Juan Carlos Vivó Córcoles

Archive for the ‘Literatura’ Category

Marcel Proust es autor de obra única. En busca del tiempo perdido constituye uno de esos monumentos literarios a los que hay que prestar atención al menos una vez en la vida pese a su complejidad y difícil lectura. En el primer volumen Por el camino de Swann el narrador come una magdalena acompañada por un té. En ese instante, aparece el pasado: su infancia. Es la magdalena lo que retrotrae al narrador a sus veranos en casa de su tía Leoncia. Desde ese instante se rememora toda una vida en la que el paso del tiempo tiene un valor de destrucción: un pasado que desaparece inexorablemente pero que fundamenta el presente y sienta las bases del futuro.

El recuerdo no aparece ordenado de modo sistemático, aunque Proust nunca rompe del todo con cierta linealidad narrativa. Será la evocación constante de diversos objetos la que hará ir apareciendo, con cierto desorden, momentos olvidados. Sólo así Proust llegará al final de su indagación sobre el paso del tiempo y su recuperación, finalidad de su obra. Así pues, será en El tiempo recobrado, tomo que cierra el ciclo novelístico, donde experiencias parecidas a la magdalena inicial, darán sentido a lo recuperado, ya perdido.

Pues bien, sin duda, como Proust, el tiempo lo recuperamos, en buena medida por objetos que para nosotros tienen un valor único. Los asociamos a experiencias propias, a hechos, lugares o personas que han fundamentado nuestra existencia. Quedan unidos a instantes que, para otros pueden parecer poco importantes. Pero es nuestra capacidad de dar sentido a lo vivido lo que hace que, en ellos encontremos sentido a nuestra propia existencia. Son objetos que se constituyen en síntesis de instantes, personas o lugares clave para nosotros. De ahí que sea muy difícil transmitir el porqué los conservamos, los guardamos a buen recaudo siempre, y nos duele perderlos, si ocurre.

Ahora, recién comenzado este año 2013, he podido hacer acopio de varios de esos objetos que rescatan lo vivido: un anillo de oro, una ramita de romero y unos pendientes.

Un anillo que he heredado de mi abuela, que ella llevaba siempre y que regaló en tiempos a su hijo pequeño que falleció muy joven. Repitió en infinidad de veces que lo llevase siempre, que era para mí. No lo luzco a diario, pero sí en ocasiones importantes, por miedo a perderlo. Y es para mí símbolo de la familia, de la vida de unos mayores que dieron todo por mí y que estarán siempre presentes en mi vida. Hago un constante esfuerzo por recordar lo que me dejaron.

Una ramita de romero, que se aja en un cajón pero que obtuve cuando empezaba a salir de un momento de crisis importante. Es señal de ese renacer. Cerré una etapa y comencé otra mucho mejor que perdura y que me ha hecho otro. También me unió a un grupo de personas que ha entrado en mi vida para siempre. Y, especialmente, a una mujer de bandera a la que le debo mucho y que me ha cuidado siempre. Y por último a una preciosa mañana de paseo.

Y unos pendientes, que regalé a un ser único que me proporciona una paz inmensa, que siempre está ahí y que es la bondad en grado sumo. He crecido en buena medida gracias a ti, a su cariño y cercanía. Aunque creo que hemos crecido el uno a junto al otro. Es algo que nos repetimos constantemente.

En definitiva, un anillo, una ramita de romero y unos pendientes. Son mi particular magdalena, aquellos objetos que me unen a mi pasado más o menos reciente y que me retrotraen siempre a las personas que habitan y habitarán en mi corazón siempre, del modo que sea. El tiempo se evoca a través de ellos, y aunque, como pensaba Proust, el tiempo hace desaparecer mucho de lo vivido, desde ellos disfrutamos el presente y nos lanzamos hacia el futuro con amor y esperanza.

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EL VIAJE

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el viaje sea largo.

Una lectura a la que vuelvo a menudo es a los poemas de Cavafis. Entre ellos, quizá el más conocido por todos sea “Viaje a Ítaca” que toma como motivo la  larga vuelta a casa de la Odisea, de Ulises. Cavafis reflexiona sobre el viaje. Para él lo importante no es la meta, sino el periplo en sí, el hecho de dejar la costa y adentrarse en el mar. El camino está lleno de peligros, de naufragios, de reinas como Dido que tratan de apartarnos de nuestros fines o, incluso, hacernos desistir de la necesidad de partir.

Tener claros los objetivos en la vida es fundamental. También el buscar descansos o puertos que nos refugien de la tempestad, fortalezas a salvo de Cíclopes y Lestrigones. Pero como algo provisional, temporal. En el viaje en sí está la esencia, lo único no contingente en la vida, lo poco propio de su misma constitución. En viajar y no en detenerse está la oportunidad de madurar y mejorar la vida aprendiendo a sortear los problemas o a convivir con ellos cuando no son solucionables fácilmente. Pero también en caminar están las oportunidades, la capacidad de conocer algo nuevo, de encontrar tesoros, de ampliar nuestro mundo con paisajes y personas nuevas.

Pero el viaje más importante, que muchas personas no emprenden jamás porque viven en la superficie es el viaje al interior de uno mismo. Encontrar momentos y tiempos de introspección, de análisis de emociones, pensamientos y actuaciones es viajar al encuentro con uno mismo. Parar, mirarnos, bucear en nosotros es clave en nuestro crecimiento. Sólo quien ahonda en su interior intentando saber quién es, puede ser más plenamente hombre y salir provisto de una mirada nueva y acogedora del mundo y del prójimo e incluso de Dios. Admitiendo  sin embargo que somos misterio y que hay una parte de nosotros mismos que quedará siempre en la oscuridad merece la pena abandonar Troya y salir hacia Ítaca , como el Ulises que no se quedó en la ciudad destruida.

Mi trayectoria intelectual me ha guiado por aquellos caminos hacia la introspección que me ha mostrado la filosofía y la literatura sobre todo.

