Juan Carlos Vivó Córcoles

La crisis del gorrino

Posted on: 13 agosto 2012

En el año 35, justo antes de iniciarse la Guerra Civil, al año de la boda de Eduardo y María, era una bendición para cualquier hogar el poder criar dos gorrinos. Y más cuando muchas familias la abstinencia de no comer carne la llevaban a la fuerza hasta los días que no marcaba para tal ejercicio espiritual la Santa Madre Iglesia Católica.

María estaba haciendo sus cuentas. Uno de los dos gorrinos se sacrificará para tener una sólida reserva de alimentos que les sacase de la dieta habitual donde la carne escaseaba. Casi con seguridad las partes más nobles, como los lomos, solomillos y jamones los venderían, junto con el segundo cerdo completo, por supuesto.

Al casarse, María y Eduardo fueron a vivir a una casa propiedad del padre de la joven esposa quien, por ser hija única, no tenía que partir con ningún heredero, que solía y suele ser causa de conflictos entre hermanos. Eduardo, por su parte, era de familia menos pudiente y estaba encantado de dormir bajo un techo que no se caía a trozos, como el de sus padres, y que disponía de un patio y de dependencias suficientes como gorrineras y conejeras para  no tener que estar mezclado con los animales. Con todo, la cocina y la cocinilla necesitaban una reforma debido a que, cuando una casa está cerrada mucho tiempo parece como que le perdiese el ánima y languideciese, llegando a ruina. Las casas tienen vida propia y sanan de sus enfermedades en cuanto sienten el calor de una lumbre en la chimenea o de un brasero de ascuas calentando una cama o huelen, hambrientas el olor dulce de un cocido. Para tal misión el segundo gorrino era pintiparada para, en la Feria de Albacete, hacer negocio y, con las pesetas volver a su ser lugares tan importantes de una casa. La idea de María era, pues, propia de la condición femenina, siempre tan práctica y sensata.

A primeros de septiembre se celebra la Feria de Albacete. Era costumbre en los pueblos cercanos a la ciudad, como el Argamasón, aviar el carro, uncir las mulas y cargar aquello que se quería vender en tan famosa feria de ganados. Junto al aljibe, se montaba por la mañana temprano del día 6 una caravana de carros que vaciaba medio pueblo para poder estar el día 7 en la cabalgata de inauguración de la Feria. Por el camino que llevaba a Albacete se formaba una fila de diez o doce carromatos que partían del Argamasón. Al llegar a Albacete acampaban en la cuerda, junto al muro más exterior del recinto ferial. Se le puso tal nombre porque existía una gruesa soga fijada a dicha pared por el Excelentísimo Ayuntamiento, para que sirviera de amarre de los caballos, las mulas y los burros con los que los pueblerinos se desplazaban a la ciudad.

El viaje era corto, unas cuantas leguas, pero se hizo en condiciones penosas para el joven matrimonio, porque Marcos, que así llamaban al gorrino destinado a la venta, era un mozo muy bien criado y fuerte y ocupaba casi toda la barca del carro, por no hablar de lo nervioso que se puso de verse en tal trance, y del mal olor y de los excrementos y orinas propios de tan sucio animal que abundaban sobremanera, como cuando nos pasaría a nosotros si nos viésemos en tal trance o parecido. El peso del porcino y su incesante movimiento nervioso hacían chirriar de lo lindo a las palomillas de los ejes de las ruedas, amenazando romperse. Al llegar, María y Eduardo ataron a Paloma, la mula que con paciencia había tirado del carruaje, bajaron el gorrino y limpiaron la caja del carro con recios escobones y abundante agua y jabón de losa. Lo habilitaron después, como almacén de alimentos y pertenencias varias y debajo de la barriga, tendieron unas mantas que servían de dormitorio conyugal durante la noche y a la hora de la siesta. El cerdo estaba atado con una soga al otro extremo del carro, constantemente vigilado por uno de los dos para evitar su robo.

