Juan Carlos Vivó Córcoles

Archive for the ‘Humor’ Category

Domingo y yo éramos inseparables. Con nuestros once años ya nos atrevíamos a explorar misteriosos e ignotos barrios de la ciudad hasta entonces.

El descubrimiento más fascinante de aquel verano fueron los recreativos Orenes, situados al final del Paseo de la Feria, subiendo ya hacia la catedral. Se nos antojaba el lugar más divertido sobre la tierra. Pero, eso sí, era un lugar de delicias carísimo para lo que podíamos obtener de nuestros padres quienes, como gente de bien, miraban mucho por la economía familiar. Los veinte duros que me daban a la semana daban sólo para diez partidas al futbolín o para cuatro en las maquinitas de matar marcianos. Con lo cual poco se podía disfrutar.

Una mañana me quedé helado con un comentario de mi madre:

-¡Qué mal pelado vas siempre desde que cambiaste de peluquería! Me parece que el peluquero, con las cuatrocientas pesetas que me saca ya podría esmerarse más y no hacerte trasquilones. Puede que tenga unas palabras con él. Da vergüenza verte.

Esa misma tarde, al volver del colegio, mi madre puso en mis manos cuatro billetes de cien pesetas para cortarme las vedijas. Inmediatamente, me dirigí a mi habitación y saqué de entre el colchón y el somier unas tijeras que había sustraído del costurero de mi abuela y que ella daba por perdidas desde hacía mucho tiempo. Con cuidado, en un bolsillo del pantalón las escondí y salí con ellas de casa.

Me dirigí entonces al parque de los Jardinillos de la Feria. Allí, en un banco cercano a la Fuente de las Ranas me dispuse a cortar el pelo con primor y alegría a Domingo que me esperaba hacía ya un rato largo. En cuanto terminé mi faena, observada con curiosidad por toda persona que pasaba por allí, me puse yo en manos de Domingo para que repitiera conmigo la misma operación.

En ese instante, noté un calor intenso en mi mejilla, y un dolor fortísimo. Sentí entonces la mano de mi madre golpear con la misma fuerza la otra mejilla, mientras me agarraba del pelo hasta levantarme del asiento. Observé también, aterrado y pensando en los posteriores castigos, cómo Adela, la madre de Domingo, chillaba a su hijo y le propinaba un buen azote en el culo.

Cinco meses antes más o menos el par de dos ideamos una treta que nos fue muy provechosa hasta entonces, claro está. Pedíamos dinero a nuestras madres y, con la excusa de la peluquería, nos dirigíamos al parque, nos pelábamos e, inmediatamente, nos gastábamos las ochocientas pesetas recogidas en una especie de orgía de muerte de todo enemigo que quisiera invadir la tierra o de destrucción de toda nave alienígena. El cielo, en forma de máquina de videojuego.

Pero desde ese día, el mundo se redujo para mí a colegio y casa durante un buen tiempo. ¡Qué se le va a hacer!

Esas y otras muchas anécdotas han cimentado una gran amistad.

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El pasado sábado día 18 de febrero y el domingo 19 quedamos en Sevilla una pequeña pandilla que se ha formado en twitter, los guapos reversibles (#reversibles o #guaposreversibles). Ese término lo acuñó @anafdezbosch. Con él se quiere dar a entender que sus miembros somo guapos, perfectos y maravillosos tanto por dentro como por fuera. Se nos da la vuelta (cualidad de reversibilidad) y somos igual de bellos.

Para mí el viaje comenzó muy temprano. A las tres de la madrugada salí de Albacete y emprendí mi periplo en coche. Ya la noche de antes @carmenjcc y @olgamagica quedaron a cenar con @espemorgado en su casa, en una amable velada.

Llegué a Sevilla sobre las nueve y recogí en el aeropuerto a @anafdezbosch. Un ángel negro que arrastraba una pequeña maleta, con un abrigo corto de piel, oculta la mirada tras unas gafas de sol y masticando chicle. Daba pasos rápidos hacia mí. Tras el saludo de rigor buscamos aparcamiento en Sevilla. En ese momento ocurrióseme decirle que hasta las dos nada de nada. Cada mochuelo a su olivo. La pobre pensaría que qué me pasaba para querer quedar tan tarde. Perplejidad.

