Juan Carlos Vivó Córcoles

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EL VIAJE

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el viaje sea largo.

Una lectura a la que vuelvo a menudo es a los poemas de Cavafis. Entre ellos, quizá el más conocido por todos sea “Viaje a Ítaca” que toma como motivo la  larga vuelta a casa de la Odisea, de Ulises. Cavafis reflexiona sobre el viaje. Para él lo importante no es la meta, sino el periplo en sí, el hecho de dejar la costa y adentrarse en el mar. El camino está lleno de peligros, de naufragios, de reinas como Dido que tratan de apartarnos de nuestros fines o, incluso, hacernos desistir de la necesidad de partir.

Tener claros los objetivos en la vida es fundamental. También el buscar descansos o puertos que nos refugien de la tempestad, fortalezas a salvo de Cíclopes y Lestrigones. Pero como algo provisional, temporal. En el viaje en sí está la esencia, lo único no contingente en la vida, lo poco propio de su misma constitución. En viajar y no en detenerse está la oportunidad de madurar y mejorar la vida aprendiendo a sortear los problemas o a convivir con ellos cuando no son solucionables fácilmente. Pero también en caminar están las oportunidades, la capacidad de conocer algo nuevo, de encontrar tesoros, de ampliar nuestro mundo con paisajes y personas nuevas.

Pero el viaje más importante, que muchas personas no emprenden jamás porque viven en la superficie es el viaje al interior de uno mismo. Encontrar momentos y tiempos de introspección, de análisis de emociones, pensamientos y actuaciones es viajar al encuentro con uno mismo. Parar, mirarnos, bucear en nosotros es clave en nuestro crecimiento. Sólo quien ahonda en su interior intentando saber quién es, puede ser más plenamente hombre y salir provisto de una mirada nueva y acogedora del mundo y del prójimo e incluso de Dios. Admitiendo  sin embargo que somos misterio y que hay una parte de nosotros mismos que quedará siempre en la oscuridad merece la pena abandonar Troya y salir hacia Ítaca , como el Ulises que no se quedó en la ciudad destruida.

Mi trayectoria intelectual me ha guiado por aquellos caminos hacia la introspección que me ha mostrado la filosofía y la literatura sobre todo.

San Agustín, me ha mostrado que sólo en el interior de uno mismo encuentra a Dios y alcanzamos la trascendencia. Hay que bucear en nosotros para encontrar la iluminación, la luz. Se trata de trascenderse a uno mismo, de poner nuestros pasos “allí donde la luz de la razón se enciende”. Descartes, es otro camino hacia lo interior, quien tras dudar sistemáticamente de todo, encuentra en el hombre pensante, que razona, en el cogito un motivo para salir al mundo y redescubrir la verdad de la existencia humana y la capacidad de acceso veraz a la realidad. Kant, más tarde, encuentra en la razón unida a la experiencia la verdad del conocimiento, pero que los supedita al encuentro con el mundo, el alma y la divinidad como algo fundante de la realidad humana aunque no sean entidades accesibles más allá del acotado mundo fenoménico. También nos habla del valor ético del fin en sí mismo, que jamás justifica los medios como base de toda relación de un hombre con otro. También me fascina un Husserl que sólo en la “vivencia de la esencia de la conciencia” más pura encuentra al hombre pleno. Es el encuentro con el hombre concebido como conciencia pura.  Y, por último un Levinas, que sólo en el encuentro con el Otro desde un Yo puede fundar la verdadera felicidad del hombre en la constitución de un Nosotros.

También me ha ocupado tiempo un Dante que, viajando al Infierno, al Purgatorio y al Paraíso dibuja un mapa completo de las pasiones y las virtudes propias del ser humano, apostando siempre por el bien. O ese San Juan de la Cruz que, tomando como base el Cantar de los Cantares, poetiza la búsqueda de la amada del amado, el encuentro amoroso entre Dios y el hombre aplicable también al encuentro de un ser humano con otro. O también el Quijote que recorre la Mancha buscando sus sueños, persiguiéndolos aunque los llamen locura. O, el capitán Ahab que dedica su vida a sólo encontrar una ballena blanca (Moby Dick) para obtener la gloria de su muerte, en un Leviatán concebido como el mal absoluto en un compromiso ético no menos absoluto. O el Ulises de Joyce que en la figura de Leopold Bloom reproduce la Odisea por las calles de Dublín y que con el monólogo interior de Molly Bloom supone el primer intento serio en la literatura de reflejar el flujo del pensamiento con el que se vuelve a viajar de un modo siempre nuevo a la interioridad del ser humano. O ese Proust que desde una magdalena hace un viaje al pasado que obligará al narrador a retroceder hasta lo más profundo de la memoria.

Pero no sólo estos ejemplos son válidos estos casos extraídos de la literatura o del pensamiento, sino también la infinidad de personas que nos rodean que tratan de hacer de su vida un constante encuentro con la hondura de su identidad humana y que se perciben diferentes porque se mueven por un sueño, por amor,  por un compromiso ético profundo, por decorar su vida y la de los demás de belleza, por su afán por desvivirse y cuidar de los demás. Personas desconocidas para todos pero que influyen en nosotros haciendo nuestra existencia mejor

En definitiva, infinidad de ejemplos que nos hablan de la insoslayable necesidad de entrar en nosotros mismos para descubrirnos.

