz a la realidad. Kant, más tarde, encuentra en la razón unida a la experiencia la verdad del conocimiento, pero que los supedita al encuentro con el mundo, el alma y la divinidad como algo fundante de la realidad humana aunque no sean entidades accesibles más allá del acotado mundo fenoménico. También nos habla del valor ético del fin en sí mismo, que jamás justifica los medios como base de toda relación de un hombre con otro. También me fascina un Husserl que sólo en la “vivencia de la esencia de la conciencia” más pura encuentra al hombre pleno. Es el encuentro con el hombre concebido como conciencia pura.  Y, por último un Levinas, que sólo en el encuentro con el Otro desde un Yo puede fundar la verdadera felicidad del hombre en la constitución de un Nosotros.

También me ha ocupado tiempo un Dante que, viajando al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso dibuja un mapa completo de las pasiones y las virtudes propias del ser humano, apostando siempre por el bien. O ese San Juan de la Cruz que, tomando como base el Cantar de los Cantares, poetiza la búsqueda de la amada del amado, el encuentro amoroso entre Dios y el hombre aplicable también al encuentro de un ser humano con otro. O también el Quijote que recorre la Mancha buscando sus sueños, persiguiéndolos aunque los llamen locura. O, el capitán Ahab que dedica su vida a sólo encontrar una ballena blanca (Moby Dick) para obtener la gloria de su muerte, en un Leviatán concebido como el mal absoluto en un compromiso ético no menos absoluto. O el Ulises de Joyce que en la figura de Leopold Bloom reproduce la Odisea por las calles de Dublín y que con el monólogo interior de Molly Bloom supone el primer intento serio en la literatura de reflejar el flujo del pensamiento con el que se vuelve a viajar de un modo siempre nuevo a la interioridad del ser humano. O ese Proust que desde una magdalena hace un viaje al pasado que obligará al narrador a retroceder hasta lo más profundo de la memoria.

Pero no sólo estos ejemplos son válidos estos casos extraídos de la literatura o del pensamiento, sino también la infinidad de personas que nos rodean que tratan de hacer de su vida un constante encuentro con la hondura de su identidad humana y que se perciben diferentes porque se mueven por un sueño, por amor,  por un compromiso ético profundo, por decorar su vida y la de los demás de belleza, por su afán por desvivirse y cuidar de los demás. Personas desconocidas para todos pero que influyen en nosotros haciendo nuestra existencia mejor

En definitiva, infinidad de ejemplos que nos hablan de la insoslayable necesidad de entrar en nosotros mismos para descubrirnos.

Lo importante es que te des cuenta que esta vida es corta y que no la tienes que desperdiciar en la superficie, sino bajar a los abismos de tu persona, buscarte y encontrarte, conocerte. Cree de verdad que tu persona es un tesoro que acumula  un sinfín de objetos maravillosos. Quizá no hayas educado tus sentidos para verlos, pero están ahí. Ilumínalos con tu sensibilidad y te sorprenderás.

Pero también en tu corazón hay mucho malo. Ponte el mono de faena y trabaja por observar y localizar las razones por las que haces lo que no quieres. Cámbialo, puedes hacerlo.

Descúbrete bello, quiérete. Es la única base desde la que serás mejor. Cuídate también. Invierte en ti. Valora tu cuerpo, cultiva tu alma, lee, explora, disfruta de los placeres de la vida.

Ama, ama siempre, con entrega. No te quedes en ti mismo. En el otro está la recompensa. Si amas con todo tu corazón verás como se te recompensa.

Busca espacios y tiempos para ti, para estar solo, para la meditación, la oración, el silencio. Hay que encontrar el momento reflexivo para cargar pilas.

No dejes de viajar nunca. Cuando hayas alcanzado una meta, fíjate en que el horizonte ha cambiado. Hay algo nuevo que no conoces, no puedes parar. No tengas miedo.

No estás solo. Ulises viajaba con su tripulación. Ellos buscan lo que tú: encontrarse a sí mismos. Te acompañan personas que ya no están, que la muerte se ha llevado pero que están contigo, son referencia y ejemplo de buen vivir. Están personas que son tu vida actual, que están contigo, que te quieren, que te aceptan y comprenden en tus debilidades y se alegran en tus alegrías. Esas personas te ayudan a viajar y tú les ayudas. Mantenlas a tu lado a toda costa. Son tu familia, tu pareja, tus hijos, tus amigos…

Deja un gran espacio para Dios. Es un apoyo que nunca falla. En él encontrarás apoyo y consuelo, y una presencia constante que te llena de dicha. Si no crees, no importa, Él está a tu lado, aunque no quieras reconocer su presencia viva. Te quiere aunque no lo quieras.

Y que tu logro sea que con tu vida ofrezcas una obra de arte que todos admiren, una obra de arte que todos desearían poseer. Que todos puedan recordarte como el inconformista que quiso viajar a lo más profundo de sí mismo para ser un gran hombre.

Recomiendo ver el vídeo y volver a leer el post.

En el año 35, justo antes de iniciarse la Guerra Civil, al año de la boda de Eduardo y María, era una bendición para cualquier hogar el poder criar dos gorrinos. Y más cuando muchas familias la abstinencia de no comer carne la llevaban a la fuerza hasta los días que no marcaba para tal ejercicio espiritual la Santa Madre Iglesia Católica.

María estaba haciendo sus cuentas. Uno de los dos gorrinos se sacrificará para tener una sólida reserva de alimentos que les sacase de la dieta habitual donde la carne escaseaba. Casi con seguridad las partes más nobles, como los lomos, solomillos y jamones los venderían, junto con el segundo cerdo completo, por supuesto.

Al casarse, María y Eduardo fueron a vivir a una casa propiedad del padre de la joven esposa quien, por ser hija única, no tenía que partir con ningún heredero, que solía y suele ser causa de conflictos entre hermanos. Eduardo, por su parte, era de familia menos pudiente y estaba encantado de dormir bajo un techo que no se caía a trozos, como el de sus padres, y que disponía de un patio y de dependencias suficientes como gorrineras y conejeras para  no tener que estar mezclado con los animales. Con todo, la cocina y la cocinilla necesitaban una reforma debido a que, cuando una casa está cerrada mucho tiempo parece como que le perdiese el ánima y languideciese, llegando a ruina. Las casas tienen vida propia y sanan de sus enfermedades en cuanto sienten el calor de una lumbre en la chimenea o de un brasero de ascuas calentando una cama o huelen, hambrientas el olor dulce de un cocido. Para tal misión el segundo gorrino era pintiparada para, en la Feria de Albacete, hacer negocio y, con las pesetas volver a su ser lugares tan importantes de una casa. La idea de María era, pues, propia de la condición femenina, siempre tan práctica y sensata.

A primeros de septiembre se celebra la Feria de Albacete. Era costumbre en los pueblos cercanos a la ciudad, como el Argamasón, aviar el carro, uncir las mulas y cargar aquello que se quería vender en tan famosa feria de ganados. Junto al aljibe, se montaba por la mañana temprano del día 6 una caravana de carros que vaciaba medio pueblo para poder estar el día 7 en la cabalgata de inauguración de la Feria. Por el camino que llevaba a Albacete se formaba una fila de diez o doce carromatos que partían del Argamasón. Al llegar a Albacete acampaban en la cuerda, junto al muro más exterior del recinto ferial. Se le puso tal nombre porque existía una gruesa soga fijada a dicha pared por el Excelentísimo Ayuntamiento, para que sirviera de amarre de los caballos, las mulas y los burros con los que los pueblerinos se desplazaban a la ciudad.

El viaje era corto, unas cuantas leguas, pero se hizo en condiciones penosas para el joven matrimonio, porque Marcos, que así llamaban al gorrino destinado a la venta, era un mozo muy bien criado y fuerte y ocupaba casi toda la barca del carro, por no hablar de lo nervioso que se puso de verse en tal trance, y del mal olor y de los excrementos y orinas propios de tan sucio animal que abundaban sobremanera, como cuando nos pasaría a nosotros si nos viésemos en tal trance o parecido. El peso del porcino y su incesante movimiento nervioso hacían chirriar de lo lindo a las palomillas de los ejes de las ruedas, amenazando romperse. Al llegar, María y Eduardo ataron a Paloma, la mula que con paciencia había tirado del carruaje, bajaron el gorrino y limpiaron la caja del carro con recios escobones y abundante agua y jabón de losa. Lo habilitaron después, como almacén de alimentos y pertenencias varias y debajo de la barriga, tendieron unas mantas que servían de dormitorio conyugal durante la noche y a la hora de la siesta. El cerdo estaba atado con una soga al otro extremo del carro, constantemente vigilado por uno de los dos para evitar su robo.

Pero no sólo se desplazaban de los pueblos a la Feria de Albacete para vender productos de la tierra o algún animal, sino también para comprar aquello que era raro encontrar en un pueblo o, como Eduardo y María, a conseguir algunos dineritos. Pero, además, se iba a divertirse. Las animadas verbenas eras muy visitadas. Los puestos de churros y chocolate, se llenaban todas las mañanas. Las atracciones del Paseo de la Feria atraían a muchos niños. Pero los dos espectáculos señeros de la Feria eran los toros y el circo. La plaza de toros había sido construida a principios de siglo por lo que era uno de los edificios públicos más imponentes y modernos de la ciudad, cimentando una de las ferias taurinas más importantes de España. Se construyó en estilo neomudéjar, como otras plazas como la de las Arenas de Barcelona, hoy convertida tristemente en un centro comercial, y las Ventas de Madrid, entre otras. Se buscaba entonces en toda Europa un estilo arquitectónico que definiera la identidad de cada país. En España se encontró en el mudéjar, tal y como lo definió Amador de los Ríos en su discurso de entrada a la Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1859 titulado “El estilo mudéjar, en arquitectura”; en Francia, se encontró en el gótico, por aquello del abate Suger y la Abadía de Saint Denis, considerada el origen de tal estilo. Por eso, en un edificio que define la esencia de lo español, como un coso taurino, se construye imitando el mudéjar casi simultáneamente en varios lugares del país.

Los toros se consideraban, en los años treinta un espectáculo propio de hombres. Las mujeres admitidas eran pocas y estaban mal vistas en un espectáculo mucho más sangriento que el toreo actual (caballos que morían con las tripas abiertas por no usar petos, suerte de varas completa…), aunque ya se relajaba algo dicha disciplina excluyente del sexo femenino. Sin embargo, el circo era un entretenimiento propio de niños y mujeres. Sobre todo los toros eran caros para los ingresos de unos humildes agricultores como María y Eduardo. El circo tampoco era barato que digamos. Lo que suponía un esfuerzo no era tanto el precio de las entradas, más módico que el de los toros, sino el hecho de que iban las mujeres y sus hijos, por lo que había que sacar tres, cuatro, cinco o las entradas que fuesen necesarias.

Eduardo, era muy aficionado a los toros. Otros años ahorraba lo que podía, para poder adquirir una entrada. En cuanto llegaba a la Feria, lo primero era ir a las taquillas de la plaza de toros para asegurarse un asiento justo el día en que los vecinos del Argamasón acordaban para poder ir a la misma corrida. Sin embargo, ese año, a escondidas de María, había ideado una treta. Con don Manuel, un tratante de ganados de Albacete que se dejó caer por el Argamasón, ya había apalabrado y cerrado la venta de Marcos sin decirle palabra a María. Don Manuel no era tonto y, como buen negociante, quería quedarse a toda costa el animal, para acabar de criarlo y sacrificarlo en noviembre. El precio de la carne del animal despiezado iba a valer el doble que si se vendiese en vivo. Y de verdad que el cochino daba envidia por su peso y por lo sano y saludable que se mostraba. Por ello le adelantó a Eduardo, en señal, la mitad del valor acordado por el animal, para que no se lo birlase nadie. Entonces la palabra dada era sagrada y no hacía falta más papel firmado que un apretón de manos y un vaso de vino. Eduardo quedó con el tratante en que, justo el primer día de feria, en torno al mediodía, se acercase don Manuel con dos peones para llevarse el animal en el momento en que su mujer se ausentase con sus amigas a dar una vuelta por el recinto ferial a ver los puestos y a probarse unas enaguas que le hacían tilín. En ese momento, el tratante le pagaría lo que faltaba y se consumaría la transacción.