San Agustín, me ha mostrado que sólo en el interior de uno mismo encuentra a Dios y alcanzamos la trascendencia. Hay que bucear en nosotros para encontrar la iluminación, la luz. Se trata de trascenderse a uno mismo, de poner nuestros pasos “allí donde la luz de la razón se enciende”. Descartes, es otro camino hacia lo interior, quien tras dudar sistemáticamente de todo, encuentra en el hombre pensante, que razona, en el cogito un motivo para salir al mundo y redescubrir la verdad de la existencia humana y la capacidad de acceso veraz a la realidad. Kant, más tarde, encuentra en la razón unida a la experiencia la verdad del conocimiento, pero que los supedita al encuentro con el mundo, el alma y la divinidad como algo fundante de la realidad humana aunque no sean entidades accesibles más allá del acotado mundo fenoménico. También nos habla del valor ético del fin en sí mismo, que jamás justifica los medios como base de toda relación de un hombre con otro. También me fascina un Husserl que sólo en la “vivencia de la esencia de la conciencia” más pura encuentra al hombre pleno. Es el encuentro con el hombre concebido como conciencia pura.  Y, por último un Levinas, que sólo en el encuentro con el Otro desde un Yo puede fundar la verdadera felicidad del hombre en la constitución de un Nosotros.

También me ha ocupado tiempo un Dante que, viajando al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso dibuja un mapa completo de las pasiones y las virtudes propias del ser humano, apostando siempre por el bien. O ese San Juan de la Cruz que, tomando como base el Cantar de los Cantares, poetiza la búsqueda de la amada del amado, el encuentro amoroso entre Dios y el hombre aplicable también al encuentro de un ser humano con otro. O también el Quijote que recorre la Mancha buscando sus sueños, persiguiéndolos aunque los llamen locura. O, el capitán Ahab que dedica su vida a sólo encontrar una ballena blanca (Moby Dick) para obtener la gloria de su muerte, en un Leviatán concebido como el mal absoluto en un compromiso ético no menos absoluto. O el Ulises de Joyce que en la figura de Leopold Bloom reproduce la Odisea por las calles de Dublín y que con el monólogo interior de Molly Bloom supone el primer intento serio en la literatura de reflejar el flujo del pensamiento con el que se vuelve a viajar de un modo siempre nuevo a la interioridad del ser humano. O ese Proust que desde una magdalena hace un viaje al pasado que obligará al narrador a retroceder hasta lo más profundo de la memoria.

Pero no sólo estos ejemplos son válidos estos casos extraídos de la literatura o del pensamiento, sino también la infinidad de personas que nos rodean que tratan de hacer de su vida un constante encuentro con la hondura de su identidad humana y que se perciben diferentes porque se mueven por un sueño, por amor,  por un compromiso ético profundo, por decorar su vida y la de los demás de belleza, por su afán por desvivirse y cuidar de los demás. Personas desconocidas para todos pero que influyen en nosotros haciendo nuestra existencia mejor

En definitiva, infinidad de ejemplos que nos hablan de la insoslayable necesidad de entrar en nosotros mismos para descubrirnos.

Lo importante es que te des cuenta que esta vida es corta y que no la tienes que desperdiciar en la superficie, sino bajar a los abismos de tu persona, buscarte y encontrarte, conocerte. Cree de verdad que tu persona es un tesoro que acumula  un sinfín de objetos maravillosos. Quizá no hayas educado tus sentidos para verlos, pero están ahí. Ilumínalos con tu sensibilidad y te sorprenderás.

Pero también en tu corazón hay mucho malo. Ponte el mono de faena y trabaja por observar y localizar las razones por las que haces lo que no quieres. Cámbialo, puedes hacerlo.

Descúbrete bello, quiérete. Es la única base desde la que serás mejor. Cuídate también. Invierte en ti. Valora tu cuerpo, cultiva tu alma, lee, explora, disfruta de los placeres de la vida.

Ama, ama siempre, con entrega. No te quedes en ti mismo. En el otro está la recompensa. Si amas con todo tu corazón verás como se te recompensa.

Busca espacios y tiempos para ti, para estar solo, para la meditación, la oración, el silencio. Hay que encontrar el momento reflexivo para cargar pilas.

No dejes de viajar nunca. Cuando hayas alcanzado una meta, fíjate en que el horizonte ha cambiado. Hay algo nuevo que no conoces, no puedes parar. No tengas miedo.

No estás solo. Ulises viajaba con su tripulación. Ellos buscan lo que tú: encontrarse a sí mismos. Te acompañan personas que ya no están, que la muerte se ha llevado pero que están contigo, son referencia y ejemplo de buen vivir. Están personas que son tu vida actual, que están contigo, que te quieren, que te aceptan y comprenden en tus debilidades y se alegran en tus alegrías. Esas personas te ayudan a viajar y tú les ayudas. Mantenlas a tu lado a toda costa. Son tu familia, tu pareja, tus hijos, tus amigos…

Deja un gran espacio para Dios. Es un apoyo que nunca falla. En él encontrarás apoyo y consuelo, y una presencia constante que te llena de dicha. Si no crees, no importa, Él está a tu lado, aunque no quieras reconocer su presencia viva. Te quiere aunque no lo quieras.

Y que tu logro sea que con tu vida ofrezcas una obra de arte que todos admiren, una obra de arte que todos desearían poseer. Que todos puedan recordarte como el inconformista que quiso viajar a lo más profundo de sí mismo para ser un gran hombre.

Recomiendo ver el vídeo y volver a leer el post.

“Te he querido siempre, siempre, más que a mi vida. He vivido por ti y para ti. Y te quiero y te querré siempre, más allá de mi propia muerte.”

Este es el texto que el viejo profesor de filosofía escribió a una ancianita. Cuando ella la leyó, se paró en silencio. Tuvo que sentarse para que la emoción no la derribara al suelo, de golpe, como cuando se deja caer un pesado saco, vencidos los brazos. José, el hermano del viejo profesor, entreviendo lo íntimo del momento, permaneció en silencio.

Una mañana de 1950, paseaba el entonces novel profesor por un parque del centro de la ciudad. Se sentó en el único hueco que quedaba entre los muy ocupados bancos de una tarde de primavera. Junto a él una joven mujer miraba sin mirar, en el otro extremo del banco, absorta, a unos niños jugar, sin fijar la atención de sus ojos en ninguno en concreto. De vez en cuando, con un pañuelito blanco, impoluto, secaba una lágrima evitando, que su grosor aumentase hasta el punto de que la hiciera caer.