Nada. Todo fue una confusión. Al poco, estábamos cerca de la calle Sierpes, y un poco más tarde todos juntos. Fue un feliz momento de encuentro. Personas de las que conocíamos mucho y con las que compartíamos infinidad de tuits y confidencias al fin nos podíamos mirar a los ojos y reconocer nuestros rasgos entrevistos si acaso en foto.

Cañas, tapas y a comer. Juntos ya  @espemorgado @carmenjcc @olgamagica @juangaso @anafdezbosch y un servidor. Se nos unió una persona inesperada que ya conocía @juangaso, @patridekimi. Se celebraba un evento político importante y ellos se encontraban en Sevilla por esa razón, trabajando. Sin problemas se integró con nosotros como una más. Vimos también a Carlos Latre, pero no se enrolló. Eso sí, lo pasamos bien riéndonos con él.  Se incorporó al rato @martasegura traída a nosotros por su amistad con @anafdezbosch.

La tarde acabó en una terraza tomando una copita con unas maravillosas vistas a la Giralda.

A la noche quedamos en un restaurante a cenar. El ambiente fue estupendo y la comida excelente. A los postres, en espíritu y corazón,  mi hermanica @vivotrini, que también es tan guapa reversible como su hermano, se materializó entre nosotros. Había preparado con mimo una cajita llena de dulces chocolates que consumimos con alegría. Al abrirla había sorpresa. Una serie de notitas de papel con “aquellos tuits que jamás deberíamos haber escrito” cada uno. La risa estuvo asegurada sólo con su lectura. Tuvimos el detalle de llamarla para agradecérselo. No estuviste físicamente con nosotros pero te has ganado un lugar en el corazón de todos y cada uno de los demás guapos reversibles.

Algunos acabamos en una discoteca hasta altas horas.

El domingo amaneció tranquilo para mí. Era temprano había dormido poco, es cierto y la resaca de la trasnochada se notaba, unida a un sábado intensísimo y un madrugón soberbio, pero no me iba a perder una mañana como aquella en Sevilla. Ya descansaría cuando pudiera.

Esa mañana fue dedicada sólo a una persona: @anafdezbosch. Quedamos cerca de la Catedral a tomar un café. Estuvimos un buen rato en una más que sincera y bella conversación. Una gitana nos echó la buenaventura y nos desplumó tras darnos a cambio una ramita de romero. ¡Qué gran vendedora! Nadie me había llamado “equesito” hasta entonces, vaya por Dios. Por ello me cautivó la gitana y por ello me sacó cinco euros que, si no me pilla algo despierto, se habrían convertido en algo más.

Al poco emprendimos un paseo cuyo fin fue mi coche. Fuimos al aeropuerto, comimos juntos y nos despedimos con un sentido abrazo.

Es mucho lo que aprendí de ese fin de semana de todos y cada uno de los guapos reversibles. Primeramente afiancé lo que ya sabía: que @anafdezbosch es una gran mujer que aporta muchísimo a mi vida. Fue un placer todo el fin de semana, especialmente esa mañana de domingo que compartimos solos. Te estoy muy agradecido por ser y estar y por ser un apoyo que te acercaste a mí cuando lo necesitaba y que me salvaste. He aprendido a ser más positivo, a vivir la vida a borbotones, a gozar de lo bueno de la vida y a sacar de mí lo que me mataba. Seguro que tú también aprendes de mí. Gracias. Ay, que lloro.

También estuve con la gran mujer que es @espemorgado que está más favorecida al natural que en esas fotos que pone de avatar en twitter. No sé por qué. Dulce y entera, fuerte y sensible. Y luchadora, buscando su felicidad y dando pasos, difíciles, pero necesarios para ella. Tu fuerza, tu valor y ese corazón que antepones muchas veces a la razón me hace sentir que a todo no hay que ponerle una razón y que hay que asumir los riesgos del corazón. No todo es cerebro.