Efectivamente al volver María de su paseo se encontró con que el gorrino ya no estaba. Su marido la esperaba y le entregó una parte del dinero que le había pagado el tratante, no todo. A María se le antojó poco y le recriminó el que quizá había hecho una mala venta y que puede que lo hubieran engañado. Con tan pocos duros para poca reforma de la casa iba a dar. Eduardo calló, aguantando el chaparrón hasta que escampó.

Esa misma tarde se celebraba la primera novillada y Eduardo se escabulló de su mujer como pudo, justo a la hora en que sesteaban. Al volver Eduardo de los toros le preguntó que de dónde venía. Él le contestó que de dar un paseo, que tenía calor y que prefirió ir a los jardinillos de la feria donde había sombra. Debajo del carro se notaba el bochorno de un día cálido pero con los cielos cubiertos. De los peores del seco verano albaceteño. Los dos días siguientes se repitieron las circunstancias de tan sigilosa fuga con destino a los toros.

Al cuarto día, a María le fue Josefa, su vecina: “Pues ¿no he visto entrar a tu marido a la plaza toros hace un rato? Creía que eran visiones, pero me acerqué a él y efectivamente lo vi. ¡Anda con el millonario, pensé!”. Esto extrañó mucho a María y dio por carburar mucho a la molondra no intentando disimular su mosqueo. A las dos horas, media hora después de que terminase el festejo taurino, volvió su marido con la misma excusa de otros días: el calor que le impedía dormir y el frescor de la cercanía de las fuentes y de la sombra de los pinos.

Al día siguiente, María se acostó a la siesta con Eduardo, pero se esforzó en no dormirse. Al sentir cómo su esposo abría la manta, observar cómo se lavaba la cara con la zafa, se ponía la chaqueta y se echaba a andar en dirección al coso taurino, fue tras él. Lo esperó a la salida y en cuanto lo vio fue a su encuentro para pedirle explicaciones, toda furiosa. La cara de pasmo de su esposo fue para ponerle un marco.

Resulta que Eduardo, movido por su afición a los toros, había ideado la treta de vender a Marcos sin que su mujer lo supiera y engañarla. Con las dos terceras partes del dinero de la venta se sacó abono para toda la feria de toros, lo que habría sido imposible para su economía si no hubiese sido así. Cumplió su sueño a costa, eso sí, de un serio problema conyugal, al inicio de su matrimonio, de emocionarse con el toreo de capote de Armillita, con el temple majestuoso de los naturales de Barrera y con el valor de entrar a matar recibiendo del novillero Jaime Pericas.

El resultado fue que María estuvo casi un año sin hablarle a Eduardo, provocando la primera crisis matrimonial de un matrimonio que con sus más y sus menos llegó hasta casi los setenta años de feliz convivencia. Sin embargo, entonces, las únicas palabras que se dirigieron eran las imprescindibles para el buen gobierno de la casa. El control de los dineros y negocios del matrimonio por parte de María fue férreo, no permitiendo a Eduardo ni tomar un recuelo con sus amigotes del casino. Y se rumorea que lo mantuvo en tal abstinencia de sexo que creía ser el pobre Eduardo uno de esos atenienses mantenidos en huelga de toda actividad lúbrica por Lisístrata y las mujeres de Atenas hasta que cesase la guerra.

Por supuesto que muchos otros motivos provocarían situaciones parecidas o más graves incluso en sus muchos años de matrimonio. Poco a poco, la tensión se relajó. Fueron inteligentes y pusieron de su parte para que, las aguas volvieran a su cauce, cosa que muchas parejas de hoy en día no tienen y por la mínima ya están con los papeles en el juzgado. Dios quiera que muchas crisis de pareja se resolvieran así, con paciencia, perdonando y sabiendo valorar que la reforma de una cocina puede esperar un tiempo. Con todo ¡qué bien se lo pasó Eduardo ese año! ¡Lo que pudo presumir años y años en el casino con tal hazaña que ningún esposo se atrevió a siquiera soñar emular! ¡Y lo que se pudo emocionar con María, cuando ya viejos, contaban esta historia a sus nietos!

La vida del apóstol San Pablo es parecida, mutatis mutandis, a lo que hoy en día llamaríamos un emprendedor: es un hombre siempre en camino, siempre en cambio, sin miedo a nuevos retos, comportasen los sacrificios que fuesen necesarios. Tras su conversión, debido a haberse críado en la diáspora judía, en contacto estrecho con la cultura tardohelenística de la populosa ciudad de Antioquía, tuvo claro que el futuro del cristianismo no pasaba por predicarse al interior de la comunidad judía, al contrario. En el Concilio de Jerusalén tuvo que disputar agriamente con muchos de los demás apóstoles que pretendían lo contrario. El Evangelio, según intuyó Pablo, era para todo hombre y para toda cultura. Por eso, durante años anduvo por el Oriente del Imperio Romano, en concreto por Palestina y Siria, la península de Anatolia y por Grecia, hasta terminar en Roma.

Actuaba muy metódicamente. Llegaba a una ciudad y predicaba el mensaje de la Resurrección. Tenía más o menos éxito. Si conseguía la conversión de un pequeño grupo de vecinos, se dedicaba a instruirlos y a formar con ellos una comunidad lo más organizada Posible. Pero, en cuanto consideraba que el grupo estaba ya maduro, y podía regirse por sí mismo, hacía el hato y vuelta a empezar en otro lugar. Sin embargo nunca dejaba de tutelar a la comunidad de la que partía. Se interesaba por recibir mensajes y por atender a viajeros que constantemente le visitaban. Sus cartas son fruto de esa relación de cuidador solícito que mantenía con sus fundaciones. Cuando se enteraba de un problema concreto (como cuando intervino en la dividida comunidad de Corinto) les escribía. Con ello, su magisterio era más que tenido en cuenta y ejercía un efecto sanador basado en su autoridad apostólica.

Vivimos tiempos complicados, de incertidumbre, cambios, dolor, esfuerzo sin recompensa… Quizá no más duros que otros tiempos, como los de san Pablo, pero sí que es cierto que cada tiempo tiene su afán y toda comparación es odiosa.

Sin embargo, el tiempo de prueba es necesario. Acomodarnos, no cambiar, nunca es bueno. El exceso de sofá cómodo atrofia los músculos de cualquiera, aunque la calma y la paz sean deseables un tiempo e imprescindible el descanso y la tregua en mitad de la batalla. Echar la vista atrás lleva a que encontremos momentos en los cuales luchamos por conseguir un fin, cumplir un anhelo, alcanzar una meta. También hay instantes y estados de tranquilidad en los que hemos llegado a un estado de calma, en los que parece que disfrutamos de lo conseguimos, en que sólo hemos de de gestionar el logro exitoso; pero de pronto, o bien sobreviene el imprevisto, o bien, la rutina, el aburrimiento u otros factores nos hacen sentirnos a disgusto y querer dejarlo todo y buscar perspectivas nuevas. Es un sino inevitable en el ser humano que quiere crecer: el inconformismo.

Tenemos que estar preparados para afrontar el imprevisto (una persona que desaparece, que nos deja; un trabajo que perdemos sin esperar; un accidente…). Pero, superado el primer  golpe, tras el noqueo inicial, no hay más remedio que echar a andar. No tenemos recetas para responder a la variada casuística de cada situación, pero sí que podemos atesorar recursos para recuperarnos (resiliencia, creo que le llaman a eso. ¡Qué palabro, Señor! Resistencia a la adversidad, en definitiva) y que la caída no se convierta en derrota permanente. “Fecundo en ardides” era el epíteto que Homero daba a Odiseo. Un hombre de recursos, astuto, que a todo era capaz de dar solución con un espíritu de lo más ingenioso.

Pero, sin embargo, aun contando con ello, estoy convencido de que la mayor parte de los cambios que nos han sucedido han sido conscientemente buscados. O bien por culpa de nuestros errores, o bien a causa de una adecuada aplicación de nuestra voluntad, inteligencia y demás talentos a todos y cada uno de los retos que tenemos delante. Dido, al perder a Eneas, estuvo abocada al suicidio al no poder retener junto a sí al amor de su vida. Teniendo en cuenta que los dioses griegos marcaban el destino de los mortales, poco podía hacer. Pero ¿el suicidio fue la mejor salida? Desde nuestro punto de vista, no.

Lo malo en parte puede ser imprevisto, pero en buena medida buscado. No hay que echar balones fuera. En general, nuestros problemas son nuestra responsabilidad, sumados, por supuesto, a lo que los demás ponen de su parte. Lo que nos ayuda a crecer es aprender de ellos, analizarlos bien, extrayendo lo bueno y convirtiéndolo en lección, para que se transformen en estímulo. Es terrible quedarnos en el error y que sea paralizante o que incluso nos destruya. Conozco casos de personas que tras una experiencia traumática generan tal miedo que no desean repetir la experiencia, aun a sabiendas de que puede que no se repita. Se cierran a buscar el amor de otra persona porque sus vivencias anteriores han sido traumáticas; creen que no son capaces de llevar a cabo una tarea parecida a la que han fracasado, etc. Cuando no es así. Somos como un viajero en una estación de trenes. Van pasando uno tras otro y por miedo a caer a la vía no subimos a ninguno. Al final, la vida se nos pasa en el andén y nos lamentamos de que otros sí lo hicieron y explotaron la oportunidad que nosotros no quisimos aprovechar por miedo a cambiar y abandonar la comodidad de nuestro sofá.

 

#Bebeabu, abuelita, bolita, hace dos meses ya que nos dejaste, pero quiero darte las gracias. Es lo último que puedo hacer por ti. Vuelvo al blog tras tres meses sin escribir porque te debía esto y me ha costado lo mío escribirlo. Si escribía algo antes sentía como que te estaba faltando.