Lo importante es que te des cuenta que esta vida es corta y que no la tienes que desperdiciar en la superficie, sino bajar a los abismos de tu persona, buscarte y encontrarte, conocerte. Cree de verdad que tu persona es un tesoro que acumula  un sinfín de objetos maravillosos. Quizá no hayas educado tus sentidos para verlos, pero están ahí. Ilumínalos con tu sensibilidad y te sorprenderás.

Pero también en tu corazón hay mucho malo. Ponte el mono de faena y trabaja por observar y localizar las razones por las que haces lo que no quieres. Cámbialo, puedes hacerlo.

Descúbrete bello, quiérete. Es la única base desde la que serás mejor. Cuídate también. Invierte en ti. Valora tu cuerpo, cultiva tu alma, lee, explora, disfruta de los placeres de la vida.

Ama, ama siempre, con entrega. No te quedes en ti mismo. En el otro está la recompensa. Si amas con todo tu corazón verás como se te recompensa.

Busca espacios y tiempos para ti, para estar solo, para la meditación, la oración, el silencio. Hay que encontrar el momento reflexivo para cargar pilas.

No dejes de viajar nunca. Cuando hayas alcanzado una meta, fíjate en que el horizonte ha cambiado. Hay algo nuevo que no conoces, no puedes parar. No tengas miedo.

No estás solo. Ulises viajaba con su tripulación. Ellos buscan lo que tú: encontrarse a sí mismos. Te acompañan personas que ya no están, que la muerte se ha llevado pero que están contigo, son referencia y ejemplo de buen vivir. Están personas que son tu vida actual, que están contigo, que te quieren, que te aceptan y comprenden en tus debilidades y se alegran en tus alegrías. Esas personas te ayudan a viajar y tú les ayudas. Mantenlas a tu lado a toda costa. Son tu familia, tu pareja, tus hijos, tus amigos…

Deja un gran espacio para Dios. Es un apoyo que nunca falla. En él encontrarás apoyo y consuelo, y una presencia constante que te llena de dicha. Si no crees, no importa, Él está a tu lado, aunque no quieras reconocer su presencia viva. Te quiere aunque no lo quieras.

Y que tu logro sea que con tu vida ofrezcas una obra de arte que todos admiren, una obra de arte que todos desearían poseer. Que todos puedan recordarte como el inconformista que quiso viajar a lo más profundo de sí mismo para ser un gran hombre.

Recomiendo ver el vídeo y volver a leer el post.

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Esto de saber algo de latín y descubrir la evolución de sus palabras hasta el español te manifiesta verdaderas preciosidades en la etimología y en los cambios semánticos que se producen en ellas. Así, la palabra “persona”, en un principio, tenía un significado muy concreto: el de la máscara que usaban los actores en el teatro. Posteriormente, pasa a designar la persona completa. Cicerón distingue cuatro usos: el de apariencia, el de rol social, el de personalidad y el de unidad de cuerpo y alma. El proceso va adquiriendo, pues, abstracción paulatina, englobando muchos más aspectos que al principio. El viaje del vocablo fue, por tanto, de lo externo y superficial a la totalidad del ser humano, de una careta, a designar a esa realidad tan compleja de nuestra especie. De la superficie al todo, en definitiva, comprendiendo al ser humano como una totalidad, sin reduccionismos.

Puede que una de las corrientes de pensamiento que más hayan hecho por una comprensión del ser humano totalizante haya sido el personalismo, a lo Mounier. La tentación de la mayoría de corrientes filosóficas contemporáneas, sin embargo, ha sido la contraria: el reduccionismo antropológico. A la persona se la enfoca desde uno de sus aspectos exclusivamente. Toda otra manifestación está explicada desde ese punto de vista, siendo, por tanto, un derivado suyo: el ser humano es la economía y sólo economía; el ser humano es angustia vital desesperada y solo eso; el ser humano es mera conciencia, o intuición, o incluso sólo erótica, como defendía Freud en alguna de sus obras. Sin embargo, se echan en falta visiones totalizadoras. En el fondo, pienso que se trata del esfuerzo de la racionalidad ilustrada, cuando se endiosa a sí misma, en un uso perverso, por dominar al ser humano, excelentemente aprovechado por el sistema económico y político de turno, sea el que sea.

Por influencia de algunas personas he empezado a leer artículos en Internet sobre Recursos Humanos. La verdad es que me interesa mucho. Porque además de los modos y medios de seleccionar a un candidato para un puesto de trabajo, se tocan contenidos intelectuales que me estimulan como los relacionados con el mundo de la psicología (motivación, esfuerzo, mejora personal, habilidades personales, autosuperación, visión positiva de la vida), con el mundo de la sociología (los equipos y su gestión, la interacción humana, el conflicto y su resolución), con el mundo político y social (el desempleo, la pobreza, la justa remuneración del trabajo, etc.), con el mundo antropológico y filosófico (qué es el homo laboralis, qué percepción de la persona hay detrás, la filosofía del trabajo…) y con el mundo de la educación (formación, capacidades, adiestramiento). Percibo por tanto, desde fuera, los Recursos humanos como un campo interdisciplinar fascinante donde se está produciendo una reflexión sobre el ser humano más profunda de lo que podría parecer la mera selección de personal o la tramitación de un alta laboral o el cálculo de un nómina.