Pero no sólo se desplazaban de los pueblos a la Feria de Albacete para vender productos de la tierra o algún animal, sino también para comprar aquello que era raro encontrar en un pueblo o, como Eduardo y María, a conseguir algunos dineritos. Pero, además, se iba a divertirse. Las animadas verbenas eras muy visitadas. Los puestos de churros y chocolate, se llenaban todas las mañanas. Las atracciones del Paseo de la Feria atraían a muchos niños. Pero los dos espectáculos señeros de la Feria eran los toros y el circo. La plaza de toros había sido construida a principios de siglo por lo que era uno de los edificios públicos más imponentes y modernos de la ciudad, cimentando una de las ferias taurinas más importantes de España. Se construyó en estilo neomudéjar, como otras plazas como la de las Arenas de Barcelona, hoy convertida tristemente en un centro comercial, y las Ventas de Madrid, entre otras. Se buscaba entonces en toda Europa un estilo arquitectónico que definiera la identidad de cada país. En España se encontró en el mudéjar, tal y como lo definió Amador de los Ríos en su discurso de entrada a la Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1859 titulado “El estilo mudéjar, en arquitectura”; en Francia, se encontró en el gótico, por aquello del abate Suger y la Abadía de Saint Denis, considerada el origen de tal estilo. Por eso, en un edificio que define la esencia de lo español, como un coso taurino, se construye imitando el mudéjar casi simultáneamente en varios lugares del país.

Los toros se consideraban, en los años treinta un espectáculo propio de hombres. Las mujeres admitidas eran pocas y estaban mal vistas en un espectáculo mucho más sangriento que el toreo actual (caballos que morían con las tripas abiertas por no usar petos, suerte de varas completa…), aunque ya se relajaba algo dicha disciplina excluyente del sexo femenino. Sin embargo, el circo era un entretenimiento propio de niños y mujeres. Sobre todo los toros eran caros para los ingresos de unos humildes agricultores como María y Eduardo. El circo tampoco era barato que digamos. Lo que suponía un esfuerzo no era tanto el precio de las entradas, más módico que el de los toros, sino el hecho de que iban las mujeres y sus hijos, por lo que había que sacar tres, cuatro, cinco o las entradas que fuesen necesarias.

Eduardo, era muy aficionado a los toros. Otros años ahorraba lo que podía, para poder adquirir una entrada. En cuanto llegaba a la Feria, lo primero era ir a las taquillas de la plaza de toros para asegurarse un asiento justo el día en que los vecinos del Argamasón acordaban para poder ir a la misma corrida. Sin embargo, ese año, a escondidas de María, había ideado una treta. Con don Manuel, un tratante de ganados de Albacete que se dejó caer por el Argamasón, ya había apalabrado y cerrado la venta de Marcos sin decirle palabra a María. Don Manuel no era tonto y, como buen negociante, quería quedarse a toda costa el animal, para acabar de criarlo y sacrificarlo en noviembre. El precio de la carne del animal despiezado iba a valer el doble que si se vendiese en vivo. Y de verdad que el cochino daba envidia por su peso y por lo sano y saludable que se mostraba. Por ello le adelantó a Eduardo, en señal, la mitad del valor acordado por el animal, para que no se lo birlase nadie. Entonces la palabra dada era sagrada y no hacía falta más papel firmado que un apretón de manos y un vaso de vino. Eduardo quedó con el tratante en que, justo el primer día de feria, en torno al mediodía, se acercase don Manuel con dos peones para llevarse el animal en el momento en que su mujer se ausentase con sus amigas a dar una vuelta por el recinto ferial a ver los puestos y a probarse unas enaguas que le hacían tilín. En ese momento, el tratante le pagaría lo que faltaba y se consumaría la transacción.

Efectivamente al volver María de su paseo se encontró con que el gorrino ya no estaba. Su marido la esperaba y le entregó una parte del dinero que le había pagado el tratante, no todo. A María se le antojó poco y le recriminó el que quizá había hecho una mala venta y que puede que lo hubieran engañado. Con tan pocos duros para poca reforma de la casa iba a dar. Eduardo calló, aguantando el chaparrón hasta que escampó.