  • Gracias, Dios mío, por haber hecho nacer a mi #bebeabu del abuelo Domingo y la abuela María y haberla hecho vivir noventa y un años.
  • Gracias por haber encontrado al abuelo y haber vivido con él setenta y cinco años compartiendo alegrías y penas. Mi hermana y yo decimos a menudo que vuestro matrimonio es el amor que quisiéramos para nosotros.
  • Gracias por haber traído al mundo a cuatro hijos, entre los cuales está mi madre.
  • Gracias por haber cuidado de ellos mientras el abuelo estaba movilizado, durante la Guerra Civil que, aunque lo tenían en plana mayor, haciéndoles café a los oficiales de su regimiento, sin pegar un tiro, fueron casi tres años sin él.
  • Gracias por haber soportado el peso de la familia cuando el abuelo se quedó ciego en el año 46, con tres niños pequeños. En el pueblo decían que os ibais a morir de hambre pero, gracias a tu fuerza y a no tener miedo al trabajo, pudisteis progresar.
  • Gracias por tener el valor de dejar el pueblo e ir a la ciudad en busca de una vida donde no se trabajase de sol a sol, buscando un porvenir mejor para tus hijos.
  • Gracias por contribuir a crear una gran comunidad de vecinos en tu bloque de pisos de Albacete, donde se vivía como en una gran familia.
  • Gracias por alegrarte con mi nacimiento y por no importarte cuidarme en mi más tierna infancia, cuando mis padres se fueron a trabajar a Suiza y me dejaron a tu cargo.
  • Gracias por estar ocho meses en la Fe de Valencia al lado de un hijo de catorce años, sin separarte de su cama, viendo cómo se te moría de cáncer.
  • Gracias por proteger a mi madre y a nosotros, cuando el clima familiar en nuestra casa se deterioró a causa de los problemas de mi padre y por estar con nosotros en el violento proceso de separación de mis padres, como se apoya en una familia al eslabón más débil.
  • Gracias por la infinidad de tardes junto a ti y el abuelo, en la mesa camilla, haciendo deberes mientras cosías, sesteabas, hablabas o veías la televisión.
  • Gracias por tu sonrisa cuando te cruzabas conmigo por la calle o cuando me llamabas a voces desde el balcón para que subiera a casa a por la merienda.
  • Gracias por recorrer media ciudad con tu carro de la compra buscando un bote de tomate barato para revenderlo en la tienda de mi madre más económico de cómo nos lo daba el proveedor y así, arañar algunos duros para la casa.
  • Gracias por permitirte ver cómo, por las mañanas, te peinabas tu trenza y te hacías tu moño, con infinidad de horquillas, y cómo lo lucías orgullosa.
  • Gracias por verte cocinar, horas y horas, delante de los pucheros y hacernos así gozar a todos de memorables guisos.
  • Gracias por tus veranos en la playa, que compartíamos con vosotros, por verte barrer las hojas del patio,  por ir a bañarte con el abuelo…
  • Gracias por las veces que te venías conmigo y con el abuelo a Socovos integrándote como una más en el pueblo y por mostrarte orgullosa de tu nieto.
  • Gracias por tu hermoso rostro y por tu piel tersa que hemos heredado casi toda la familia y que hace que quien nos conoce crea que tenemos menos años que los que en realidad dice nuestro carnet de identidad. Si hasta cuando te morías estabas guapa.
  • Gracias por tu fe, esa fe sencilla y profunda, que te hacía buena persona y que te hacía vivir las realidades de Dios con naturalidad y como una presencia viva y real.
  • Gracias por tu forma de hablar, por tus dichos y chascarrillos (“romero verde, romero mojado, si tú me quieres ya nos hemos apañado”) que me llevaban a otros tiempos y otra cultura, pero que conservaban un gran español rural, el de los pueblos de alrededor de Albacete.
  • Gracias por vivir tu deterioro y tu enfermedad, por convivir con el alzheimer, esa dura enfermedad que te iba haciendo desaparecer poco a poco.
  • Sí, te doy las gracias, porque para mí y para mi familia ha supuesto una prueba de amor. Estar a tu lado un montón de días, sólo vigilándote, a tu lado, me ha hecho ser mejor persona de lo que era, menos egoísta, más tierno y sensible. Y sé que muchos, a quienes no conoces, han aprendido a ser también menos egoístas viendo cómo estábamos a tu lado asumiendo algunos sacrificios por ti.
  • Gracias a tu enfermedad me he acercado más a mi madre y a mi hermana, las he redescubierto y he aprendido mucho de ellas. Lo que han sufrido por ti ha sido algo muy hermoso de contemplar.
  • Gracias tus muchas hospitalizaciones, de las que salía triste, abatido, pero con la alegría de que al menos estabas viva, con nosotros.
  • Gracias por tus últimos días.
  • Gracias por esos diez milagrosos minutos de lucidez en los que, tras meses sin hacerlo, nos reconociste a todos, nos distes besos, le dijiste a mi hermana que estaba muy guapa y me reconociste como tu nieto, el número uno, que siempre me lo decías, el que más querías.
  • Gracias por permitirme pasar una noche en vela pegado a tu cama de hospital, cuando ya no había esperanza, llorando y cogiendo tu mano sin fuerza. Fue una noche especial, la última contigo. Intuía que iba a ser la última.
  • Gracias por morir en Viernes Santo, cuando Cristo. Para un cristiano, entender y vivir el Misterio Pascual es lo más grande. Después de años celebrándolo has tenido que morir en fecha tan señalada para hacerme entender que no morimos, sino que vivimos más y mejor. Sólo he perdido tu presencia física, pero tu presencia nunca.
  • Y gracias por cuidarme desde el Cielo, y por estar gozando del descanso eterno y de la dicha perfecta, por estar junto a los que has querido y que te precedieron, preparándote el camino.

“Como la lluvia y la nieve bajan del cielo,

y no vuelven allá, sino que empapan la tierra,

la fecundan y la hacen germinar,

y producen la semilla para sembrar y el pan para comer,

así también la palabra que sale de mis labios

no vuelve a mí sin producir efecto.”

Is, 55, 10-11a

Es el segundo Wittgenstein, el de Investigaciones filosóficas, quien imprime un giro pragmatista a su filosofía. Ya no se trata de buscar la logicidad del lenguaje, sus meras estructuras lógicas ni, por tanto, de reducir el lenguaje a la lógica. Ahora hay que estudiar cómo se comportan los usuarios en su utilización del lenguaje, cómo se habla, para qué se habla, qué intención tenemos al hablar. En definitiva, la filosofía del lenguaje sería la ciencia que busca delimitar el uso que hacemos los hablantes de la lengua, para qué nos sirve, cómo aprendemos a hablar y qué queremos hacer con la lengua (un pragmatismo lingüístico, en definitiva). Ya no hay que buscar sólo y exclusivamente el sentido de una proposición en la medida en que represente un estado de cosas lógicamente posible tal y como postulaba el Wittgenstein del Tractatus (si p entonces q…).

En la vida cotidiana nos manejamos así. Usamos la palabra con una intencionalidad, sea ésta la que sea. A veces el uso está cargado de alogicidad, pero no por eso deja de ser legítimo ni factible o deseable.

Así pues, como hablantes, cuando queremos herir, la palabra odio es la más adecuada. Hasta en su misma fonética es terrible. El te odio se asemeja a un venablo lanzado contra un venado con la intención de matar. ¡Y vaya si lo logra!

Si quisiéramos buscar otra palabra con significado hondo, amor es la primera que me viene a la cabeza. Por amor se han hecho las mayores proezas. Somos capaces, por él, de sacrificarnos de un modo indecible, de abandonar ese fondo de seguridad y comodidad que nos creamos para vivir en lo que pensamos que es paz y hasta de dar la propia vida. Recuerdo a san Maximiliano Kolbe, ese sacerdote polaco que se cambió para morir de hambre por un desconocido en el campo de concentración de Auschwitz alegando que él era viejo y estaba solo, debido a que su beneficiario lloraba por sus hijos ante la inminencia de su propia muerte. O la de infinidad de personas que por una mujer o un hombre lo han arriesgado todo por unirse de por vida a su amado, sin importarles nada. Quieren edificar, desde la cotidianeidad de una vida compartida, el gran edificio que es el amor de una pareja. O la madre y el padre que dejan de comer con tal de dar alimento y calor a sus polluelos.

Vivir en y desde el amor es el gran anhelo de mi vida. Por él he procurado moverme con mis errores, vicios y pecados, lo reconozco, que son muchos. He de confesar que es una de esas palabras que en mi corazón no están desgastadas ni suenan a hueco. El amor existe. No hay más que tener algo de sensibilidad para verlo a nuestro alrededor actuando.

La palabra amor, según su uso como entrega desinteresada a los demás, parece que es un continuo abandonarse en el otro pero no lo es. Somos humanos y vivir sólo dando es muy árido. Necesitamos, en términos económicos, un retorno de la inversión. Al final, sin saber cómo, el amor entregado encuentra su correspondencia y, de un modo u otro, vuelve a nosotros y nos premia. El premio suele ser: una vida feliz, una conciencia tranquila, la constatación de que para alguien You are the first, my last, my everithing, (tú eres mi principio, mi fin, mi todo) como cantaba Barry White u otras infinitas manifestaciones. El egoísmo sólo lleva al odio, a la soledad, a la intranquilidad constante, aunque sea posible creer que estamos bien instalados en él.

El otro día, una persona me dijo que desde que me trata había aprendido de mí a ser menos egoísta. Me sorprendió, pues mi ejemplaridad, por muchas razones, no es mucha que digamos. Pero el premio al sello que he puesto en ella  me llegó como un regalo cuando me prometió cuidarme siempre. Ese ha sido el mayor retorno recibido hasta ahora de las palabras y gestos (que también son lenguaje) que he invertido en ella.

En definitiva la palabra amor es como la lluvia y la nieve, que bajan a la tierra, la empapan, la fecundan y vuelven al cielo que las vio bajar. De ahí el poder de las palabras.

El pasado sábado día 18 de febrero y el domingo 19 quedamos en Sevilla una pequeña pandilla que se ha formado en twitter, los guapos reversibles (#reversibles o #guaposreversibles). Ese término lo acuñó @anafdezbosch. Con él se quiere dar a entender que sus miembros somo guapos, perfectos y maravillosos tanto por dentro como por fuera. Se nos da la vuelta (cualidad de reversibilidad) y somos igual de bellos.

Para mí el viaje comenzó muy temprano. A las tres de la madrugada salí de Albacete y emprendí mi periplo en coche. Ya la noche de antes @carmenjcc y @olgamagica quedaron a cenar con @espemorgado en su casa, en una amable velada.

Llegué a Sevilla sobre las nueve y recogí en el aeropuerto a @anafdezbosch. Un ángel negro que arrastraba una pequeña maleta, con un abrigo corto de piel, oculta la mirada tras unas gafas de sol y masticando chicle. Daba pasos rápidos hacia mí. Tras el saludo de rigor buscamos aparcamiento en Sevilla. En ese momento ocurrióseme decirle que hasta las dos nada de nada. Cada mochuelo a su olivo. La pobre pensaría que qué me pasaba para querer quedar tan tarde. Perplejidad.

Nada. Todo fue una confusión. Al poco, estábamos cerca de la calle Sierpes, y un poco más tarde todos juntos. Fue un feliz momento de encuentro. Personas de las que conocíamos mucho y con las que compartíamos infinidad de tuits y confidencias al fin nos podíamos mirar a los ojos y reconocer nuestros rasgos entrevistos si acaso en foto.

Cañas, tapas y a comer. Juntos ya  @espemorgado @carmenjcc @olgamagica @juangaso @anafdezbosch y un servidor. Se nos unió una persona inesperada que ya conocía @juangaso, @patridekimi. Se celebraba un evento político importante y ellos se encontraban en Sevilla por esa razón, trabajando. Sin problemas se integró con nosotros como una más. Vimos también a Carlos Latre, pero no se enrolló. Eso sí, lo pasamos bien riéndonos con él.  Se incorporó al rato @martasegura traída a nosotros por su amistad con @anafdezbosch.

La tarde acabó en una terraza tomando una copita con unas maravillosas vistas a la Giralda.

A la noche quedamos en un restaurante a cenar. El ambiente fue estupendo y la comida excelente. A los postres, en espíritu y corazón,  mi hermanica @vivotrini, que también es tan guapa reversible como su hermano, se materializó entre nosotros. Había preparado con mimo una cajita llena de dulces chocolates que consumimos con alegría. Al abrirla había sorpresa. Una serie de notitas de papel con “aquellos tuits que jamás deberíamos haber escrito” cada uno. La risa estuvo asegurada sólo con su lectura. Tuvimos el detalle de llamarla para agradecérselo. No estuviste físicamente con nosotros pero te has ganado un lugar en el corazón de todos y cada uno de los demás guapos reversibles.