Pues bien, quiero, sin embargo, exponer una queja: el que a la persona se la denomine “Recurso humano”. Oiga usted, que yo no soy un recurso humano. Que soy un ser humano que trabaja, un trabajador y no sólo eso, alguien que quiere hacer de su trabajo un medio de vida digno con el que satisfacer sus necesidades, con el que crear y mantener a una familia, con el que realizarse como persona, e incluso, en el caso de un creyente como yo, colaborar en la obra de la Creación. Pero la expresión me suena odiosa: “Recurso humano”. Da la sensación de que se me quiere reducir a algo al mismo nivel que un “recurso no humano”: una máquina, una herramienta más. Se cuela en una disciplina seria el reduccionismo antropológico propio de la razón moderna, como ocurre en otros campos. Eso opino.

Se habla, por ejemplo, siendo más concretos, de selección de personal, de cómo seleccionar. Evidentemente, hay que ver qué persona es más idónea para cada puesto de trabajo. Me ponen una azada y un bancal para que trace un surco recto y veremos si no se le parece a una carretera del Himalaya. Pero cuando leo “selección de personal” se me viene a la cabeza un rebaño de ovejas, en el que un pastor omnipotente buscase a la más perfecta desechando a las demás. Y yo, de oveja tengo poco, de ovejo, algo.

Por otro lado se ve como normal, y parece que está de moda, el investigar la huella que dejamos en Internet y en las Redes Sociales y, como leí hace no mucho, se llega a pedir incluso la clave de Facebook para que el selector de personal investigue si el candidato ha colgado alguna foto bebido tras salir de una fiesta. Si no se entregan las claves, no se es admitido al proceso de selección. Es condición sine qua non.

Dejando de lado innumerables ejemplos que se podrían enunciar, la verdad trabajo es algo hermoso. Fatigante, pero necesario. Qué placer nos produce algo que hemos hecho con nuestras manos, algo bello, bien hecho, que sirve, que es útil, que se valora por los demás, que se nos felicita por ello. El acceso a él es un derecho; las condiciones de trabajo y la remuneración del mismo, otro. A la selección de personal habría que pedirle que fuera de seres humanos, de personas, no de recursos humanos.

En el fondo es lo mismo de siempre: reducir a la persona a un eslabón de la cadena productiva, a algo usable, como se puede usar un martillo, a algo a lo que se le puede extraer rendimiento hasta exprimir y, si se rompe, o se vuelve molesto porque pide cosas o cuestiona usos, a una pieza sustituible por otra. Por eso se elige como se puede hacer con una broca de tal calibre para tal uso concreto, nada más.

¿Se considera al candidato al puesto de trabajo como alguien que piensa, que siente, que sufre y se alegra, que tiene un cuerpo que muchas veces es frágil, que tiene una historia detrás y un futuro delante, que vive un presente, que tiene consigo a otras personas que la quieren o que están a su cargo, que pretende, en definitiva, ganarse la vida honrada y justamente con el sudor de su frente?

Quiero que quien me elija me vea como un todo, en mi dignidad y una vez elegido me trate como debe ser, y si no cuenta conmigo, también. No soy un recurso humano, soy una persona. Dejé hace tiempo de ser la máscara de un actor. Las palabras, en definitiva, dicen mucho, no son flatus vocis, términos vacíos, mera conjunción armónica de fonemas. El significante que se use denota una intencionalidad, por eso no tiene un significado neutro un término u otro. No vale uno u otro. Las palabras expresan siempre la intencionalidad de quien las usa.

“Como la lluvia y la nieve bajan del cielo,

y no vuelven allá, sino que empapan la tierra,

la fecundan y la hacen germinar,

y producen la semilla para sembrar y el pan para comer,

así también la palabra que sale de mis labios

no vuelve a mí sin producir efecto.”

Is, 55, 10-11a

Es el segundo Wittgenstein, el de Investigaciones filosóficas, quien imprime un giro pragmatista a su filosofía. Ya no se trata de buscar la logicidad del lenguaje, sus meras estructuras lógicas ni, por tanto, de reducir el lenguaje a la lógica. Ahora hay que estudiar cómo se comportan los usuarios en su utilización del lenguaje, cómo se habla, para qué se habla, qué intención tenemos al hablar. En definitiva, la filosofía del lenguaje sería la ciencia que busca delimitar el uso que hacemos los hablantes de la lengua, para qué nos sirve, cómo aprendemos a hablar y qué queremos hacer con la lengua (un pragmatismo lingüístico, en definitiva). Ya no hay que buscar sólo y exclusivamente el sentido de una proposición en la medida en que represente un estado de cosas lógicamente posible tal y como postulaba el Wittgenstein del Tractatus (si p entonces q…).