-Es la primera vez que se sienta usted junto a mí –dijo Lucía, sin esperarlo, posando su mano en el antebrazo de Manuel.

-También es la primera vez que está usted sola. Siempre la acompaña un joven. -Contestó el entonces recién llegado profesor a la capital.

Con gesto contenido, Lucía apoyó su cabeza en el hombro de Manuel quien permaneció en silencio sólo atreviéndose a pasar su brazo por detrás del cuello de ella y a acariciar su pelo, su oreja, su mejilla, mientras la mujer lloraba ya sin frenar sus emociones. Tras un tiempo así, tras calmarse ella giró su enrojecido y húmedo rostro hacia él, lo besó tiernamente y, con una sonrisa, se fue sin volver la vista atrás.

Desde entonces, casi siempre a la misma hora de la tarde, Manuel, dirigía sus pasos hacia ese banco del parque, hiciese sol o lloviese. Ocupaba el mismo lugar donde se sentó la tarde en que Lucía lloró a su lado. Si estaba ocupado, esperaba su turno o simplemente buscaba un lugar desde donde vigilar de cerca.

La ilusión del reencuentro poco a poco se convirtió en ansiosa impaciencia. Más tarde en una mezcla dolor, en desesperación, en resignación más o menos intensos. De vez en cuando, con cuando una mujer se sentaba junto a él, renacía la esperanza, siempre frustrada. Alguna vez se atrevía a preguntar: “¿es usted Lucía?”

Cuando ya mayor, la enfermedad impidió acudir a su cita diaria, los habituales del parque lo echaron de menos. Se había casi convertido en una de las estatuas que decoraban el lugar.

Una mañana, presintiendo la muerte cercana, en el lecho desde el que sufría, entregó un sobre a su hermano menor con el encargo de que lo abriese en cuanto muriera.

Tras el funeral del viejo profesor, José procedió a cumplir con el deseo de su hermano. En una extensa carta le contaba cómo fue esa única tarde en que tuvo a Lucía entre sus brazos, cómo la había esperado sin encontrarla jamás, cómo la había querido, cómo no había podido acercarse a otra mujer desde entonces.

Le encargó que la buscase y le entregase otro sobre más pequeño que se encontraba en un cajón de la cómoda.

Hombres G: Si no te tengo a ti.

En el año 35, justo antes de iniciarse la Guerra Civil, al año de la boda de Eduardo y María, era una bendición para cualquier hogar el poder criar dos gorrinos. Y más cuando muchas familias la abstinencia de no comer carne la llevaban a la fuerza hasta los días que no marcaba para tal ejercicio espiritual la Santa Madre Iglesia Católica.

María estaba haciendo sus cuentas. Uno de los dos gorrinos se sacrificará para tener una sólida reserva de alimentos que les sacase de la dieta habitual donde la carne escaseaba. Casi con seguridad las partes más nobles, como los lomos, solomillos y jamones los venderían, junto con el segundo cerdo completo, por supuesto.

Al casarse, María y Eduardo fueron a vivir a una casa propiedad del padre de la joven esposa quien, por ser hija única, no tenía que partir con ningún heredero, que solía y suele ser causa de conflictos entre hermanos. Eduardo, por su parte, era de familia menos pudiente y estaba encantado de dormir bajo un techo que no se caía a trozos, como el de sus padres, y que disponía de un patio y de dependencias suficientes como gorrineras y conejeras para  no tener que estar mezclado con los animales. Con todo, la cocina y la cocinilla necesitaban una reforma debido a que, cuando una casa está cerrada mucho tiempo parece como que le perdiese el ánima y languideciese, llegando a ruina. Las casas tienen vida propia y sanan de sus enfermedades en cuanto sienten el calor de una lumbre en la chimenea o de un brasero de ascuas calentando una cama o huelen, hambrientas el olor dulce de un cocido. Para tal misión el segundo gorrino era pintiparada para, en la Feria de Albacete, hacer negocio y, con las pesetas volver a su ser lugares tan importantes de una casa. La idea de María era, pues, propia de la condición femenina, siempre tan práctica y sensata.

A primeros de septiembre se celebra la Feria de Albacete. Era costumbre en los pueblos cercanos a la ciudad, como el Argamasón, aviar el carro, uncir las mulas y cargar aquello que se quería vender en tan famosa feria de ganados. Junto al aljibe, se montaba por la mañana temprano del día 6 una caravana de carros que vaciaba medio pueblo para poder estar el día 7 en la cabalgata de inauguración de la Feria. Por el camino que llevaba a Albacete se formaba una fila de diez o doce carromatos que partían del Argamasón. Al llegar a Albacete acampaban en la cuerda, junto al muro más exterior del recinto ferial. Se le puso tal nombre porque existía una gruesa soga fijada a dicha pared por el Excelentísimo Ayuntamiento, para que sirviera de amarre de los caballos, las mulas y los burros con los que los pueblerinos se desplazaban a la ciudad.

El viaje era corto, unas cuantas leguas, pero se hizo en condiciones penosas para el joven matrimonio, porque Marcos, que así llamaban al gorrino destinado a la venta, era un mozo muy bien criado y fuerte y ocupaba casi toda la barca del carro, por no hablar de lo nervioso que se puso de verse en tal trance, y del mal olor y de los excrementos y orinas propios de tan sucio animal que abundaban sobremanera, como cuando nos pasaría a nosotros si nos viésemos en tal trance o parecido. El peso del porcino y su incesante movimiento nervioso hacían chirriar de lo lindo a las palomillas de los ejes de las ruedas, amenazando romperse. Al llegar, María y Eduardo ataron a Paloma, la mula que con paciencia había tirado del carruaje, bajaron el gorrino y limpiaron la caja del carro con recios escobones y abundante agua y jabón de losa. Lo habilitaron después, como almacén de alimentos y pertenencias varias y debajo de la barriga, tendieron unas mantas que servían de dormitorio conyugal durante la noche y a la hora de la siesta. El cerdo estaba atado con una soga al otro extremo del carro, constantemente vigilado por uno de los dos para evitar su robo.