Algunos acabamos en una discoteca hasta altas horas.

El domingo amaneció tranquilo para mí. Era temprano había dormido poco, es cierto y la resaca de la trasnochada se notaba, unida a un sábado intensísimo y un madrugón soberbio, pero no me iba a perder una mañana como aquella en Sevilla. Ya descansaría cuando pudiera.

Esa mañana fue dedicada sólo a una persona: @anafdezbosch. Quedamos cerca de la Catedral a tomar un café. Estuvimos un buen rato en una más que sincera y bella conversación. Una gitana nos echó la buenaventura y nos desplumó tras darnos a cambio una ramita de romero. ¡Qué gran vendedora! Nadie me había llamado “equesito” hasta entonces, vaya por Dios. Por ello me cautivó la gitana y por ello me sacó cinco euros que, si no me pilla algo despierto, se habrían convertido en algo más.

Al poco emprendimos un paseo cuyo fin fue mi coche. Fuimos al aeropuerto, comimos juntos y nos despedimos con un sentido abrazo.

Es mucho lo que aprendí de ese fin de semana de todos y cada uno de los guapos reversibles. Primeramente afiancé lo que ya sabía: que @anafdezbosch es una gran mujer que aporta muchísimo a mi vida. Fue un placer todo el fin de semana, especialmente esa mañana de domingo que compartimos solos. Te estoy muy agradecido por ser y estar y por ser un apoyo que te acercaste a mí cuando lo necesitaba y que me salvaste. He aprendido a ser más positivo, a vivir la vida a borbotones, a gozar de lo bueno de la vida y a sacar de mí lo que me mataba. Seguro que tú también aprendes de mí. Gracias. Ay, que lloro.

También estuve con la gran mujer que es @espemorgado que está más favorecida al natural que en esas fotos que pone de avatar en twitter. No sé por qué. Dulce y entera, fuerte y sensible. Y luchadora, buscando su felicidad y dando pasos, difíciles, pero necesarios para ella. Tu fuerza, tu valor y ese corazón que antepones muchas veces a la razón me hace sentir que a todo no hay que ponerle una razón y que hay que asumir los riesgos del corazón. No todo es cerebro.

Conocí a @juangaso, hombre de frente despejada, amable, sensible y con un humor que ya quisiera yo para mí. Qué gran amigo. Te quiero, amigo. Quisiera tener esa bonhomía, ese saber estar, esa bondad que nunca aburre, que habla por los codos. Nuestros encuentros futuros harán posible que pueda volver a disfrutar de ti.

Y qué pareja @olgamagica y @carmencjj. Tendríais que ver qué alegría, qué bondad y qué cariño desprende su humanidad. Son un verdadero encanto. La juventud que nunca se acaba, la amistad de tiempo, la confidencia que no se cierra en sí misma sino que se abre a mí y a los demás. Gracias por ser como sois y por esa gorra y esos leotardos de color rosa que lucís sin pudor alguno.

@patridekimi esa rubia del norte con ese acento tan de allí, que parecía que se la tragaba el móvil de absorta que se la veía a cada momento en el pero que era capaz al mismo tiempo de seguirte y hablarte y reírse contigo. Gracias por el azar que te trajo a mí. Eres grande.

@martasegura a quien seguía desde hacía tiempo y a quien puse cara en ese momento. Mirando la Giralda te tenía a mi lado. Hablamos de golf, de tu trabajo, de Sevilla, de Triana. Me costó entenderte en un primer momento, hasta que se me hizo el oído, pues ¡vaya acento el tuyo! Mu zevillano. Me encantaste. Encantado y feliz de haberte conocido.

Y María Ángeles, gran amiga de @espemorgado que se unió a nuestra panda y que también compartió con nosotros agradables momentos.

Y por último, mi hermanica @vivotrini que estuvo entre nosotros y con nosotros y que, gracias a twitter, está descubriendo un hermanico del que apenas tenía noticia debido a su cabezonería y a sus modales rústicos. Pero parece que va cambiando a mejor nuestra relación de hermanos. Unidos cuando las cosas nos van mal, pero distantes a veces. Tenemos que corregirlo. Y creo que lo vamos consiguiendo.

Evidentemente, esta imagen es ideal. Todos tenemos nuestros problemas, nuestros defectos, nuestras manías que conocemos o que vamos descubriendo, pero lo cierto es que eso no lo vimos ni lo quisimos ver. Fue una fiesta de la amistad. Un encontrarse. Gente que se quiere y que quiere compartir su cariño de un modo sano, que quiere gozar del otro y seguir queriéndose.

Twitter está cambiando las relaciones sociales. Su inmediatez, interactividad y ubicuidad favorecen el que acontecimientos como estos sean posibles. Personas tan diferentes, de lugares lejanos entre sí a veces, se empiezan a hablar en una red social, estrechan sus lazos, desean verse y buscan los medios para hacerlo y quedan satisfechas de lo que ven. Las personas limpias y buenas se conocen ya, sólo le ponen piel y carne a lo que ya habían percibido en infinidad de momentos. Bendita tecnología que hace que podamos y queramos saludarnos todas las mañanas, llamarnos, guasapearnos…

Al final, una ciática y una ampolla merecieron la pena. Ad usum privatum.

Mi Lukas era una unidad de destino en lo universal. Único e inmarcesible, pues confluían en él todas las virtudes y defectos de lo perruno y estaba destinado a la eternidad que le otorga el ser prototípico.

Dicen que los perros son casi humanos, que son el mejor amigo del hombre y demás tópicos. Pues, bien, mi Lukas no era nada de eso, era un perro con todo lo que de canino tiene el término.

Mi hermana es muy caritativa. Tuvo noticias de que en un criadero había nacido una camada sin pedigrí ni raza conocida, compuesta por una mezcla de mastín español y pastor belga. Esos perros no tienen venta y su destino es el sacrificio. Sin dilación, se llevó uno pero, con la excusa de que su piso de la Calle del Escritor era muy pequeño me lo endilgó a mí, cual graciosa dádiva o presente.

Yo ni había tenido perro en mi vida ni lo quería pero, por no hacer un feo a mi Trini, cargué con el perro con cierta preocupación y desasosiego por la responsabilidad que se me venía encima.

Lo conocí en el aparcamiento del Carrefour. Estaba en una caja de cartón con agujeros a modo de respiraderos que, con sus movimientos, se me antojaba que se movía ella sola. Se le oía llorar, inquieto, y rascar las paredes de su cárcel e intentar salir. Lo llevamos a mi coche y lo llevé a Socovos.

Era una preciosa bola de pelo negro con manchas blancas en las patas, cola, vientre y nariz, con cabeza muy grande, propia de un mastín y cuerpo que denunciaba las características morfológicas de su madre. Poco a poco empezó a crecer y mi preocupación aumentó porque el cuerpo se alargó y las patas no. Creía que tendría una deformidad o que se iba a quedar como un engendro de perro salchicha. Sólo al cabo de unos meses su cuerpo se elevó, con gran alivio mío, como quien le pone un gato a un coche y adquirió unas proporciones formidables: un metro de largo, una altura de medio metro y unos setenta kilos de peso.

Aunque daba algo de miedo ver su estampa, enseguida se hizo muy sociable. Se lo dejaba a los niños del pueblo que estaban encantados con el perro que tenía el cura (no con el perro del cura). Le encontré utilidad: servía para hacer parroquia, la verdad. Mi Lukas de apostolado. Sin embargo, su labor evangelizadora terminó en cuanto tuve noticias del primer feligrés que cayó al suelo en una de sus potentes arrancadas. Ahí se acabó.

Su vida transcurrió en un patio que fue huerto en su momento. El huerto propiamente dicho ocupaba un altillo bastante extenso ocupado en gran mediad por un laurel y por una gran higuera que le dejaba espacio suficiente para que estuviera a sus anchas con el debido recogimiento. Al principio se escapaba por la rendija de una puerta y desparecía durante días. Las primeras veces me preocupaba; después no tanto, pues aparecía siempre, cansado y agotado, cuando menos me lo esperaba. Mientras tanto me llegaban noticias de que lo habían visto por tal o cual bancal, de que se había hecho el líder de una manada de seis o siete perros, de que había sido visto en Férez… Siempre volvía, sucio, arañado por gatos, sus peores enemigos, y cargado de garrapatas y pulgas. En un momento dado sospeché de la índole sexual de sus escapadas. En poco tiempo, el pueblo empezó a llenarse de perros de lo más variopinto, en tamaños y hechuras, pero con un sospechoso pelaje negro con mechones blancos que me estaban emparentando con media feligresía, con una paternidad más allá de la espiritual y propia de un sacerdote católico.

El Lukas comía todo lo que un perro puede comer más algunas otras cosas más, como patatas, manzanas, pescado, roedores que mataba o incluso moscas, a las que acechaba inmisericorde. Cuando las tenía entre sus fauces las masticaba y tiraba la cáscara una vez extraído el jugo del insecto.

Le dio por cantar, digo, por ladrar, y sus conciertos eran de lo más sonoro. Algún vecino tenía paciencia; otros me respetaban por aquello del cargo aunque por lo bajinis reprochaban mi conducta. Pero al final di en hueso: José, uno de esos socoveños que iban de uvas a peras al pueblo, me montó un pollo en plena calle que no veas: “vengo a descansar al pueblo y me encuentro con un chucho de mierda que no me deja dormir”. A tal grado creció la tensión que hasta incluso el policía municipal habló conmigo en mi despacho para evitar males mayores. Total, que, se ganó por ello el privilegio de dormir en casa, en vez de bajo un porche que lo protegía bastante bien del frío. Cuando estaba fuera, mi vecino Antonio de la Amparico, que tenía llave de la casa parroquial, se encargaba de dar de comer y de beber y de guardar por la noche y sacar por la mañana al Lukas. Con ello se evitaba el que ladrara a las cuatro de la madrugada.

Mis abuelos y mi madre iban a temporadas al pueblo. No le tenían mucho cariño al perro, la verdad, especialmente mi madre. Ella ha sido muy del qué dirán y, quizá por querer presumir de la condición sacerdotal de su hijo, no veía muy bien aquello de un cura con perro. Mis abuelos, sin embargo, sí que le tenían cierto aprecio. Mi abuela le guisaba unos caldos más que nutritivos con sobras de todo tipo y con mucho pan duro que al Lukas le encantaban y lo sacaban del rutinario pienso. ¡Qué alegría cuando la veía aparecer con el humeante potaje! Me salió gourmet sibarita, el can.

Mi abuelo estaba ciego y a mi abuela ya empezaban a notársele los años. Tenía por ello miedo de que, en un arrebato de cariño o queriendo jugar, se acercara a ellos, se les encaramara y los tirase al suelo provocándoles algún mal. Así pues lo educamos a que los respetara. Si los notaba cerca, se acurrucaba en un rincón y, observante, pero quieto, no estiraba un músculo hasta que desaparecían de su vista.

De las monerías propias que hacen de un perro algo gracioso sólo aprendió dos: a levantar la pata izquierda y a sentarse. En todo lo demás era de lo más anárquico. Se te subía, te mordía el brazo y, hasta en épocas de celo hacía el amor con tu pierna si te descuidabas. Odiaba el agua. El baño para él era un tormento. Cuando me veía enchufar la manguera, hacía por desaparecer. Se acurrucaba en un rincón y bajaba la cabeza, temeroso. Tenía  entonces que atarlo corto para que no escapara. Una vez mojado se le veía cara de terror. Eso sí, como lo encantaba que lo rascaran, cuando lo enjabonaba, se le notaba que disfrutaba. El secado era espectacular: una fuente parecía cuando se sacudía el agua atrapada en su tupido pelo, como lluvia de perlas. A menudo, sin embargo, mis esfuerzos eran inútiles. Al minuto se había rebozado en la tierra del huerto con mi correspondiente cabreo.