En la vida cotidiana nos manejamos así. Usamos la palabra con una intencionalidad, sea ésta la que sea. A veces el uso está cargado de alogicidad, pero no por eso deja de ser legítimo ni factible o deseable.

Así pues, como hablantes, cuando queremos herir, la palabra odio es la más adecuada. Hasta en su misma fonética es terrible. El te odio se asemeja a un venablo lanzado contra un venado con la intención de matar. ¡Y vaya si lo logra!

Si quisiéramos buscar otra palabra con significado hondo, amor es la primera que me viene a la cabeza. Por amor se han hecho las mayores proezas. Somos capaces, por él, de sacrificarnos de un modo indecible, de abandonar ese fondo de seguridad y comodidad que nos creamos para vivir en lo que pensamos que es paz y hasta de dar la propia vida. Recuerdo a san Maximiliano Kolbe, ese sacerdote polaco que se cambió para morir de hambre por un desconocido en el campo de concentración de Auschwitz alegando que él era viejo y estaba solo, debido a que su beneficiario lloraba por sus hijos ante la inminencia de su propia muerte. O la de infinidad de personas que por una mujer o un hombre lo han arriesgado todo por unirse de por vida a su amado, sin importarles nada. Quieren edificar, desde la cotidianeidad de una vida compartida, el gran edificio que es el amor de una pareja. O la madre y el padre que dejan de comer con tal de dar alimento y calor a sus polluelos.

Vivir en y desde el amor es el gran anhelo de mi vida. Por él he procurado moverme con mis errores, vicios y pecados, lo reconozco, que son muchos. He de confesar que es una de esas palabras que en mi corazón no están desgastadas ni suenan a hueco. El amor existe. No hay más que tener algo de sensibilidad para verlo a nuestro alrededor actuando.

La palabra amor, según su uso como entrega desinteresada a los demás, parece que es un continuo abandonarse en el otro pero no lo es. Somos humanos y vivir sólo dando es muy árido. Necesitamos, en términos económicos, un retorno de la inversión. Al final, sin saber cómo, el amor entregado encuentra su correspondencia y, de un modo u otro, vuelve a nosotros y nos premia. El premio suele ser: una vida feliz, una conciencia tranquila, la constatación de que para alguien You are the first, my last, my everithing, (tú eres mi principio, mi fin, mi todo) como cantaba Barry White u otras infinitas manifestaciones. El egoísmo sólo lleva al odio, a la soledad, a la intranquilidad constante, aunque sea posible creer que estamos bien instalados en él.

El otro día, una persona me dijo que desde que me trata había aprendido de mí a ser menos egoísta. Me sorprendió, pues mi ejemplaridad, por muchas razones, no es mucha que digamos. Pero el premio al sello que he puesto en ella  me llegó como un regalo cuando me prometió cuidarme siempre. Ese ha sido el mayor retorno recibido hasta ahora de las palabras y gestos (que también son lenguaje) que he invertido en ella.

En definitiva la palabra amor es como la lluvia y la nieve, que bajan a la tierra, la empapan, la fecundan y vuelven al cielo que las vio bajar. De ahí el poder de las palabras.

Si nos fijamos en la actualidad política española recorrida por urdangarinos varios parece imposible unir el término ética con el término política. La ética política la entiendo como el conjunto de normas de acción que permiten la convivencia y la cooperación ordenadas al bien común. En un sentido más reducido podría ser las normas que rigen la actuación del político responsable de coordinar las acciones que redundan en el bien de su pueblo.

A lo largo de la historia del pensamiento occidental ha habido dos posturas enfrentadas en el asunto que nos ocupa. Por un lado, partiendo de Sócrates y Platón, una línea de pensamiento que busca la ética en la política, donde podríamos incluir a un Aristóteles, buena parte de la filosofía medieval o a un Spinoza, y por supuesto a la ilustración con Montesquieu y Rousseau en Francia y Kant, por otro lado. En un segundo lugar, desde los sofistas, pasando por un Maquiavelo o un Hobbes donde se reduce la política a la consecución de los intereses del gobernante, aunque redunden éstos en beneficio de la comunidad. Utilidad ante todo, sin miramientos.

Federico II de Prusia fue un hombre de mil caras. El primer rey con verdadera altura de miras en el reino de Prusia. Su idea era colocar a Prusia entre las grandes potencias europeas, sacándola de su rango segundón. Su afán por saber, su inclinación a las ciencias, las letras y el arte marcaron su infancia y adolescencia. Pero todo ello no le llevó a ser un rey ensimismado, sino que en 1740, cuando accedió al trono, se dedicó en cuerpo y alma a la tarea política. Pretendió dar recursos naturales a la empobrecida Prusia conquistando la Silesia a los austriacos. Debido a su militarismo consiguió que en 1756 se crease una gran coalición entre Suecia, Rusia, Francia y Austria que dio lugar a la Guerra de los Siete años. La guerra devastó el país, pero gracias a una organización racional y muy moderna de sus ejércitos pudo conservar e incluso engrandecer su territorio. De ahí el apelativo de Grande o de Rey Soldado que obtuvo ya en vida. Un estratega militar de primer orden.