Conocí a @juangaso, hombre de frente despejada, amable, sensible y con un humor que ya quisiera yo para mí. Qué gran amigo. Te quiero, amigo. Quisiera tener esa bonhomía, ese saber estar, esa bondad que nunca aburre, que habla por los codos. Nuestros encuentros futuros harán posible que pueda volver a disfrutar de ti.

Y qué pareja @olgamagica y @carmencjj. Tendríais que ver qué alegría, qué bondad y qué cariño desprende su humanidad. Son un verdadero encanto. La juventud que nunca se acaba, la amistad de tiempo, la confidencia que no se cierra en sí misma sino que se abre a mí y a los demás. Gracias por ser como sois y por esa gorra y esos leotardos de color rosa que lucís sin pudor alguno.

@patridekimi esa rubia del norte con ese acento tan de allí, que parecía que se la tragaba el móvil de absorta que se la veía a cada momento en el pero que era capaz al mismo tiempo de seguirte y hablarte y reírse contigo. Gracias por el azar que te trajo a mí. Eres grande.

@martasegura a quien seguía desde hacía tiempo y a quien puse cara en ese momento. Mirando la Giralda te tenía a mi lado. Hablamos de golf, de tu trabajo, de Sevilla, de Triana. Me costó entenderte en un primer momento, hasta que se me hizo el oído, pues ¡vaya acento el tuyo! Mu zevillano. Me encantaste. Encantado y feliz de haberte conocido.

Y María Ángeles, gran amiga de @espemorgado que se unió a nuestra panda y que también compartió con nosotros agradables momentos.

Y por último, mi hermanica @vivotrini que estuvo entre nosotros y con nosotros y que, gracias a twitter, está descubriendo un hermanico del que apenas tenía noticia debido a su cabezonería y a sus modales rústicos. Pero parece que va cambiando a mejor nuestra relación de hermanos. Unidos cuando las cosas nos van mal, pero distantes a veces. Tenemos que corregirlo. Y creo que lo vamos consiguiendo.

Evidentemente, esta imagen es ideal. Todos tenemos nuestros problemas, nuestros defectos, nuestras manías que conocemos o que vamos descubriendo, pero lo cierto es que eso no lo vimos ni lo quisimos ver. Fue una fiesta de la amistad. Un encontrarse. Gente que se quiere y que quiere compartir su cariño de un modo sano, que quiere gozar del otro y seguir queriéndose.

Twitter está cambiando las relaciones sociales. Su inmediatez, interactividad y ubicuidad favorecen el que acontecimientos como estos sean posibles. Personas tan diferentes, de lugares lejanos entre sí a veces, se empiezan a hablar en una red social, estrechan sus lazos, desean verse y buscan los medios para hacerlo y quedan satisfechas de lo que ven. Las personas limpias y buenas se conocen ya, sólo le ponen piel y carne a lo que ya habían percibido en infinidad de momentos. Bendita tecnología que hace que podamos y queramos saludarnos todas las mañanas, llamarnos, guasapearnos…

Al final, una ciática y una ampolla merecieron la pena. Ad usum privatum.

Mi Lukas era una unidad de destino en lo universal. Único e inmarcesible, pues confluían en él todas las virtudes y defectos de lo perruno y estaba destinado a la eternidad que le otorga el ser prototípico.

Dicen que los perros son casi humanos, que son el mejor amigo del hombre y demás tópicos. Pues, bien, mi Lukas no era nada de eso, era un perro con todo lo que de canino tiene el término.

Mi hermana es muy caritativa. Tuvo noticias de que en un criadero había nacido una camada sin pedigrí ni raza conocida, compuesta por una mezcla de mastín español y pastor belga. Esos perros no tienen venta y su destino es el sacrificio. Sin dilación, se llevó uno pero, con la excusa de que su piso de la Calle del Escritor era muy pequeño me lo endilgó a mí, cual graciosa dádiva o presente.

Yo ni había tenido perro en mi vida ni lo quería pero, por no hacer un feo a mi Trini, cargué con el perro con cierta preocupación y desasosiego por la responsabilidad que se me venía encima.