Lo entraba muchas veces al salón de casa, conmigo. Allí nuestras siestas en amor y compaña eran un placer. Yo en mi sillón; él al lado mío. Para controlarme se tendía a mi lado y ponía una de sus patas sobre uno de mis pies. Si me movía se levantaba y se ponía en guardia agitando la cola veloz y alegremente con la esperanza de un paseo. Las siestas las presidía la televisión que servía de ruido de fondo. Lo más soporífero eran los reportajes de la segunda cadena de Radio Televisión Española. Si algún perro, gato, león, tigre o hiena emitía algún sonido buscaba en el aparato electrónico al animal. Reconocía el ladrido, pero no su fuente de procedencia. Le gruñía a la tele y, si el ruido persistía, acababa ladrándole airado. Cuando estaba despierto era insoportable. Se te subía al brazo del sillón con intención de besarte o de cogerte el antebrazo y tirar de él, nunca de morderte. Los muebles de los que pendían mechones de pelo lucían sus arañazos. Había un sillón viejo que era su predilecto, sito en un rincón. Se subía en él, se acurrucaba y allí se dormía profundamente. Era muy divertido ver sus espasmódicos movimientos cuando soñaba y sus placenteros gemidos.

Disfrutaba mucho de verlo correr. Iba por el campo a su aire, olisqueando todo, levantando la pata y orinando en cualquier aliaga o tomillo. Me hacía entonces el despistado y me alejaba de él lo que podía. Cuando me echaba de menos empezaba a mirar inquieto, con la cabeza alta y, una vez localizado, corría como un loco hacia mí. Me encantaba verlo en su plenitud de gran animal.

Tenía un gran amigo, Marcelino, un pequinés propiedad de Paco el de las Carnes, así llamado porque, hasta que se jubiló, vivió de una carnicería. Marcelino era mucho más pequeño que el Lukas. Les encantaba jugar y se pasaban las horas juntos. Sus juegos eran hacer como que se mordían. Eran vanos los intentos de Marcelino por saltar a morderle las orejas al Lukas. No llegaba. Eso sí, cuando mi perro se hartaba, inmovilizaba a Marcelino con su poderosa pata. Quedaba Marcelino despatarrado y chafado contra el piso sin poder hacer nada hasta que el Lukas quería. Marcelino murió y noté a mi perro desconsolado y triste. Notaba su ausencia.

Muchas noches iba a casa de unos feligreses y amigos. Era un matrimonio que tenía dos niños pequeños entonces. Una tarde fui a tomar café y llevé conmigo al Lukas. Jaime, el hijo menor, tenía cuatro o cinco años. A mi perro le tenía mucho cariño pero también cierto respeto. Jaime era de los más bajitos de entre los niños de su clase, de tal modo que su estatura era más o menos la de mi perro. Se colocaron, uno frente al otro mirándose fijamente a los ojos e inmóviles durante uno o dos minutos. Y, de pronto, sin previo aviso, la sonrosada y enorme lengua del Lukas emergió de entre sus dientes y recorrió de abajo a arriba la cara de Jaime, llenándola de babas. El Lukas le demostró así su cariño pero la reacción de Jaime no fue la misma. Tras la sorpresa que lo aturdió un poco, unos cuantos improperios salieron de su boca.

Durante varios veranos organizábamos campamentos en la parroquia. Un año el Lukas se vino de acampada. La verdad, daba juego. Era tan sociable que fue un gusto que fuera el juguete de todos. Pero he de reconocer, que se ponía muy pesado. Y lo tenía que atar para que no molestase, especialmente durante las comidas. Era muy zalamero y miraba con cara de lástima a los comensales. Iba a ver si pillaba alguna sobra de algún chaval generoso. Sin embargo, juzgué acertadamente que, por razones de higiene, tenía que estar atado en esos momentos. Pues bien, una vez lo encadené a un pino, no demasiado grueso pero sí muy alto en plena canícula de julio. De improviso, mientras se servía el segundo plato, vemos una polvareda creciente que avanzaba por el campamento en dirección a nosotros. Era el Lukas que, a base de tirar, había arrancado el pino y lo arrastraba tras de sí, remolcándolo con la cadena que lo fijaba al árbol. Los resultados fueron el derribo de varias tiendas de campaña, la licencia definitiva de mi perro como campista y el descubrimiento de un Sansón perruno, admirado por su fuerza.

Tras una vida más o menos feliz, enfermó al cumplir los siete años: la horrenda leishmaniosis o enfermedad del mosquito. A los perros les pica un tipo de mosquito que se da en climas cálidos y en el sur de Europa. Su cura es muy complicada, cuando no imposible. Pierden fuerzas, sobre todo en sus cuartos traseros, su carácter se entristece, se amustian, dejan de tener apetito, adelgazan mucho y sus uñas crecen anormalmente. Tras intentarlo, sin resultado, con unas inyecciones que le administraba un veterinario hubo que optar por la peor de ellas: la letal. Fue muy triste para mí ayudar a su muerte, pero no hubo más remedio que hacerlo.

En definitiva, que para mí fue una bendición su tenencia. Sé que me ha querido de un modo incondicional. Todos los que tenéis uno lo sabéis. Un perro es una maravilla y mi Lukas más. Además salió a su amo: perro como él, pocos ha habido bajo el sol. De humano poco, a menos que la humanidad de mi Lukas se midiese por su corazón animal, grande: el de su amo es mucho más vil, pero igual de perro que el suyo. Ojalá la vida nos traiga amores tan agradecidos como los que un perro nos puede dar aunque, somos humanos y, por tanto más interesados. Es todo más difícil. Podemos amar, pero siempre nos reservamos algo. Sólo el amor de una madre por sus hijos se asemeja a la totalidad amatoria de un perro. Entre esposos o parejas es más difícil y más en los tiempos que corren en los que el compromiso se relativiza tanto y nadie quiere atarse y todo el mundo va a disfrutar. El hedonismo, la comodidad ante todo y el amor de usar y tirar, con límite de caducidad siempre, sin gratuidad ni entrega.

Querido Lukas, espérame en el cielo. Allí correremos por las verdes praderas celestiales. Mientras tanto, súbete al regazo de la Virgen María, que es muy buena y te soporta todo. Pero cuidado con molestar y tirar a san Joaquín y santa Ana, los abuelos del Señor, que están mayores y una rotura de cadera… Y, sobre todo, no te acerques a san Pedro, que tiene malas pulgas y lo mismo te manda al infierno, donde ni tú ni yo queremos estar.

Soy afortunado. He tenido uno de los, si se puede llamar oficio, más envidiado por lo poco que se trabaja: el sacerdocio. Tras secularizarme, me he buscado las habichuelas en la enseñanza, aun sabiendo que es un trabajo de los más odiados por sus tres meses de vacaciones pagadas al año, las tardes libres… Sólo aspiro a ser político, por lo mucho que se gana, para acabar siendo un hombre laboralmente feliz.

Lo bueno que tienen el sacerdocio y la enseñanza es que son algo más que un trabajo. Sabe Dios que si la Iglesia relajase su disciplina respecto al celibato, volvía, pues es un estado de vida único. Fui muy feliz porque que alguien tan inútil como yo pueda traer a Dios a un trozo de pan y de vino y no pase nada es maravilloso. O que el perdón de Dios llegue a un espíritu angustiado, no te digo lo que mola: un huevo. ¿Qué decir de la enseñanza? Ayudar a un adolescente a crecer como persona, verle que aprende y que hasta te sonríe cuando lo has suspendido satisface (no en todos los casos es así, matizo). Por esas razones y por muchas otras, repito, que, con mis trabajos he tenido suerte. De la política, mejor no hablo. Prefiero ganar dinero de otro modo.

Lo cierto es que opino que trabajar con seres humanos es duro pero gratificante. En un despacho en contacto con papeles exclusivamente o con un reducido grupo de compañeros de trabajo, me muero. El caso es que, en definitiva, como dice una tuitera muy volcada al mundo de la motivación, en uno de sus tuits: “quien trabaja en lo que le gusta, no trabaja ni un solo día”.

Sin embargo, mi primera vocación fue la de alquitranero: ni futbolista ni torero, ni cura ni profesor, alquitranero.

Albacete es una ciudad pequeña; en mi infancia, un pueblo grande. Mi barrio, aledaño a las Casas Baratas, se construyó en los años sesenta y setenta. Está situado entre el barrio de Fátima, la Carretera de Circunvalación y la Feria y formado por bloques de pisos de unas tres o cuatro alturas que incluso llegan, en algunos casos a las ocho. Hoy en día el barrio se ha degradado mucho. Las viviendas son muy grandes pero no tienen las comodidades que le exigimos a los más modernos como calefacción, ascensores o garajes. Los primeros propietarios han envejecido mucho o se han muerto y sus hijos, generalmente han establecido su hogar en otros barrios. La inmigración llena el hueco que van dejando. Pero aún en los ochenta y primeros noventa era un barrio obrero y de clase media-baja formado por gente de pueblo que había ido a la ciudad en busca de mejores condiciones de vida.

Los niños nos conocíamos todos. Íbamos casi al San Cristóbal, el colegio del barrio, o al San Fulgencio. Pasábamos el día juntos, en el colegio, en la calle, en los columpios del parque del Santo Ángel, en las casas de cada uno. Nuestros padres forjaban amistades que aun hoy continúan vivas. Formábamos una pandilla sumamente unida. Domingo, el Adelo o el Cholín siguen siendo grandes amigos.

El barrio no es céntrico, pero está a diez minutos andando del Altozano. Pues, aún así, hasta el segundo lustro de la década de los setenta no se asfaltó la calzada. Es un recuerdo curioso: edificios altos y una calle de tierra donde se levantaban unas polsagueras que no veas. De vez en cuando circulaba algún matojo como los de las películas del oeste. Y no digo ya cómo se ponían los zapatos de barro cuando llovía.

El inicio de las obras de asfaltado fue toda una fiesta. Estábamos deseando llegar del colegio para hacer corriendo los deberes (engañaba a mi madre y los hacía por la noche a escondidas, bajo las mantas, para que no me pillara). En cuanto podíamos agarrábamos el chusco de la merienda y a la obra.

Lo primero fue levantar la calle. Descargaron unos ruidosísimos y humeantes compresores de los que, como los tentáculos de un pulpo, sobresalían unas mangueras que acababan en unos taladros enormes. Eran manejados por fornidos trabajadores que sudaban lo lindo a pesar de ir medio desnudos y a pesar de que la primavera albaceteña no es muy cálida que digamos.

Un día, sin saber por qué, se produjo un parón: los obreros desaparecieron con sus máquinas y la calle quedó agujereada, con enormes terrones alzándose como muros y badenes de vértigo. En algunos lugares el alcantarillado quedó al aire. Colocaron unas débiles vallas para prevenir caídas y unas pesadas planchas de hierro para pasar de una acera a otra en los tramos más difíciles. Todo ello constituía un medio ambiente ideal para la imaginación traviesa de chavales de diez, once o doce años. Infinitas posibilidades de exploración de las zanjas, de saltar de un lado a otro, de excavar, de jugar al escondite, con el barro… De lujo.