Decía además que “el Rey es el primer servidor del Estado”. Por ello se ocupó también del bienestar de sus súbditos. Para ello reformó la administración favoreciendo la preparación para acceder a los cargos públicos, con exámenes para ocuparlos. Aumentó la presión fiscal, suprimió aduanas interiores y creó la banca estatal. Reformó la justicia haciendo que el acceso a ella fuese igual para quien fuera, ocupase el lugar social que ocupase. Durante su reinado se creó un código de procedimiento civil que independizaba al Poder Judicial del Ejecutivo, y un código civil que rigió entre 1794 hasta 1900. Creó la primera escuela pública que se conoció en su reino. Favoreció las artes y las letras ocupándose del mecenazgo de músicos como Bach o pensadores como Voltaire. Favoreció la colonización de las tierras devastadas por la guerra incentivando al campesinado. Se preocupó por la introducción de nuevas técnicas agrícolas. Abandonó la práctica de la tortura y favoreció la libertad de culto atrayéndose la complacencia de minorías como la católica. Permitió una relajación de la censura. Él mismo escribió de su puño y letra obras con títulos tan elocuentes como el Anti-Maquiavelo.

Por todo ello fue una referencia para la Ilustración. El rey filósofo. Detentaba las virtudes que el rey ilustrado que usa la razón por encima de todo debe tener. De un modo muy ingenuo quizá autores como Kant olvidaban que el poder seguía siendo casi absoluto, que se gobernaba aún para el pueblo pero sin en pueblo y que el ejército y el militarismo habían sido su escudo y su bandera.

Con este ejemplo concreto no quiero ensalzar la figura de un rey de un lejano país en un periodo ya algo lejano de nuestra historia, sino hablar de Haití. Tras la conquista española se produjo en la isla de la Española el exterminio de la población nativa. El Tratado de Ryswick de 1697 formaliza la cesión de la parte occidental de la isla a Francia. Pronto se dedica el país vecino a llenar la isla de esclavos negros para sus ricas plantaciones de azúcar y café sobre todo. La sociedad se estratifica en varios grupos como los grandes y pequeños blancos, negros y mulatos libres, esclavos y por último, los cimarrones, esclavos negros que vivían clandestinamente huyendo de la esclavitud.

La Revolución Francesa ejerce un fuerte impacto en la sociedad haitiana, haciendo nacer un sentimiento independentista y abolicionista de la esclavitud. Justo al inicio del siglo XIX, en 1804, favoreciéndose de la inestabilidad francesa y con el concurso de los intereses de otras potencias, se llega a una independencia de facto.

La historia posterior de Haití no fue fácil sucediéndose infinidad de gobiernos, a cual más corrupto y muchos de ellos muy sanguinarios, como el clan de los Duvalier, con la sanguinaria milicia de los Tonton Macoute y el no menos estrambótico Jean-Claude Duvalier. Los intereses económicos y estratégicos de potencias como la norteamericana hicieron el resto. Hace dos años un terremoto devastó la isla produciendo más de trescientos mil fallecidos.

¿Qué mató más el terremoto o la desgraciada historia de Haití? Estoy convencido que lo segundo. Un país desgraciado, abandonado, explotado en lo que se ha podido, empobrecido, que no cuenta, con los índices de desarrollo humano más bajos, está expuestos mucho más a los efectos de un terremoto que un Japón. Fukushima es la tragedia de un país rico, no la de un país pobre. Y seguro que la recuperación de Japón es mucho más acelerada y, si no fuese por la cuestión nuclear, mucho menos dañina.

En Haití jamás ha habido un Federico II, ni un Kant que pueda loar sus virtudes políticas. Sólo la conjunción de ética y política pueden hacer de nuestro mundo algo más habitable. Y un Haití devastado y sin salida no sería posible. La naturaleza es incontrolable. Sus efectos los amortiguan el desarrollo y la riqueza.

Gracias @inma_eiroa #somosHaiti

Un sistema formal axiomático parte de una serie de proposiciones aceptadas sin prueba de la que se derivan unos teoremas mediante la aplicación rigurosa de unas reglas de inferencia. De ese modo se logra, partiendo de tales axiomas tomados como veraces (sin necesidad de constatación empírica), dar respuesta a los problemas a los que queramos encontrar una solución. Cualquier cuestión que no se adecue a tales postulados queda fuera del sistema.

El sistema formal axiomático más célebre y que más ha perdurado en el tiempo, inconmovible en sus cimientos hasta el siglo XIX, ha sido la geometría de Euclides. Mediante un conjunto reducido de axiomas se daba explicación a cualquier fenómeno espacial. La imagen del espacio de la que se partía era la de un plano en el cual los postulados de la geometría euclidiana tenían una lógica clara.

Con todo, el V postulado o postulado de las paralelas, concebido como evidente sin prueba e independiente de los demás,  se empezó a ver como el más endeble de todos.  Para que se entienda, del V postulado se derivan concepciones como que dada una recta y trazada una paralela jamás se tocarán en un punto.