Lo conocí en el aparcamiento del Carrefour. Estaba en una caja de cartón con agujeros a modo de respiraderos que, con sus movimientos, se me antojaba que se movía ella sola. Se le oía llorar, inquieto, y rascar las paredes de su cárcel e intentar salir. Lo llevamos a mi coche y lo llevé a Socovos.

Era una preciosa bola de pelo negro con manchas blancas en las patas, cola, vientre y nariz, con cabeza muy grande, propia de un mastín y cuerpo que denunciaba las características morfológicas de su madre. Poco a poco empezó a crecer y mi preocupación aumentó porque el cuerpo se alargó y las patas no. Creía que tendría una deformidad o que se iba a quedar como un engendro de perro salchicha. Sólo al cabo de unos meses su cuerpo se elevó, con gran alivio mío, como quien le pone un gato a un coche y adquirió unas proporciones formidables: un metro de largo, una altura de medio metro y unos setenta kilos de peso.

Aunque daba algo de miedo ver su estampa, enseguida se hizo muy sociable. Se lo dejaba a los niños del pueblo que estaban encantados con el perro que tenía el cura (no con el perro del cura). Le encontré utilidad: servía para hacer parroquia, la verdad. Mi Lukas de apostolado. Sin embargo, su labor evangelizadora terminó en cuanto tuve noticias del primer feligrés que cayó al suelo en una de sus potentes arrancadas. Ahí se acabó.

Su vida transcurrió en un patio que fue huerto en su momento. El huerto propiamente dicho ocupaba un altillo bastante extenso ocupado en gran mediad por un laurel y por una gran higuera que le dejaba espacio suficiente para que estuviera a sus anchas con el debido recogimiento. Al principio se escapaba por la rendija de una puerta y desparecía durante días. Las primeras veces me preocupaba; después no tanto, pues aparecía siempre, cansado y agotado, cuando menos me lo esperaba. Mientras tanto me llegaban noticias de que lo habían visto por tal o cual bancal, de que se había hecho el líder de una manada de seis o siete perros, de que había sido visto en Férez… Siempre volvía, sucio, arañado por gatos, sus peores enemigos, y cargado de garrapatas y pulgas. En un momento dado sospeché de la índole sexual de sus escapadas. En poco tiempo, el pueblo empezó a llenarse de perros de lo más variopinto, en tamaños y hechuras, pero con un sospechoso pelaje negro con mechones blancos que me estaban emparentando con media feligresía, con una paternidad más allá de la espiritual y propia de un sacerdote católico.

El Lukas comía todo lo que un perro puede comer más algunas otras cosas más, como patatas, manzanas, pescado, roedores que mataba o incluso moscas, a las que acechaba inmisericorde. Cuando las tenía entre sus fauces las masticaba y tiraba la cáscara una vez extraído el jugo del insecto.

Le dio por cantar, digo, por ladrar, y sus conciertos eran de lo más sonoro. Algún vecino tenía paciencia; otros me respetaban por aquello del cargo aunque por lo bajinis reprochaban mi conducta. Pero al final di en hueso: José, uno de esos socoveños que iban de uvas a peras al pueblo, me montó un pollo en plena calle que no veas: “vengo a descansar al pueblo y me encuentro con un chucho de mierda que no me deja dormir”. A tal grado creció la tensión que hasta incluso el policía municipal habló conmigo en mi despacho para evitar males mayores. Total, que, se ganó por ello el privilegio de dormir en casa, en vez de bajo un porche que lo protegía bastante bien del frío. Cuando estaba fuera, mi vecino Antonio de la Amparico, que tenía llave de la casa parroquial, se encargaba de dar de comer y de beber y de guardar por la noche y sacar por la mañana al Lukas. Con ello se evitaba el que ladrara a las cuatro de la madrugada.