Pero no sólo se desplazaban de los pueblos a la Feria de Albacete para vender productos de la tierra o algún animal, sino también para comprar aquello que era raro encontrar en un pueblo o, como Eduardo y María, a conseguir algunos dineritos. Pero, además, se iba a divertirse. Las animadas verbenas eras muy visitadas. Los puestos de churros y chocolate, se llenaban todas las mañanas. Las atracciones del Paseo de la Feria atraían a muchos niños. Pero los dos espectáculos señeros de la Feria eran los toros y el circo. La plaza de toros había sido construida a principios de siglo por lo que era uno de los edificios públicos más imponentes y modernos de la ciudad, cimentando una de las ferias taurinas más importantes de España. Se construyó en estilo neomudéjar, como otras plazas como la de las Arenas de Barcelona, hoy convertida tristemente en un centro comercial, y las Ventas de Madrid, entre otras. Se buscaba entonces en toda Europa un estilo arquitectónico que definiera la identidad de cada país. En España se encontró en el mudéjar, tal y como lo definió Amador de los Ríos en su discurso de entrada a la Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1859 titulado “El estilo mudéjar, en arquitectura”; en Francia, se encontró en el gótico, por aquello del abate Suger y la Abadía de Saint Denis, considerada el origen de tal estilo. Por eso, en un edificio que define la esencia de lo español, como un coso taurino, se construye imitando el mudéjar casi simultáneamente en varios lugares del país.

Los toros se consideraban, en los años treinta un espectáculo propio de hombres. Las mujeres admitidas eran pocas y estaban mal vistas en un espectáculo mucho más sangriento que el toreo actual (caballos que morían con las tripas abiertas por no usar petos, suerte de varas completa…), aunque ya se relajaba algo dicha disciplina excluyente del sexo femenino. Sin embargo, el circo era un entretenimiento propio de niños y mujeres. Sobre todo los toros eran caros para los ingresos de unos humildes agricultores como María y Eduardo. El circo tampoco era barato que digamos. Lo que suponía un esfuerzo no era tanto el precio de las entradas, más módico que el de los toros, sino el hecho de que iban las mujeres y sus hijos, por lo que había que sacar tres, cuatro, cinco o las entradas que fuesen necesarias.

Eduardo, era muy aficionado a los toros. Otros años ahorraba lo que podía, para poder adquirir una entrada. En cuanto llegaba a la Feria, lo primero era ir a las taquillas de la plaza de toros para asegurarse un asiento justo el día en que los vecinos del Argamasón acordaban para poder ir a la misma corrida. Sin embargo, ese año, a escondidas de María, había ideado una treta. Con don Manuel, un tratante de ganados de Albacete que se dejó caer por el Argamasón, ya había apalabrado y cerrado la venta de Marcos sin decirle palabra a María. Don Manuel no era tonto y, como buen negociante, quería quedarse a toda costa el animal, para acabar de criarlo y sacrificarlo en noviembre. El precio de la carne del animal despiezado iba a valer el doble que si se vendiese en vivo. Y de verdad que el cochino daba envidia por su peso y por lo sano y saludable que se mostraba. Por ello le adelantó a Eduardo, en señal, la mitad del valor acordado por el animal, para que no se lo birlase nadie. Entonces la palabra dada era sagrada y no hacía falta más papel firmado que un apretón de manos y un vaso de vino. Eduardo quedó con el tratante en que, justo el primer día de feria, en torno al mediodía, se acercase don Manuel con dos peones para llevarse el animal en el momento en que su mujer se ausentase con sus amigas a dar una vuelta por el recinto ferial a ver los puestos y a probarse unas enaguas que le hacían tilín. En ese momento, el tratante le pagaría lo que faltaba y se consumaría la transacción.

Efectivamente al volver María de su paseo se encontró con que el gorrino ya no estaba. Su marido la esperaba y le entregó una parte del dinero que le había pagado el tratante, no todo. A María se le antojó poco y le recriminó el que quizá había hecho una mala venta y que puede que lo hubieran engañado. Con tan pocos duros para poca reforma de la casa iba a dar. Eduardo calló, aguantando el chaparrón hasta que escampó.

Esa misma tarde se celebraba la primera novillada y Eduardo se escabulló de su mujer como pudo, justo a la hora en que sesteaban. Al volver Eduardo de los toros le preguntó que de dónde venía. Él le contestó que de dar un paseo, que tenía calor y que prefirió ir a los jardinillos de la feria donde había sombra. Debajo del carro se notaba el bochorno de un día cálido pero con los cielos cubiertos. De los peores del seco verano albaceteño. Los dos días siguientes se repitieron las circunstancias de tan sigilosa fuga con destino a los toros.

Al cuarto día, a María le fue Josefa, su vecina: “Pues ¿no he visto entrar a tu marido a la plaza toros hace un rato? Creía que eran visiones, pero me acerqué a él y efectivamente lo vi. ¡Anda con el millonario, pensé!”. Esto extrañó mucho a María y dio por carburar mucho a la molondra no intentando disimular su mosqueo. A las dos horas, media hora después de que terminase el festejo taurino, volvió su marido con la misma excusa de otros días: el calor que le impedía dormir y el frescor de la cercanía de las fuentes y de la sombra de los pinos.

Al día siguiente, María se acostó a la siesta con Eduardo, pero se esforzó en no dormirse. Al sentir cómo su esposo abría la manta, observar cómo se lavaba la cara con la zafa, se ponía la chaqueta y se echaba a andar en dirección al coso taurino, fue tras él. Lo esperó a la salida y en cuanto lo vio fue a su encuentro para pedirle explicaciones, toda furiosa. La cara de pasmo de su esposo fue para ponerle un marco.

Resulta que Eduardo, movido por su afición a los toros, había ideado la treta de vender a Marcos sin que su mujer lo supiera y engañarla. Con las dos terceras partes del dinero de la venta se sacó abono para toda la feria de toros, lo que habría sido imposible para su economía si no hubiese sido así. Cumplió su sueño a costa, eso sí, de un serio problema conyugal, al inicio de su matrimonio, de emocionarse con el toreo de capote de Armillita, con el temple majestuoso de los naturales de Barrera y con el valor de entrar a matar recibiendo del novillero Jaime Pericas.