En el siglo XIX las investigaciones independientes de Bolyai, Gauss y Lobachevski  o de Riemman dieron al traste con esta construcción intelectual. Euclides partía de un espacio plano. Pero si concibiésemos el mismo como una esfera, por poner un ejemplo, nos encontraríamos con que es posible encontrar excepciones al postulado de las paralelas. ¿Podría ser que no se diese el caso de no poder trazarse paralelas sobre una esfera? Evidentemente. Habría siempre un punto donde se encontrarían dos rectas cualesquiera.

Luego habría una falla en la completitud del sistema euclidiano: el V postulado se puede mantener siempre y cuando lo apliquemos a un espacio plano, no a otro tipo de modelo espacial. Con lo cual no se puede mantener su carácter de axioma. Depende de qué tipo de espacio tengamos como base, de qué modelo usemos.

Los sistemas formales axiomáticos han fascinado al ser humano. Son potentes máquinas de resolución de problemas. Si en la geometría, el siglo XIX supuso la quiebra de la geometría euclidiana, el siglo XX se inició con la matematización de la lógica. El monumento más importante en tal sentido fue los Principia Mathematica de Bertrand Russell y Alfred North Whitehead. Se quería reducir la matemática a la lógica. La lógica, desde una serie finita de reglas sencillas, da respuesta a todo problema matemático. Si el ser humano encuentra misterios irresolubles en este campo se debe a que su capacidad no llega, de momento, a encontrar respuesta a las dificultades planteadas.

En Russell y Whithead asoma también cierta tendencia a la abstracción de la matemática. Poco importa que las matemáticas versen sobre tomates, manzanas o peras. Las matemáticas no son intencionales, no señalan a nada. Viven ensimismadas, sin referencia. También, por irnos al extremo opuesto, hay que alejarse de toda tentación de realismo de los conceptos matemáticos. No existe la entidad matemática  real 5. No existe la entidad matemática “resta”. Por tanto, señor Platón, a callarse y a clausurar el kosmos noetós.

Tuvo que surgir la figura de un oscuro matemático, Kurt Gödel para acabar con el principio de completitud de la aritmética, enmendándole la plana a Russell y Whitehead. En Sobre las proposiciones formalmente indecibles de Principia Mathematica y sistemas afines (1931)  expone sus planteamientos. Elabora un curioso método (la göedelización) por el cual aritmetiza las reglas de la sintaxis matemática. Desde allí demuestra que no hay ningún sistema formal axiomático que con un número finito de axiomas sea completo; problemas sencillos no pueden ser resueltos sólo con axiomas y reglas. Siempre se podría introducir en el sistema un postulado que lo haga saltar por los aires. Con cambiar el modelo que se aplique ya está. Igual que hicieron Gauss o Lobachevski con la geometría euclidiana. Sí es posible, por el contrario, una completitud en sentido débil, aplicada a un determinado ámbito; pero no es posible una conpletitud global que afecte a toda la matemátic. La amplitud de la matemática es mayor que la verdad lógica y, por tanto, irreductible a ésta. No es agotable en los estrictos límites de un sistema formalizado axiomáticamente. La matemática es mucho más flexible que ese corsé tan férreo. Tantos modelos, tantas matemáticas.

Y por qué no, también introducir de nuevo un modo de realismo intencional, que saquen a las matemáticas de su cárcel lógica. Sin caer en concepciones platónicas, de una metafísica extrema de los números, la matemática tiende a lo real.

Pues bien, demostrada, mediante el llamado Teorema de Gödel la incompletitud de la matemática estaremos haciendo un canto a la creatividad. Siempre existirán afirmaciones que serán contradictorias dentro del sistema, pero siempre habrá verdades matemáticas indecibles porque lo real es inagotable y la matemática remite a lo real. No es posible trazar límites a la creatividad de la matemática para la ideación de nuevas reglas de prueba. Por consiguiente, no puede postularse una única descripción definitiva de una forma unívoca de las demostraciones matemáticas, en el caso de Russell y Whitehead, basada en la lógica.

Pues bien, después comprobar que tanto la geometría como la aritmética no pueden reducirse a un sistema formal axiomático, veremos ahora una curiosa aplicación práctica de la crisis de la geometría euclidiana y de la completitud fuerte de la matemática, que es a lo que iba.

Hay quienes defienden que podría entenderse el funcionamiento de la mente en analogía con una máquina calculadora. El cerebro resuelve problemas porque sólo contiene una serie de postulados de los que parte y sólo puede ceñirse a extraer conclusiones por medio de unas reglas que siempre serán las mismas. Pero si esto fuese así, ¿por qué mentimos? No hay que ser muy tontos para darse cuenta de que mentimos.  ¿Qué pasa con la capacidad de mentir? El ser humano es creativo; es capaz de introducir instrucciones contradictorias, de cuestionar de cambiar, de situarse en puntos de vista diferentes para abordar un mismo problema. ¿Sería por tanto reducible la mente humana a una máquina calculadora? ¿El cerebro humano funciona como tal? Trasladando a un Gödel a la filosofía de la mente, no. El cerebro no es una mera máquina de operaciones lógicas solamente. La mente es capaz de resolver cuestiones que van más allá de los estrechos límites de la lógica. La máquina no puede ser mentirosa, no crea más allá de las instrucciones dadas que jamás cuestionará a menos que funcione mal.  El ser humano avanza porque cuestiona constantemente lo que se da por supuesto.