Mis abuelos y mi madre iban a temporadas al pueblo. No le tenían mucho cariño al perro, la verdad, especialmente mi madre. Ella ha sido muy del qué dirán y, quizá por querer presumir de la condición sacerdotal de su hijo, no veía muy bien aquello de un cura con perro. Mis abuelos, sin embargo, sí que le tenían cierto aprecio. Mi abuela le guisaba unos caldos más que nutritivos con sobras de todo tipo y con mucho pan duro que al Lukas le encantaban y lo sacaban del rutinario pienso. ¡Qué alegría cuando la veía aparecer con el humeante potaje! Me salió gourmet sibarita, el can.

Mi abuelo estaba ciego y a mi abuela ya empezaban a notársele los años. Tenía por ello miedo de que, en un arrebato de cariño o queriendo jugar, se acercara a ellos, se les encaramara y los tirase al suelo provocándoles algún mal. Así pues lo educamos a que los respetara. Si los notaba cerca, se acurrucaba en un rincón y, observante, pero quieto, no estiraba un músculo hasta que desaparecían de su vista.

De las monerías propias que hacen de un perro algo gracioso sólo aprendió dos: a levantar la pata izquierda y a sentarse. En todo lo demás era de lo más anárquico. Se te subía, te mordía el brazo y, hasta en épocas de celo hacía el amor con tu pierna si te descuidabas. Odiaba el agua. El baño para él era un tormento. Cuando me veía enchufar la manguera, hacía por desaparecer. Se acurrucaba en un rincón y bajaba la cabeza, temeroso. Tenía  entonces que atarlo corto para que no escapara. Una vez mojado se le veía cara de terror. Eso sí, como lo encantaba que lo rascaran, cuando lo enjabonaba, se le notaba que disfrutaba. El secado era espectacular: una fuente parecía cuando se sacudía el agua atrapada en su tupido pelo, como lluvia de perlas. A menudo, sin embargo, mis esfuerzos eran inútiles. Al minuto se había rebozado en la tierra del huerto con mi correspondiente cabreo.

Lo entraba muchas veces al salón de casa, conmigo. Allí nuestras siestas en amor y compaña eran un placer. Yo en mi sillón; él al lado mío. Para controlarme se tendía a mi lado y ponía una de sus patas sobre uno de mis pies. Si me movía se levantaba y se ponía en guardia agitando la cola veloz y alegremente con la esperanza de un paseo. Las siestas las presidía la televisión que servía de ruido de fondo. Lo más soporífero eran los reportajes de la segunda cadena de Radio Televisión Española. Si algún perro, gato, león, tigre o hiena emitía algún sonido buscaba en el aparato electrónico al animal. Reconocía el ladrido, pero no su fuente de procedencia. Le gruñía a la tele y, si el ruido persistía, acababa ladrándole airado. Cuando estaba despierto era insoportable. Se te subía al brazo del sillón con intención de besarte o de cogerte el antebrazo y tirar de él, nunca de morderte. Los muebles de los que pendían mechones de pelo lucían sus arañazos. Había un sillón viejo que era su predilecto, sito en un rincón. Se subía en él, se acurrucaba y allí se dormía profundamente. Era muy divertido ver sus espasmódicos movimientos cuando soñaba y sus placenteros gemidos.

Disfrutaba mucho de verlo correr. Iba por el campo a su aire, olisqueando todo, levantando la pata y orinando en cualquier aliaga o tomillo. Me hacía entonces el despistado y me alejaba de él lo que podía. Cuando me echaba de menos empezaba a mirar inquieto, con la cabeza alta y, una vez localizado, corría como un loco hacia mí. Me encantaba verlo en su plenitud de gran animal.

Tenía un gran amigo, Marcelino, un pequinés propiedad de Paco el de las Carnes, así llamado porque, hasta que se jubiló, vivió de una carnicería. Marcelino era mucho más pequeño que el Lukas. Les encantaba jugar y se pasaban las horas juntos. Sus juegos eran hacer como que se mordían. Eran vanos los intentos de Marcelino por saltar a morderle las orejas al Lukas. No llegaba. Eso sí, cuando mi perro se hartaba, inmovilizaba a Marcelino con su poderosa pata. Quedaba Marcelino despatarrado y chafado contra el piso sin poder hacer nada hasta que el Lukas quería. Marcelino murió y noté a mi perro desconsolado y triste. Notaba su ausencia.