El resultado fue que María estuvo casi un año sin hablarle a Eduardo, provocando la primera crisis matrimonial de un matrimonio que con sus más y sus menos llegó hasta casi los setenta años de feliz convivencia. Sin embargo, entonces, las únicas palabras que se dirigieron eran las imprescindibles para el buen gobierno de la casa. El control de los dineros y negocios del matrimonio por parte de María fue férreo, no permitiendo a Eduardo ni tomar un recuelo con sus amigotes del casino. Y se rumorea que lo mantuvo en tal abstinencia de sexo que creía ser el pobre Eduardo uno de esos atenienses mantenidos en huelga de toda actividad lúbrica por Lisístrata y las mujeres de Atenas hasta que cesase la guerra.

Por supuesto que muchos otros motivos provocarían situaciones parecidas o más graves incluso en sus muchos años de matrimonio. Poco a poco, la tensión se relajó. Fueron inteligentes y pusieron de su parte para que, las aguas volvieran a su cauce, cosa que muchas parejas de hoy en día no tienen y por la mínima ya están con los papeles en el juzgado. Dios quiera que muchas crisis de pareja se resolvieran así, con paciencia, perdonando y sabiendo valorar que la reforma de una cocina puede esperar un tiempo. Con todo ¡qué bien se lo pasó Eduardo ese año! ¡Lo que pudo presumir años y años en el casino con tal hazaña que ningún esposo se atrevió a siquiera soñar emular! ¡Y lo que se pudo emocionar con María, cuando ya viejos, contaban esta historia a sus nietos!

#Bebeabu, abuelita, bolita, hace dos meses ya que nos dejaste, pero quiero darte las gracias. Es lo último que puedo hacer por ti. Vuelvo al blog tras tres meses sin escribir porque te debía esto y me ha costado lo mío escribirlo. Si escribía algo antes sentía como que te estaba faltando.

  • Gracias, Dios mío, por haber hecho nacer a mi #bebeabu del abuelo Domingo y la abuela María y haberla hecho vivir noventa y un años.
  • Gracias por haber encontrado al abuelo y haber vivido con él setenta y cinco años compartiendo alegrías y penas. Mi hermana y yo decimos a menudo que vuestro matrimonio es el amor que quisiéramos para nosotros.
  • Gracias por haber traído al mundo a cuatro hijos, entre los cuales está mi madre.
  • Gracias por haber cuidado de ellos mientras el abuelo estaba movilizado, durante la Guerra Civil que, aunque lo tenían en plana mayor, haciéndoles café a los oficiales de su regimiento, sin pegar un tiro, fueron casi tres años sin él.
  • Gracias por haber soportado el peso de la familia cuando el abuelo se quedó ciego en el año 46, con tres niños pequeños. En el pueblo decían que os ibais a morir de hambre pero, gracias a tu fuerza y a no tener miedo al trabajo, pudisteis progresar.
  • Gracias por tener el valor de dejar el pueblo e ir a la ciudad en busca de una vida donde no se trabajase de sol a sol, buscando un porvenir mejor para tus hijos.
  • Gracias por contribuir a crear una gran comunidad de vecinos en tu bloque de pisos de Albacete, donde se vivía como en una gran familia.
  • Gracias por alegrarte con mi nacimiento y por no importarte cuidarme en mi más tierna infancia, cuando mis padres se fueron a trabajar a Suiza y me dejaron a tu cargo.
  • Gracias por estar ocho meses en la Fe de Valencia al lado de un hijo de catorce años, sin separarte de su cama, viendo cómo se te moría de cáncer.
  • Gracias por proteger a mi madre y a nosotros, cuando el clima familiar en nuestra casa se deterioró a causa de los problemas de mi padre y por estar con nosotros en el violento proceso de separación de mis padres, como se apoya en una familia al eslabón más débil.
  • Gracias por la infinidad de tardes junto a ti y el abuelo, en la mesa camilla, haciendo deberes mientras cosías, sesteabas, hablabas o veías la televisión.
  • Gracias por tu sonrisa cuando te cruzabas conmigo por la calle o cuando me llamabas a voces desde el balcón para que subiera a casa a por la merienda.
  • Gracias por recorrer media ciudad con tu carro de la compra buscando un bote de tomate barato para revenderlo en la tienda de mi madre más económico de cómo nos lo daba el proveedor y así, arañar algunos duros para la casa.
  • Gracias por permitirte ver cómo, por las mañanas, te peinabas tu trenza y te hacías tu moño, con infinidad de horquillas, y cómo lo lucías orgullosa.
  • Gracias por verte cocinar, horas y horas, delante de los pucheros y hacernos así gozar a todos de memorables guisos.
  • Gracias por tus veranos en la playa, que compartíamos con vosotros, por verte barrer las hojas del patio,  por ir a bañarte con el abuelo…
  • Gracias por las veces que te venías conmigo y con el abuelo a Socovos integrándote como una más en el pueblo y por mostrarte orgullosa de tu nieto.
  • Gracias por tu hermoso rostro y por tu piel tersa que hemos heredado casi toda la familia y que hace que quien nos conoce crea que tenemos menos años que los que en realidad dice nuestro carnet de identidad. Si hasta cuando te morías estabas guapa.
  • Gracias por tu fe, esa fe sencilla y profunda, que te hacía buena persona y que te hacía vivir las realidades de Dios con naturalidad y como una presencia viva y real.
  • Gracias por tu forma de hablar, por tus dichos y chascarrillos (“romero verde, romero mojado, si tú me quieres ya nos hemos apañado”) que me llevaban a otros tiempos y otra cultura, pero que conservaban un gran español rural, el de los pueblos de alrededor de Albacete.
  • Gracias por vivir tu deterioro y tu enfermedad, por convivir con el alzheimer, esa dura enfermedad que te iba haciendo desaparecer poco a poco.
  • Sí, te doy las gracias, porque para mí y para mi familia ha supuesto una prueba de amor. Estar a tu lado un montón de días, sólo vigilándote, a tu lado, me ha hecho ser mejor persona de lo que era, menos egoísta, más tierno y sensible. Y sé que muchos, a quienes no conoces, han aprendido a ser también menos egoístas viendo cómo estábamos a tu lado asumiendo algunos sacrificios por ti.
  • Gracias a tu enfermedad me he acercado más a mi madre y a mi hermana, las he redescubierto y he aprendido mucho de ellas. Lo que han sufrido por ti ha sido algo muy hermoso de contemplar.
  • Gracias tus muchas hospitalizaciones, de las que salía triste, abatido, pero con la alegría de que al menos estabas viva, con nosotros.
  • Gracias por tus últimos días.
  • Gracias por esos diez milagrosos minutos de lucidez en los que, tras meses sin hacerlo, nos reconociste a todos, nos distes besos, le dijiste a mi hermana que estaba muy guapa y me reconociste como tu nieto, el número uno, que siempre me lo decías, el que más querías.
  • Gracias por permitirme pasar una noche en vela pegado a tu cama de hospital, cuando ya no había esperanza, llorando y cogiendo tu mano sin fuerza. Fue una noche especial, la última contigo. Intuía que iba a ser la última.
  • Gracias por morir en Viernes Santo, cuando Cristo. Para un cristiano, entender y vivir el Misterio Pascual es lo más grande. Después de años celebrándolo has tenido que morir en fecha tan señalada para hacerme entender que no morimos, sino que vivimos más y mejor. Sólo he perdido tu presencia física, pero tu presencia nunca.
  • Y gracias por cuidarme desde el Cielo, y por estar gozando del descanso eterno y de la dicha perfecta, por estar junto a los que has querido y que te precedieron, preparándote el camino.