Esa misma tarde se celebraba la primera novillada y Eduardo se escabulló de su mujer como pudo, justo a la hora en que sesteaban. Al volver Eduardo de los toros le preguntó que de dónde venía. Él le contestó que de dar un paseo, que tenía calor y que prefirió ir a los jardinillos de la feria donde había sombra. Debajo del carro se notaba el bochorno de un día cálido pero con los cielos cubiertos. De los peores del seco verano albaceteño. Los dos días siguientes se repitieron las circunstancias de tan sigilosa fuga con destino a los toros.

Al cuarto día, a María le fue Josefa, su vecina: “Pues ¿no he visto entrar a tu marido a la plaza toros hace un rato? Creía que eran visiones, pero me acerqué a él y efectivamente lo vi. ¡Anda con el millonario, pensé!”. Esto extrañó mucho a María y dio por carburar mucho a la molondra no intentando disimular su mosqueo. A las dos horas, media hora después de que terminase el festejo taurino, volvió su marido con la misma excusa de otros días: el calor que le impedía dormir y el frescor de la cercanía de las fuentes y de la sombra de los pinos.

Al día siguiente, María se acostó a la siesta con Eduardo, pero se esforzó en no dormirse. Al sentir cómo su esposo abría la manta, observar cómo se lavaba la cara con la zafa, se ponía la chaqueta y se echaba a andar en dirección al coso taurino, fue tras él. Lo esperó a la salida y en cuanto lo vio fue a su encuentro para pedirle explicaciones, toda furiosa. La cara de pasmo de su esposo fue para ponerle un marco.

Resulta que Eduardo, movido por su afición a los toros, había ideado la treta de vender a Marcos sin que su mujer lo supiera y engañarla. Con las dos terceras partes del dinero de la venta se sacó abono para toda la feria de toros, lo que habría sido imposible para su economía si no hubiese sido así. Cumplió su sueño a costa, eso sí, de un serio problema conyugal, al inicio de su matrimonio, de emocionarse con el toreo de capote de Armillita, con el temple majestuoso de los naturales de Barrera y con el valor de entrar a matar recibiendo del novillero Jaime Pericas.

El resultado fue que María estuvo casi un año sin hablarle a Eduardo, provocando la primera crisis matrimonial de un matrimonio que con sus más y sus menos llegó hasta casi los setenta años de feliz convivencia. Sin embargo, entonces, las únicas palabras que se dirigieron eran las imprescindibles para el buen gobierno de la casa. El control de los dineros y negocios del matrimonio por parte de María fue férreo, no permitiendo a Eduardo ni tomar un recuelo con sus amigotes del casino. Y se rumorea que lo mantuvo en tal abstinencia de sexo que creía ser el pobre Eduardo uno de esos atenienses mantenidos en huelga de toda actividad lúbrica por Lisístrata y las mujeres de Atenas hasta que cesase la guerra.

Por supuesto que muchos otros motivos provocarían situaciones parecidas o más graves incluso en sus muchos años de matrimonio. Poco a poco, la tensión se relajó. Fueron inteligentes y pusieron de su parte para que, las aguas volvieran a su cauce, cosa que muchas parejas de hoy en día no tienen y por la mínima ya están con los papeles en el juzgado. Dios quiera que muchas crisis de pareja se resolvieran así, con paciencia, perdonando y sabiendo valorar que la reforma de una cocina puede esperar un tiempo. Con todo ¡qué bien se lo pasó Eduardo ese año! ¡Lo que pudo presumir años y años en el casino con tal hazaña que ningún esposo se atrevió a siquiera soñar emular! ¡Y lo que se pudo emocionar con María, cuando ya viejos, contaban esta historia a sus nietos!

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2 comentarios to "La crisis del gorrino"

Impecable redacción, me gustan mucho la expresión ( carburar mucho a la molondra ) y algunas otras que dan identidad regional. Encontré
una errata (creo) Jabón de losa ,me imagino que es: jabón de sosa .
Divertido y ameno en la redacción. ¡ Enhorabuena Juan Carlos !

En Albacete se llama “jabón de losa” al jabón basto elaborado en casa con diferentes grasas. Porque se usa para lavar la ropa frotándolo contra una losa de piedra. Un abrazo. Me alegro de que te guste.

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