Las relaciones de mis amigos con la pandilla de la Calle Daoiz eran muy malas. No era raro el enfrentamiento, el ir a la guerra, el pelearnos por las chicas… Mirábamos de un lado a otro para evitar encontrarnos con ellos porque, si íbamos solos, unas cuantas tortas nos llevábamos o las repartíamos. Con todo, la comunicación no era imposible. En un recreo del colegio se nos ocurrió emular las cruentas batallas de desgaste de la I Guerra Mundial. Se trataba de convertir el barrio en un nuevo Verdún.

Negociamos primero las condiciones del combate, delimitamos el territorio y decidimos las armas: piedras. Iba a ser una guerra donde la artillería sería fundamental. El acuerdo era un máximo de cincuenta piedras por chaval: unas quinientas. El equipo iba a ser de siete soldados por bando. Excluimos a los más torpes, por razones obvias. Esa tarde nos dedicamos a amontonar piedras. Los enemigos se suelen unir para el mal.

La batalla fue la tarde siguiente. Tomamos posiciones y nos armamos. Tuve la precaución de esconder el cartón del embalaje de un frigorífico abandonado en la calle. Me serviría de escudo. Me fue útil. A pesar de ello, no pude evitar una pedrada directa en la boca que me partió una de las palas. Con esa sonrisa estuve hasta que me puse un empaste. Acabé también con varios cardenales, algún chichón y más de un moratón.

En pleno fragor de la batalla se produjo la irrupción de una fuerza bélica mayor, inesperada que señaló, afortunadamente, el fin de la guerra: nuestros padres. Algunos vecinos, al ver la animalada, nos gritaban desde los balcones y los padres, alertados, acudieron todos a recoger a su churumbel e imponer paz por medios muy, muy contundentes.

El lunes siguiente ocurrió algo nuevo: invadieron el barrio grandes camiones con arena, chinas y tierra que rellenaron los huecos. Tras aplanar el terreno llegaron las máquinas de alquitranar y unos grandes depósitos de petróleo negro. Mi pandilla, como loca. El calor humeante, el peligro de quemarnos; esos alquitraneros con grandes botas de goma. Nosotros, todo el día allí, observando las tareas, lo más pegados que podíamos a los obreros. Mis recuerdos son de unas máquinas gigantescas y de unos hombres fortísimos, ciclópeos. Cuando eres un niño todo te parece de mayor tamaño de lo que realmente es.

Al volver a casa, mi aspecto era horrible. De tanto arrimarme, la ropa estaba manchada de un aceite industrial que no hizo sino condenarla a ser tirada a la basura. La piel también estaba salpicada del mismo producto. La cara coloradota y quemada del calor y medio intoxicado con los humos.

Llamé al timbre y abrió mi madre. No se me pasó otra cosa más que gritar a mi madre: “Mamá, quiero ser alquitranero”. Se quitó una zapatilla y la blandió cual arma. Con la mano libre me agarró de la oreja y me introdujo en casa. Lo demás no lo cuento. Me da vergüenza. En definitiva. Que la paliza que me llevé y el castigo posterior me hicieron recapacitar y buscar otros horizontes laborales.

Admiro a quien ha luchado por conseguir vivir decentemente de un trabajo en el que, además de ganar un dinero, se siente realizado. Que ese trabajo te ayude a crecer y te haga sentirte feliz es maravilloso. Son muchas horas las que le dedicamos, para que lo vivamos como un martirio Ningún trabajo es fácil, pero, si además te satisface, ningún día vas a trabajar, aunque te canses. ¿Maldición bíblica? Puede, pero así vivido, lo es menos.

Dedicado a @anafdezbosch quien me inspiró este post con su sugerente tuit.

Si nos fijamos en la actualidad política española recorrida por urdangarinos varios parece imposible unir el término ética con el término política. La ética política la entiendo como el conjunto de normas de acción que permiten la convivencia y la cooperación ordenadas al bien común. En un sentido más reducido podría ser las normas que rigen la actuación del político responsable de coordinar las acciones que redundan en el bien de su pueblo.

A lo largo de la historia del pensamiento occidental ha habido dos posturas enfrentadas en el asunto que nos ocupa. Por un lado, partiendo de Sócrates y Platón, una línea de pensamiento que busca la ética en la política, donde podríamos incluir a un Aristóteles, buena parte de la filosofía medieval o a un Spinoza, y por supuesto a la ilustración con Montesquieu y Rousseau en Francia y Kant, por otro lado. En un segundo lugar, desde los sofistas, pasando por un Maquiavelo o un Hobbes donde se reduce la política a la consecución de los intereses del gobernante, aunque redunden éstos en beneficio de la comunidad. Utilidad ante todo, sin miramientos.

Federico II de Prusia fue un hombre de mil caras. El primer rey con verdadera altura de miras en el reino de Prusia. Su idea era colocar a Prusia entre las grandes potencias europeas, sacándola de su rango segundón. Su afán por saber, su inclinación a las ciencias, las letras y el arte marcaron su infancia y adolescencia. Pero todo ello no le llevó a ser un rey ensimismado, sino que en 1740, cuando accedió al trono, se dedicó en cuerpo y alma a la tarea política. Pretendió dar recursos naturales a la empobrecida Prusia conquistando la Silesia a los austriacos. Debido a su militarismo consiguió que en 1756 se crease una gran coalición entre Suecia, Rusia, Francia y Austria que dio lugar a la Guerra de los Siete años. La guerra devastó el país, pero gracias a una organización racional y muy moderna de sus ejércitos pudo conservar e incluso engrandecer su territorio. De ahí el apelativo de Grande o de Rey Soldado que obtuvo ya en vida. Un estratega militar de primer orden.

Decía además que “el Rey es el primer servidor del Estado”. Por ello se ocupó también del bienestar de sus súbditos. Para ello reformó la administración favoreciendo la preparación para acceder a los cargos públicos, con exámenes para ocuparlos. Aumentó la presión fiscal, suprimió aduanas interiores y creó la banca estatal. Reformó la justicia haciendo que el acceso a ella fuese igual para quien fuera, ocupase el lugar social que ocupase. Durante su reinado se creó un código de procedimiento civil que independizaba al Poder Judicial del Ejecutivo, y un código civil que rigió entre 1794 hasta 1900. Creó la primera escuela pública que se conoció en su reino. Favoreció las artes y las letras ocupándose del mecenazgo de músicos como Bach o pensadores como Voltaire. Favoreció la colonización de las tierras devastadas por la guerra incentivando al campesinado. Se preocupó por la introducción de nuevas técnicas agrícolas. Abandonó la práctica de la tortura y favoreció la libertad de culto atrayéndose la complacencia de minorías como la católica. Permitió una relajación de la censura. Él mismo escribió de su puño y letra obras con títulos tan elocuentes como el Anti-Maquiavelo.

Por todo ello fue una referencia para la Ilustración. El rey filósofo. Detentaba las virtudes que el rey ilustrado que usa la razón por encima de todo debe tener. De un modo muy ingenuo quizá autores como Kant olvidaban que el poder seguía siendo casi absoluto, que se gobernaba aún para el pueblo pero sin en pueblo y que el ejército y el militarismo habían sido su escudo y su bandera.

Con este ejemplo concreto no quiero ensalzar la figura de un rey de un lejano país en un periodo ya algo lejano de nuestra historia, sino hablar de Haití. Tras la conquista española se produjo en la isla de la Española el exterminio de la población nativa. El Tratado de Ryswick de 1697 formaliza la cesión de la parte occidental de la isla a Francia. Pronto se dedica el país vecino a llenar la isla de esclavos negros para sus ricas plantaciones de azúcar y café sobre todo. La sociedad se estratifica en varios grupos como los grandes y pequeños blancos, negros y mulatos libres, esclavos y por último, los cimarrones, esclavos negros que vivían clandestinamente huyendo de la esclavitud.

La Revolución Francesa ejerce un fuerte impacto en la sociedad haitiana, haciendo nacer un sentimiento independentista y abolicionista de la esclavitud. Justo al inicio del siglo XIX, en 1804, favoreciéndose de la inestabilidad francesa y con el concurso de los intereses de otras potencias, se llega a una independencia de facto.

La historia posterior de Haití no fue fácil sucediéndose infinidad de gobiernos, a cual más corrupto y muchos de ellos muy sanguinarios, como el clan de los Duvalier, con la sanguinaria milicia de los Tonton Macoute y el no menos estrambótico Jean-Claude Duvalier. Los intereses económicos y estratégicos de potencias como la norteamericana hicieron el resto. Hace dos años un terremoto devastó la isla produciendo más de trescientos mil fallecidos.

¿Qué mató más el terremoto o la desgraciada historia de Haití? Estoy convencido que lo segundo. Un país desgraciado, abandonado, explotado en lo que se ha podido, empobrecido, que no cuenta, con los índices de desarrollo humano más bajos, está expuestos mucho más a los efectos de un terremoto que un Japón. Fukushima es la tragedia de un país rico, no la de un país pobre. Y seguro que la recuperación de Japón es mucho más acelerada y, si no fuese por la cuestión nuclear, mucho menos dañina.

En Haití jamás ha habido un Federico II, ni un Kant que pueda loar sus virtudes políticas. Sólo la conjunción de ética y política pueden hacer de nuestro mundo algo más habitable. Y un Haití devastado y sin salida no sería posible. La naturaleza es incontrolable. Sus efectos los amortiguan el desarrollo y la riqueza.

Gracias @inma_eiroa #somosHaiti

Sólo desearos un feliz año 2012. Ojalá que todos los días podáis decir con los Hombre G que os sentís bien pese a que los problemas nos van a acompañar siempre.

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Llega el final del año 2011. Como es costumbre se echa la vista atrás y se repasa lo que ha sido. Ahora no quiero mirar lo malo sino lo bueno. Por ello escribo esta entrada en mi blog. Primero hablaré de lo que he ganado en él y después haré un homenaje al grupo de personas que han hecho de este año un periodo de tiempo extraordinario.

Lo mejor del año ha sido este año ha sido:

  • En primer lugar la enfermedad y muerte de mi abuelo y la enfermedad de mi abuela.
    Quien leyera esto pensaría que estoy loco. Pues no. Ambos acontecimientos me han unido más a ellos y me han hecho valorar lo que me han querido y el amor que les tengo. También han hecho que valore mucho más a mi madre y a mi hermana, aunque a ella no se lo demuestre mucho.
  • En segundo lugar, un amor volcánico, profundo, intenso que me ha hecho vivir un verano precioso y que me ha dado mucho. Me ha dado madurez como persona y como hombre. Estoy agradecidísimo y sigo queriendo de otro modo a quien lo hizo posible.
  • En tercer lugar, mi consolidación laboral tras varios años estudiando o con un trabajo que no pude mantener. El oficio de enseñante me encanta y las religiosas de la Consolación de Espinardo (Murcia) han puesto una gran confianza en mí.
  • En cuarto lugar, mi madurez en twitter, la red social que me ha ofrecido relaciones, amistades nuevas, conocimiento, ocio y un lugar para expresarme.

En el mundo 1.0 tengo que agradecer a mi familia, a amigos como Lucy y Javier, Antonio, mi compañero de trabajo, lo que recibo constantemente de ellos.

Y en el mundo 2.0 podría nombrar a las casi mil quinientas personas que me siguen. Todas ellas, en algún momento han hablado conmigo, algunas otras han pasado a ser conocidas personalmente y todas me han marcado con algo. Pero es imposible que las nombre a todas. Entonces me voy a centrar en un grupo muy pequeño de personas.

No es un ranking. Para nada. El nombrar a uno al principio y a otro al final no significa nada. Unos aportan unas cosas, otros otras. Pero todas necesarias.