El bancal en barbecho con los surcos destrozados por infinidad de pisadas. Matojos manchados de sangre. El cuerpo de un hombre fuerte y alto desnudo y despanzurrado, con las tripas comidas por alimañas. Un ojo pinchado con un punzón clavado y otro arrancado. Los pies quemados. Un par de medias negras en la boca y sus senojiles atando la garganta, tapando un tajo quizá hecho con el cuchillo de la matazón del gorrino. Las manos atadas con vencejos. La piel acardenalada y acuchillada, restregada de tierra. Su sangre en una zafa puesta bajo el cuello. Con la escarcha perlando su piel Capado.

El día de Todos los Santos fui al cementerio de mi pueblo. Frente a una tumba en el suelo estaba el Senén de la Viñica. Es un viejo bajito, con la tez oscura del hombre de campo que se ha dejado la vida cavando y la cabeza cubierta con una sucia gorra. Lo vi cómo escupió con odio y exclamó:

-Todo el que se muere al momento es bueno menos el primo Blas.

No voy a negar que la frasecica tenía bemoles, me extrañó e intrigó. Mi abuelo decía que todo el que se muere, por muy borde que haya sido, se hace santo al instante, antes del entierro. Lo repetía mucho. Algo debería haber pasado con el primo Blas que contradecía esta máxima.

Me decidí a investigar. Mis primeros pasos se dirigieron a los mayores del pueblo. Los mejores sitios para verlos a todos reunidos eran dos: la iglesia en hora de misa para las mujeres y las partidas de dominó y cartas del Club del Pensionista. Estaba claro que a la iglesia no iría a preguntar porque es sitio de respeto donde no se debe chismorrear. Además, el curita nuevo era un pollo sin experiencia con muchas ideas progresistas pero con una mala leche que no se sabe si la había sacado de su estado laical, previo a la ordenación, o si la vida recogida del seminario se la había hecho crecer. Cuentan las beatas que un día sacó de misa a la Lolica, una bendita de Dios, a la que se le estaba yendo la cabeza porque se dedicaba a hablar mientras la homilía. ¡Qué mal cayó el suceso en el pueblo! La Lolica que vestía todos los años para el Viernes Santo a la Virgen de los Dolores. Por tanto, el mejor sitio para preguntar, pensé, era el Club del Pensionista.

No soy muy jugador pero pensé que me admitirían a una mesa del dominó. No fue así. Había que ganarse el puesto a pulso entre esa aristocracia pueblerina que era la partida de la tarde y yo era un don nadie. Así que, me conformé con pedir un café y sentarme pegado al pico de una mesa. Tenía enfrente, también de espectador, al Antoñico de Pepe el Sayo y a dos viejos del Pozuelo que no conocía de nada. Me flanqueaban Manolo el cuchillero, que tuvo un taller en Albacete hasta que se jubiló y lo cerró y José el Mije, herrero de los de antes, de martillo y fuego. Estos dos eran familiares lejanos del primo Blas y, por tanto, también emparentados con mi abuelo. El primo Blas, lo era de mi abuelo en tercer grado.

Al poco se me ocurre preguntar a José el Mije qué me podía contar del primo Blas. Al instante el ruido de envidos y truques y el golpeo de fichas de dominó enmudecieron. Me miraron como para matarme. Agaché la mirada, me levanté de la silla y el volumen habitual a esa hora no se recuperó hasta que salí al frío de la calle. Intuí algún improperio, pero no lo capté con claridad. ¿Sería por mí? Todo esto me hizo pensar que algo ocurría. Lo cual excitó aún más mi curiosidad. Pero un muro se levantaba en mi pueblo que me impedía acceder a la verdad sobre mi primo Blas.

En Navidad volví. En la plaza mayor, junto al aljibe me abordó José el Mije. Me dijo que me quería invitar a un orujo clandestino del que hacía él con su alambique. Sacó unos vasos de vino que llenó hasta la mitad. Él se bebió el contenido de una y se quedó tal cual. Traté de imitarlo. Nada más tragar el orujo me puse rojo, empecé a toser y a llorar. José el Mije, sin hablar nada fue a la alacena y cogió una botella de JB.

Me dijo: -Usted tome de esto, que es más flojo.

Esperó a que se me pasara el apuro, se puso serio y me dijo:

-Hay cosas de la vida de un pueblo que no se preguntan. Se lo advierto.