Pero no por ello se ha de cae en un relativismo absoluto. Sólo se critica, trasladando al problema de la mente la imposibilidad de que todas las verdades aritméticas sean demostradas formalmente, la formalización absoluta de los recursos del cerebro humano. Subsiste siempre la posibilidad de encontrar nuevos principios de demostración, nuevos enfoques, distintos métodos. Un intuicionismo absoluto sería, por el contrario, absurdo. Pero también, por incompleto, un funcionamiento meramente formal de la mente. La imaginación tiene su lugar. La intuición también. La voluntad, los sentimientos. En definitiva, que la estructura de la mente es mucho más compleja y sutil que cualquier máquina, aunque ésta pueda ganar al campeón del mundo de ajedrez.

Gracias a Emma Pérez Romera, periodista del Complejo Hospitalario de Albacete (en twitter @perezromera) descubrí el Blog de la Doctora Jomeini. Me pareció muy divertido el nombre del mismo. Eso sólo ya me intrigó. ¿A cuento de qué? ¿Alguna especie recién descubierta de médico integrista islámico?

Es el blog de una médico anestesióloga. Tras la lectura de varias entradas me fijé en una titulada “Deshumanismo”.  En él comentaba la doctora que en su gremio existe la costumbre de “deshumanizar” al paciente  mediante el recurso de nombrarlo por el órgano enfermo y el número y cama de hospital que ocupa. Así “la Sra Obdulia Martín, conocida por sus vecinas como Lita, es la vesícula de la 402-2” según palabras de la misma doctora Jomeini. Posteriormente en uno de sus pacientes, al que estaba tratando de un derrame cerebral, y del que conocía todas sus constantes vitales y cuáles eran las más mínimas dosis de fármacos que había que administrarle, reconoció, al leer su nombre, al padre de una amiga. Fue aleccionador para ella el ver cómo el médico tiende a desumanizar al paciente. Termina la entrada con el juramento de que jamás a la doctora Jomeini el ocurriría algo parecido.

La lectura de esta entrada al blog de la doctora Jomeini me llegó en un momento en que en mi familia estábamos muy ocupados en menesteres médicos. El 26 de diciembre, mis abuelos fueron hospitalizados en la planta geriátrica del Hospital Perpetuo Socorro de Albacete. Notábamos rara a mi abuela y decidimos avisar a su médico de cabecera para que la visitase en casa. La vio mal y ordenó su traslado a urgencias. Mi abuelo estaba muy tenso. Se quedó al cuidado de mi hermana. Y cuál no fue la sorpresa que a las tres horas o así apareció en urgencias en otra ambulancia con el abuelo. Del estrés sufrió un colapso cardiaco.

En la planta geriátrica del Perpetuo Socorro los alojaron en la misma habitación. Algún enfermero o auxiliar se extrañaba de ver a dos ancianos de diferente sexo en la misma habitación. Había que explicarles que llevaban setenta y cinco años de matrimonio, toda una vida juntos y que ahora no íbamos a separarlos. El estado de mi abuelo se complicó. Problemas en el aparato digestivo acabaron con su vida en tres semanas. Mi abuela se estabilizó de sus dolencias y, a finales de enero, volvió a casa. Es una persona que se asoma a su final y de la que sólo esperamos poder aportarle el máximo de calidad de vida posible mientras esté en este mundo. Como anécdota un poco fuera de lugar, Javier Olmedillo, el vicario de la parroquia a la que pertenezco, y muy cercano a mi familia, agradeció que el alzheimer que padece mi abuela se agravase, pues no se enteró ni se ha enterado aún de la muerte de su marido. (Dios le quita la razón a la gente cuando más lo necesita, dijo). En un principio me pareció una burrada. Con perspectiva he de decir que acertó. Mucho sufrimiento se le ha evitado a la abuela con sus demencias.

En la planta geriátrica del Perpetuo Socorro te encuentras de todo. Médicos, enfermeros y auxiliares de todo tipo. No dudo de su profesionalidad, ni mucho menos. Pero a un profesional de la sanidad le pedimos algo más: humanidad. Un médico no trata con sacos de patatas, con ordenadores o con una pila de papeles. Aunque cualquier acción humana afecta a los demás, en los sanitarios se juega con algo tan importante como la salud de los demás. Detrás de un enfermo hay toda una vida, una familia, unos sentimientos, unos temores. El enfermo no es un “alzheimer” o “una insuficiencia cardiaca”.

Entre los profesionales con los que tratamos encontramos de todo. Personas que saludaban a mis abuelos con cariño, por su nombre, que los animaban, que hablaban con la familia… Un día, varias auxiliares acercaron las camas de mis abuelos para que pudiesen hablar y tocarse. Y la médico que los trató, Inmaculada, una médico jovencísima, luchó por ellos hasta la extenuación enfrentándose a decisiones muy difíciles. Hablando con claridad, pero siempre con cariño, con una sonrisa, explicando a la familia los pormenores de las enfermedades de mis abuelos y sufriendo el no haber podido hacer más por mi abuelo. Otros, los menos, entraban a la habitación, regulaban un gotero o quitaban unos pañales como quien está arreglando el motor de un coche o ajustando las válvulas de una caldera de gas.