Muchas noches iba a casa de unos feligreses y amigos. Era un matrimonio que tenía dos niños pequeños entonces. Una tarde fui a tomar café y llevé conmigo al Lukas. Jaime, el hijo menor, tenía cuatro o cinco años. A mi perro le tenía mucho cariño pero también cierto respeto. Jaime era de los más bajitos de entre los niños de su clase, de tal modo que su estatura era más o menos la de mi perro. Se colocaron, uno frente al otro mirándose fijamente a los ojos e inmóviles durante uno o dos minutos. Y, de pronto, sin previo aviso, la sonrosada y enorme lengua del Lukas emergió de entre sus dientes y recorrió de abajo a arriba la cara de Jaime, llenándola de babas. El Lukas le demostró así su cariño pero la reacción de Jaime no fue la misma. Tras la sorpresa que lo aturdió un poco, unos cuantos improperios salieron de su boca.

Durante varios veranos organizábamos campamentos en la parroquia. Un año el Lukas se vino de acampada. La verdad, daba juego. Era tan sociable que fue un gusto que fuera el juguete de todos. Pero he de reconocer, que se ponía muy pesado. Y lo tenía que atar para que no molestase, especialmente durante las comidas. Era muy zalamero y miraba con cara de lástima a los comensales. Iba a ver si pillaba alguna sobra de algún chaval generoso. Sin embargo, juzgué acertadamente que, por razones de higiene, tenía que estar atado en esos momentos. Pues bien, una vez lo encadené a un pino, no demasiado grueso pero sí muy alto en plena canícula de julio. De improviso, mientras se servía el segundo plato, vemos una polvareda creciente que avanzaba por el campamento en dirección a nosotros. Era el Lukas que, a base de tirar, había arrancado el pino y lo arrastraba tras de sí, remolcándolo con la cadena que lo fijaba al árbol. Los resultados fueron el derribo de varias tiendas de campaña, la licencia definitiva de mi perro como campista y el descubrimiento de un Sansón perruno, admirado por su fuerza.

Tras una vida más o menos feliz, enfermó al cumplir los siete años: la horrenda leishmaniosis o enfermedad del mosquito. A los perros les pica un tipo de mosquito que se da en climas cálidos y en el sur de Europa. Su cura es muy complicada, cuando no imposible. Pierden fuerzas, sobre todo en sus cuartos traseros, su carácter se entristece, se amustian, dejan de tener apetito, adelgazan mucho y sus uñas crecen anormalmente. Tras intentarlo, sin resultado, con unas inyecciones que le administraba un veterinario hubo que optar por la peor de ellas: la letal. Fue muy triste para mí ayudar a su muerte, pero no hubo más remedio que hacerlo.

En definitiva, que para mí fue una bendición su tenencia. Sé que me ha querido de un modo incondicional. Todos los que tenéis uno lo sabéis. Un perro es una maravilla y mi Lukas más. Además salió a su amo: perro como él, pocos ha habido bajo el sol. De humano poco, a menos que la humanidad de mi Lukas se midiese por su corazón animal, grande: el de su amo es mucho más vil, pero igual de perro que el suyo. Ojalá la vida nos traiga amores tan agradecidos como los que un perro nos puede dar aunque, somos humanos y, por tanto más interesados. Es todo más difícil. Podemos amar, pero siempre nos reservamos algo. Sólo el amor de una madre por sus hijos se asemeja a la totalidad amatoria de un perro. Entre esposos o parejas es más difícil y más en los tiempos que corren en los que el compromiso se relativiza tanto y nadie quiere atarse y todo el mundo va a disfrutar. El hedonismo, la comodidad ante todo y el amor de usar y tirar, con límite de caducidad siempre, sin gratuidad ni entrega.

Querido Lukas, espérame en el cielo. Allí correremos por las verdes praderas celestiales. Mientras tanto, súbete al regazo de la Virgen María, que es muy buena y te soporta todo. Pero cuidado con molestar y tirar a san Joaquín y santa Ana, los abuelos del Señor, que están mayores y una rotura de cadera… Y, sobre todo, no te acerques a san Pedro, que tiene malas pulgas y lo mismo te manda al infierno, donde ni tú ni yo queremos estar.