Desanimado, se me ocurrió consultar los periódicos anteriores al año en que murió el primo Blas. Para ello nada mejor que ir a la hemeroteca del Archivo Histórico de Albacete. El funcionario que me atendió quiso ponerme delante de un mamotreto de máquina para leer microfilms. Pero yo quería tocar papel y sudé tinta hasta que me sacó enfadado los periódicos que le pedía. Consulté primero la prensa del año 30, cuando la muerte del primo Blas. En un ejemplar del Ideal encontré crónica de su muerte violenta. Nunca se esclareció el asunto, pero debió ser torturado largamente, por infinidad de personas. El cadáver se encontró al amanecer, medio helado. Las torturas fueron horribles y de ellas he dado ya fe. Imaginen.

En años anteriores, La Tribuna de Albacete y, de nuevo El Ideal, de vez en cuando, daban noticia de sucesos espaciados en el tiempo pero recurrentes en mi pueblo. Un día Juan Guerrero fue al corral a atender a sus gallinas. Por la noche no se enteró del alboroto que alguien produjo al descabezar los pollos y gallinas del cercado. Puede que el que hubiera una tapia entre medias amortiguara los chillidos de los animales al morir. El pobre ni se percató.

Mi abuelo contaba que un juego de niños en su infancia era dar confianza a un pollo, acercarse a él y cuando estaba arrancarle la cabeza de un puñetazo. El animal corría un rato echando sangre hasta que caía exangüe. Se hacía como un cruel juego pero se mataba uno y la familia se lo zampaba después. Matanza tan grande no se conoció jamás.

También se cuenta que en junio, próxima la siega, se prendió fuego un sembrado de trigo a punto de coger. Pertenecía a la familia del señorito Domingo que pasaba estrecheces pues se había gastado los ahorros de la familia en putas en Madrid y ya no le quedaba más que ese terreno y un caserón ruinoso del que sólo habitaba un saloncito bajo, un dormitorio y la cocina, del miedo que le daba que se le cayera algo en la cabeza. De hecho, un tramo del tejado se había derrumbado dos años hace. No veáis el hambre que pasó.

La Paca de Antoñín se murió el año pasado en el psiquiátrico de las Tiesas, en la carretera de Mahora. Un día, siendo niña desapareció. La familia la echó de menos a la hora de comer, al salir de las escuelas. Se organizaron batidas; se buscó hasta en el último rincón; se bajó a un buen número de pozos y al aljibe de la plaza. Fue en la Cueva de las Mariquillas donde se la encontró, arañada, sin ropa, violada y con señales de haber sido molida a palos. Las heridas y la rotura de un brazo acabaron curando, pero su alma no. Una mirada de terror se fijó en su rostro y jamás se la oyó pronunciar palabra. Tampoco consintió sobre su piel la mano de un hombre.

Al volver del campo, tras un día de dura faena, mientras se preparaba el terreno para sembrar, con las mulas y la vertedera, ya de noche, la familia de Bernardo el Negro se encontró en el patio, tras las portás, y en la calle, las tejas y las cañas del tejado de su casa, con el agravante de que llovía y llovía durante casi cinco días después del desastre. Del agua, el piso de las cámaras se bufó hacia abajo y algunos trozos de yeso y cal se desprendieron. Se echaron a perder los productos de la matanza que se estaban secando, el maíz guardado para secar, los pimientos morrones, las orzas de lomo y chorizos y el vino de las tinajas y lo peor, la mistela. También las patatas y las almendras tendidas sobre el suelo se vieron afectadas. La verdad es que el deterioro del piso fue tan rápido que hubo que evacuar la casa. ¡A ver quién se atrevía a subir al rescate de la comida y la bebida!

Como dijo José el Mije hay asuntos que se ocultan, que pertenecen al secreto de la historia de un pueblo. Si te acercas a ellos, una coraza enorme te impide el paso. Está claro que el primo Blas era un salvaje, pero su muerte fue horrible, sus torturas atroces. Era un ser humano, con sus problemas, por supuesto. Violento como pocos. Pero sufrió violencia aún mayor. Todo un pueblo se unió para quitarse el problema a las bravas, y a fe que lo consiguió. Y también supo ocultar el problema. Vaya que sí. Setenta años después, ni se investiga ni se investigará. Pero el hombre ya está criando malvas y se le escupe cuando se pasa cerca de su tumba. Ay, ¿y mi abuelo?

Recuerdo con todo detalle una tarde de agosto, hace ya casi cinco años, en la que cogí del brazo a mi abuelo y lo invité a un helado. Él me notó raro. Su intuición le decía que tenía algo importante que comunicarle. Efectivamente, la noticia era mi inminente intención de dejar el sacerdocio, de colgar los hábitos, vamos. Era una decisión meditada desde hacía tiempo y que tenía su origen en una relación sentimental muy complicada. Un año después de que se terminara, ya tenía casi todo preparado para dar un paso radical en mi vida que se materializó al poco.

Él estuvo un cuarto de hora aproximadamente escuchándome con atención, sin despegar los labios. Sin embargo lo que más me sorprendió fue su comentario en cuanto terminé de hablar: “Debe ser muy duro llegar a tu casa por la noche y no tener a nadie esperándote”. No dijo nada más. Me conmovió de un modo como no podéis imaginar. Su comprensión, su apoyo,  sus palabras emanaban de la sabiduría de quien ha vivido mucho en noventa años y de quien ha tenido a esa persona que le aguardaba al volver.

Pues sí. Di un cambio a mi vida, quizá el mayor. Dejé una vida cómoda, con una posición social respetada y me lié la manta a la cabeza. Todo fue producto por esa sensación de absoluta soledad que se siente cuando no puedes acceder a la exclusividad, a una persona que se muera por ti y que te acompañe. Mucho he reflexionado por qué lo hice. Era esa necesidad lo que me movía.

A nosotros se nos educa en un modo de amor no posesivo, sino concebido como entrega a los demás. Lo mismo que Cristo se entrega en la cruz por todos los hombres, los cristianos lo hemos de hacer. Es un amor no erótico, (entendido como posesión de lo que falta para estar completos) sino visto como ágape o una filía, como entrega desinteresada, que no espera nada a cambio. Lo único que, un sacerdote, ese amor, lo debe entregar a la Iglesia y, a través de ella a la humanidad completa.