Por eso, yo que quiero ser docente y que he tratado en mi anterior estado de vida con problemas de los demás muy serios, me he visto en ambos extremos. Unas veces he reconocido en quien enseño a un ser humano; otras no he sabido ver en un ejercicio corregido a la persona que hay detrás o en un trabajo entregado fuera de plazo a alguien que sufre por cómo caerá a sus padres tal o cual resultado académico.

Yo no quiero ser profesor, quiero ser maestro. Con toda la carga semántica que conlleva. Si sólo transmito conocimientos, que me jubilen y que traigan un ordenador con Internet o que encierren a mis alumnos en una sala llena de enciclopedias. El resultado será mejor. Saben más que yo. Tengo que transmitir lo que sé, pero mostrando valores. Don Jesús José Rodríguez y Rodríguez de Lama, que nosotros llamábamos El Jejo, por abreviar tan rimbombante nombre, profesor de griego, nos dijo que conjugar los verbos griegos se nos olvidaría, pero que si nos transmitía el valor y los valores de la cultura clásica se daba por contento, porque eso no se borraría. Y así fue. Doy fe.

Por ello abogo porque, trabajemos donde trabajemos y, si  además tenemos la suerte de estar donde queremos, (si tenemos vocación) nos demos cuenta que, incluso en los puestos de trabajo en que parece que no tenemos contacto con nadie, estamos influyendo de un modo u otro en los demás. Lo cual es una enorme responsabilidad.

Una lectura que me fascinó en su momento y a la cual vuelvo cada cierto tiempo fue Los ojos de la fe (Les yeux de la foi – 1910) del teólogo y sacerdote Jean-Pierre Rousselot (1846-1924). Quien haya estudiado fonética o dialectología no dudará en reconocer su valía como uno de los fundadores de la fonética experimental y uno de los pioneros de la dialectología. Su obra Principes de la phonétique expérimentale (1897-1909) es una referencia básica en la disciplina.

Pierre RousselotPero también en el campo de la teología fundamental su aportación es muy tenida en cuenta, aun en la actualidad (el pensamiento de Hans Urs von Balthasar o del mismo Joseph Ratzinger están muy influenciados por él).

La teología fundamental estudia las bases de credibilidad de la fe, aquello que hace comprensible, teniendo en cuenta su realidad mistérica. Es decir, busca la razonabilidad del acto de fe.

Pues bien, Pierre Rousselot, en el año de publicación de Les yeux de la foi se encontraba en medio de posiciones teológicas que o bien inclinaban el fiel de la balanza hacia la razón, eliminando los elementos volitivos o emocionales del acto de fe (el asentimiento de fe), o bien hacia el lado contrario, minusvalorando lo razonable que hay en la fe.

La postura de Rousselot busca el equilibrio. Desde san Agustín,  con su Habet namque fides oculos suos (la fe tiene sus propios ojos) se ha tratado de conciliar razón y voluntad al hablar de la fe. La fe tiene sus propios ojos dice Agustín de Hipona. Es decir, que, para que se entienda, la fe en Dios da una cosmovisión diferente de las cosas al ser humano y unos motivos a la hora de actuar muy peculiares. Yo, como creyente, actuaré del mismo modo que un no creyente, pero mis motivaciones y las razones que daré de lo que hago serán diferentes. Del mismo modo cuida de un enfermo un ateo que un creyente, pero el creyente ve en el enfermo a Cristo crucificado. Esa visión, fruto de la voluntad de querer ir más allá, es un acto volitivo, pero también funda una racionalidad, otorga al creyente motivos para seguir creyendo.

La luz de la fe, los ojos de la fe, ofrecen un nuevo objeto de conocimiento irreductible a la razón, pues no se puede explicar del todo, pero también lleno de “irracionalidad” si por tal entendemos todo aquello no explicable, sino que proviene de un asentimiento, de un salto en el abismo irracional.

¿Por qué me encanta este autor? Pues porque ha sabido aportar algo que para el creyente es básico: motivos de credibilidad de lo que es el motor de la vida unido a la justificación del valor intrínseco del acto de creer, que es compromiso con algo de lo que no se tiene certeza.

Pero cuando nos ponemos a trabajar en un proyecto que nos ilusiona, cuando depositamos nuestra confianza en una persona, cuando expresamos nuestro asentimiento a algo que se nos ha dicho pero que no hemos experimentado directamente, estamos, como Rousselot poniendo a funcionar nuestra razón que lleva a decir sí y nuestras ganas de fiarnos de algo que no sabemos fehacientemente qué es. Cuando actuamos ¿no estamos ejerciendo un acto de fe en lo que hacemos? ¿Y podemos explicar lo que nos mueve? Muchas veces sí. Otras, quizá no. En definitiva, y en lenguaje 2.0: coaching del bueno. Yo lo ficharía para dar animar y motivar a más de un equipo de trabajo.

Finalmente os facilito un enlace a la obra completa:

Los ojos de la fe


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