La ducha compartida es una de las prácticas erótico-festivas más gratificantes. Donde va a parar comparada con la tradicional ducha solitaria por muy larga y relajante (o excitante) que pueda ser.

Por ello me he permitido la licencia de publicar esta entrada en mi blog con afán didáctico, pretendiendo mejorar vuestra vida sexual y animándoos a que la incorporéis en vuestro repertorio. Saldréis de la rutina y vuestra pareja tendrá un aliciente más para aumentar la pasión.

Con ese afán educacional he querido estructurarlo mediante una lista de recomendaciones.

  • Estúdiese el espacio. Generalmente será un espacio conocido, como el aseo de casa, con lo cual no habrá problema. La costumbre es un estupendo aliado para evitar problemas. Pero ¿y si es una aventura hotelera y el cuarto de baño nos es extraño? No viene mal un tiempo de familiarización con el cuarto de baño. Sentarse, observar y, si es necesario, hasta levantar un inventario de mobiliario y objetos presentes e, incluso, levantar planos.
  • Mídase el lugar. Las proporciones del habitáculo y las dimensiones de la bañera o plato de ducha, tanto a lo alto, a lo ancho como a lo alto. Un señor de dos metros de alto en una ducha de techo bajo, en el fragor de la contienda, ardiente de pasión, se dejó de más de un pelo adherido a la escayola del bajotecho, tras el consabido cuconazo y la ulterior blasflemia.
  • Comprúebese que la ducha sea de mampara rígida o de cortina. No es lo mismo, no. En caso de resbalón o caída, la sola cortina te puede sacar de la bañera o del plato de ducha con el posible impacto de la nuca con el lavabo, taza del váter o bidé. También sirve de asidero amortiguador de caídas. Si la ducha está provista de mampara rígida, por el contrario, quizá el movimiento excéntrico sea detenido por la misma sin mayores consecuencias. Pero no hay que minusvalorar el hecho de que, con el golpe, se suele romper, con el consiguiente riesgo de corte.
  • Hágase un estudio volumétrico previo. Imaginen un plato de ducha de 1 x 1 metro y con cerramiento rígido. Las posibilidades de o no entrar, lo cual es decepcionante, o de quedarse encajados, son notorias. Por eso se debe saber, en espacio tan reducido, los metros cúbicos de capacidad. También es bueno ensayar la forma de acople de los cuerpos de los amantes, previo a la ducha, para su grácil armonizacióncon el espacio disponible. Si es necesaria la concurrencia de otra persona en esta delicada maniobra mejor que mejor. No escatimar medios.
  • No olvidar que las masas carnosas más problemáticas son: en la mujer los pechos y las caderas, con las protuberancias posteriores de mal nombre y que no se me ocurriría escribir aquí pero que son dos, prominentes y celulíticas muy a menudo; y en el hombre, la barriga cervecera. Por otro lado, no se debe obviar el dato de que, en con el calentón de la práctica amatoria, el miembro viril suele entrar en erección y que vindicará su comodidad y que hay que facilitarle su movilidad al pobre. Unos centímetros exigirá a menos que su tamaño sea minúsculo.
  • Si por la premura de tiempo o por otro motivo no se puede encargar tal estudio instálese una alarma con conexión a una central similar a la que existe en los ascensores o, en su defecto, úsese un móvil para llamar al 112.
  • La ducha compartida puede ser ante coito, post coito o in coito. En el primer caso, entra dentro de lo que llamamos preliminares. Si la pareja se seca tras el agua conseguirá un acto sexual limpio, sano e higiénico; si no, la lubricidad de los cuerpos será enorme, pero también habrá que ir pensando en sacar el colchón a secar al balcón. Si la ducha compartida es post coito, tendrá como función eliminar efluvios y sudores, relajar o volver a animar la pasión, si no hay que irse al trabajo o levantar a los niños. In coito es muy interesante. Pero hay que tener en cuenta dos factores: 1) El chorro de agua es muy molesto e incontrolable. Te cae agua por donde sea, se te mete en un ojo… 2) La desigual altura de la pareja. Si el amante mide dos metros y la amada metro sesenta, se verá forzado a una posición en cuclillas incómoda para el varón puede inducir a lumbalgias o tirones. Si el caso es el otro (jugadora de voleibol de dos metros con canijillo de metro sesenta) se deben proveer de un taburete regulable en altura. Ánclese al suelo para evitar caídas, por favor.