Durante años, pude vivir, con mis más y mis menos esa realidad. No me era muy difícil. Ideales fuertes, frescos. Muchos apoyos humanos y espirituales. ¿Había algo de represión? No digo que no. Todo fue  bien hasta que, casi sin esperarlo, la sensación de soledad extrema empezó a ganar terreno,  se empezó a hacer cotidiana. Una obsesión.

Mis relaciones personales eran muchas y algunas de ellas muy profundas. Pero faltaba algo. Necesitaba dirigir esa entrega amorosa a una persona en concreto y absorber lo que ella me pudiera dar a unos niveles afectivos que apenas había experimentado hasta entonces. Sin darme cuenta busqué y encontré. Pero tuve que dejar, que abandonar. Y al dejar, quedé tocado.

Tras “cambiar de vida”, surgió una relación seria que no cuajó. Con ella superé muchas cosas. Entre ellas me desinhibí moralmente respecto al sexo. ¿Por qué no? Esa era la pregunta que me hacía. Relativicé mucho. Puse por encima de todo mi afectividad, recuperar los años perdidos, vivir sensaciones, jugar. Tras ella se cruzaron otras personas pero pasaron superficialmente.

Pero hace unos meses ocurrió algo diferente. Entró alguien distinto que me hizo retomar los motivos que habían alterado mi vida. Esa persona no era un juego. Esos ideales parecía que se concretaban en una persona. Nos queríamos mucho. Nos decíamos que nunca habíamos experimentado un amor como ese. Y era verdad. Se creó una dependencia absoluta. Vivíamos el uno para el otro. Disfrutábamos mucho.  Incluso empezábamos a vislumbrar  vagos y lejanos proyectos de una vida en común. Buscábamos cómo. Se nos ocurrían locuras.

Hasta que la realidad paulatinamente se impuso. Las circunstancias entre nosotros eran tales que exigirían sacrificios enormes por parte de los dos para materializar nuestras intenciones. Incluso puede que hiciéramos mucho daño a otras personas. Comenzamos a tener un cierto malestar entre ambos, a recular, yo más tarde que ella, es cierto. Y hace nada, hablamos y decidimos cortar, manteniendo eso sí, una amistad: queremos ser el “primum inter pares”, los mejores amigos que se podía tener, puesto que ninguno de los dos podemos asumir el coste de unos pasos más allá.

En esas estamos. Tratando de encajar la nueva situación. Para mí es difícil. En mi corta experiencia, las rupturas han sido radicales, no como ésta, gracias a Dios. Nos dolería perdernos el uno al otro. Todo está muy fresco y hay que dar tiempo a que las cosas se serenen. Creo que es posible encontrar un punto de equilibrio. Lo difícil es dar con él. Y eso me está generando un dolor tremendo. Lo provoca la pérdida del futuro que yo, de un modo muy iluso quizá, deseaba; el no saber qué hacer: más o menos frialdad, más o menos distancia. Ella se ve desbordada, mal. Y, a veces, siento que no estoy a su altura.

Omnia vincit amor (es un tópico literario clásico) presente en la literatura grecolatina y que ha tenido amplio eco en el Renacimiento, donde se lo redescubre. Incluso antes, en un Petrarca lo tenemos presente. Se sale del Medievo. Se recuperan textos que se creían perdidos y el peso de lo clásico se impone. Se copian modos, estilos, temas. La mitología, la historia y la filosofía grecorromana se empiezan a divulgar. El hombre se sitúa en el centro. Y el hombre es un ser que ama a otros seres humanos y que expresa ese amor con el arte y la literatura, entre otros medios. Por supuesto que también el barroco y los autores románticos conocen este tópico y otros como el Collige Virgo rosas y que lo usan en sus obras con profusión.

La primera aparición literaria de la frase que da nombre al tópico literario tal cual está en la Égloga X de Virgilio: Omnia vincit Amor, et nos cedamus Amori (Todo lo vence el amor, dejémonos vencer por el amor. -Trad. propia.-). La cita virgiliana nos muestra a un dios, el Amor, Cupido, que de modo azaroso, con su arco y sus flechas hace posible todo. Nada se le resiste. Las relaciones amorosas surgen porque sí, sin más. No hay que dar explicación al amor. Una vez que el amor ha anidado en el corazón de dos personas, si Cupido ha querido, nada se le resiste. Todo lo puede.

Caravaggio representa en el cuadro que vemos al lado a un Cupido juguetón y maligno, con su arco preparado y pisoteando las artes, Caravaggio - Omnia vincit Amorlas ciencias y hasta el gobierno. El amor está presente en todas las facetas de la vida humana, lo mueve todo y lo conmueve todo. Acaba con todo y todo lo puede. De ahí la grandeza. Se cuenta que Caravaggio escogió bien a su modelo: un chavalín de la calle, quizá un ladronzuelo. El gesto pícaro del modelo sólo podía ser de un niño de esa extracción social. Está claro. Cupido es un pilluelo sin cabeza.

Pues bien. Sin pretender enmendarle la plana a toda la tradición literaria occidental y menos aún a la pictórica, Dios me libre, por mi experiencia (es mi opinión), diría que habría que encarcelar a ese diosecillo que se cree omnipotente y que tanto se burla con su azar. No siempre vence el amor. Otras fuerzas están en dura pugna con él. Unas veces sí obtiene su victoria; otras no. Por lo que habéis podido leer arriba, en mi caso no ha vencido, sino que me ha derrotado. Pero, a pesar de todo, no me queda otra que seguir, confiar, recuperarme y hallar un equilibrio personal en el que pueda encontrarme tranquilo, sereno, integrando a la persona con la que creía que se podía ir a más en una realidad nueva que nos permita disfrutar el uno del otro de otro modo.

Y continuar buscando, sin obsesionarme por ello. Aun sabiendo que puedo fracasar. Asumo el riesgo. Tampoco quiero fabricarme una coraza que me separe de los demás y que me ponga a la defensiva. No estoy de vuelta de todo ni de nada. En el fondo, como decía mi abuelo, lo que me pasa es muy duro entrar en casa y no tener a nadie que te espere. Cuando llegue llegará, si llega.

En definitiva que no, que todo no lo vence el amor. ¡Este Virgilio, que nos hizo creer en lo que no existe!

Imagen extraída de la Wikipedia. Caravaggio. El amor victorioso.

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