A algunos los conocía ya y twitter ha sido un modo más de estar en contacto con ellas; a otras he tenido la grata experiencia de estar con ellas tras contactar en twitter; a algunas no las conozco personalmente pero quizá el tiempo nos acerque y, si no, no pasa nada. Hay quien sigo desde hace tiempo y quien ha entrado desde hace poco con mucha fuerza.

  • @anafdezbosch Por ser una gran mujer, positiva, abierta, con pasión y con los pies en la tierra. Me encanta. #BePassion
  • @lolesmarlo Mi murcianica favorita. Cariño, alegría, ánimo, atención. Un corazón que se abre poquito a poco al mío.
  • @espemorgado Un sol de persona, simpatiquísima y alegre. Compartimos una pasión: el chocolate.
  • @aupacova La chica que inspiró mi anterior entrada y que desde un hospital hace tanto bien a muchos que rezan y se sacrifican por ella.
  • @unidosporlared Una gran mujer, abierta y sincera. Maravilla de persona.
  • @pylaxi Una gran amiga. De lo mejor que se puede tener y que comparte mi amistad con @unidosporlared Entrañable, con su Oze y su Pichín.
  • @jeanbedel Una de las primeras personas que sigo. Nadie disfruta más de twitter. Me ha descubierto cómo actuar y ser en esta red social aunque no siempre sea fiel a sus modos.
  • La #chupipandi con @pylaxi @jeanbedel @unidosporlared @anaensuiza @jacstite @lolesmarlo @nolosap @dulcenone Puede que olvide a alguien. Un grupo que quizá antes estaba más unido con el que he compartido grandes momentos, incluida la quedada de Málaga.
  • @carmenjcc y @juangaso quienes, junto con @anafdezbosch y @espemorgado hemos formado una pandilla con la nos reímos mucho.
  • @almudenaABJ Otra gran mujer que conocí en Nerja. Su amistad es un tesoro para mí. Le deseo lo mejor.
  • @Alejandra_Riba Un solete, divertida y encantadora. Me dice: apo, te kero…
  • @perezromera Diferentes como nadie. Pero nos caemos bien y compartimos gloriosos cafés en Albacete. Además, guardamos un secreto futbolero-solidario.
  • @gasolinero Su humanidad tomellosera y su buen hacer como escritor son una referencia constante para mí.
  • @teresaventana Una gran mujer. Su conversación y su cariño se han hecho más necesarias que el aire para mí. Perdón por sonrojarte cada viernes.
  • @jajajacker Siempre una agradable conversación, mucho cariño y un email.
  • @mjestevez @rosadeviana @loidassanchez Tres clutuiteras que me demuestran siempre su cariño y que tuve la suerte de conocer en Tomelloso junto con @absolutexe
  • @yomisma1981 Mi navarrica que se acercó a mí en un momento en que necesitaba afecto y cariño.
  • @vidaenvioleta Soy fan de su blog y de su gran sensibilidad. Siempre nos llega al corazón. Y a @anafdezbosch y a mí nos tiene como sus fans VIPs.
  • @luisuruena Su saber estar lo convierte en todo un señor. Y comparto con él el gusto por la buena música, por la fotografía y por las sesudas charlas.
  • @mariiaguillen Poco tuitera aún pero la conocí de niña en Socovos y la he visto crecer. Nada más.
  • @licks89 y @elifonts _g Mi boticaria madridista con la que me río y mi encantadora catalanita. Siempre con conversación interesante.
  • @Blanquita84 Uyyysss. Qué pena no desvirtualizarte en Marbella. Un encanto.
  • Mis ángeles matutinos con los que me despierto @amuortega que me despeja con sus cafés, @marihenche @isamalvar @lcluengo @AlaDelta_ Nunca me falta un “buenos días” o un “¿Cómo estás?”.
  • @cucodevenegas que me da #cuackabrazos #cuackbesos y me regala música, vídeos.
  • @Llanos_villar Mi compañera de clase en la Facultad de Humanidades de Albacete. Y de las mejores tuiteras de Albacete. Sin dudarlo.
  • @Myklogica y @Jivagos cuya altura humana e intelectual me llena de admiración siempre.
  • @Inma_eiroa y su familia @Alex_Samper y @Saisei. Geniales y con gran compromiso social.
  • @geno_martos y @jolumardenia Cuya simpatía y cariño están siempre ahí.
  • @MRociopc Gran amiga con una humanidad genial y una fe que compartimos y expresamos
  • @awakates con quien tuve la suerte de experimentar el perdón. Y su conversación, siempre interesante.
  • @Estupenda96 Somos dos incomprendidos. Rajoy, no nos has dado un ministerio.
  • @igautxori Esta vasca de pro que siente admiración por mí y no sé por qué. La mía por ella también es grande.
  • Y por último a mi hermanica @vivotrini tuitera incipiente que, gracias a mis campañas se está haciendo parte de la vida de una parte de mi TL.

Podría seguir pero esta entrada se haría interminable. Disculpad si no estáis nombrados aquí. Hay muchos de mis seguidores que se han hecho más cercanos a mí que algunos familiares. Un abrazo, feliz Navidad y feliz año.

Se acerca la Navidad. Toca enternecer el corazón. La época es propicia para eso. También nos proponemos mejorar en algo, hacer algo diferente y bueno, cambiar para ser mejores. Es época en la que nos ponemos todos más solidarios. En mi colegio hay en marcha recogida de alimentos para la Cáritas parroquial; se ha organizado una recogida de tapones de plástico que luego se venderán y los beneficios serán para una asociación que promueve la investigación de enfermedades raras. Sin duda todos contribuís a algo o con algo en cualquier campaña solidaria en Navidad.

El otro día escuchaba un programa de la Cope mientras conducía. El locutor hablaba de la iniciativa de oración y ofrecimiento del trabajo y el estudio por Cova (Covadonga Sanz Guti) y de su amigo Diego. El 19 de noviembre se viajaban en coche por el distrito de Fuencarral, en Madrid cuando sufrieron una colisión frontal con un todoterreno. A causa del mismo, dos compañeros de Cova murieron. Ella misma y su compañero Diego resultaron heridos. Cova se encuentra en estado crítico desde entonces en el hospital de la Paz. Ha sufrido la amputación de una pierna y diversas heridas que la mantienen en el estado en el que está. Cova

Su tío publicó el siguiente tuit: “Hola. Soy Guille, el tío de Cova. Estoy rodeado de un equipo impresionante. Os vamos a contar cómo está ella”. Desde ese momento, los amigos de Cova abrieron una cuenta @aupacova  con hashtag asociados como #iprayfordiego para que se pudiesen volcar expresiones de ánimo, ofrecimientos y oraciones por ella. La curiosidad me pudo. Me puse a seguir la cuenta y a revisar los tuits que se publicaban. Casi todos eran del tipo: “Siempre con @aupacova y #diego! Porque sabemos que es un mal episodio,que acabaraa bien!ser fuertes! #seguimosconvosotros!”, “@aupacova mis horas de estudio de matematicas van dedicadas a ti. Sigue luchando asi!”, “@aupacova nos estáis haciendo mejores con vuestra fuerza y vuestro ejemplo” o  “@aupacova muy bien cova, eres fuerte nos estas dando una leccion. hoy SanNicolas nos ayudara a todos. seguimos dedicando la oracionytrabajo”. También, a veces, se informa del estado de Cova y Diego con tuits como éste: “INFO: Diego sin fiebre. Cova sin fiebre. Diego muy muy prometedor. Cova le seguirá enseguida. Todos llenos de esperanza, fuerza, ternura, fe y alegría.

Los seguidores de esta cuenta no son ni los grandes gurús de Internet ni el famoseo tuitero habitual, aunque sabemos que algún futbolista famoso se ha unido a la iniciativa. Ni tampoco encuentro a nadie de mi Time Line, algunos de ellos grandes tuiteros o propietarios de blogs influyentes. Por el contrario, casi todos son chavales jóvenes, adolescentes como Cova, que siguen a muy pocos y son seguidos sólo por sus amigos. Usan twitter como pueden usar tuenti. No tienen nada que vender, ni grandes contenidos que volcar, ni están como yo con el iphone4 haciendo de twitter un vicio diario. Jamás han oído hablar del marketing online, ni de reputación en la red ni de otras mandangas. Ni falta que les hace. Pero cada cierto tiempo, escriben en @aupacova que se van a esforzar por estudiar cuatro horas, por ser más cumplidores en su trabajo, por rezar un poquito, por ser más responsables con sus cosas. Y eso lo hacen con el motivo de ofrecérselo a Cova y a su amigo Diego, sabiendo que el sacrificio y la oración son útiles.

Muchos somos los que creemos en el poder de la oración. Esa actividad humana y divina que nos pone en contacto con Jesucristo, el Dios vivo y verdadero que esperamos que se encarnará en lo más débil que hay en este mundo: un bebé recién nacido. Millones de personas a lo largo de la historia se han recogido en su interior y, solos o con otros, han cogido el teléfono y han conectado con el whatsapp de Dios. Él siempre se pone y escucha. Nos da lo que necesitamos y le pedimos. Se alegra cuando le agradecemos lo que hace por nosotros.

Cova y Diego son los bebés que tengo que cuidar esta Navidad. Su cama de hospital y la de Diego son mi portal y mi ofrecimiento de lo que trabaje estos días, mi regalo. Mi oración quiere ser como la de los pastores admirados ante el Niño Jesús, sencilla pero intensa.

Hay muchas otras situaciones duras y difíciles que necesitan que Cristo nazca en ellas para que puedan ser salvadas. Sólo con la ayuda de Dios y la solidaridad de todos se consigue. Por eso, en mi oración y mi trabajo por Cova quiero incluir a todos los que necesitan algo de mí.

El año pasado tuve una de las Navidades más felices de mi vida. La pasé en el hospital con mis dos abuelos ingresados desde el día 26 de diciembre. Mi portal de Belén fue la habitación 169 del hospital “Perpetuo Socorro” de Albacete. En ellos adoré al niño Jesús que nació de nuevo. Dios se llevó en pocos días a mi abuelo y nos dejó a la abuela para que prolongáramos esa adoración en sus pañales, su oxígeno y su alzheimer, en sus noches hablando y no dejándonos dormir… Pero fue la voluntad de Dios la que me dio esa feliz Navidad para que fuese mejor persona desde entonces, menos egoísta y más volcado hacia los débiles. Fue su regalo por adorarle en mis viejitos.

Ésta es la verdadera Navidad. El espíritu de la Navidad es ponerse a los pies de Jesús que nace para ofrecer lo que somos y ser mejores desde la luz de Belén. Pero nos ha dado por pervertirlo, ocultarlo, despojarlo de toda referencia religiosa, comercializarlo todo, dotar a la Navidad de un aire meloso y repulsivo en el fondo y así nos va.

Mi Navidad será Cova, su amigo Diego, su familia, y desde ellos, mi familia, mis amigos, mi twitter, la gente que no conozco ni conoceré jamás. Ponerse a los pies de quien sufre es ponerse a los pies de Jesús.

@apuacova, @aupadiego Os queremos y os tendremos sanos entre nosotros. Gracias por hacer mejor a tanta gente desde un hospital. Feliz Navidad a los dos.

Os invito a que os suméis a la iniciativa, desde Cova y Diego para llegar desde ellos a todo ser humano que sufre. Feliz Navidad.

El vecindario de la calle Espoz y Mina 12, en el barrio de Fátima, al lado de las Casas Baratas, en Albacete, era una gran familia. Nada que ver con las comunidades de vecinos actuales donde, si coincides en el ascensor con un vecino y si le saludas, corres el riesgo de que te apuñale o te amenace con llevarte a los juzgados por un retraso al pagar la comunidad. O incluso que te eche las uñas al cuello porque en la última reunión de comunidad osaste proponer cambiar las bajantes de cemento por unas plásticas que no se pudren. Hay que hacer una derrama para los gastos y el compañero del ascensor no quiere pagar.