  • Ténganse a mano una provisión de útiles necesarios. Lo básico: gel, champú, esponja y toallas. Como accesorios como mínimo debe haber un aparato para poner musiquita sugerente o velitas para crear un ambiente íntimo, cremas y preservativos (opcionales: con o sin objetivo de concebir).
  • Es importante verificar una y mil veces la tenencia a mano de tales útiles. Porque en caso de faltar algo se ha de salir fuera. Si el cuerpo está ya mojado, el riesgo de caída aumenta. La pátina que se crea en la planta del pie en interacción con el resbaloso suelo puede ser muy nocivo para la salud.
  • Por supuesto que el proceloso periplo que conlleva el salir de la ducha siempre corresponde al varón. La orden de salida, a la mujer. Luego sois vosotros, sufridos amantes, quienes tendréis que sortear miles de peligros hasta, tras poner un pie fuera de la ducha, localizar lo que falta y volver al sitio.
  • Si hay toallita haciendo la función de alfombra, mucho mejor. Pero, ojito, porque, lo mismo que puede ser un buen apoyo y defensa para la verticalidad propia del ser humano (una de las bases del triunfo evolutivo del ser humano), puede salir disparada tomando vuelo y altura y vosotros también.
  • Una vez en tierra, vigilad, dónde pisáis. Infinidad de peligros hay entre vosotros y lo que buscáis. Si está en el mismo cuarto de baño no hay mucho que temer, el viaje será breve. Pero ¿y si tenéis que cruzar la habitación? Se suele dejar la habitación a oscuras por aquello de crear una atmósfera íntima lo cual puede suponer atravesar un campo de minas más apretado que los de la Guerra del Vietnam. Hay tirada ropa de la que se arroja al suelo sin ton ni son en el arrebato pasional. Nos encontramos también líquidos derramados: o fluidos corporales variados, agua de la ducha o cremitas y puede que algún preservativo lanzado al aire, que cae Dios sabe dónde.
  • Atención también al efecto dominó. Todos sabemos que si colocamos una ficha al lado de la otra, en fila, si derribamos la primera, caen las demás. Pues bien, una vez encajados los cuerpos en una ducha cualquiera, en cualquier movimiento, se le va a uno un pie con nada y pierde con la misma facilidad el equilibrio. Si uno cae sólo no suele pasar nada, pero si derriba a la esposa, novia, ligue de un día o amante el riesgo de ruptura está más que asegurado. Eso no se perdona y si hay moratones o lesiones menos: el ¡hijo puta! sale disparado de la boca y ya no hay vuelta atrás posible.
  • Y por último, un elemento incontrolable: la cabeza de ducha o cebolla. Verificad, si la ancláis arriba, que el soporte esté firme, pues, la presión del agua puede hacer que se desprenda con la posibilidad de golpe sobre vuestras cabezas. Si la tenéis en una mano, las posibilidades de disfrute y de control aumentan pero también el movimiento incontrolado y el agua saltando por cualquier sitio y golpeando inmisericorde vuestros cuerpos también. ¡Qué desagradable el atragantamiento y la tos producida por el agua a presión entrando en boca abierta hasta la nuez! ¡Qué desagradable el agua entrando en un ojo!

En fin, compañeros y amigos, hay que tener humor y bromear un poquito. Que disfrutéis del sexo que es algo de lo más maravilloso que Dios nos ha dado. Si es con amor mucho mejor, y si no, también, que no pasa nada. Pero vigilad. El diablo se viste de ducha compartida.

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