Al poco de nacer, con unos meses, volé con mi madre a Suiza, al encuentro mi padre que llevaba allí un tiempo, esperándonos. Trabajaba en una fábrica de bobinados eléctricos y mi madre en la Omega, montando relojes de oro, pero quiso que naciese en España y pidió un permiso para ello. Pero resultó que el clima o sabe Dios qué no me sentaban bien y me pasé mi más tierna infancia en Albacete al cargo de mis abuelos y con la compañía de mi tío Julio, por consejo de los médicos. En Albacete, estaba como una rosa; en Biel, amarillo y taciturno. Mi tío era sólo nueve años mayor que yo, por lo tanto era como mi hermano mayor. Su muerte, sólo con catorce años, tras varios meses padeciendo un cáncer, fue muy triste para mí. ¡Estaba tan unido a él! ¡Lo quería tanto! En fin.

Rafael y su socio Pedro, construyeron a finales de los sesenta un edificio de tres pisos con dos viviendas en cada altura. En los bajos abrieron una tienda de muebles que Artemio compró cuando se jubilaron y que aún sigue abierta, aunque la regenta su hijo. Los socios se quedaron los mejores pisos, los principales, que contaban con un amplísimo patio radicado sobre el techo del negocio del que vivían. Mis abuelos compraron por sesenta mil pesetas el segundo derecha. Lo pagaron con una hipoteca al dieciocho por ciento. Eso era hipotecarse. Sin embargo, los ciegos dan suerte, y a mi abuelo, que perdió la vista con treinta y seis años, le tocó una quiniela. Fue el único acertante de catorce de esa jornada en toda España. Con el dinero levantó la hipoteca y le dio para meterse en otro piso pagando la mitad de su precio con el fin de alquilarlo. La casa de mis abuelos era un pisazo de ciento siete metros cuadrados con unas habitaciones amplísimas, dos cuartos de baño y una despensa aneja a la cocina que daba mucho de sí. El piso tenía forma de ele y los diferentes cuartos salían de un gran pasillo. El salón principal y otro cuarto que apenas se usaba, pero donde estaba el mobiliario más noble, daban a la calle y las demás dependencias a un patio de luces donde se desarrollaba la vida de esta comunidad. Era muy normal que los vecinos se asomasen a las terrazas y conversaran a gritos. Algunos, todo no participaban, pero cotilleaban discretamente detrás de los visillos. Es, con diferencia, el lugar donde he vivido al que más cariño profeso. Cuando lo vendió mi madre, me causó mucha pena. Era como dejar parte de mi infancia clausurada y perder de vista para siempre unas dependencias muebles cargados de vivencias.

La casa de cada vecino era la de los demás. Las puertas estaban abiertas para todos. Josefa, la vecina del tercero derecha, enviudó muy pronto y sus hijos se independizaron jovencísimos. Por eso, la mujer, pasaba el día sola. Cuando oscurecía, se bajaba con mis abuelos a cenar. A mi abuela poco le costaba freír una patata más o echar a la sartén un trozo de lomo en adobo o sacar un chorizo extra de la orza. Así remediaba su soledad. Hablaba a gritos y los dolores de cabeza que me producía eran tremendos. Pero le tenía cariño. Era una buena mujer que me comía a besos.

Cuando falleció mi tío, en casa se guardó luto riguroso. Para aliviármelo, Manola y Demetrio me llevaban los fines de semana a ver la televisión con ellos y a jugar con sus hijos. El resto de los días, hacía los deberes, estudiaba y a las ocho me acostaba. En un año estuvo prohibida la televisión en casa pero se me permitía esta licencia. Costumbres de otros tiempos.

El piso de Nemesio y Adela, situado en el mismo rellano que el de mis abuelos era el más extravagante. Eran modernos. Convivían con la pareja, la hija y el yerno, un zapatero remendón que no dio un palo al agua, y sus nietos, en amor y compaña. Ocho o nueve personas apretadas como piojos en costura. Pero me divertía mucho con sus nietas, Sole y Ana. Les gustaba mucho la música y disfrutaban como enanas con sus discos de los Pecos, de Dyango, de Miguel Bosé y con su fabuloso tocadiscos de maleta. Gracias a ellas descubrí la música disco en su cuarto convertido en discoteca. Hacer de Tony Manero, los tupés, y otras lindezas eran un placer. Imitar a los Bee Gees, la caña. Además, mi primer juego perverso de médicos fue con ellas. Sin embargo mis abuelos no las tragaban, para nada, y no les dejaban entrar a su piso. Me pegaban más a Antonio, compañero del colegio, porque era culto y tocaba el piano, pero no me proporcionaba ninguna alegría. Ellos eran muy tradicionales para ciertas cosas y querían que fuese un hombre de provecho.

Pero me voy a centrar en Rafael y su esposa, la señora Lola. Rafael era un hombrecillo pequeño, calvo, narigudo, pero con una energía que ya quisiera yo para mí. No paraba un segundo. Negociante como él solo. Más que albaceteño parecía murciano. Muy aficionado a los bares y algo mujeriego, pero con una sabiduría única, de las que sólo da la vida. Y su mujer, que lo quería con locura, se hacía el longuis y le perdonaba todo. No se traslucía jamás nada de los problemas que su marido le causaba con el vino y las mujeres. Sólo me enteré de las debilidades de Rafael porque, al morir él, mi abuela me las confesó, haciéndome jurar no decir nada mientras viviera su mujer. A la señora Lola se la encontraba siempre sentada en una salita que utilizaba como pequeño taller de costura. Mi abuela cosía pantalones para poder tener unos ingresos que se sumaran a la raquítica pensión del SOVI que cobraba mi abuelo. Y siempre estaba con ella. Mi abuela consideraba a la señora Lola una maestra, una gran modista, lo cual era cierto, pues la vi  una vez cortar piezas de una tela para una chaqueta perfectamente, sin patrones ni tiza. A ojo. Muchas tardes, al salir del colegio, me bajaba a estudiar con ellas entre agujas, telas, tijeras y una gran máquina de coser, en una mesa camilla iluminada con un flexo, mientras mi abuelo escuchaba la radio y esperaban a que Rafael volviera del trabajo, para después cenar juntos.

Pero Rafael y la señora Lola tenían una afición al margen de sus trabajos que llenaba su vida: el fútbol.

El Albacete Balompié subió a primera división en 1991 de la mano del presidente Rafael Candel, un joven empresario local que hizo fortuna con la venta de ferrallas, y del que fue entrenador del Real Madrid, Benito Floro. Con ellos se forjó el llamado Queso Mecánico, terror de la liga, equipo sorprendente que subió en dos años de la Segunda B a la división de honor del fútbol español y se quedó séptimo un año, a un puesto de jugar la UEFA. Se fichó a jugadores jovencísimos, como Morientes, el portero Molina o Santi, el defensa del Atlético de Madrid, cedidos por otros equipos de mayor solera, y que llegaron a ser internacionales. También formaban la plantilla jugadores que se jubilaron en el equipo como el uruguayo Zalazar,  una especie de Xavi Alonso con la pegada a balón parado de un Cristiano Ronaldo. O Rommel Fernández, futbolista panameño que se mató estampándose contra un árbol con su coche cuando salía del merendero de Tinajeros. La Curva Rommel es el lugar donde se sitúan cada partido, los ultras del Alba. O qué decir del ídolo local Catali, que acabó regentando una tienda de deportes y otros negocios en la capital. Todos ellos futbolistas de gran calidad.

El equipo se fundó el 1de agosto de 1940. Entre los que lo levantaron estaban Rafael y la señora Lola. Tuvieron muchos años el carné número uno y dos como socios del equipo, respectivamente. Un domingo me invitaron a un Albacete-Atlético de Madrid junto con todo el vecindario porque iban a ser objeto de un homenaje merecido. El Carlos Belmonte estaba lleno. Y ellos, muy bien vestidos, recibieron una placa de manos del presidente, los nombraron socios de honor y les impusieron la insignia de oro y brillantes con el aplauso de ambos equipos. También hicieron el saque de honor. Un placer ver a los dos viejitos emocionados y reconocidos por todos.

Rafael y la señora Lola dedicaron su vida al club. Cuentan que los vestuarios antiguos, que ya fueron derruidos, los construyeron ellos por las noches, en los ratos libres que les dejaban sus ocupaciones. Imaginar a la señora Lola amasando cemento por las noches con las heladas que caen en Albacete, y a su esposo colocando ladrillos, da fe de la entrega que tenían ambos, si es que esa noticia es cierta, lo cual ignoro. También se sabe  con certeza que regalaron el mobiliario de las oficinas del club sitas en la Avenida de la Estación, cuando la sede social se trasladó desde la Calle del Rosario. Y que dieron alojamiento y comida gratis a muchos jugadores de fuera, cuando el equipo estaba en tercera o en regional preferente y muchos no podían permitirse ni un alquiler con lo poco que ganaban. Pagaron autobuses, habitaciones de hotel  y acompañaron al equipo en sus desplazamientos cubriendo un sinfín de necesidades.

Los lunes por la mañana, muy temprano, la camioneta para transportar muebles aparcaba frente a la casa. Rafael subía, uno a uno, grandes bolsones de ropa. Si hacía buen tiempo desparramaba el contenido en el suelo del patio; si llovía, en el pasillo de su casa. La pareja revisaba uno a uno calcetas, pantalones y camisetas. Hacían un montón con la ropa que tenía algún desgarro y la remendaban posteriormente; la que estaba en condiciones la introducían en dos grandes lavadoras colocadas bajo un tejadillo en uno de los extremos del patio. A la tarde podía ver desde la altura del piso de mis abuelos la equipación completa del Albacete Balompié secándose tendida al sol. No se desperdiciaba nada. Se remendaba y reutilizaba todo. Eran ecologistas, sin haber oído hablar nada de dicha ideología progresista ni saber qué era eso del reciclaje. Habría que ver entonces al jugador que se atreviera a dar una camiseta al público al terminar el partido. Como ahora, que las carísimas camisetas de un Real Madrid se consumen como pipas.

Con el tiempo, pensando muchas veces en su vida,  caí en la cuenta de que este matrimonio me dio dos lecciones que han sido muy importantes en mi vida. La primera que hay que poner pasión en lo que se lleva entre manos. Hay que dedicar tiempo y esfuerzo a lo importante y no ser blanditos. Esa pasión puede ser el trabajo entendido como medio de realización personal, un hombre o una mujer, unos hijos, unos amigos, una afición, una actividad solidaria y altruista, el fútbol ¿por qué no?  Y la segunda, el valor de lo gratuito. Sin algo gratis la vida no tiene sentido. Huyo de las personas que se manejan sólo por el interés y por los dineros. Son tristes y desconfiadas. No sabes nunca qué piensan y cuando te descuidas te la lían. Rafael y la señora Lola, sin embargo, se desvivían por el Albacete Balompié. Su pasión les costaba dinero y seguro que algún disgusto, seguramente. En Elda, en el año 59, a Rafael le tuvieron que coser la cabeza a causa de una pedrada de algún aficionado cafre del equipo local. Yo no tengo más que  preguntarme si me desvivo por algo, si me dejo la piel por algo o por alguien. Y también si hago algo por los demás sin tener en cuenta lo que pueda obtener, sin esperar nada a cambio. Sin duda que Rafael y la señora Lola tuvieron en su equipo un motivo para vivir, algo por lo que luchar, una pasión gratuita. Su ejemplo siempre estará vivo en mí. Gratis et amore.


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